Quizás la mayor cantidad de errores sistemáticos en el razonamiento humano (sesgos), siempre respecto de lo que la teoría económica tradicional postula, se produce en el terreno de las elecciones realizadas en escenarios caracterizados por la presencia de incertidumbre.
La teoría económica sostiene que en los contextos inciertos las personas computan la utilidad esperada de los distintos cursos de acción posibles para decidir cuál de ellos seguir, y afirma que este resultado refiere al promedio surgido de los distintos escenarios, ponderado por la probabilidad de que ocurran.
Para comprender esto primero debemos entender el simple concepto de valor esperado. Supongamos que una persona tiene que elegir entre dos empleos muy similares. Sin embargo, en uno de ellos ofrecen pagarle $ 4.000 todos los meses, mientras que en el otro empleo le proponen arrojar una moneda al aire a fin de mes: si sale cara, el empleado cobra $ 9.000 y si sale ceca, no cobra nada. Puesto que al tirar la moneda —en promedio— saldrá cara la mitad de las veces, es evidente que a la larga el trabajador cobrará más si opta por el sueldo por sorteo. Así, en términos de valor esperado, el primer empleo promete un sueldo de $ 4.000 mensuales, mientras que el segundo ofrece un salario de $ 4.500 por mes.
Los productores agropecuarios conocen muy bien estas ponderaciones. Si un año de cada diez ocurre una fuerte sequía o una inundación que arruina completamente la cosecha pero en los otros nueve años se pueden obtener tres toneladas de soja por hectárea, el valor esperado de la cosecha será de 2,7 toneladas por año (el 90 % de 3 toneladas).
Presentemos un último ejemplo para ilustrar mejor la idea. Nos ofrecen la concesión de un bar en la playa. El bar factura habitualmente $ 2.000 los días soleados y solo $ 1.000 los días lluviosos. Si se estima que lloverá el 20 por ciento de los días, entonces la facturación esperada será de $ 1.800 diarios (2.000 por 0,8 más 1.000 por 0,2).
Volvamos entonces al ejemplo de las alternativas laborales. ¿Con cuál de los dos empleos elegiría usted quedarse? La respuesta dependerá principalmente de su grado de aversión al riesgo. Si usted es una persona muy conservadora a la que no le gusta asumir riesgos y que prefiere lo seguro, probablemente optará por la posición que garantiza el sueldo fijo de $ 4.000. En cambio, si usted es una persona un poco más arriesgada (o no tan conservadora) quizás elija el empleo que en promedio paga $ 4.500, aunque sepa que algunos meses no cobrará (y que otros meses percibirá $ 9.000).
Naturalmente, la predisposición a asumir riesgos tiene un componente que depende de la personalidad, pero también se relaciona con las circunstancias, pues la situación varía si
quien debe elegir entre esos dos empleos es una madre que debe alimentar a sus hijos todos los días o un joven de treinta años que vive con sus padres y destina sus ingresos a salir con sus amigos. La madre no puede decirles a sus hijos un mes que no comerán porque al tirar la moneda salió ceca, y al mes siguiente atiborrarlos de comida porque salió cara.
Para tomar una decisión en un contexto de incertidumbre de esas características es preciso tener en cuenta, en cambio, lo que los economistas llamamos utilidad esperada que, tal como indicamos anteriormente, es el promedio de las utilidades que le reporta a una persona cada estado probable de la naturaleza, ponderado por sus probabilidades de ocurrencia.
Así, en el ejemplo de los dos empleos, el valor esperado del salario del primer empleo era de $ 4.000 mensuales y el del segundo empleo era de $ 4.500 mensuales. Claramente, el valor esperado en el segundo empleo era más alto. En cambio, la utilidad esperada podría no ser superior en el segundo caso, dado que para estimarla habrá que computar la utilidad obtenida en los meses en que se cobran $ 9.000 y la alcanzada en los meses en que no se gana nada.
En el caso de la madre con hijos, es probable que el exceso de utilidad alcanzado en el mes en que ganaría $ 9.000 no lograse compensar el enorme sufrimiento que atravesaría durante el mes en que no recibiría ingresos, por lo que probablemente ella opte por la utilidad o satisfacción que le proporcionará cobrar $ 4.000 todos los meses. Aunque esta elección implique percibir menos dinero en promedio, evitará así el sufrimiento que implicarían los meses sin ingresos que seguramente atravesaría en el otro trabajo.
Para el joven treintañero, en cambio, es probable que no contar con ingresos un mes no implique una pérdida de utilidad muy importante, dado que de todos modos vive con sus padres, quienes le proporcionan alojamiento y comida e incluso pueden prestarle dinero durante los meses malos. Así, aunque el valor esperado del salario de ambos empleos sea de $ 4.000 y de $ 4.500, respectivamente, tanto para la madre como para el joven de treinta años, evidentemente la utilidad esperada no es la misma para cada uno de ellos.
