La evidencia científica disponible indica que no somos buenos pensando estratégicamente y que muchas veces no nos metemos en la cabeza de los otros ni tenemos en cuenta las formas en que los demás pueden reaccionar ante nuestras acciones. Además, muchos experimentos señalan que, aun cuando pensamos en las posibles respuestas de las personas con las que interactuamos, tendemos a asignarles un conjunto de valores parecidos a los propios y, por ende, somos propensos a considerar que los demás actuarán de una manera muy similar al modo en que nosotros actuaríamos si estuviéramos en su lugar.
Un muy buen ejemplo de lo anterior lo constituyen las investigaciones de John Geanakoplos, quien a los modelos tradicionales de la teoría de los juegos les agregó la posibilidad de que las personas tengan en cuenta no solo las expectativas monetarias o los beneficios materiales de sus decisiones, sino también las emociones, las creencias y los valores. Por ejemplo: la sorpresa, la confianza, la gratitud, la ira, la vergüenza, el respeto, la culpa, el desagrado, el enojo, la revancha y la reciprocidad, entre otros.
Luego, Pierpaolo Battigalli y Martin Dufwenberg enriquecieron estos modelos al incluir las creencias y los valores en un contexto dinámico, a fin de permitir que las expectativas de las personas se ajustaran y acomodaran en el tiempo, y que incorporaran las creencias acerca de las motivaciones del otro. Este enfoque parece un poco más humano que el de von Neumann, pues aporta una visión algo más completa del modo en que las personas efectivamente actúan.
Uno de los juegos que experimentalmente suma más evidencia en favor de este modo de conceptualizar nuestros comportamientos estratégicos es el “juego del ultimátum”.
En el juego del ultimátum, desarrollado inicialmente por tres economistas alemanes a principios de la década de 1980, los participantes se agrupan en parejas y se le indica a uno de ellos que divida un monto de dinero con el compañero (típicamente $ 10, aunque los montos han variado en otros experimentos).
El receptor de la oferta tiene el derecho de veto: si rechaza la propuesta, ninguno de los dos recibe nada. En síntesis, es como si dos personas tuvieran que dividir entre ambas una torta: una de ellas corta la torta de alguna manera y la otra decide si acepta la porción que le toca o si ninguno recibe nada.
Por ejemplo, ¿cuánto dinero le daría usted a su compañero si tuviera que jugar este juego? Desde el punto de vista de la economía tradicional, debería darle lo menos posible, por ejemplo, 1 centavo (quedándose usted con los restantes $ 9,99), y su pareja de juego debería
aceptar la propuesta, porque después de todo recibir 1 centavo es mejor que no recibir nada, ¿verdad?
Richard Thaler, el mencionado economista de la Universidad de Chicago, analizó exhaustivamente la mayor parte de los experimentos realizados sobre este juego y observó que en general los sujetos que deben hacer la oferta tienden a ofrecer más dinero a sus compañeros de lo que la teoría de los juegos de von Neumann habría sugerido. En promedio, los individuos ofrecen entre el 35 y el 40 por ciento del botín a repartir, mientras que los compañeros que tienen el derecho a veto suelen ejercerlo si la propuesta es inferior al 25 por ciento del total.
Evidentemente, o bien las personas fallan a la hora de pensar estratégicamente, o lo que sucede es que sus funciones de utilidad no se basan exclusivamente en argumentos monetarios. En otras palabras, los sujetos no solo consideran el aspecto material, sino que también tienen en cuenta valores como la equidad y juzgan la intencionalidad de las personas con las que interactúan, y no solamente el resultado de sus acciones.
Para evaluar esta hipótesis, Sally Blount, también de la Universidad de Chicago, realizó un experimento en que los participantes jugaban al juego del ultimátum primero contra otros participantes y luego contra una computadora. La investigadora comprobó que prácticamente ninguno de los participantes rechazaba una oferta, por más baja que fuera, cuando esta era efectuada por la computadora. Es lógico: no tiene sentido enojarse con una máquina ni mucho menos atribuirle cualidades como el egoísmo o la codicia (aunque muchas veces nos enojemos con la computadora cuando no funciona, e incluso algunos podamos hablarle o insultarla).
Los estudios de neuroimagen, a su vez, confirman el hecho de que los procesos mentales que se activan cuando analizamos las ofertas que nos proponen en el juego del ultimátum son diferentes si consideramos que la oferta es justa o si creemos que resulta insultante y por lo tanto decidimos rechazarla, ejerciendo nuestro poder de veto.
Alan Sanfey y sus colegas de la Universidad de Princeton realizaron estudios de resonancia magnética funcional a diversos participantes en el juego que mostraron que, además de activarse la corteza prefrontal dorsolateral (cuya participación es típica en ejercicios que involucran razonamientos cognitivos), también se activaba la ínsula anterior (asociada a las emociones negativas). Incluso, los investigadores observaron que la ínsula anterior se activaba con mayor intensidad al procesar ofertas injustas, de suerte que podía predecirse el grado de veto o de rechazo experimentado ante una determinada propuesta según el nivel de activación de esa región del cerebro.
