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Psicoeconomía para evitar las Crisis Económicas

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Sabiendo que soy un economista con estudios de posgrado en Psicología, durante los días de pánico que provocó la crisis iniciada con la caída de Lehman Brothers en 2008, muchas personas me preguntaron (y me siguen preguntando en estos días de crisis del área euro) si mis conocimientos me permitían prever el comportamiento de los consumidores y pronosticar el rumbo de la crisis.

Les tengo buenas y malas noticias. Las buenas son que el comportamiento de los agentes económicos que ocasionó ambas crisis es perfectamente comprensible si se recurre a las herramientas de la economía del comportamiento. Las malas noticias son que no tengo la menor idea de cómo ni cuándo terminará finalmente la incertidumbre internacional. De

hecho sospecharía de cualquier persona que efectuara pronósticos públicamente, puesto que, desde un punto de vista estrictamente racional, al visionario en cuestión le resultaría mucho más rentable no compartir sus conocimientos y ganar dinero gracias a ellos.

Para entender lo que ocurrió: recordemos que vimos que las personas interactúan en cientos de mercados por día, y que la abrumadora cantidad de información que sería necesario procesar para tomar las decisiones “racionales” de los agentes que describen los libros de texto de microeconomía está completamente fuera del alcance de la capacidad de procesamiento de información con que la naturaleza nos ha dotado. Es por eso que, para desenvolvernos exitosamente en el mundo actual, hemos desarrollado heurísticas, es decir, reglas de decisión más o menos automáticas que, en general, suelen funcionar bastante bien. Naturalmente, estas reglas no son perfectas y ocasionan una serie de sesgos respecto del comportamiento que asumiríamos si tuviéramos la capacidad de procesar toda la información que nos rodea.

Repasemos algunas de estas reglas, que nos servirán para comprender un poco mejor las causas de las crisis económicas. Generalizamos rápidamente a partir de muy pocas experiencias (algunas de las cuales no fueron siquiera vividas por nosotros, sino quizás transmitidas por un amigo, un familiar o algún medio de información); nos apresuramos a sacar conclusiones sobre la base de información escasa (prejuzgamos) y luego la seleccionamos sesgadamente, considerando en mucho mayor medida aquella que confirma nuestros juicios previos; exageramos la categorización de todos los objetos y experiencias que vemos y vivimos; y buscamos correlaciones, regularidades y causalidades entre las categorías que formamos y los hechos que vivimos o conocemos.

Aquí van algunos ejemplos típicos de estos comportamientos. Decimos: “¿Viste? Te dije que agarraras por la 9 de Julio” cuando el que maneja queda atrapado en un congestionamiento, pero no reconocemos que nos equivocamos en diez oportunidades anteriores cuando hicimos la misma recomendación. Tenemos miedo si caminamos de noche por una calle oscura y detrás nuestro viene un hombre. Todos somos meteorólogos. Cuando vamos al casino estamos convencidos de que es mucho más probable que salga colorado si acaba de salir negro en las últimas cuatro rondas.

Las empresas que venden sus productos en los mercados conocen estas tendencias perfectamente, y por lo tanto, diseñan sus estrategias de marketing con el objeto de posicionar los productos en la mente de los consumidores, pero siempre teniendo en cuenta esas “fallas” en el funcionamiento de nuestra cognición.

A su vez, debido a la limitación en la capacidad mental de procesar información, las categorías son muy generales y se construyen más con base en símbolos de los productos que a partir de descripciones detalladas de sus características técnicas. Las simbolizaciones permiten aprovechar el conocimiento previo del sujeto, quien elabora rápidamente conclusiones y categoriza cada producto nuevo en menos tiempo del que tarda en parpadear.

Los mercados de productos financieros no constituyen una excepción. Los clientes difícilmente sean usuarios sofisticados con conocimientos de finanzas y de probabilidades. Para posicionar un producto financiero en las mentes de los consumidores, las empresas deben recurrir básicamente a la misma estrategia que se utiliza para posicionar un televisor, un político o un jabón en polvo.

menciona el tipo de chips con que está construido el aparato y la promoción del jabón en polvo no habla de la composición química del producto, ¿por qué los bancos habrían de explicarles a sus clientes en qué invierten el dinero, a quién otorgan préstamos, cómo computan los intereses o con base en qué criterios eligen las acciones de los fondos que manejan?

