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Un viaje al futuro de la economía

In document Tetaz - Psychonomics (página 137-141)

El martes 4 de noviembre de 2008, la Reina Isabel de Inglaterra fue invitada a una reunión con un grupo de prestigiosos economistas del Reino Unido, en la London School of Economics.

Después de escuchar varias exposiciones sobre las duras consecuencias de la crisis financiera internacional de 2008, Su Majestad interrumpió a los expositores e hizo una simple pregunta: “¿Cómo pudo ocurrir que nadie viera venir la crisis?”

Un tiempo después los académicos contestaron por escrito: “En suma, Su Majestad, la falla de pronosticar el momento, el alcance y la gravedad de la crisis y su solución, a la vez que procede de muchas causas fue principalmente una falla de imaginación colectiva de mucha gente brillante, tanto en este país como a nivel internacional, para entender los riesgos que corría el sistema en su conjunto”.

Mi impresión es que no faltó un análisis sistémico, sino que los modelos económicos que usan las instituciones encargadas de regular el sistema financiero no comprenden cómo es que los agentes económicos realmente se forman una idea sobre los precios de los activos (acciones, bonos, casas, etcétera), porque parten de la base de que el mundo está poblado por homos economicus más o menos racionales.

En ese sentido hay un chiste famoso que circula entre los economistas, que reza más o menos así: ¿Qué hace un economista al que se le pide que estudie el comportamiento de los elefantes? Respuesta: Se encierra en su oficina y piensa: “A ver… ¿Qué es lo que haría yo si fuera un elefante?”.

Puede parecer una exageración, pero con honrosas excepciones esto es más o menos lo que ha venido haciendo la ciencia económica durante los últimos cincuenta años: suponer que existe un individuo “representativo” que de manera “racional” “maximiza” una función de “utilidad”, sujeto a un conjunto de restricciones.

Realmente creo que estamos transitando los comienzos de una nueva teoría general de la elección económica, que reemplazará a los consumidores representativos que maximizan funciones de utilidad dadas de antemano por un conjunto heterogéneo de “consumidores prototípicos” que producirán modelos de funcionamiento del mundo a partir de los cuales estimarán el impacto de sus decisiones sobre la base de objetivos que cambiarán con el contexto de la elección.

Asimismo, pienso que el nuevo modelo se apoyará en la psicología cognitiva de la memoria y de la inteligencia, así como en la Neuroanatomía.

La heterogeneidad de los depósitos de la memoria a largo plazo, que permite almacenar en forma diferente los recuerdos experimentados (memoria episódica) y los contenidos aprendidos (memoria semántica), será fundamental para explicar los problemas de decisión intertemporal en que generalmente se contraponen beneficios a corto plazo fáciles de experimentar (el placer de comer, la satisfacción de fumar o el disfrute de la velocidad cuando manejamos, por ejemplo) con costos a largo plazo sobre los cuales tenemos conocimiento no por haberlos experimentado sino por lo que nos transmiten los relatos de terceros (no tener

un buen estado de salud, o morir tempranamente a causa de un cáncer de pulmón o de un accidente automovilístico, por ejemplo).

El nuevo modelo canónico considerará como punto de partida el funcionamiento de un sistema ejecutivo central que procesará en la memoria de trabajo (con una inteligencia determinada) la información proveniente de los almacenes de la memoria a largo plazo, produciendo un modelo explicativo que les permitirán a las personas estimar las consecuencias de sus actos y elecciones en relación con sus objetivos.

La Neuroanatomía será necesaria para calibrar el modelo, pues al reunirse información proveniente de la memoria episódica (cargada de contenido somático y emocional) con datos que llegan desde la memoria semántica (desprovistos de la experiencia) algunos individuos prototípicos darán más peso a las enseñanzas de lo vivido (lo que habitualmente se conoce como “tener calle”), mientras que otros darán más importancia a la información adquirida mediante la lectura o al conocimiento transmitido por otros.

Si el análisis que he desarrollado a lo largo de este libro resulta coherente, debería haber convencido al lector de que la totalidad de los sesgos o heurísticas sobre los cuales hemos discutido, y que sientan las bases de la Economía del Comportamiento, emergen como consecuencia natural del proceso de construcción de los modelos explicativos del mundo que los sujetos generan en cada circunstancia, por lo cual esta nueva teoría general de la elección que estoy proponiendo considerará a los comportamientos heurísticos y a los sesgos no como una rareza, sino como la consecuencia lógica del proceso de elección.

En lo que respecta al modelo de la microeconomía tradicional, considero que no desaparecerá, sino que pasará a constituir un caso particular de este nuevo modelo general.

Es perfectamente posible plantear que uno de los prototipos de consumidor sea justamente el del consumidor racional, que tiene mucha experiencia ligada con la elección que está efectuando, que ha experimentado distintas conductas una y otra vez en condiciones y contextos similares, y que conoce perfectamente cuáles serán las consecuencias de sus actos.

Más aún, es posible pensar que una persona pueda, en una situación determinada, realizar elecciones que respondan a cierto prototipo de agente económico, mientras que en una situación diferente esa misma persona podrá presentar otro comportamiento y basar sus elecciones en criterios distintos de los primeros.

