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EL FRACASO INMINENTE

In document LA GRAN CAIDA.pdf (página 103-111)

La caída en el precio del petróleo desde los US$ 100 el barril a US$ 40 – US$ 60 equivale a un retroceso de 40 % más. Un desplome dramático.

Este tipo de acontecimientos se ha presentado apenas tres veces, durante períodos de tiempo muy cortos, en los últimos 70 años.

El petróleo y las commodities en general son volátiles, pero no piense ni por un minuto que en este caso se está en presencia de una fl uctuación normal. Defi nitivamente no es así. Este comportamiento equivaldría a una caída de 8.000 puntos del Dow. Estamos hablando de cuestiones extremas.

La pregunta, por supuesto, es ¿cuáles son las implicancias?

Nuestro trabajo es identifi carlas y comprender lo que signifi can para los inversores. En cierto sentido, estos acontecimientos son un shock, nadie los esperaba, excepto quizás, un pequeño grupo de per- sonas detrás de escena que ansiaban que sucedieran.

Creo que estamos viendo la posibilidad de un piso en torno a los US$ 60 para el precio del barril de petróleo, al menos por un tiempo.

Muchos inversores tienden a extrapolar los hechos. Los psicólogos del comportamiento tienen un nombre para esto. Lo llaman “sesgo reciente”.

Tendemos a estar sobre infl uenciados por cualquier cosa que ocu- rra recientemente y nos olvidamos de los más importante. Cuando el precio del petróleo pasa de US$ 100 a US$ 60, lo cual ya califi qué como extremo, la gente dice, “Ahora va a llegar a US$ 50, después a US$ 40 y luego, muy pronto a US$ 30.

No es posible controlarlo todo, pero parece bastante probable que el petróleo va a oscilar alrededor de los US$ 60. Eso es aún un gran dilema y va a tener un impacto negativo sobre los bonos basura y otros mercados.

¿Por qué digo US$ 60? No es porque creo ser más inteligente que muchos otros analistas. No tengo una bola de cristal. Pero sí tuve la oportunidad de hablar con varias personas de la industria.

No existen garantías, por supuesto. Quiero ser claro con respecto a eso. Supongo que el precio del petróleo podría bajar de US$ 60, pero pareciera que va a permanecer en torno a esos valores por el momen- to.

Quiero explicar las razones de mi teoría, porque no me gusta escri- bir cosas que tienen un tono categórico sin argumento. Esto no salió de la nada.

Obviamente, Arabia Saudita es un proveedor marginal. Tiene el poder de impulsar o desacelerar la oferta de crudo. Está totalmente consciente de lo que sucede en el mundo en este sentido. En el país están al tanto de la dinámica de fracking y de extracción de petróleo d los Estados Unidos.

También ven que los Estados Unidos es ahora el principal produc- tor de energía del mundo y está cerca de convertirse en exportador neto de petróleo. Más aún, dejando de lado el crédito que se merece la nación norteamericana por poseer una economía más fuerte que otro países, no hay duda alguna sobre la desaceleración de la dinámi- ca global.

De esa manera, Arabia Saudita ve como en consecuencia la deman- da se debilita.

Esto se basa en los principios básicos de la economía: la oferta es alta como resultado de la efi ciencia obtenida con la tecnología de frac-

king y la demanda es baja, a causa de la desaceleración del crecimien-

to de la economía.

Cuando la oferta es alta y la demanda es menor, los precios bajan. Eso es Economía Básica. Pero la pregunta es: ¿cuánto más puede ba- jar el precio y qué quiere hacer Arabia Saudita al respecto?

Si no pueden detener el auge del fracking, al menos trataran de provocar la quiebra de varias empresas que emplean este método de extracción y conseguir con ello, su cierre inmediato. Para ello, Arabia Saudita busca presionar los precios a la baja, lo sufi ciente como para debilitar a los frackers, puesto que los costos de su actividad son bas- tante altos y al percibir menores ingresos, ésta se torna insostenible.

El poder de Arabia Saudita en la escena energética viene dado por el hecho de que goza del costo marginal más bajo en la producción

de petróleo. La extracción del crudo solo le cuesta un par de dólares. Ese petróleo, fue descubierto y explotado, cuando desarrollaron su in- fraestructura décadas atrás.

Debido a que el costo marginal de producción es mínimo para el país, pueden seguir ganando dinero con cotizaciones en torno a los US$ 40 y US$ 30 por barril.

La pregunta es, ¿cuál es el número que afecta negativamente a los

frackers pero que no alcanza a tocar a Arabia Saudita? Porque ob-

viamente, mientras más bajo el precio del petróleo, menores son las ganancias para esta nación.

En teoría, hay una cifra que es lo sufi cientemente baja para impac- tar sobre los frackers, pero lo sufi cientemente alta para que Arabia Saudita siga obteniendo un buen porcentaje de ganancias.

Es lo que se denomina optimización o un problema de programa- ción lineal. Esta cifra, según mis buenas fuentes, se ubica cerca de US$ 60 el barril.