¿Acaso alguien ha visto alguna publicidad del mundo financiero que aporte datos o información remotamente útil a los efectos de planificar una inversión segura? No, la verdad es que el conocimiento que tiene el cliente de un banco sobre la situación financiera de la institución es el mismo que posee un votante respecto de la plataforma de un candidato o un consumidor de productos alimenticios industriales respecto de los ingredientes con que se prepara su cena.

Ahora bien, si los bancos construyen sus marcas en torno a símbolos que soportan conceptos como “solidez”, “respaldo”, “solvencia” y “trayectoria”, pero los clientes leen en el diario una noticia sobre la quiebra de un banco que era símbolo de esos valores, es fácil comprender que el derrumbe del esqueleto en que se apoya el posicionamiento de las marcas financieras ocasione una incertidumbre colosal que se traduzca en pánico.

De acuerdo con el modelo cognitivo desarrollado por los doctores Aaron Beck y Albert Ellis, un ataque de pánico es la consecuencia de un pensamiento automático que se activa o dispara a partir de un conjunto de creencias centrales que los sujetos han construido a lo largo de su infancia y adolescencia para poder explicar el funcionamiento del mundo que los rodea.

Aunque las creencias de las personas no necesariamente concuerden con la realidad en cuanto al modo en que efectivamente funcionan las cosas, lo cierto es que fueron construidas como resultado de sus experiencias porque en algún momento determinado ofrecieron una explicación satisfactoria de lo que les sucedía.

Así, la economía mundial (la economía argentina no es una excepción) ha sido tan volátil y sus crisis, tan recurrentes que no es difícil pensar que muchos ahorristas hayan construido la creencia de que “cada X cantidad de años hay una crisis”, por ejemplo. Una vez que la idea ha adquirido fuerza de creencia, de nada sirven los ministros de Economía que le hablan al corazón, ni tampoco los que invocan la razón, y mucho menos aquellos que proponen zanjar la cuestión “apostando” a señalar que la percepción está equivocada.

Casualmente, uno de los cuadros clínicos que habitualmente se presenta junto con el ataque de pánico es la llamada claustrofobia o ansiedad extrema por encontrarse en situaciones o en lugares de los cuales el escape o la huida podrían resultar difíciles. Como le sucede a un inversor que posee una acción o un bono cuyo precio no para de caer o, peor aún, que ha dejado sus depósitos en un banco del cual no puede retirarlos. El disparador de la creencia puede ser cualquier suceso que cuestione la solidez bancaria o del sistema económico en su conjunto.

El cliente descubre que no posee la más mínima información respecto de la potencial solidez de la institución en la cual tiene sus ahorros, y la incertidumbre le genera tanta ansiedad que entra en pánico, se replantea todas sus decisiones previas, corre a retirar sus inversiones y busca un resguardo seguro para su dinero. El funcionamiento de los mercados de valores se basa en una lógica similar a la descripta.

Ahora bien: esto no debería suceder. Después de todo, el economista Eugene Fama acaba de ganar un Premio Nobel por demostrar, en su tesis doctoral del año 1965 presentada en la

Universidad de Chicago, que los precios de las acciones siguen un camino completamente aleatorio e impredecible.

En el mundo de las finanzas esta tesis se conoce como el principio de “mercados eficientes”, porque a cada momento los mercados incorporan a los precios toda la información existente, de suerte que cualquiera que tenga nueva información sobre un evento que impactará en la rentabilidad de una empresa simplemente actúa en el mercado (comprando o vendiendo esas acciones) y ocasiona que los precios se ajusten de modo automático para reflejar la nueva información.

Esta es la razón principal por la cual siempre les digo a mis alumnos, amigos y conocidos que me consultan que no tengo la menor idea respecto de si conviene comprar dólares o euros, por ejemplo, y les sugiero que desconfíen de cualquiera que recomiende alguna de esas dos opciones.

Sin embargo, el común de las personas, que no conocen el modo en que funcionan los mercados financieros ni tienen estudios en economía, suelen creer que pueden predecir la tendencia del dólar, del euro o de la bolsa, o el precio del petróleo. Paradójicamente, muchas veces terminan teniendo razón.

