5. LA REVELACIÓN JUDEOCRISTIANA
6.4. Los orígenes de la cultura
6.4.2. Una teoría que funciona y contrastable
El deseo mimético es el que nos hace humanos más allá del instinto. Sólo el deseo mimético, paradójicamente, nos hace libres. La imitación y el aprendizaje son
indisociables. El mimetismo tiene un menor grado de conciencia que la imitación, como ya dijimos. Según Girard, Freud, confunde el mimetismo con el deseo. Las teorías de la imitación no hablan de la mímesis de apropiación ni de la mímesis de los antagonistas, que son las que llevan aparejado el conflicto; al excluir este aspecto se pierden poder comprender una de las constantes del comportamiento humano: su violencia.
222 OC., p. 62.
El deseo y la rivalidad mimética estaban presentes en los mitos y los textos religiosos como los Vedas y la Biblia224. Lo que interesa a Girard de las rivalidades es el
mimetismo que visiblemente las engendra y que no deja de exasperarlas una vez que se hace recíproco. El origen del conflicto supone grupos rivales vecinos que no paran de observarse y en cuanto uno de ellos desea un objeto, el otro le imita. Hay deseos que rivalizan necesariamente por dirigirse al mismo objeto. La imitación explica las simetrías y la reciprocidad antes de que intervenga el sacrificio. Las rivalidades vuelven a empezar después del sacrificio, porque siempre aparecen nuevos objetos que suscitan nuevos deseos, y sus consiguientes tensiones que son calmadas a través de nuevas
intervenciones de la práctica sacrificial. El carácter cíclico del ritual y de la cultura en general, se explica por el roce permanente de los individuos que se copian, porque se envidian. La Biblia pasa de una simple descripción a una comprensión más normativa de la imitación y del conflicto. Adán y Eva, Caín y Abel, el último mandamiento del
decálogo, son expresión, según Girard, de este antagonismo mimético. En el Evangelio, Jesús propone una superación del conflicto humano: que lo imitemos a Él en lugar de a los demás, evitando así las reciprocidades interminables que nos abocan a los unos contra los otros. La historia está plagada de numerosas constataciones de esta teoría: Francia y Alemania, Hutus y Tutsis, negros y blancos, izquierdas y derechas, son diferentes versiones de las relaciones gemelares que pueblan la faz de la tierra en permanentes e inacabables disputas. Las formas que adquieren nos despistan pero solo por un instante, pues fácilmente podemos ver en el deporte, la economía catalizadores de ese espíritu que nos enfrenta desde la noche de los tiempos.
La maquinaria mimética funciona alimentada por la reciprocidad violenta, por la doble imitación: el toma y daca de nuestras relaciones humanas acumula una energía de
conflicto que tiene tendencia a desplegarse por todas partes. Si hay terceros, el objeto se hace aún más deseable y se despliega más aún la rivalidad. El objeto pasa a segundo término. En esta situación proliferan los dobles. Es la lucha de todos contra todos identificada por Hobbes con su bellum omnia omnes. Esta amenaza requiere una solución urgente. La salvación de la sociedad viene de la convergencia de la ira contra una víctima, señalada y reconocida de forma unánime. Esta víctima designada por la comunidad pasa por ser la causa del desorden, se la aísla y luego se la masacra. La comunidad entera se convence de que la víctima es culpable de todo el desorden. El asesinato del chivo expiatorio pone punto final a la crisis, por el hecho de ser unánime.
Así la comunidad queda reconciliada al haber encontrado a alguien que cree culpable del caos. Pero esta reconciliación dura sólo un tiempo.
Los rituales repiten las etapas del descubrimiento de este fenómeno en la historia de los orígenes. Todos los rituales empiezan por un desorden, una crisis de las diferencias
motivada por catástrofes, epidemias, sequías, crímenes, terremotos. Estos episodios de la vida comunitaria generan indiferenciaciones críticas: la peste no distingue pobres de ricos, buenos de malos, nobles de plebeyos. Y todas acaban señalando un culpable de la
catástrofe: un chivo expiatorio. Hay que superar el caos y esto pasa por concentrar todos los odios en una víctima y proceder a su inmolación. La mímesis de hostilidad es
acumulativa y siempre origina una última y única víctima. Todos la aborrecen y, al desaparecer ésta, la rabia se calma de momento porque todos estaban en contra de ella. La paz es mérito de la víctima no de la sociedad. La víctima malhechora pasa a ser bienhechora, así, el chivo expiatorio se convierte en divinidad. Las religiones naturales – primitivas– son esto y son inseparables de su función social y, por tanto, la crítica que hacen de ellas los críticos de la religión deriva de este fraude o truco semi-inconsciente psicosocial: divinizar a las víctimas que sacrifican.
El mecanismo mimético y expiatorio no está determinado de antemano. Se elige como chivo expiatorio a cualquier víctima, aunque en este libro se añada que no siempre son elegidas al azar. Cómo sea elegida la víctima depende, entre otras cosas:
«… del grado de comprensión alcanzado por los perseguidores y depende también de la víctima, que puede alterar el juego. Porque si, por ejemplo, alguien denuncia el
mecanismo del chivo expiatorio, y éste acaba finalmente por prevalecer, ese elemento perturbador será, con toda probabilidad, y por eso mismo, la víctima propiciatoria señalada. Eso fue justamente lo que pasó con el Cristo evangélico, así que yo no lo considero una mera víctima de la causalidad, contrariamente a lo afirmado por Hans Urs von Balthasar en su Gloria. Una estética teológica. Cristo se señaló a sí mismo ante sus perseguidores, al reprocharles que se entregaran a la violencia y condenasen a víctimas inocentes. […] No se puede decir […] ni que la víctima es escogida al azar, ni que deja de serlo»225.
El origen de la cultura pivota sobre este mecanismo y las primeras instituciones humanas consisten en la repetición, deliberada y planificada de él. El ritual cumple esta función repetitiva del hallazgo que trajo la paz momentánea. La cultura se complejiza a través del ritual. Para evitar los episodios imprevisibles, la cultura organiza momentos de violencia planificados, en fechas fijas, que están ritualizados. El ritual es una forma de aprendizaje con víctimas sustitutorias; cuando el ritual pierde su vinculación con lo sagrado,
evoluciona en forma folclórica. Las fiestas recogen las aguas desbordadas del desorden social. Eso es el carnaval. Y eso son las fiestas de la rivalidad representada y canalizada que constituyen los eventos deportivos internacionales o interregionales. Los
argumentos a favor del origen sacrificial de la fiesta del carnaval. No hay que ir muy lejos, entre nosotros Julio Caro Baroja nos da buena cuenta de lo mismo226. Tampoco nos es muy difícil percibir estas fórmulas en la traducción que hacen de ellas los eventos olímpicos o deportivos en general, no digamos en una corrida de toros. Cuando la
distribución de equipos en un campo de ‘batalla’ se centra sobre una pelota y un árbitro se encarga de organizar la contienda, se nos están haciendo patentes los orígenes de la cultura. El lenguaje guerrero que se utiliza es un dato más que avala esta intuición.
225 OC., pp. 64-65.
226 El carnaval, Taurus Ediciones, Madrid 1989. Y Del viejo folclore castellano: páginas sueltas, Ámbito Ediciones, Madrid 1984.