Ahora bien, es preciso señalar que el postulado que sostiene que las personas comparan la utilidad esperada de distintos cursos de acción y elijen el que reporta la mayor utilidad es probablemente uno de los más fáciles de falsear de toda la teoría económica tradicional. Dicho de otro modo, no es difícil encontrar ejemplos que demuestran que, al actuar, las personas violan manifiestamente ese principio.
El primer economista en descubrir esto probablemente haya sido el premio nobel francés Maurice Allais. Para ilustrar la famosa paradoja de Allais, ambientémonos en la sala de cualquier casino que tenga ruletas. Sitúo el ejemplo en ese contexto porque me topé en Internet con una explicación de la paradoja que hiciera Adrián Paenza, en la cual el matemático también utiliza un ejemplo construido con ruletas que resulta bastante convincente.
Supongamos que usted entra a un casino donde hay dos ruletas. En la ruleta de su izquierda le pagan $ 550 de premio si sale la primera docena (cualquier número entre 1 y 12) y $ 500 de premio si salen la segunda o la tercera docena (cualquier número entre 13 y 36). Si sale el cero, usted no gana nada, es decir, la banca se lleva todo. En la ruleta de su derecha, en cambio, le pagan $500 sin importar qué número salga (incluso si sale el cero).
¿En cuál de esas ruletas preferiría usted jugar?
Piénselo bien y anote su elección en el margen de la página. Al día siguiente usted va a otro casino. En la ruleta de la planta baja le pagan $ 550 de premio si sale la primera docena
(cualquier número entre 1 y 12) y nada si salen la segunda o la tercera (cualquier número entre 13 y 36). Si sale el cero, usted tampoco gana nada, la banca se lleva todo. En la ruleta de la planta alta, en cambio, le pagan $ 500 por cualquier número de la primera docena que salga (del 1 al 12) y nada si salen la segunda o la tercera (cualquier número entre 13 y 36). Si sale el cero, en cambio, en este caso también le pagan $ 500.
¿En cuál de esas ruletas preferiría usted jugar? Nuevamente, piénselo bien y anote su elección en el margen de la página.
Paradójicamente, la mayoría de las personas optan por jugar en la ruleta de la derecha en el primer casino y en la ruleta de la planta baja en el segundo casino. Sin embargo, la diferencia que existe entre la ruleta de la izquierda y la de la derecha en el primer casino es idéntica a la que se registra entre la ruleta de la planta baja y la de la planta alta en el segundo casino, de modo que, en caso de actuar racionalmente, quienes prefirieron la ruleta de la derecha en el primer casino deberían haber optado por la ruleta de la planta alta en el segundo casino, y viceversa.
Veámoslo con más detenimiento. En la primera sala de juegos, ninguna ruleta paga nada si salen la segunda o la tercera docena; en el segundo casino, sin embargo, ambas ruletas pagan $ 500 tanto si sale la segunda docena como si sale la tercera. O sea que en caso de salir la segunda o la tercera docena, da lo mismo haber elegido cualquiera de las ruletas: ni la ruleta de la derecha presenta ventajas respecto de la de la izquierda en el primero de los casinos, ni la de la planta baja resulta mejor que la de la planta alta en el otro salón. Dado que cuando salen la segunda o la tercera docena da lo mismo haber elegido cualquiera de las ruletas, la diferencia existe solo si sale algún número de la primera docena o el cero.
Asimismo, en caso de salir esos números (la primera docena o el cero) la diferencia de premios entre la ruleta de la izquierda y la de la derecha en el primero de los casinos es la misma que existe entre la ruleta de la planta alta y la de la planta baja en la otra sala de juegos. En ambos casos una ruleta paga $ 550 por la primera docena y nada si sale el cero, mientras que la otra paga $500 por la primera docena y también por el cero. De manera tal que no tendría sentido elegir en un caso un premio seguro de $500 y en otro caso arriesgarse a que salga el cero por la ambición de obtener $ 550.
De acuerdo. En los casinos siempre ocurren cosas un poco extrañas.
Sin embargo, resulta evidente que no puede afirmarse que las personas se comporten siquiera “como si” maximizaran la utilidad esperada, porque al menos en uno de los dos casos planteados en el ejemplo anterior no lo estarían haciendo. Necesitamos entonces encontrar otra explicación del modo en que se comportan las personas en contextos inciertos.