Volvamos a nuestro jugador del ejemplo del casino que sufría la “ilusión del apostador”, por la cual creía que luego de cuatro bolas con números negros un número colorado tenía muchas más chances de salir. Ese apostador creía fervientemente en el azar, y dado que conocía la ley de los grandes números sabía que si, en efecto, la ruleta era azar, antes o después la cantidad de veces que saliera negro o colorado debería equilibrarse necesariamente.

Su problema central es que no sabía que la ley de los grandes números solo es válida, valga la redundancia, para una cantidad muy grande de intentos. Por lo tanto, la próxima bola tenía tantas probabilidades de repetir el color de la anterior como de cambiar. A su vez, la ruleta no tiene memoria y simplemente “no le importa ni le afecta” en lo más mínimo cuál es la creencia del apostador.

Ahora pensemos qué sucede cuando el apostador no cree en el azar, y en vez de ir a jugar a la ruleta va a invertir en la bolsa. Muchas personas creen que si la bolsa se comportara de manera aleatoria debería alternar permanentemente entre días de baja y días de alza; consideran que las rachas de varios días de subas o varios días de bajas no corresponden a un comportamiento aleatorio. Para ser más específicos, la mayoría de las personas creen que la secuencia S B S B S B S B S B (donde la S indica que la bolsa sube y la B señala que la bolsa baja) observada a lo largo de diez días de operaciones corresponde a un comportamiento aleatorio, pero consideran que la serie S S S S S B B B B B no es el resultado lógico o probable de un comportamiento aleatorio.

En rigor, las dos secuencias de alzas y bajas de la bolsa presentadas en el ejemplo podrían perfectamente ser el resultado de un fenómeno por completo aleatorio, y de hecho ambas tienen exactamente la misma probabilidad de ocurrir.

Si a ese habitual error de razonamiento le sumamos el hecho de que tendemos siempre a buscar regularidades (aunque muchas veces lo hagamos de manera inconsciente), a elaborar conclusiones con facilidad y a prejuzgar a partir de información escasa, obtendremos manadas de inversores convencidos de que una semana de cotizaciones en alza del tipo S S S S S necesariamente implica que se está viviendo una racha positiva, que el mercado está hot,

y que por lo tanto hay que invertir porque el alza continuará.

Y no se trata de una hipótesis mía. Acabo de hacer un experimento parecido con mis alumnos del curso de Economía del Comportamiento de la Universidad de Buenos Aires. Construí una serie de números aleatorios en una planilla de Excel y cuando el número (entre 0 y 1) era mayor a 0,5 lo reemplacé por la palabra “suba”, mientras que cuando resultaba menor a 0,5 ponía “baja”. Luego les pedí que me dijeran si comprarían o venderían acciones al cierre de cada semana (obviamente, sin decirles que la serie no reflejaba la evolución real del mercado accionario, sino que había sido generada aleatoriamente por el Excel). El resultado es que la mayoría de ellos creyeron observar tendencias alcistas o bajistas, tendiendo por lo tanto a comprar o vender sus acciones hipotéticas en ese juego.

En el aula esto no es más que un interesante resultado académico una anécdota. Pero el problema es que en la realidad, si muchos inversores razonan del mismo modo, habrá un exceso de demanda de acciones en la bolsa y el valor de las mismas tenderá a subir, reforzando la convicción de nuestros inversores, quienes confirmarán que efectivamente estaban en lo cierto al inferir que el mercado presentaba una tendencia alcista.

Cualquier semejanza con el ejemplo del conductor que en pleno congestionamiento maldecía por no haber tomado la avenida 9 de Julio no es, obviamente, mera coincidencia.

Tanto en Economía como en Psicología, esta situación se conoce como la “profecía autocumplida”: la propia creencia de los inversores en que se está asistiendo a una racha alcista es la que produce la próxima suba del valor de las acciones, y como la suba confirma las expectativas previas, esta “supuesta capacidad” para predecir se refuerza. Se produce, entonces, lo que técnicamente se denomina una “burbuja” especulativa.

Por supuesto, el razonamiento es igualmente válido para los períodos de baja. Así, una burbuja puede hacerse añicos simplemente a partir de un proceso aleatorio de movimiento bursátil del tipo B B B B B S S S S S, en que una semana completa de bajas le puede hacer creer al inversor que se está asistiendo a un ciclo bajista y que por lo tanto conviene vender de inmediato.