Así que no se trata de un número que inventé o adiviné por arte de magia.

Piense en US$ 60 por barril como el punto en el que se acumula todo lo malo, en términos de fracking –títulos corporativos y defaults de bonos basura– pero que no llega ser tan bajo como para que los árabes estén en aprietos.

El petróleo por debajo de los US$ 60 es más que letal para los mer- cados fi nancieros. A partir de esta cotización las pérdidas se dan por todos lados. No sabemos necesariamente donde están teniendo lugar en este momento. Pero le garantizo que existen perdedores importan- tes que andan por ahí y saldrán de la nada en los lugares más inespe- rados.

El primer lugar donde éstos aparecerán es en terreno de los bonos basura. Hay alrededor de US$ 5,4 billones –si, billones– de costos incurridos en los últimos cinco años por exploración, perforación e

infraestructura en el sector energético alternativo. Cuando hablo de alternativo, me refi ero al fracking.

Gran parte de esta actividad se lleva a cabo en Bakken y Dakota del Norte, pero también en Texas y Pensilvania. Se trata de mucho dinero. Esta producción ha sido fi nanciada en gran parte con deuda corporativa y bancaria. Las compañías se dieron a la tarea de emitir algunas acciones, pero la mayor parte se concentra de los recursos proviene de deuda.

La dinámica funciona de la siguiente manera. Supongamos que tengo una empresa de exploración petrolera. Digamos que pedí prestado un par de cientos de millones de dólares para iniciar pro- yectos de perforación empleando la tecnología del fracking. El ban- co –prestamista, inversor de bonos o quien sea– dice: “Bueno Jim, acabas de pedirme un préstamo de US$ 200 millones. ¿Cómo vas a pagarme?

Y yo digo, “Bueno, venderé mi petróleo en US$ 80 por barril.” A lo que el banco me contesta, “¿Cómo sé que es verdad?

Entonces, me dirijo a Morgan Stanley, JP Morgan o Citibank y compro lo que se denomina un “contrato de intercambio”. Un tipo de derivado.

Citibank o quien sea acuerda pagarme la diferencia entre US$ 80 y el valor real del petróleo, básicamente. Si el petróleo vale US$ 50 y yo tengo un contrato de intercambio con Citibank que me garantiza US$ 80, ellos deben pagarme la diferencia de US$ 30. De esa forma, bloqueo el precio en US$ 80.

Eso no es gratis. Los productores de petróleo tienden a descartar el alza. Si los precios del crudos suben a US$ 150, debería pagarles a los prestamistas la diferencia. Pero las empresas petroleras tratan de protegerse del riesgo a la baja.

Las empresas petroleras están protegidas porque cuando baja el petróleo a US$ 50, pueden llamar al banco y decir: “Envíame los US$

30 restantes del valor del barril como está en el acuerdo que tenemos”. Y el banco tendrá que enviárselos.

A través del contrato de derivados, la pérdida es responsabilidad del banco. No es la empresa petrolera la que sufre la pérdida. Tal es el caso del sistema fi nanciero global en la actualidad – nunca sabe dónde termina el riesgo.

Entonces la primera iteración es que algunas de las empresas pe- troleras –no todas– han compartido su riesgo con los bancos hacien- do estos contratos de derivados.

Usted estará diciendo: “Entonces los bancos soportarán todas las pérdidas”.

No necesariamente. Los bancos son simples intermediarios. Ellos pueden haber presentado esa garantía a una empresa petrolera y en consecuencia, tendrán que pagar la diferencia de US$ 30 en el caso de mi ejemplo. Pero el banco también podría haber salido al mercado y haber vendido el contrato a alguien más. Entonces la responsabilidad de pagarle a la empresa petrolera es de ese tercero.

¿Quién podría ser ese tercero? Tal vez un ETF (fondo cotizado en Bolsa), y ese ETF podría estar en su cartera. Aquí es donde todo se torna aterrador, porque el riesgo continúa avanzando a través de los pequeños detalles.

Citibank, por ejemplo, puede suscribir US$ 5 mil millones en con- tratos de derivados junto a un gran grupo de productores petroleros. Pero luego, estos podrían tomar esos US$ 5 mil millones y dividirlos en miles de contratos de uno o diez millones, para así esparcir el ries- go por un montón de fondos de bonos basura, ETFs u otros bancos más pequeños.

En el momento que los productores petroleros solicitaron créditos, los modelos presentes en la industria mostraron precios de entre US$ 80 y US$ 150 por barril. US$ 80 es el mínimo en el caso de los proyec- tos más efi cientes, y US$ 150 es obviamente el máximo. Pero ninguna

empresa salió a buscar dinero asumiendo que podían tener ganancia con un barril a US$ 50.

Así que de repente, aparece una deuda enorme que los productores no pueden cubrir con el dinero que obtengan a partir de un barril a US$ 50. Eso signifi ca que esas deudas se pasan a pérdida.

¿Cuánto? Eso es un poco más especulativo.

