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Los juegos de dobles rivales en Shakespeare

3. DESCUBRIMIENTO DE LA MÍMESIS DESDE LA CRÍTICA LITERARIA

3.2. Shakespeare Los fuegos de la envidia

3.2.4. Los juegos de dobles rivales en Shakespeare

Los dobles miméticos se observan con mucha agudeza, pero su visión está deformada por la necesidad general que sienten de abolir la reciprocidad sobre la que se sustenta su clarividencia. Se ven iguales, y lo quieren, pero a la vez afirman grandilocuentemente su diferencia basada sobre nimiedades. Por una parte, no pueden dejar de negar con la máxima energía que tienen algo en común con sus rivales pero, por otra, el único

fundamento posible de su extraordinaria ‘finura psicológica’ es el deseo mimético que les divide porque lo comparten:

«Por eso, no tienes excusa quienquiera que seas, tú que juzgas, pues juzgando a otros, a ti mismo te condenas, ya que obras esas mismas cosas que tú juzgas» (Rom II, 1).

Orsino, en Noche de Epifanía, no critica a las mujeres en tono machista porque crea realmente en la superioridad masculina que defiende, sino porque se siente inferior, como

doble mimético cuyo deseo es esclavizado por el narcisismo victorioso de su pareja. La indiferencia que ella exhibe hacia él, que él critica con desdén, viéndola como un efecto de la inconsistencia femenina, es en realidad la fuente de ese prestigio metafísico del que Olivia no disfrutaría mucho tiempo ante sus ojos si cediera a su deseo. Entregarse al deseo del otro es acabar con él, elimina la tensión que da sentido a la vida humana y la saca del tedio. Como todos los pensadores, literatos y personajes románticos, Orsino, sólo percibe en el deseo la relación directa objeto-sujeto. Ignora la dimensión de la

rivalidad, la dinámica y triangular relación modelo-obstáculo-rival que permite entender la raíz del conflicto.

«A ojos de Orsino, Olivia es simultáneamente objeto, modelo, obstáculo y rival»66.

El deseo es irrevocablemente auto destructor y la única solución radical para salir de la circularidad eterna de su tiranía descansa en un viejo lema: la renuncia total.

«Esta actitud es la que recomiendan todas las religiones, todas las grandes doctrinas morales, todas las sabidurías tradicionales. Es también el consejo que Hamlet da a Ofelia: ‘Ingresa en el convento’. De haber atendido el consejo del príncipe, Ofelia no habría conocido una muerte tan triste. Afortunadamente para el deseo, existe una escapatoria ‘racional’ que permite al astuto espíritu del amor no extraer de sus perpetuos fracasos la lección que se impone. La experiencia nos enseña lo que tiene de insatisfactorio cualquier objeto que llegamos a poseer pero no nos dice nada, propiamente hablando, de los

objetos que no se pueden poseer»67.

…Y que son precisamente aquellos a los que se dedicará el deseo, con indiferencia respecto a todos los demás, precisamente porque nunca será satisfecho como deseo. Lord Byron decía que ‘dos son las desgracias del hombre: satisfacer el deseo o no satisfacerlo jamás’.

«Es un error imaginar que en todas las etapas de su historia el deseo va a la búsqueda de retribuciones positivas... el deseo establece sus cuarteles más allá del principio del placer: el deseo renuncia al placer a fin de preservarse como deseo»68.

Orsino ilustra esta estrategia. Si desea a Olivia es en virtud y no a pesar de su profundo desencanto. El deseo muere con su propia satisfacción, el único camino que conduce al deseo eterno pasa por la elección de un objeto inaccesible para siempre. Orsino es la encarnación de tal deseo...

«Su pasión ‘sin esperanza’ se inscribe en una estrategia de auto conservación del propio deseo»69.

En Troilo y Cressida, Pándaro, actúa como nuestros medios de comunicación. Intenta ‘venderle’, Troilo a Cressida, como un experto en marketing y no repara en gastos. Y el

efecto es el mismo:

67 FE., pp. 152-3. 68 FE., p. 153.

«los consumidores no creen ni una palabra de lo que se les cuenta, pero siempre están dispuestos a consumir más [...] Nada incita tanto al deseo como el propio deseo [...] Lejos de ser un nuevo método inaugurado por la televisión, el arte de engolosinar por delegación es tan antiguo como la humanidad misma; se remonta a las religiones primitivas y jamás pasa de moda [...] La tecnología moderna acelera los efectos miméticos; los repite hasta la saciedad y extiende su radio de acción a todo el planeta, pero no modifica su naturaleza. A fin de cuentas, lo ha convertido en una industria muy respetable que se denomina publicidad [...] Shakespeare es un profeta de la publicidad moderna. Su Pándaro hace brillar ante los ojos de sus clientes eventuales el

prestigiosísimo deseo que suscitará el suyo. La droga más poderosa, el pharmakon más eficaz, es la estimulación mimética, la formidable imagen de sensualidad y de máxima moda comunicada por Helena»70.

Una modelo cualquiera de nuestros días de cualquier marca de ropa o de colonia.

Pándaro, el gran publicista nos lo pone en bandeja cuando le dice a su sobrina que se fije en Troilo:

«Fijaos en él, observadle. ¡Oh, bravo Troilo! ¡Miradle bien, sobrina; ved cómo su espada está ensangrentada, cómo su yelmo está más abollado que el de Héctor, que miradas lanza y que apostura tiene! ¡Oh, admirable joven! [...] ¡Sigue tu camino, Troilo, sigue tu camino! Si tuviese yo por hermana una gracia o por hija una diosa, ganarías mi elección. ¡Oh admirable hombre! ¿Paris? Paris es una basura comparado con él; y os garantizo que, por cambiar, Helena daría un ojo encima» (I, 2, 247-260).

