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La sustitución sacrificial

3. DESCUBRIMIENTO DE LA MÍMESIS DESDE LA CRÍTICA LITERARIA

3.2. Shakespeare Los fuegos de la envidia

3.2.2. La sustitución sacrificial

En El Rey Lear, nos encontramos con el mismo tema, y conjuntándose las dos dimensiones de las crisis miméticas: la doméstica

–El Sueño de una noche de verano–, y la política –Troilo y Cressida–. La tendencia a la autodestrucción se consuma en estas obras, aunque es en Julio César donde tiene su expresión más profunda, llegando a hacer explícita la culminación de la tragedia en el mecanismo del chivo expiatorio. Esta obra se desarrollará en la transición de la Roma republicana al Imperio, la cual es vista por Shakespeare como una crisis del degree por excelencia. Situada en una fase más avanzada del proceso de indiferenciación nos va a abocar, como es normal en la tragedia, al conflicto. Un pequeño descubrimiento pasa desapercibido por su obviedad: aquello que une a los dobles inextricablemente es un enemigo común. La conspiración contra César lo constatará. En ella, el deseo de

venganza va a ser ‘contagiado’, imitado, de unos a otros. Los conspiradores son dobles miméticos. Lejos de resolver la crisis de indiferenciación conflictiva, el asesinato de César concluirá en un contagio de violencia colectiva que se convierte en paradigma pues trae consigo una cadena de expulsiones siguiendo el modelo inaugurado por Bruto:

prueba de ello es el asesinato del poeta Cina por la multitud, al que le sigue el suicidio de uno de los conspiradores, Bruto, como una especie de autolinchamiento.

Toda sociedad necesita focalizar dicha indiferenciación –crisis de identidad– hacia un enemigo común, un modelo que acaba por unir dicha comunidad gracias a la unanimidad colectiva que se genera espontáneamente ante ese promotor de disturbios, que a la postre resulta ser un omnipotente pacificador. Aquí se plasma la ‘ambivalencia de la víctima ya descubierta en la Violencia y lo sagrado. En este punto, la coincidencia de la literatura con los mitos es escandalosa por reveladora: es el sacrificio el criterio de esta

coincidencia, y el sacrificio de esa víctima (primero acusada de culpabilidad –por alterar el supuesto orden social– y después encumbrada como solventadora de la crisis tras su muerte ritual y criminal) es lo sagrado. Con Shakespeare observamos la evolución de estos sacrificios hacia su reemplazo por ‘sustitutos sacrificiales’. La vida política está plagada de estos, hasta nuestros días, algunas en forma de magnicidios, y otras, en las sociedades democráticas, a través del sufragio. La historia de la humanidad hasta el siglo XXI solo hace que ratificar este hallazgo shakesperiano en su lista interminable de

asesinatos de líderes políticos.

Siguiendo con la trama, una vez resuelta la crisis con los crímenes vemos cómo llega la paz, el surgimiento de un nuevo orden social para el Imperio. De nuevo encontramos en esta obra sobre literatura el modelo hallado en las anteriores de corte antropológico: el asesinato fundador o la violencia fundadora, el sacrificio. Los sacrificios representan la polarización de la violencia mimética contra las víctimas sustitutorias, lo que devuelve el orden a la comunidad o sociedad, evitando la indiferenciación, es decir, la crisis del

degree. Se trata de una purga o purificación típica de las comunidades primitivas. El rito

es una forma de comportamiento mimético que canaliza el conflictivo representándolo, una mediación externa frente a la mediación interna que escenifica el asesinato, al igual

que el mito es visto como una huella grabada en la memoria de una crisis social vivida por la comunidad como caos.

El hecho típico reconocido a lo largo de la historia de la cultura humana, la sustitución sacrificial, está perfectamente tratado en El sueño de una noche de verano: se trata de una crisis mimética que, sólo porque es una comedia, acaba felizmente. A pesar de ello, el conato de violencia entre los dos amantes en el bosque no deja lugar a dudas, evitado en última instancia por el duende Puck (el Pándaro de La Guerra de Troya) desviándola hacia él. La maniobra de Puck es una sustitución sacrificial. Su encarnación de un clásico personaje mítico, culpable del conflicto entre los amantes, y al mismo tiempo el

pacificador, hace de él un perfecto trickster. Por eso esta obra es juzgada por los críticos literarios como un intento de interpretación de la mitología.

