4. LA ETNOLOGÍA, LA MITOLOGÍA Y EL RITO DESVELADOS
4.1. La violencia y lo sagrado
4.1.1. La víctima propiciatoria como pararrayos de la violencia en los ritos y los mitos
La hipótesis de este libro es que el origen de la cultura se basa en el mecanismo de la víctima propiciatoria. Por primera vez propone que un acontecimiento violento con tintes religiosos es el fundador del orden cultural. El hombre descubre que el homicidio de una víctima, algo en lo que toda la comunidad participa, pone fin al círculo vicioso de la violencia, y trae con él el restablecimiento del orden. Este chivo expiatorio tiene un carácter ambivalente y sagrado, en cuanto a que se le atribuye el mal para restablecer el bien. El origen de las divinidades primitivas descansa en este sacrificio. La lógica
primitiva funciona más o menos así: ‘si [la víctima] trajo el caos con su irrupción en nuestra comunidad, y su muerte la paz, es que su origen es divino –regalo de los dioses– o dios ella misma’. Así, el sacrificio adquiere una función catártica que el ritual –
repetición del sacrificio– y el mito –relato semi velado del sacrificio– tratan de rescatar. La universalidad de los ritos sacrificiales, no hace más que demostrar que la repetición
del homicidio espontáneo y unánime, que instaura el orden dentro de la comunidad en crisis, trata de perpetuar su función, y sitúa a los mitos en la posición de recordar,
80 http://elpais.com/diario/1983/12/19/cultura/440636406_850215.html. Los filósofos Eugenio Trías y Fernando Savater y Christian Delacampagne, director del Instituto Francés de Barcelona, celebraron en esta institución un coloquio con motivo de la traducción castellana del libro La violencia y lo sagrado, de René Girard en 1983.
resucitar a la víctima, divinizar el sacrificio dando origen a la religiosidad primitiva y, a los ritos en la de repetir el hallazgo fortuito para lograr los mismos efectos: la calma, la paz. Es decir:
«…en las sociedades desprovistas de sistema judicial y, por ello, amenazadas por la venganza, es donde el sacrificio y el rito deben desempeñar en general un papel esencial»81.
Este carácter preventivo es el que da origen a lo religioso que, siempre orientado hacia comportamientos no violentos, trata de domesticar esta violencia con la violencia
sacrificial. Se trata de un carácter preventivo que el hombre sabe transformar en carácter terapéutico con la aparición de los sistemas judiciales, pero en las sociedades primitivas lo religioso…
«…sustrae al hombre su violencia a fin de protegerle de ella, convirtiéndola en una amenaza trascendente y siempre presente, que exige ser apaciguada por unos ritos apropiados, así como por un comportamiento modesto y prudente. Lo religioso libera realmente a la humanidad, pues libra a los hombres de las sospechas que les
envenenarían si recordaran la crisis tal como realmente se ha desarrollado. […] Lo religioso protege a los hombres en tanto que su fundamento último no es desvelado»82.
La violencia parece el único medio que las sociedades humanas encuentran para instaurar el orden social. Al canalizarla a través de ritos sacrificiales y mitos que la interpretan a lo largo de la historia los hombres creían dominarla, sin embargo, este sistema se encuentra siempre amenazado por el desgaste, por la pérdida de la eficacia y de las diferencias, que son las que lo sustentan. Cuando en plena crisis sacrificial, la peste, la epidemia o la catástrofe, se hace imposible encontrar a la víctima culpable de tal crisis, y la violencia incontenible no es canalizada hacia una víctima singular, señalada por todos, las iras se vuelven de unos contra otros, y aparece la gran amenaza: el frágil orden social puede estallar en pedazos.
81 V&S., p. 26.
Por ello, «el pensamiento ritual sólo puede triunfar… si deja que la violencia se desencadene un poco, como la primera vez, pero no demasiado»83. El orden de acontecimientos es: «origen violento, juego de la violencia, unanimidad fundadora
preservada por el rito, perdida en la reciprocidad violenta, recuperada en el mecanismo de la víctima propiciatoria»84.
