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Una fenomenología de las religiones

4. LA ETNOLOGÍA, LA MITOLOGÍA Y EL RITO DESVELADOS

4.1. La violencia y lo sagrado

4.1.6. Una fenomenología de las religiones

A pesar de que el mundo occidental sea incapaz de descubrir la esencia de lo religioso, tras la lectura de este libro, Girard nos capacita para observar cómo la religiosidad, con sus ritos y prohibiciones, es el primer parapeto de la humanidad para evitar la violencia que amenaza con destruirla. La incomprensión de lo religioso en nuestra sociedad nos hace mantenernos en desventaja respecto a los hilos que tejen la violencia en nuestras sociedades. El uso del lenguaje como ocultación de la verdad no pasa desapercibido a Girard. Hoy, por influencia del estructuralismo, se intenta extremar las diferenciaciones hasta eliminar las ambigüedades con las que contaban en su origen palabras clave como

kratos o hieros130. Así, se intentan borrar las huellas de la experiencia criminal fundadora de las sociedades, y se nos hace inaccesible la verdad de la violencia.

Respecto a la teoría del sacrificio, es necesario observar que la comunidad y lo sagrado deben mantenerse en una distancia adecuada para poder dejar fluir los ritos sacrificiales. Hay que tener en cuenta las sucesivas sustituciones sobre las que se basan este tipo de ritos para que consigan hacer su efecto pacificador. La comunidad se sustituye por una víctima única, y la víctima para el sacrificio por una propiciatoria que forma parte de la comunidad. Sin embargo, esta víctima será una representación del ‘doble monstruoso’, y no deberá ser tan cercana a la comunidad como para que la proximidad haga sentir al resto que son susceptibles de convertirse en víctimas y que se desate la violencia

recíproca. Para ello, la víctima deberá pasar por una ‘preparación sacrificial’, concepto que Girard introduce para hacernos entender que el objetivo único del sacrificio es «reproducir la violencia fundadora de la manera más exacta posible»131, para que sea lo más idónea posible. Por eso los animales sacrificiales suelen ser asimilados a la

comunidad, domesticados, para que sean eficazmente sustitutorios de los hombres. Del mismo modo que el sacrificado Rey Swazi es preparado durante una semana previa a su

sacrificio, acogido, tratado como un rey, los animales o los esclavos, también, en múltiples culturas.

130 No hay ambigüedad posible: Cratos (Κράτος, en latín Cratus) era la personificación masculina de la fuerza y del poder, hijo del titán Palas y de Estigia. Participó en la lucha de los dioses contra los titanes y fue quien ayudó a Hefesto y a Bía a encadenar a Prometeo cuando fue sorprendido robando el fuego a los dioses.ερός / hierós: remite a las cosas consagradas al culto sacrificial y condiciones necesarias para la realización del rito. Así, un lugar puede volverse sagrado en una ceremonia de un sacrificio, incluso un objeto de la vida cotidiana (el cuchillo para degollar a la víctima sacrificial) o incluso un hombre (el oficiante). El sacerdote (oἱερεύς / hiereús) no es extraño a la comunidad. A veces, no es más que un funcionario sacado a suertes o elegido por un año; el sacerdocio aparece como un cargo del Estado efímero (el del sacerdote de Eleusis era el más conocido) con una función esencialmente civil-política.

En este último capítulo, Girard, trata de ampliar la hipótesis de la violencia fundadora a todas las formas rituales posibles, incluidas las que se consideran ‘aberrantes’ y los llamados ‘ritos de paso’. Plantea el origen común y la unidad de todos los ritos en la víctima propiciatoria, y subraya la importancia de los mismos como origen de

instituciones humanas tanto religiosas como profanas. Además, para terminar la hipótesis de forma brillante relaciona las instituciones surgidas en comunidades donde no existe la inmolación ritual, con el propio mecanismo de la violencia fundadora que lo caracteriza. Para ello, comienza analizando el caso del canibalismo Tupinamba y sus dos formas diferenciadas, centrándose en la ritual, en el canibalismo que exige una preparación del que será el chivo expiatorio para presentarle como doble monstruoso ante la comunidad, suficientemente semejante a la misma como para asegurar la transferencia, el intercambio de la energía entre la víctima y la comunidad a la que representa. Aquí, el hecho de que se produzca la antropofagia no debe confundirnos y alejarnos de la visión de este rito como un sacrificio más, precedido de la preparación sacrificial correspondiente. La víctima «no se inmola para comérsela, sino que hay que comérsela porque se inmola»132, es el deseo de destruir y

131 V&S., p. 283.

132 V&S., p. 288. También se encuentra aquí la base de la intuición que desarrollará posteriormente en Los

orígenes de la cultura, poniendo en relación la domesticación animal con el sacrificio.

absorber la violencia encarnada en esa víctima, la sustancia se ha convertido en benéfica. Cuando Girard, en El Chivo expiatorio, nos advierta de la inversión de este rito en el Cenáculo –se come antes del sacrificio–, lo hará pensando en este descubrimiento de años anteriores.

Los ritos tienen, todos, el mismo objetivo: buscar el orden social, que todo permanezca como estaba, que las diferencias se restablezcan. La repetitividad de los ritos no tiene otra intención que la de evitar que el temor que suscitó la crisis original se olvide. Es necesario que las generaciones subsiguientes lo conserven para recordar el peligro al que estuvo sometida la comunidad. Sin embargo, debemos puntualizar que no se trata de un

proceso premeditado, que la eficacia del rito reside en la méconnaissance y en el carácter sagrado misterioso que la envuelve.

Los términos asociados a esta eficacia: katharsis, purga, purificación en el plano religioso, chamánico e incluso médico, con sus distintos significados coinciden en el carácter de expulsión de la violencia fuera de la comunidad, mediante despeñamiento, linchamiento, lapidación, crucifixión o ahorcamiento. Tema universal ejemplificado en despeñaderos rituales, Roca Tarpeya y Acrópolis, ajusticiamientos fuera de las murallas, que abundan por doquier.

René Girard, en un último momento del libro, trata de demostrar la vinculación de la violencia fundadora con las instituciones surgidas en lugares donde no existe la

inmolación ritual. Por ejemplo, demuestra que el sistema judicial y la pena de muerte siguen siendo la prolongación moderna del ritual de la violencia fundadora, la función del ejecutado es religiosa133. Además, la exposición pública de los delincuentes que se lleva a cabo en ciertas ocasiones da pistas acerca de esta sospechosa unanimidad de

espectadores que condena a determinados individuos al sacrificio, para evacuar sobre ellos las insoportables tensiones que guardan entre sí: aquelarres, linchamientos públicos, ahorcamientos ejemplarizantes en Irán, China, etc.

Girard se permite afirmar retrospectivamente la existencia real del acontecimiento fundador en la noche de los tiempos: al comprobar en las formas que presentan la relación de semejanza que la historia originaria, el mito y el rito, guardan con la historia presente. Sadam Hussein, Gadafi, Ben Laden son víctimas posteriores a la edición del libro de Girard, pero tienen la misma estructura en su forma y contexto de

ajusticiamiento que Julio César, Luis XVI, Mussolini, etc., en la historia, y que el rey Swazi, Xipe-Totec, en el mito, y que Juan el Bautista en los Evangelios. Esa infinita lista de magnicidios que nos relata la historia de la humanidad y la mitología entran en este libro en sospechosa coincidencia.

133 Cf. V&S., p. 311.