Resulta claro que todos podemos pertenecer en determinadas circunstancias al prototipo del consumidor racional que maximiza la utilidad, por ejemplo, cuando elegimos el gusto de un helado o la bebida con que acompañaremos la cena. Pero en otros casos, por ejemplo, cuando debemos elegir una carrera universitaria o una pareja para casarnos y tener hijos, podemos poner en práctica un comportamiento diferente.

Naturalmente, la nueva forma de modelar el comportamiento microeconómico de los consumidores implicará una nueva macroeconomía, que en su renovada justificación psicológica de los comportamientos individuales, probablemente podrá producir estimaciones más acertadas acerca de la evolución de las principales variables económicas.

No imagino un modelo macroeconómico que describa cada una de las interacciones de los distintos prototipos de consumidores y sus consecuencias agregadas, sino más bien un modelo que permita la simulación de una economía virtual, con agentes generados mediante inteligencia artificial que repliquen las acciones de sujetos reales diversos y que aprendan a partir de sus propios modelos del funcionamiento del mundo cuáles son las relaciones

relevantes y cuál es el impacto esperado de cada una de las medidas implementadas por los hacedores de políticas públicas.

Así, los funcionarios y los técnicos podrán controlar no solo el efecto esperado de una nueva medida económica, sino también la diferencia en los resultados que es factible esperar en función del modo en que se anuncien esas políticas, puesto que la comunicación que un gobierno haga de sus acciones debe pasar el filtro atencional de los ciudadanos y ser procesada en sus memorias de trabajo, para lo cual cada uno recluta de sus memorias episódica y semántica distinta información, según el recuerdo que evoque la retórica elegida para transmitir el mensaje.

Los departamentos de Economía de las principales universidades del mundo competirán para lograr el diseño de los mejores laboratorios virtuales, del mismo modo en que hoy lo hacen las empresas de tecnología de la información para entrar en las mentes de los distintos consumidores y replicar sus pautas de consumo con algoritmos capaces de pronosticar la satisfacción que cada consumidor obtendrá de un consumo que ni siquiera sabe que está a punto de realizar en las próximas horas o días.

Hoy en día, paradójicamente, las empresas y los grupos que ganan dinero averiguando y estimando las preferencias de los consumidores y las tendencias de los distintos mercados pocas veces contratan los servicios de economistas. Sin embargo, existen dos excepciones. La primera de ellas la constituyen las firmas que asesoran a los ahorristas sobre el mejor modo de invertir sus fondos en los mercados financieros. La segunda excepción son los gobiernos.

Respecto de la primera, no existe ninguna investigación científica relevante que pueda probar que el asesoramiento que brindan los “especialistas” sea más recomendable que tirar una moneda al aire y decidir el destino de las inversiones según salga cara o ceca.

De hecho, existen varias investigaciones que muestran una bajísima correlación entre los resultados de los rankings de los fondos de inversión para distintos años, lo cual muestra que la posición de cada uno en la “tabla de rendimientos” de cada año constituye un resultado prácticamente aleatorio.

Respecto de la segunda excepción, tampoco hay pruebas que demuestren que el consejo de los economistas efectivamente permita alcanzar los mejores resultados posibles.

Mi sospecha es que esos sectores continúan contratando economistas no por los resultados generados a partir de decisiones basadas en la información que la ciencia económica pueda producir, sino por una mera cuestión de marketing.

Simplemente, las personas en general sucumben ante la falacia ad hominem discutida anteriormente en este libro, por la cual se tiende a asignar valor de verdad a una afirmación u opinión no en función de la lógica que ella encierre ni por la evidencia empírica que la soporte, sino por la autoridad en la materia que se les confiere a quienes la emiten.

Es lógico: para quien no sabe nada de activos financieros, de políticas regulatorias o de medidas anticrisis, resulta natural pensar que un economista más o menos prestigioso tendrá las respuestas a todas las preguntas.

Nadie depositaría sus ahorros en un banco cuya política de inversiones estuviera diseñada por un médico o por un profesor de Educación Física (aunque probablemente obtendría un mayor rendimiento de sus inversiones, dado que terminaría pagando un menor costo en comisiones).

monetaria, o a un verdulero para determinar la política fiscal (aunque la realidad es que los economistas no necesariamente parecen cumplir estas funciones mucho mejor).

Cuando los economistas nos animemos a salir del clóset de los supuestos y empecemos a diseñar modelos positivos que describan el modo en que verdaderamente se comportan los agentes económicos, podremos generar herramientas capaces de estimar mejor las decisiones económicas de los seres humanos. La economía dejará entonces de ser un juguete académico con poco poder de pronóstico para convertirse en un insumo fundamental de los managers y los políticos.

El verdadero triunfo de la nueva ciencia no se medirá por los Premios Nobel que la economía sea capaz de obtener, ni por el caudal de citas bibliográficas de economistas destacados en prestigiosos journals, sino que estará vinculado con los usos efectivos que esta nueva disciplina genere en los departamentos de marketing, de administración de clientes y de inteligencia comercial de las grandes empresas.

Mientras tanto, otros libros como este sumados a muchos economistas que están escribiendo en revistas y medios de difusión masivos, informando a la gente sobre los sesgos y consecuencias de nuestras decisiones económicas, ayudarán a que aprendamos a ser más racionales, elijamos mejor y sobre todo, seamos más felices, este quizás algún día sea el objetivo final de la economía.

Para profundizar

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