Pero lo genial de Shakespeare no es sólo que anticipe los hilos que mueven nuestra cultura consumista, y que sea un pionero de la comunicación y la publicidad, es que conoce profundamente el alma humana, tal vez mejor que la psicología, según Girard.

«La ruidosa insistencia de Pándaro es tan molesta como nuestra moderna publicidad, pero lo que Shakespeare subraya aquí es la importancia de la repetición: remachar incesantemente el mismo tema acaba de manera más o menos automática por desencadenar la imitación»71.

70 FE., pp. 158-9.

Así por ejemplo, nos aporta interpretaciones más realistas que el psicoanálisis en el tema de los celos y de los entresijos de la sexualidad. Entre el amor primero y los celos

posteriores no hay una continuidad psíquica. Los celos aparecen después de perder el amor, como respuesta al temor a que la infidelidad futura, que se le presupone al otro,

suscite la perennidad mimética de la pasión. Si hay otros que la desean, ya no soy el único, es deseable, y por tanto susceptible de despertar otra vez en mí la pasión perdida después del sentimiento de desposesión.

Para el psicoanálisis…

Para Girard no hay motivo de rubor alguno al decir que Shakespeare habla mejor que Freud de la manera cómo desean la mayoría de los hombres. El deseo es un libro abierto para nuestro dramaturgo. La fuente del sufrimiento humano en Shakespeare es

coincidente con la que señala el evangelio: el mal no viene de fuera, sino que nace en el corazón del hombre. Enseñados por el psicoanálisis a buscar culpables, encontramos siempre en la maldad de los otros la causa de nuestro dolor; el gran bardo, nos enseña que el mal que nos aqueja es autogenerado por un deseo mal dirigido.

«La auténtica fuente de nuestros deseos no es una ley cultural exterior a nosotros

mismos. Contrariamente al hombre shakesperiano, el homo psychanalyticus no necesita que le digan lo que debe desear: desea los objetos prohibidos por esa ley. Al ser la madre el objeto más prohibido, todos estamos obligados a desear a nuestra madre o, por lo menos, a sus sustitutos [...] Shakespeare nos muestra su escandalosa absurdidad (la de este ‘dogma omnipotente’). Cressida jamás ha sido realmente ‘maternal’ y la menos maternal de todas las cressidas es aquella de la que Troilo está más locamente

enamorado, la Cressida de Diomedes. Lo contrario no es menos cierto: la Cressida más generosamente entregada a Troilo [...] es la que el tunante desea más débilmente: huye de ella porque le parece demasiado digna de confianza. Si una de las cressidas tiene algo de maternal es esta última. Cressida muestra lo que tiene de aberrante la creencia en un deseo instintivamente dirigido hacia la madre o hacia lo maternal. Una mujer incapaz de jugarle una mala pasada jamás interesará durante mucho tiempo a Troilo. La mayor parte de las madres no juegan malas pasadas a sus hijos y la mayor parte de los hijos no se

interesan por sus madres como objetos sexuales»72.

71 FE., p. 161.

«Es un error creer que una prohibición exterior pueda hacer a los objetos inaccesibles en el sentido en que lo exige el deseo. La inaccesibilidad que busca el deseo es la del

mediador, a un tiempo obstáculo y modelo de nuestros deseos. Cuando la ley exterior nos señala un modelo, elige siempre alguno cuya situación respecto a nosotros le impida convertirse en nuestro rival. En este caso, la diferencia más clara entre Shakespeare y Freud no consiste en que ‘las relaciones entre iguales’ revisten más importancia para el primero que para el segundo (eso no siempre es cierto, como por ejemplo Coriolano); la gran diferencia es que todas las posiciones fijas, todas las rivalidades culturalmente determinadas, han sido sustituidas en Shakespeare por la idea mucho más eficaz y temible del obstáculo autogenerado, fruto de una imitación que se vuelve contra el imitador: la idea de la rivalidad mimética»73.

Es importante reflexionar sobre este punto. Creemos que el sufrimiento más grande del hombre es aquel que tiene una base fisiológica, que hay un sustrato biológico en el dolor; nadie lo niega, pero Shakespeare y Girard nos ayudan a comprender que el mayor

porcentaje del dolor, del cotidiano, se fundamenta en nada, en monólogos interiores que nos asedian, que escuchamos con devoción y a los que damos mucha importancia, más de la que debiéramos. En este sentido es recomendable el libro del girardiano Jean- Michel Oughourlian, Genèse du désir74. Para Oughourlian, hemos abandonado los

códigos

73 FE., p. 173.

74 Jean-Michel Oughourlian, La Genèse du désir, Carnetsnord, París 2007.

que regulaban los lazos amorosos, y olvidado que no somos nosotros los que manejamos los hilos de la trama. Este neuropsiquiatra nos recuerda shakesperianamente que la

multiplicación de los divorcios o de las separaciones revela una ley que no queremos ver: el otro nos responde tan violentamente como nos atrae. Nos hemos convertido en

enfermos de nuestro deseo. Los celos y la rivalidad se revelan en el corazón del movimiento que nos lleva del uno hacia el otro. La guerra de las relaciones de pareja encuentra, según Oughourlian, gracias a Shakespeare y a la escritura judeocristiana de la que el dramaturgo bebe, una explicación científica, que ha pasado por alto la cháchara psicologista75.