En otros estudios efectuados por Antonio Damasio a pacientes que presentaban lesiones en la corteza prefrontal ventromedial (asociada a la capacidad de controlar los impulsos y de regular o suprimir los estados emocionales) también se descubrió que eran más propensos a rechazar las propuestas injustas en el juego del ultimátum (por ejemplo, aquellas en que les ofrecían menos del 30 por ciento del botín a repartir).
Ahora bien, si las funciones de utilidad de los sujetos tienen en cuenta las intenciones, creencias o actitudes de otras personas, sería razonable suponer que los pacientes con autismo, que carecen de la capacidad de “ponerse en los zapatos del otro” o de adjudicarles estados mentales —y por ende intencionalidad—, deberían aceptar más frecuentemente las propuestas de reparto injustas realizadas en el juego por participantes más codiciosos.
Sin embargo, los estudios de Elizabeth Hill, del University College London, y de David Sally, de la Cornell University, han mostrado que los pacientes con autismo no se comportan de modo muy diferente a los pacientes sanos, lo cual es lógico si el lector tiene en cuenta que en los estudios de neuroimagen a los cuales hice referencia no se menciona la activación de la juntura temporoparietal derecha, que es el área del cerebro que se activa cuando los individuos están pensando en los estados mentales de otras personas.
Por el contrario, la evidencia sugiere que hemos desarrollado un mecanismo detector de injusticias (una emoción localizada en la ínsula anterior de nuestro cerebro) que enciende una alarma cuando interactuamos con alguien que “se está pasando de vivo”, y que la región más sofisticada y nueva de nuestro cerebro (la corteza prefrontal) nos sirve para reprimir el impulso inicial de castigar a quien consideramos injusto cuando evaluamos que ese comportamiento, a pesar de todo, puede beneficiarnos en valores absolutos.
Es como si nuestra parte racional entablara un debate con nuestras emociones para intentar explicarle a la sangre que nos hierve que si bien la propuesta que hemos recibido es injusta, realmente nos conviene aceptarla porque su admisión mejorará la situación en que nos encontramos.
Quizás la mejor prueba de lo anterior sea la que nos ofrece la etología. Sara Brosnan y Frans de Waal realizaron un interesante experimento con monos capuchinos. Empezaron por darles a los monos pequeñas piedras de granito que los animales podían cambiar, como si fueran monedas, por diferentes alimentos que les ofrecían los investigadores: algunas veces les daban una rodaja de pepino y otras veces les ofrecían una uva a cambio de la piedrita.
En los primeros ejercicios, los monos, que podían verse unos a otros, recibían aleatoriamente cualquiera de los dos alimentos. Sin embargo, a medida que avanzaba el experimento, alguno de los monos era favorecido sistemáticamente por los experimentadores, quienes una y otra vez le entregaban uvas, la fruta ampliamente preferida por ellos.
El resultado fue que los monos que habían sido discriminados dejaban de participar en el experimento y cesaban su intercambio de piedritas por pepinos cuando veían que sus privilegiados compañeros recibían uvas; esto es: preferían resignar su ración de pepinos en vez de aceptar una realidad que, a todas luces, no les resultaba para nada agradable.
Evidentemente, la falta de desarrollo de la corteza prefrontal de los monos les impedía suprimir la emoción negativa provocada por la desigualdad de que eran víctimas, incluso si su reacción los terminaba perjudicando.
Podemos decir entonces que quizás von Neumann consideró de manera muy literal la metáfora computacional de la mente cuando desarrolló las bases científicas de la teoría de los juegos. Si bien desconozco detalles sobre el funcionamiento del cerebro de von Neumann, sospecho que el desarrollo de su corteza prefrontal debe haber sido mucho mayor que el del resto de los mortales.
Incluso, Hans Bethe dijo alguna vez que von Neumann representaba una mutación superior de nuestra especie, y por las noticias que tengo del éxito académico y científico de su única hija y de sus nietos, creo que no estaba muy errado. Probablemente le resultara mucho más fácil que al resto de nosotros controlar sus emociones y decidir mayormente sobre la base de la razón.
necesariamente es algo negativo. Ya he mencionado anteriormente que considero que las emociones son vectores informativos, maneras que ha encontrado la naturaleza de resumir información relevante.
Imaginemos la existencia de dos sociedades primitivas idénticas a uno y otro lado de una gran montaña, con la única diferencia de que en una de ellas los individuos pensarían de manera estrictamente racional, mientras que en la otra lo harían aplicando una regla simple de valoración de la igualdad heredada de sus antepasados, que se manifestaría en su rechazo emocional hacia la injusticia.
