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Leyendo la mente de los otros Teoría de los juegos; estrategia,

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engaño y cooperación

La historia transcurre en el año 1950, en una cafetería de la Universidad de Princeton, Estados Unidos. Un joven de 21 años, estudiante de doctorado en matemática, está tomando una cerveza con unos amigos cuando hace su ingreso al bar una de las chicas más “populares” de la facultad, rodeada por un grupo de compañeras.

Parafraseando a Adam Smith, uno de los amigos propone que cada uno intente por sus propios medios conquistar a la rubia más deseada, puesto que, según sostiene, “en la persecución del interés individual se garantizaría el mayor bienestar posible para el grupo”.

El doctorando piensa por un segundo y luego, con total soberbia, anuncia: “Adam Smith estaba equivocado. Verán, si todos intentamos abordar a la rubia, ella seguramente se jactará de su belleza y nos rechazará. Cuando queramos sacar a bailar a las amigas, tampoco nos prestarán atención, pues a nadie le gusta ser la segunda opción. En cambio, el bienestar del grupo se maximiza cuando cada uno hace lo mejor para sí mismo, teniendo en cuenta las acciones del resto del grupo”.

Es probable que la anterior escena, que pertenece a la película Una mente brillante, sea inventada y nunca haya sucedido en la realidad. Sin embargo, lo cierto es que la Academia Sueca le entregó el Premio Nobel de Economía a John Nash, protagonista de la anécdota, por sus extraordinarias contribuciones en el terreno de la teoría de los juegos, que es la rama de la matemática económica que se ocupa del estudio de las interacciones estratégicas entre las personas.

Nash no fue el primer curioso en estudiar este tema. En 1928, un brillante matemático húngaro nacionalizado estadounidense publicó un artículo titulado “Zur Theorie der Gesellschaftsspiele”, cuya traducción sería algo así como “Sobre una teoría de juegos de estrategia”. De manera interesante, John von Neumann comenzó a trabajar en la temática a partir de su pasión por el póquer, con la intención de encontrar una solución matemática que permitiera aumentar las chances de ganar en ese juego.

El póquer realmente no es un juego más, es una metáfora de la vida.

Sé que muchos están más de acuerdo con la idea de que la vida es como el trabajo de un artesano o un carpintero que talla la madera y obtiene de su labor un resultado que es directamente proporcional a su talento y al esfuerzo realizado, y que también depende en cierta medida de la calidad de la madera tallada y de los instrumentos o las herramientas con que cuenta para realizar su tarea.

Quienes piensan de este modo son los amantes de la meritocracia, que están convencidos de que las desigualdades sociales son el resultado de los diferentes talentos de que disponen los individuos y de los distintos niveles de esfuerzo que ellos realizan para progresar en la vida.

Algo así tenía en mente el filósofo John Rawls cuando sostuvo, en su segundo principio de justicia distributiva, que un determinado nivel de desigualdad era aceptable si se había generado a partir de iguales oportunidades o condiciones de partida. En la vereda de enfrente se ubican quienes, más a tono con las teorías sociológicas clásicas, piensan que los resultados socioeconómicos son producto de un proceso que se repite históricamente, reproduciendo un determinado orden social en el cual las personas ocupan diferentes posiciones casi por azar.

Como sucede habitualmente, la realidad yace en algún lugar intermedio. Tal y como lo demuestra Malcom Gladwell en su libro Los fuera de serie, las personas a las cuales les va muy bien suelen combinar talento con suerte, ambos elementos en cantidades significativas.

Por otro lado, esa es exactamente la receta para ser exitoso en el póquer: recibir buenas cartas, pensar estratégicamente y saber jugar. Es verdad que, además, en el póquer hay que saber mentir y detectar mentirosos, pero ¿acaso no ocurre lo mismo en la vida?

Según el tráiler de la famosa serie Lie to me, basada en las investigaciones del psicólogo Paul Ekman, una persona común dice en promedio tres mentiras en cada conversación de diez minutos.

Obviamente, muchas son mentiras relativamente “inocentes” o “ingenuas”, como por ejemplo: “justo te iba a llamar”, “me quedé sin crédito en el celular”, “la cena te salió riquísima”, “es la primera vez que me pasa”, “te queda muy lindo”, “estoy en el banco, no puedo hablar”, “vuelvo en cinco minutos”, “yo no fui”, “no tengo cambio”, “después te lo devuelvo”, y un larguísimo etcétera.

El engaño es una de las características fundamentales de nuestra especie, que prueba al mismo tiempo nuestra inteligencia y nuestra capacidad para adentrarnos en la mente del otro, es decir, nuestra empatía.