Dos obras más sirven a Girard para reconocer en Shakespeare sus tesis: la crisis mimética que se resuelve con el mecanismo del chivo expiatorio. En El mercader de

Venecia48, Shylock –el protagonista judío– es presentado como el estereotipo de judío para los antisemitas, hacia el que se polariza la violencia conflictiva de la mímesis,

asumiendo el papel expiatorio que toda crisis social necesita para resolverse. Shakespeare muestra una vez más su maestría en el manejo de la mímesis, en la capacidad para

orientar las pulsiones del público en la dirección que él desea. Tiene la capacidad de escoger al héroe o víctima que desee, si bien se puede convertir en el propio chivo expiatorio de su obra si el público no acepta la víctima propuesta por el autor. La tensión que logra la obra es idéntica a la de la historia. Este es el caso de Hamlet49, por ejemplo, ya que en dicha tragedia se muestra, a través del tema de la venganza, la relación de cansancio de Shakespeare con el teatro. Debe encontrar una víctima tal y como le exige su público, y aunque la sed de venganza no sea tan grande como en otras, pulula

permanentemente como un reflejo de la rivalidad mimética. Se habla en la propia obra, curiosamente, del papel del chivo expiatorio como fundador de la comunidad en el Antiguo Testamento y del caso de Jesús. Se cuestiona incluso su renuncia a la

reciprocidad violenta y a la venganza –aunque nos advierte de una futura aniquilación de la humanidad, de un Apocalipsis, en el que el hombre es la propia amenaza de sí

mismo–. La reflexión hamletiana es algo más que un comentario al paso, es la

48 El mercader de Venecia. Trad., de Manuel Ángel Conejero, Juan Vicente Martínez Luciano, Jenaro Talens. Cátedra, 1984.

49 Hamlet. Trad., de Álvaro Custodio, Ediciones Tarraco, 1977.

luz que guía sus decisiones paso a paso para afirmarse a sí mismo o negar sus instintos.

En Otelo50 y Romeo y Julieta51, se pone de manifiesto, por un lado, el papel de los sustitutos sacrificiales que Shakespeare coloca junto al protagonista, así como el carácter destructivo del deseo que coincide con su tendencia a suscitar obstáculos y a reforzarse

en el contacto con ellos. Los protagonistas se ven prisioneros de mecanismos del deseo que no controlan y que demandan sacrificios, víctimas, para ser satisfechos.

Cuento de invierno52, tal vez sea la obra más personal de Shakespeare: es la prueba de la progresiva conciencia de la omnipotencia del deseo mimético. Elimina el papel del traidor como víctima sustitutoria, evita la meta-obra superficial y deja que irrumpa con fuerza el concepto de resurrección, de perdón y compasión. Aparentemente es una obra no victimaria pero porque encuentra la fórmula aportada por la cultura judeocristiana, superando el paganismo mitológico inspirador de su obra anterior.

La tempestad, es el corolario de todo este itinerario en pos de la verdad escondida en las

relaciones humanas. En ella aparecen todos sus temas esenciales: la seducción mimética, la crisis sacrificial, los engaños de la rivalidad, los dobles monstruosos, etc.

No hay duda para Girard que en Shakespeare se nos desvela la ideología del mundo actual. La supuesta contradicción entre el ‘amor verdadero’ y su falsificación mimética recuerda una vez más la antigua distinción de la estética tradicional: la inferioridad de la copia respecto del original. La genialidad de Shakespeare consiste en adelantarse a

nuestro tiempo unos cuantos siglos: no hay original, todo es imitación. La circularidad de la ‘mudanza del amor verdadero’ y la conversión del ‘falso amor’, que lo confunde todo, hace pensar en las ideologías modernas que todo lo mezclan en aras del individualismo y el diferencialismo, y que lo convierten todo en lo mismo: pura uniformidad mimética. El diferencialismo es la ideología del impulso