De este modo, el comportamiento en manada de los inversores que venden hará bajar nuevamente los precios y ellos se encontrarán nuevamente frente a la profecía autocumplida, con datos que reforzarán sus hipótesis previas.

Es cierto que es más fácil observar burbujas alcistas que bajistas, pero eso se debe a que los inversores que compran acciones creen que estas van a subir y por lo tanto, cuando se produce una racha de baja, no aceptan fácilmente que estaban equivocados. En ese caso, debido al sesgo de confirmación de hipótesis, es más probable que los individuos crean que una serie de cinco días seguidos de baja solo constituye un fenómeno aleatorio y que, como en la ruleta, al sexto día “subirán las acciones”, porque de este modo queda a salvo la hipótesis que motorizó la compra de acciones, según la cual los valores iban a subir.

La razón por la cual es más probable que una burbuja bajista siga a una alcista es que los inversores están mucho más dispuestos a vender después de que el mercado se ha mantenido en alza durante un tiempo, pues ya han obtenido una ganancia, y en esas circunstancias retirarse no ocasiona ninguna disonancia cognitiva con las expectativas previas.

Otro sesgo que afecta sistemáticamente las decisiones de los agentes que operan en los mercados financieros le valió en 2012 el Premio Nobel de Economía a Robert Shiller, por descubrir que los operadores normalmente sobre reaccionan ante las noticias (buenas o

malas) acerca de las empresas que cotizan en bolsa, o respecto a la salud de la economía en general.

Esta reacción exagerada puede generar burbujas tanto alcistas como bajistas, haciendo que los mercados financieros sean muy volátiles y requieran algún tipo de regulación.

¿Qué podemos aprender, entonces, de la psicoanatomía de las últimas crisis económicas internacionales? En primer lugar, que los mercados están lejos de funcionar de modo eficiente y que los consumidores e inversores usan atajos, a los cuales denominamos heurísticas, para procesar la información y tomar decisiones; no maximizan funciones de utilidad construidas a partir de preferencias estables, sino que las preferencias se construyen sobre la base de símbolos que funcionan como vectores informativos que resumen (muchas veces sesgadamente) la información disponible.

En segundo lugar, que si en efecto existe ese tipo de sesgos en el procesamiento de las marcas de productos financieros, que resumen de manera simbólica la información relevante, quizás sea conveniente repensar los esquemas de regulación de la publicidad para este tipo de productos.

Quizás resulte conveniente promover medidas que protejan a los consumidores de los comportamientos imprudentes de los bancos y financieras, que son áreas en que los mercados no funcionan seleccionando eficientemente a los mejores productores, como ocurre en otros sectores de la economía en los que las empresas que no saben hacer las cosas bien o son ineficientes, terminan quebrando.

Si la verdulería de la esquina vende frutas de mala calidad, los vecinos optarán por comprar en otro lado y el comerciante tendrá que cerrar. Si una empresa textil vende ropa muy cara, los consumidores comprarán productos de la competencia y el carero deberá adaptar sus precios o cerrar su negocio. Pero si un banco no administra bien los ahorros de sus clientes y se funde, ¿cómo saben los clientes de los otros bancos que esa entidad quebró por ineficiente o porque hay un problema sistémico que pone en riesgo los ahorros de todas las instituciones financieras?

En tercer lugar, el único modo de evitar que se produzcan burbujas ocasionadas en comportamientos de manada sería lograr que las cotizaciones evolucionaran sin rachas autogeneradas, sino como un fenómeno realmente aleatorio en el que ningún inversor pudiera predecir cuál será la evolución de una acción o un bono en los próximos días.

En ese sentido es plausible pensar en intervenciones aleatorias de la autoridad monetaria en los mercados (mediante la compra y venta de acciones), que aumentando la imprevisibilidad de la evolución de los índices bursátiles, les transmitirían a los inversores de la bolsa la sensación de aleatoriedad de que carecen.

De ese modo se reduce notablemente la posibilidad de que los operadores generen hipótesis sobre rachas o tendencias de mercado, que son las que dan lugar a los comportamientos de manada que producen las profecías autocumplidas y desembocan en las burbujas financieras.

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