A su vez, si bien en un grado menor de complejidad, este comportamiento también se encuentra presente en otras especies animales, como lo han demostrado la bióloga Federica Amici y sus colegas de la Universidad de Liverpool en un trabajo reciente sobre el engaño en monos, publicado en los Proceedings of the Royal Society in Biological Sciences.

Las investigaciones de la especialista en comportamiento de niños de la McGill University, Victoria Talwar, muestran que los chicos comienzan a mentir a los dos años, aunque al principio lo hacen de manera burda y evidente.

Recién alrededor de los cuatro años empiezan a desarrollar la verdadera capacidad de engañar (que luego perfeccionan durante el resto de sus vidas), lo cual concuerda con el hecho de que, como señala Steven Pinker en su libro Cómo funciona la mente, a esa edad se desarrolla la capacidad de tener una teoría de la mente que nos permite comprender que las otras personas también tienen estados mentales.

Este fenómeno no tiene prácticamente excepción: los estudios de laboratorio efectuados por estos especialistas señalan que el 96 por ciento de los chicos miente (y mi sospecha es que los que no lo hacen presentan algún problema concreto en su desarrollo cognitivo, como ocurre en el caso de los niños autistas).

Justamente, nuestra especie se denomina homo sapiens sapiens porque somos hombres que pensamos que pensamos, pero probablemente los investigadores se hayan quedado cortos con el nombre: deberíamos rebautizar a la especie como homo sapiens sapiens sapiens, pues no solo somos conscientes de que pensamos (y, si estoy en lo cierto, lo hacemos del modo descripto en este libro), sino que además tenemos la capacidad de representarnos

los pensamientos de otros; es decir, poseemos una teoría sobre el modo en que otros piensan, una teoría de la mente.

Obviamente, esa teoría de la mente permite comprender que otras personas también tienen una teoría de la mente, de suerte que resulta realmente difícil y tedioso decidir el curso de acción óptimo considerando que uno sabe que el otro sabe que uno es consciente de que el otro se imagina el modo en que uno piensa, y así sucesivamente, ad infinitum.

Exactamente esa idea tenía en mente von Neumann cuando escribió su primer artículo, a partir del cual se elaboró la estrategia del minimax, que consiste en elegir el curso de acción que, dados los diferentes comportamientos estratégicos posibles de la persona con quien interactuamos, minimiza las posibles pérdidas.

Supongamos, por ejemplo, que nos designan para dirigir un equipo de fútbol de primera división. Por desgracia no se trata de un gran equipo de esos que pelean el campeonato, pues en ese caso nuestra estrategia óptima sería simplemente salir siempre a ganar, con un planteo de juego bien ofensivo. En cambio, si nuestro equipo es uno del montón, lo mejor que podemos hacer es evaluar nuestro potencial ofensivo y defensivo y compararlo con el de cada uno de los rivales a los que tendremos que enfrentar.

Imaginemos que cuando llega la décima fecha del campeonato hemos hecho diez goles y nos han marcado otros doce tantos. En esa fecha nos enfrentamos con un equipo que ha hecho doce goles pero solo ha sufrido tres caídas de su valla. Si hacemos un planteo defensivo y ellos presentan el mismo esquema de juego, la pelota estará un 50 por ciento del tiempo en nuestro campo y un lapso similar en campo contrario.

En ese caso tendremos todas las chances de perder, porque en defensa los rivales son cuatro veces superiores a nosotros. Si hacemos un planteo ofensivo y ellos se mantienen en una postura defensiva, tendremos chances de lograr un buen resultado porque nos mantendremos alejados de nuestra valla (supongamos, un 80 por ciento del tiempo), que comparativamente representa nuestra mayor debilidad.

En cambio, si nuestro rival sale a ganar y nosotros salimos a defendernos, estaremos en el peor de los mundos, porque tenemos una defensa bastante mala, ellos poseen una delantera muy efectiva y el 80 por ciento del tiempo la pelota estará en nuestro campo. La última posibilidad es que tanto nuestro rival como nosotros salgamos a ganar, en cuyo caso nuevamente tendremos las de perder, pues aunque la delantera de ellos es mejor que la nuestra por una diferencia pequeña, resultará más efectiva en virtud de nuestra mala defensa. Ahora bien, obviamente nosotros no sabemos a ciencia cierta si ellos optarán por un planteo ofensivo o defensivo, de modo que nuestro razonamiento estratégico debería preguntarse qué es lo mejor que podríamos hacer si supiéramos que el rival saldrá a defenderse.