50 Otelo, Trad. de Ángel-Luis Pujante, Austral, 1990.

51 Romeo y Julieta., Trad., de Jose María Valverde, Clásicos Universitarios Planeta, 1984. 52 Cuento de invierno. Trad., de Jose María Valverde, Clásicos Universitarios Planeta, 1984.

mimético llevado a su mayor y más cómico grado de autodestrucción inconsciente. Algo que se parece inequívocamente a nuestro mundo contemporáneo. Ya nadie cree en una verdad estructuradora, en una realidad que avale nuestra percepción; todo parece un baile de máscaras y de subjetividades inescrutables. El amor hoy en día parece el calco del Sueño de una noche de verano, un juego de máscaras y triangularidades, dirigido por el duende loco de la televisión y el cine, como máquinas sugeridoras de modelos de imitación que nos asaltan en el camino en busca de una falsa alegría basada en el vivir desenfadado y sin compromisos. Shakespeare es el precursor de las relaciones humanas postmodernas.

La tradición de los obstáculos exteriores, nos dice Girard, y de los tiranos no miméticos constituye la tradición cómica por excelencia. Hoy es más poderosa que nunca; en ella se basan la ideología del psicoanálisis, la de nuestra ‘contracultura’ y todos los tipos de liberaciones, incluido todo lo que gira alrededor del culto a la juventud. Y es tomada más en serio que nunca: todos debemos fingir que creemos que la juventud es atrozmente

perseguida y cada generación recupera el mensaje como si se tratara de algo inédito en lo que nadie había pensado antes. Todos debemos creer en la originalidad justo cuando más miméticos somos. Este es una de las paradojas de la posmodernidad. No hay forma de convencer a un joven de que su deseo no es suyo propio. La fe narcisista es universal. El intento de mostrar el origen imitativo de una conducta es infructuoso y, solo en el mejor de los casos, no será interpretado como una ofensa.

Desde los griegos, el teatro es uno de los vehículos más importantes para esta ideología y Shakespeare es una formidable excepción:

«El autor de El Sueño… es auténticamente revolucionario en lo siguiente: todo el mundo dice siempre lo mismo imaginándose que es algo nuevo, y sólo él dice lo nuevo

aparentando que dice lo mismo de siempre»53.

Visto lo visto, lo de los obstáculos exteriores para realizar cualquier empresa es un mito de la cultura.

«Los únicos obstáculos con que se enfrentan los amantes son ellos mismos. Cada uno de ellos es más fuerte, más joven y más implacable de lo que ningún padre lo será jamás. En su pasión, ansían sembrar la discordia entre sus vecinos y amigos, lo que, en general, no hacen los padres respecto a sus propios hijos [… Shakespeare] se mofa del deseo y denuncia las falacias de sus perpetuas pretensiones de fingir ser víctima de cualquier represión: la de los dioses, la de los padres, la del rector de la universidad, etc.»54.

La felicidad siempre viene amenazada desde dentro no desde fuera. No hay culpables que sirvan de chivos expiatorios fuera de nosotros mismos. Somos los causantes de nuestra propia infelicidad. Lo que sucede alrededor es interiorizado y nos tortura porque le dejamos que nos torture, porque el que gobierna nuestra relación con el mundo es el mimetismo del deseo. Necesitamos a los demás para ser. Nos olvidamos de la verdad y de la realidad. Vemos lo que queremos ver. El deseo es indiferente a la realidad.

«En El sueño de una noche de verano, Helena sabe perfectamente que es tan bonita como Hermia, pero eso no basta para consolarla. Los hechos son una cosa y los caprichos miméticos otra. Lo que domina las relaciones humanas es la mímesis. Una derrota mimética puede destruir la estimación que una joven siente por sí misma, y ello independientemente de su belleza ‘real’. Nuestras teorías psicológicas y psicoanalíticas, al poner siempre el acento sobre el sujeto aislado y la permanencia de los deseos que no vacilan jamás, enmascaran el papel esencial de los fenómenos miméticos no sólo en nuestras aventuras amorosas, sino también en nuestra actividad profesional, en la vida política, en los modas literarias y artísticas, etc.»55.