Creo que un 50% de la deuda debe pasarse a pérdida. Pero seamos conservadores y creamos que se trata solo de un 20%. Eso equivale a un billón de dólares en pérdidas que no han sido absorbidas o descon- tadas por el mercado.

Volvamos a 2007. La suma total de los préstamos subprime y Alt–A se estimaba cerca de un billón. Las pérdidas en ese sector alcanzaron un 20%. Para entonces, se tenía un mercado de US$ 1 billón con US$ 200.000 millones en pérdidas.

Ahora, estamos hablando de un mercado de US$ 5 billones con US$ 1 billón en pérdidas por deudas impagas – sin contar los deri- vados. Este fraude es más serio que la crisis subprime que se desató sobre la economía en 2007.

No estoy diciendo que vamos a vivir un caos de esa magnitud ma- ñana; estoy tratando de demostrar que las pérdidas ya están ahí. Aún con un barril a US$ 60, las pérdidas son mucho mayores a las de la crisis de 2007. Estamos frente a un desastre.

Por encima de todos esos préstamos negativos, están los derivados. Justamente ahora, parte de los productores están dubitativos y dicen, “Salimos y pedimos prestado todo ese dinero con la suposición de que el precio del petróleo sería de US$ 80, US$ 90, US$ 100. Pero también vendimos la producción proyectada a un par de años en US$ 90. Con lo cual, estamos bien”.

Esto no aplica a todos los casos, pero sí a la mayoría. Sin embargo, el problema con los derivados es que nunca se sabe dónde termina el riesgo. Yo no sé dónde está, la Reserva Federal no sabe dónde está ni

tampoco lo saben los reguladores. Puede que los bancos sepan lo que les compete, pero no comprenden el asunto en su totalidad. Eso signi- fi ca que tenemos que seguir averiguando.

Las pérdidas de ahora son potencialmente más grandes que las de la pasada crisis hipotecaria. Las pérdidas podrían ser mayores a los créditos del sector porque usted puede crear derivados de la nada. Y como digo, podrían estar en su cartera.

Todavía hay tiempo para llamar a su asesor de inversiones o broker para ver qué clase de riesgo se esconde en su cartera. Es momento de tomar una postura un poco más defensiva. Dicha postura podría ser incorporar un poco más de efectivo u otro tipo de protecciones. De esa manera, cuando las cosas comiencen a colapsar a su alrededor – aunque no le impacten directamente – no recibirá daños colaterales.

Volviendo a mi primer punto, las pérdidas de ahora son potencial- mente más grandes que las de la pasada crisis hipotecaria. Éstas po- drían ser de mucho más representativas que el acumulado en créditos porque usted puede crear derivados de la nada misma. Y como dije antes, éstos podrían estar en su cartera.

Estuve hablando con un inversor recientemente acerca de sustituir algunas de sus inversiones, y él me dijo: “Bueno, tú sabes, mi broker se ocupó de mi cartera, adicioné algo de efectivo, fondos monetarios de mercado, algunas acciones y tengo este fondo de renta fi ja”.

Y yo le pregunté, “¿Sabe lo que hay en su fondo de renta fi ja?” Él contestó, “No, mi asesor me lo recomendó”. Y yo le contesté, “Veamos los documentos”.

Los estudiamos y se trataba de un fondo de renta fi ja municipal. Encontramos bonos de Puerto Rico, bonos de la ciudad de Detroit – absoluta basura. Este es el tipo de peligro en el que usted se encuentra.

Algunas de estas empresas de fracking caerán en bancarrota. Esto signifi ca que usted tendrá pérdidas en algunas acciones de las empre- sas que no se blindaron.

En esa línea, muchos frackers emitieron deuda que va a ser impo- sible de pagar. Esto no necesariamente signifi ca que las empresas irán a quiebra, aunque es una posibilidad; sino que tendrán que reestruc- turarse. Sin embargo, esa deuda ya sea bancaria o bono basura, va a ser imposible de pagar.

Otras empresas estarán bien porque compraron derivados. Pero ¿dónde fueron a parar esos derivados?

Pensemos de nuevo en la crisis del sector inmobiliario. Ahora sabe- mos que muchos de los derivados terminaron en AIG.

AIG era una compañía de seguros tradicional de 100 años que apostaba a que los precios de las viviendas no caerían. Goldman Sachs y otras instituciones apostaban a lo mismo.

Cuando los precios de las viviendas cayeron, todo el mundo le dijo a AIG, “Págame”.

Es como si ganaras en la ruleta del casino, esperas que la casa te pa- gue. Pero por supuesto, AIG no pudo pagar y tuvo que ser rescatada por el gobierno de los Estados Unidos con un plan de más de US$ 100.000 mi- llones. Eso es lo que estamos viendo ahora. Las apuestas están por todos lados, porque nadie pensó que el petróleo llegaría a cotizarse en US$ 60.

Las pérdidas empezarán a llegar, pero lentamente. No estoy dicien- do que mañana por la mañana nos vamos a despertar y nos encontra- remos con que el sistema fi nanciero ha colapsado. Este es el comienzo del desastre.

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