El pensamiento moderno se niega a ver que nuestro orden social es fruto de un acto homicida, pero los indicios –de que los mitos, los ritos, e incluso las fiestas, siempre se refieren a un mismo proceso de linchamiento de una víctima propiciatoria– describen perfectamente la crisis que precede a la calma traída por llevar a término el sacrificio de un chivo expiatorio. De hecho, las fiestas suponen otro argumento para confirmar la tesis de René Girard, y es que «si la crisis de las diferencias y la violencia recíproca pueden constituir el objeto de una conmemoración jubilosa, es porque aparecen como el antecedente obligatorio de la resolución catártica en la que desembocan»85. En este sentido, la desritualización de las fiestas hace que se pierda su efecto evacuador de la violencia aunque la hace explícita; el dejar de hacer referencia explícita a la víctima propiciatoria, les hace perder su eficacia catártica. Las fiestas sirven para descargar
tensiones, teatralizar la rivalidad, evacuar la violencia. El folclore y los ritos cada vez más desvinculados de la sangre que destilaban, con menor capacidad de traer la calma
ansiada, poco a poco se transforman en aquello de lo que son evolución: ritual de competitividad, rivalidades interminables, y orgías de violencia y destrucción, simulacro de guerra convertida en danza. Algunos antropólogos, siguiendo la estala girardiana nos ilustran el fundamento empírico de estas intuiciones…
«La fiesta por su conjunto de ritos, confiere al acto sacrificial la plenitud de su eficiencia. […] Es necesario que la fiesta encuentre una utilidad. Y esta utilidad se la da el sacrificio. Las fiestas mexicanas, en su despliegue de fasto lúdico, parecen haber sido concebidas para servir de marco al sacrificio, para dramatizar y magnificar un acto sangriento al que, a cualquier precio, había que arrancar su barbarie intrínseca. […] la regla general de la fiesta sigue siendo, siempre, la obligación sacrificial; a veces, esta se reduce a una ofrenda de codornices, pero las más de las veces es el asesinato ritual de las víctimas humanas el que marca el apogeo de las fiestas. Y si establecemos un implacable balance de los hechos, hemos de reconocer lúcidamente que el sacrificio azteca muy a menudo se transforma en una hecatombe impresionante»86.
83 V&S., p. 107. 84 V&S., p. 145.
Roberto Da Matta, antropólogo brasileño, o Joelt González, mejicano, corroboran estás afirmaciones girardianas sin ningún género de dudas en sus propias fiestas y en el folklore. El carnaval, como las saturnales o lupercales en las que tiene su origen, las fiestas célticas del muérdago, o las védicas en honor a Purusha, son un memento del sacrificio primitivo sagrado. Pero, aunque sólo quedan vestigios de lo que fue, a duras penas lo ocultan. Baste por ahora con esto, más adelante abundaremos en el tema. Lo importante ahora es observar esta difuminación del sacrificio para no dejarnos engañar por las apariencias pacíficas que hoy en día muestra la fiesta.
«La tendencia a borrar lo sagrado, prepara el retorno subrepticio de lo sagrado, bajo una forma que ya no es trascendente sino inmanente, bajo la forma de la violencia y del saber de la violencia. El pensamiento que se aleja indefinidamente del origen violento se acerca de nuevo a él pero sin saberlo, pues este pensamiento nunca tiene conciencia de cambiar de dirección»87.
Leyendo las líneas anteriores podríamos preguntarnos de dónde surge el orden violento al que nos referimos continuamente. Sin embargo, René Girard no deja ningún cabo suelto, y es que su teoría de la rivalidad mimética, a pesar de no ser el objeto principal de este libro, ya que se encuentra más que razonada, debe ser considerada para poder entender el mecanismo al completo. El análisis de las tragedias griegas le sirve para ayudarnos a comprender que es la rivalidad mimética, con la crisis originada, la que hace necesario el mecanismo de la víctima propiciatoria, y que es el orden cultural (el Decálogo y demás sistemas sociales de controlar el deseo) el que impide la convergencia de los deseos sobre un mismo objeto. Así, las prohibiciones, desde las primitivas y universales, como el incesto y el parricidio, como parte de este orden, tienen la función de reconducir la violencia y derivarla hacia el exterior de la comunidad.
86 CH., Duvergeur, La flor letal. Economía del sacrificio azteca. F.C.E. 1ª Edc. México, D.F. 1983. pp. 96-97. En el mismo sentido, Julio Caro Baroja, Ritos y mitos. Equívocos, y De los arquetipos y leyendas. Col. Istmo nº 100 y 131 respectivamente, Madrid 1989. Eugenio Trías, Filosofía y carnaval, Col. Argumentos, Anagrama, Barcelona 1990. Dupuy, Jean-Pierre, Ordres et Désordres. Enquête sur un nouveau paradigme, Seuil, París 1982, p. 194; E., Laborit. La paloma asesinada, Laia, Barcelona 1986, p. 130. M. Graulich, Mitos y rituales del México
antiguo, Istmo, Madrid 1990.