Por el contrario, si estuviéramos seguros de que nuestro oponente saldrá a atacarnos, ¿cuál sería nuestra mejor elección? En el primer escenario (el rival sale a defenderse) vimos que la mejor estrategia era salir a atacar. En el segundo escenario (el rival hace un planteo ofensivo), el mal menor también consistía en salir a atacar. Así, en economía diríamos que salir a atacar es nuestra estrategia dominante en el juego de minimax.

Si nuestro rival razona del mismo modo, preferirá defenderse, pues la defensa es la estrategia que le proporciona más ventaja. De este modo, podríamos afirmar que el escenario resultante, en el cual nuestro equipo sale a atacar y el equipo rival sale a defenderse, constituye en términos económicos un equilibrio de Nash (el cómputo matemático exacto

puede hacerse a partir de los números proporcionados en el ejemplo).

En los años que siguieron a la publicación del mencionado artículo, von Neumann fue por más. En 1944, junto con Oskar Morgenstern, publicaron La teoría de juegos y el comportamiento económico, la biblia de la teoría de los juegos aplicada a la economía.

Al comienzo de este libro utilizamos la metáfora del ordenador para explicar el modelo del funcionamiento de la cognición según la Psicología Cognitiva. De manera interesante, además de ser un matemático brillante y el padre de la teoría de los juegos, von Neumann desarrolló las bases científicas para la invención de las computadoras, de modo que sus descubrimientos relativos a la teoría de los juegos se basaron en considerar que las personas efectivamente actuaban en forma idéntica al funcionamiento de las computadoras.

Así, sin temor a equivocarnos podríamos afirmar que von Neumann fue, tal vez sin saberlo, el primer psicólogo cognitivo. Sin embargo, su visión de la mente como un ordenador fue quizás excesivamente literal. Este matemático no solo consideraba que los sujetos tenían una teoría de la mente y comprendían los estados mentales de las otras personas, sino que además suponía que esa teoría era perfecta y, casi con fuerza de ley, creía que todos podían adentrarse en los estados mentales de otras personas con claridad y transparencia. Puede que ese haya sido el caso de la mente de von Neumann, probablemente la persona más inteligente que haya existido jamás sobre la faz de la tierra.

Cuenta la leyenda que un día los compañeros de laboratorio del matemático húngaro estaban preocupados porque necesitaban hacer un complejo cálculo matemático y las primitivas computadoras que habían creado no poseían aún la potencia suficiente para realizarlo. John pidió un lápiz y un papel y resolvió el ejercicio, que era imposible de solucionar para un computador, a mano alzada y en unos pocos minutos.

Naturalmente, si von Neumann tenía en su cerebro un procesador Core Duo o un Quad de 3,2 Giga Hertz, 4 Giga de memoria RAM y 500 Mega de disco rígido, el resto de los mortales tenemos apenas la capacidad de una Commodore 64 o de una Atari.

Si hemos desarrollado heurísticas y estamos infectados de sesgos en nuestros razonamientos como un modo de darle sentido al mundo a partir de nuestras limitaciones, el terreno de la teoría de la mente no es una excepción y el desarrollo de nuestras estrategias de comportamiento, que tienen en cuenta la reacción de otras personas, también está teñido de reglas de comportamiento que quizás no se basen en razonamientos tan sofisticados como los que von Neumann pensaba que teníamos.

Una de las mejores pruebas de que nuestra mente piensa acerca de qué es lo que piensa la mente de las otras personas pero no lo hace como si fuera una computadora surge del experimento que el experto en Economía del Comportamiento, Colin Camerer, realizó en el Instituto Tecnológico de la Universidad de California inspirado en el famoso “concurso de belleza” que popularizara John Maynard Keynes en su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, publicada en 1936.

En el juego de Keynes, los lectores de una revista donde se publicaban fotos de señoritas debían votar para elegir no ya a la modelo que ellos consideraran más bonita, sino a la que creían que la mayoría iba a considerar como la más linda.

En la versión de Camerer, las personas debían elegir un número entre 1 y 100, y la gracia del juego residía en que ganaba quien hubiera elegido la cifra que más se aproximara al 70 por ciento del promedio de las cifras elegidas por todos los participantes. Por ejemplo, si el

promedio de los números elegidos por los jugadores fuera 50, dado que el 70 por ciento de 50 es 35, ganaría el concurso quien hubiera elegido la cifra más cercana al número 35.

Obviamente, en el juego de Keynes lo mejor que se podía hacer no era elegir a la concursante que uno considerara más bonita, sino a aquella que uno pensaba que iba a ser vista por el resto como la más bonita (por ende, la más elegida).