Sigamos con el ejemplo anterior. Cabe notar que en el primer caso la elección de la ruleta de la derecha implicaba que el riesgo de irse con las manos vacías era nulo (siempre se ganaban $ 500). En cambio, la ruleta “equivalente de Allais”, situada en la planta alta del otro casino, no podía ofrecer semejante garantía, puesto que una persona se iba con las manos vacías si salían la segunda o la tercera docena. Para decirlo de otro modo: la certeza de saber cuánto ganarán genera una utilidad adicional.
Nótese, por otro lado, que la teoría de la decisión fundada en la utilidad esperada podría salvarse simplemente incorporando un término que incluyera el valor dado por los individuos a la certeza: la utilidad de la certeza.
presenta en su libro Los Túneles de la Mente otro ejemplo en el que se observa un comportamiento similar respecto de la valoración que realizan las personas acerca de lo certero. Se nos informa que existe un virus absolutamente letal y que nuestra probabilidad de contraer la enfermedad es de 5 en 1.000. Existe una vacuna que puede reducir nuestras chances de ser infectados en 1 por 1.000, de suerte que si la tomamos, nuestra probabilidad de enfermarnos y de morir será de 4 en 1.000.
¿Cuánto estaría usted dispuesto a pagar por una vacuna de esas características? Anote el monto máximo en el margen de la página.
A los pocos meses aparece un nuevo virus mortal. En este caso, las probabilidades de enfermarse y de morir son de 1 en 1.000. Si se aplica la vacuna, estas se reducen en 1 por 1.000, de modo que las probabilidades de contraer la enfermedad resultarán nulas.
¿Cuánto estaría dispuesto a pagar por una vacuna de esas características? Anote el monto máximo en el margen de la página.
Sistemáticamente, los resultados muestran que las personas están dispuestas a pagar más en el segundo caso, lo cual indica nuevamente que los sujetos sobrevaloran la certeza de saberse inmunes a la enfermedad, porque en ambos casos el efecto absoluto de recibir la vacuna es reducir en 1 por 1.000 las probabilidades de contraer el mal.
La explicación que se me ocurre tiene que ver con el modo en que funciona nuestra mente. La primera hipótesis es, simplemente, que no somos muy buenos para pensar en términos de probabilidades. En concreto, ¿qué significa que tengamos 1 por 1.000 menos de probabilidades de morir?
¿Cómo nos representamos mentalmente esa idea? ¿Cómo procesamos esa información? Imagino el siguiente escenario: de 1.000 aviones que salen de un aeropuerto sé que hay 5 que se van a caer. Si tuviera que viajar en uno de esos 1.000 aviones, no cambiaría mucho mi temor que alguien corrigiera la estimación y me dijera que ahora son 4 los que caerán. Muy distinto sería saber que hay un avión averiado en toda la flota, y que me notificasen que ese avión ha sido reemplazado por uno nuevo.
Las probabilidades son un concepto un tanto esquivo para la mente humana, básicamente porque son magnitudes hipotéticas, establecidas a priori. A la postre, podrán suceder solo dos eventos: o el avión se cae, o llega satisfactoriamente a destino. Es decir, no puede caerse un 0,5 por ciento del avión y llegar ileso a destino el 99,5 por ciento restante.
Esto recuerda los métodos anticonceptivos que pregonan un 99 por ciento de eficacia. En términos estrictos, en cada caso particular y concreto, la realidad es que luego del acto sexual la mujer queda o no queda embarazada, no puede quedar un poquito embarazada. Es lógico que nos representemos mucho más fácilmente una reducción de la probabilidad del 1 por ciento al 0 por ciento que una disminución del 5 por ciento al 4 por ciento.
Si esta hipótesis respecto de nuestras limitaciones para representarnos probabilidades es correcta, entonces las personas ciertamente no computamos las utilidades esperadas de los distintos cursos de acción posibles antes de actuar, sino que en todo caso utilizamos otro criterio en el momento de tomar decisiones en contextos inciertos.
Puede ser que los ejemplos de las ruletas de Allais o de las vacunas de Piattelli Palmarini no den la dimensión exacta de la relevancia que el problema asume para las ciencias económicas. Sin embargo, la cuestión central a tener en cuenta es que prácticamente la mayoría de nuestras decisiones económicas de todos los días las tomamos en contextos de
incertidumbre, y son las más importantes.
En mi caso, cuando decidí estudiar Economía no tenía la menor idea de cuál sería mi ingreso esperado, ni tampoco conocía la distribución de los salarios de quienes optaban por no ir a la universidad o por seguir otra carrera.