En la sociedad de los racionales, cada vez que alguien encontrara alimento lo repartiría a la von Neumann; es decir, el responsable del hallazgo se quedaría con la mayor parte y solo convidaría las sobras, mientras que en la sociedad de los emocionales el afortunado distribuiría el alimento en forma más equitativa.
Así, es un resultado demostrable matemáticamente, que en la medida en que encontrar alimentos fuera un fenómeno absolutamente aleatorio, la sociedad de los racionales estaría condenada a desaparecer, o en todo caso a reproducirse a una tasa mucho más baja que el grupo situado del otro lado de la montaña.
Esto sucedería porque la cantidad de alimento encontrado por cada individuo de la sociedad de los racionales tendría una distribución normal, que resultaría en un acceso inequitativo, de suerte tal que todos los que tuvieran la mala suerte de no encontrar suficiente alimento para cubrir sus requerimientos calóricos diarios durante algunos días, perecerían, mientras que los afortunados que encontraran mucho solo engordarían al acumular un exceso de calorías.
Conseguir más alimentos tampoco les garantizaría una mayor descendencia porque podría poner en riesgo su supervivencia dada la mayor dificultad que estos sujetos experimentarían para moverse y escapar de los depredadores, o simplemente porque se incrementaría su probabilidad de sufrir complicaciones de salud asociadas al sobrepeso, como colesterol alto o diabetes.
En la otra sociedad, con pobladores orientados genéticamente a privilegiar las emociones y condenar las injusticias, la distribución del acceso a alimentos sería mucho más concentrada en torno a la media, más equitativa, aumentando así las chances de supervivencia (y de reproducción) de sus integrantes, porque quienes tuvieran la suerte de encontrar muchos alimentos durante algunos días los compartirían con los de menos éxito. Todos saldrían ganando.
Así las cosas, no es necesario postular que las personas tienen una sofisticada ingeniería de razonamiento estratégico como la que sugería Geanakoplos, según la cual no solo uno debe ser capaz de “ingresar” en la mente de la otra persona e imaginar cómo está pensando el otro y qué piensa ese otro que yo pienso (la hipótesis de von Neumann), sino que además cada uno debe evaluar con qué intención y desde qué lugar piensa esa otra persona, y cómo interpreta mis pensamientos, asignándome determinadas creencias y valores.
Basta con imaginar una sociedad de autistas (que obviamente carecen de la capacidad de realizar el proceso racional al cual refiere Geanakoplos) cuyos integrantes estén dotados de la capacidad emocional de detectar una injusticia. Esa capacidad sería suficiente para garantizar la supervivencia y la reproducción de ese grupo.
Desde ya que no estoy negando la posibilidad de que las personas, efectivamente, consideren los motivos, las creencias y los valores que guían las acciones de los individuos
con quienes interactúan, además de la naturaleza de las acciones mismas. Esa es justamente la tarea de la corteza prefrontal (por supuesto, ayudada por la información proveniente de la juntura temporoparietal derecha, que es la herramienta que nos permite “meternos” en la mente de los otros).
Mi hipótesis es que esa capacidad ultra sofisticada ha sido de las últimas en evolucionar en nuestra especie, y probablemente esté distribuida entre las personas de una manera muy desigual. Veamos dos experimentos que buscan comprobar estas ideas.
El primero es una investigación de Robert Slonim y Alvin Roth, en Eslovenia, que demostró experimentalmente que cuando el monto absoluto del botín a repartir en un juego es muy alto, los sujetos tienden a aceptar propuestas de reparto mucho más desiguales.
En el mismo sentido apunta el descubrimiento de Gary Charness de la Universidad de California, Santa Bárbara, quien simuló experimentalmente un mercado de trabajo donde los empleados debían decidir cuánto esforzarse en un contexto en que los salarios podían ser fijados por el empleador o por un sorteo aleatorio.
Los resultados señalaron que los trabajadores siempre tendieron a esforzarse más (incrementando las ganancias del patrón) en los casos en que los salarios fueron más altos, sin considerar si esos valores habían sido alcanzados por decisión del empleador o como consecuencia del sorteo.
Sin embargo, se observaron resultados muy interesantes: en los casos en que los salarios fueron bajos a causa del mecanismo aleatorio (por mala suerte), los trabajadores igual continuaron esforzándose, pero cuando la paga fue baja por decisión del empleador la respuesta de los trabajadores ante esa decisión consistió en reducir el esfuerzo realizado.
Las experiencias analizadas indican que el mecanismo emocional se pone en juego cuando lo que está en peligro es nuestra supervivencia, y no solo por una mera preferencia por la igualdad. En otras palabras, no nos importa que otro coma más que nosotros si la parte que nosotros recibimos nos permite quedar satisfechos, pero sí nos importa cuando la codicia del otro pone en riesgo nuestra cuota calórica diaria, amenazando así nuestra supervivencia.