En el experimento de Camerer, si todos se dan cuenta de que el ganador va a ser quien elija el 35, entonces la mayoría elegirá el 35 y el verdadero ganador será aquel que elija el 70 por ciento de 35, es decir, 24,5. A su vez, si todos razonan del mismo modo, ganará el que elija el 70 por ciento de 24, esto es, 16,8, y así sucesivamente, de suerte que si nuestra mente funcionara como una computadora, eventualmente todos terminarían eligiendo el número 0.

Sin embargo, el resultado notable es que los participantes empiezan por elegir el número 46 y solo cuando el juego se repite una y otra vez se dan cuenta de que les conviene pensar en qué están pensando los otros; es decir, comprenden que les conviene formarse una teoría sobre el funcionamiento de la mente del resto de los participantes.

Aunque los concursantes empiezan a actuar de manera cada vez más racional a medida que repiten el juego, incluso luego de haber participado diez veces seguidas todavía muy pocos eligen el 0 y la mayoría termina escogiendo cifras cercanas al 13.

En tiempos turbulentos en los mercados financieros internacionales, y mientras las bolsas de Italia, Francia, España y muchos otros países se desploman, la lección de la teoría de los juegos es que no importa cuán bien les vaya a esas economías y a las empresas que cotizan en sus respectivas bolsas; en última instancia, lo que determina el precio de esas acciones es lo que las personas piensan sobre la crisis y sobre las posibilidades de recuperación.

Más aún, si los inversores son pensadores sofisticados, lo que importará será lo que las personas piensen respecto de cómo piensan las demás personas, dando lugar a una potencial profundización de la crisis como resultado del fenómeno de la profecía autocumplida.

Keynes se hizo multimillonario invirtiendo en la bolsa según esta lógica, de modo que resulta muy razonable que los inversores no quieran ver los balances de las empresas, ni les hagan caso a los presidentes de los bancos centrales. En cambio, ellos preferirían, aunque de momento no sea posible, contar con un escáner cerebral de los otros inversores para saber qué piensan en promedio sobre la crisis, y qué piensan que piensan los otros inversores.

Esta es exactamente la lógica que explica los ataques de pánico a nivel individual: las personas exageran la posibilidad de que ocurra un determinado fenómeno y sufren terribles ataques de ansiedad como resultado de anticipar continuamente la realización de escenarios que no son reales.

Así, por ejemplo, un alumno que debe rendir un examen se angustia pensando en qué hará si sufre una laguna en la memoria, o si no sabe responder una pregunta, o si lo interrumpen durante el examen, entre cientos de posibilidades más. La angustia que le provoca anticipar en su mente todos esos escenarios negativos resulta tan grande que en el momento del examen el estudiante no logra pensar claramente y fracasa en la prueba, auto confirmando de esa manera su propia profecía.

En el terreno financiero, el terrible riesgo de este tipo de procesos mentales es que aun cuando los inversores comprueben la existencia de una economía sólida y de indicadores robustos, con indicios ciertos de recuperación de la actividad, ellos estarán más pendientes de lo que los otros inversores piensen. De ese modo, si consideran que los otros inversores se

encuentran ansiosos y saldrán a vender sus acciones de todos modos, ellos venderán antes para anticiparse a las bajas, produciendo con ese comportamiento el cumplimiento de la profecía y el temido crack económico y financiero.

Sin embargo, los experimentos de Camerer no son la única evidencia de que en materia de interacciones estratégicas con otras personas no aplicamos el grado de racionalidad que indicaría von Neumann. En particular, me interesa comentar un famoso problema que incluso provocó en su momento la equivocación de la mujer que ostentaba el honor de poseer el coeficiente intelectual más alto del planeta, Marilyn von Savant. El juego es así: usted asiste a un programa de televisión donde participa de un concurso en el cual puede ganar un automóvil 0 km si logra acertar detrás de cuál de tres puertas que le muestra el conductor del programa se encuentra el vehículo. No está mal, ¿verdad? Después de todo se le ofrece una chance en tres de acertar y volverse a casa en cuatro ruedas.

Ahora bien, supongamos que usted ha elegido la puerta A, dejando de lado las opciones B y C. Antes de abrir la puerta elegida por usted y develar la incógnita, el conductor abre la puerta B (que usted había desechado), le muestra que efectivamente no había nada detrás de esa puerta y le ofrece modificar su elección inicial. ¿Qué hace usted? ¿Confía en su instinto e insiste en la primera opción, la puerta A, o aprovecha la oportunidad que le da el conductor y

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