Del mismo modo, me dicen que si me caso existe una probabilidad del 50 por ciento de que termine divorciándome al cabo de diez años. Y si fumo dos paquetes de cigarrillos diarios tendré una probabilidad del 30 por ciento de tener cáncer de pulmón antes de los 65 años. ¡Malditas probabilidades! Parecería que uno debiera ser un eximio matemático para poder funcionar en este mundo y tomar decisiones “racionales”.
¿Cómo me represento mentalmente la probabilidad del 30 por ciento de contraer cáncer de pulmón? ¿Dios jugará a los dados conmigo?
En general, las personas tienen una particular forma de considerar las probabilidades: o creen que algo les va a pasar, o creen que no les ocurrirá. Me informan que manejando a 150 km por hora tengo una probabilidad del 2 por ciento de matarme en el próximo viaje. De acuerdo, bajo las revoluciones y manejo a 110 km por hora. Entonces noto que me pasan todos los demás conductores como si yo tuviera el motor apagado.
¿Acaso ellos no se enteraron de esa estimación? No, en efecto: quienes manejan a 150 km por hora, quienes fuman dos atados de cigarrillos diarios y quienes se casan de blanco simplemente piensan que ellos no serán parte de ese porcentaje que se mata en la ruta, contrae cáncer de pulmón o se divorcia luego de diez años de matrimonio. No tiene sentido pensar en la utilidad esperada de manejar a 150 km por hora o de fumar como un marrano. ¿Cuál es la utilidad de morirse?
Además, tengo malas noticias. Si usted muriera en el próximo viaje (¡esperemos que antes haya comprado este libro!), no podría disfrutar de la utilidad de llegar a destino manejando a 150 km por hora en los próximos viajes que tenía planeado hacer. O sea que dejaría de tener sentido el concepto de utilidad esperada considerado en todos los ejemplos anteriores. Sin embargo, de algún modo las personas tenemos que tomar decisiones. Mi sospecha es que tenemos una noción de probabilidad que varía dependiendo de si esta ha sido construida a partir de la memoria semántica o de la memoria episódica.
Con los datos de la memoria episódica (que registra cosas que nos ocurrieron o que experimentamos como si nos hubieran ocurrido, como sucede, por ejemplo, cuando participamos en un juego, vemos una película o leemos una novela) es razonable pensar que las personas construyen distribuciones de frecuencias del tipo de las siguientes: “comí diez veces comida china y ocho de esas veces me indigesté”, “estudié bien para treinta exámenes de los cuales aprobé 29”, “manejé 25 veces a 150 km por hora y nunca me pasó nada”, “cada vez que corro me agito”, “siempre que aposté al peso y contra el dólar perdí”, “tengo diez amigos abogados, siete de los cuales ganan muy bien”, etcétera. En cambio, las probabilidades que se nos informan por escrito o verbalmente pero que no son producto de nuestra experiencia se almacenan en la memoria semántica.
De este modo, la frecuencia con que experimentamos fenómenos a lo largo de nuestra vida participa de manera crucial en la determinación de nuestro comportamiento (no digo nada aquí que no haya afirmado Skinner sesenta años atrás) de un modo bastante parecido al que sugiere la teoría tradicional de maximización de la utilidad esperada, pero se utilizan las frecuencias aprehendidas o autoincorporadas y no las adquiridas por transmisión de otros.
Asimismo, cuando no existen experiencias anteriores a partir de las cuales estimar probabilidades, la información sobre probabilidades establecidas a priori (en oposición a las frecuencias estimadas a posteriori) necesita ser representada mentalmente de algún modo por los individuos antes de poder participar en cualquier cálculo de utilidad.
Es decir; una cosa es estimar la probabilidad de que me guste veranear en la costa atlántica argentina, sobre la base de mi experiencia de una decena de vacaciones en ese lugar y otra muy distinta es el cálculo de la probabilidad de divorciarme de la mujer con la que me acabo de casar, o de las chances de gozar de una buena salud si dejo de fumar. En estos últimos dos casos realmente no tengo antecedentes en mi memoria episódica, pero puesto que debo tomar una decisión, necesito representarme mentalmente esos escenarios en mi imaginación. Sobre la base de esa idea, podemos pensar que en escenarios de incertidumbre las personas buscan información sobre contextos similares en su pasado autobiográfico y repasan las elecciones tomadas anteriormente y los correspondientes resultados en materia de utilidad (algo que ya fue sugerido por los economistas Caramuta, Contiggiani y Tohmé).
Cuanto mayor sea la dificultad para hallar similitudes entre una situación nueva y las experiencias anteriores, menos valor tendrán las estimaciones de la utilidad experimentada y las frecuencias aprehendidas, de suerte que en tales circunstancias será más probable que una persona se deje “convencer” por los datos de su memoria semántica (conocimientos del