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Filosofía: sabio contra profeta

1.2. La filosofía de la historia

1.2.1.4. Filosofía: sabio contra profeta

¿Qué filósofo antes del cristianismo, de Demócrito a Lucrecio, ha pensado que el cielo y la tierra serán renovados en un futuro escatológico en favor del ser humano?62

Las distinciones anteriores, que en principio afectan a la religión y a la historia y a la política, pero no a la filosofía, afectan sin embargo plenamente a la labor filosófica. Ésta, surgida en un mundo no monoteísta, queda modificada con la irrupción y triunfo del monoteísmo. Dos figuras aparecen en el horizonte: el sabio y el profeta.

Para Löwith, la filosofía requiere una actitud: la serenidad. El verdadero filósofo para Löwith es un sabio calmado y paciente que no hace de él mismo o de su yo el centro de su pensamiento. Su posición en el mundo se caracteriza por la resignación ante "lo que es de hecho así". El filósofo investiga el mundo, pero no está al servicio de una divinidad ni pretende transformarlo. Por este motivo es por definición un investigador o un escéptico que SE encuentra maravillado por el orden del mundo, y lo investiga. Su antagonista se encuentra en el profeta, que es el tipo dominante en el pensamiento bíblico. El profeta ve en el mundo natural, pero sobre todo en el mundo de la historia, la voluntad de una divinidad extramundana y todopoderosa. Él reivindica un contacto especial con ella, y desea convertirse en su instrumento. Profetiza, llama a la acción,

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grita, desespera... en suma, atraviesa un conjunto de estados de ánimo incompatibles con la reflexión y la contemplación de la belleza del orden natural. El profeta es un exaltado para Löwith, un fanático, el precursor del terrorista. Teniendo en cuenta esta contraposición, para Löwith el pensamiento moderno es más profético que filosófico. Ya hemos señalado cómo Löwith pone en comparación a los contemporáneos Heródoto y el deutero-Isaías para destacar la distancia entre ambos tipos de pensamiento. Enriquecido con sus conocimientos y sus experiencias sobre Asia, Löwith pone en comparación a los sabios orientales y los filósofos griegos,63 por un lado, y a los profetas judíos y cristianos, por otro. El sabio64, sano y robusto, duda; el profeta, enfermo e histérico, clama. No puede haber mayor contraste según Löwith. La filosofía es un asunto alejado de los profetas, incapaces de dedicarse a la investigación (sképsis). Mientras que el profetismo está obsesionado con los asuntos políticos, la filosofía lo está con el superior mundo de la naturaleza. El profetismo ve la voluntad divina en todo acontecimiento; la filosofía aspira a conocer lo divino. La filosofía en la antigüedad no aspira a demostrar la existencia (o la inexistencia) de los dioses o a probar racionalmente las creencias religiosas; la filosofía antigua aspira a conocer lo divino (que se confunde con los dioses, el kósmos, la naturaleza, etc.) mejor de lo que lo conoce la religión popular. En su modo de su vida y en sus prácticas, los filósofos antiguos se parecen más a los sabios indios65 que los filósofos medievales y modernos, dedicados al comentario y análisis de textos. La filosofía era una forma de vida.66 En este contexto, la sabiduría no se probaba a través de las profundidades de una joven alma atormentada, sino a través de la serenidad de los sabios ancianos.

La filosofía antigua no conoce según Löwith las exquisitas distinciones postcristianas entre creer y saber. Los antiguos, felices ellos -es de suponer que tal creyera Löwith-, no

63 Löwith, K., El hombre en el centro..., p. 263: "El antiguo pensamiento chino, al igual que el griego, piensa el ordenamiento recto y justo del mundo humano en conformidad con lo marcado por el orden inquebrantable del mundo celestial".

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Löwith, K., El hombre en el centro..., p. 313.

65Dumont, L., Essais sur l'individualisme. Une perspective anthropologique sur l'idéologie moderne, Éditions du Seuil, Paris, 1991, p. 40.

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sufrieron las catastróficas consecuencias de una forma de estar en el mundo -la creencia o la fe-, imposible de refutar, susceptible de no atender a razones y posible generadora de fundamentalismos. Dejando de lado las posibles consecuencias políticas de esta nueva forma de estar en el mundo, la creencia o la fe introduce una serie de prejuicios opuestos a los supuestos de la filosofía griega. Ésta interroga por los diferentes grados y las diferentes formas de conocimiento (dóxa, epistéme, etc.). Algunos filósofos llegan a negar la posibilidad de un conocimiento verdadero, pero jamás llegan a una fe o creencia.

Por eso, en el campo de la teoría del conocimiento, la gran filosofía antigua es para Löwith el escepticismo. "Escepticismo" en la antigüedad significa examen, investigación, búsqueda de la verdad: no era solamente una corriente filosófica, sino también una forma de vida; no un método o una duda sistemática y epistemológica sobre la capacidad humana de encontrar una verdad indubitable, sino un modo de estar filosóficamente en el mundo. Los principales temas del escepticismo fueron condensados por Sexto Empírico, un médico que, interesado en asuntos epistemológicos, se mostraba aún más interesado en asuntos eminentemente prácticos. El escéptico antiguo aspiraba a la verdad, y no empleaba su escepticismo como un medio o una herramienta en pos de una certeza, convicción o creencia, sino como fin en sí mismo.

Y aunque Löwith se sintiera cómodo con el rótulo de escéptico, desde la famosa crítica de Habermas, quien tildó a Löwith de estoico, muchas valoraciones de su filosofía han seguido ese tópico. Es cierto que siempre defendió una impasibilidad "estoica" ante todos los acontecimientos políticos. Él mismo se veía reconocido como escéptico, como un escéptico sereno67 que piensa la naturaleza. Ahora bien, ¿cuáles son esos sabios ejemplares de la Antigüedad que piensan la naturaleza? En sus textos discurren Heráclito, Sócrates, Jenofonte, Platón, Aristóteles, los estoicos, los escépticos, Plinio, Lucrecio, etc. Mediante todas estas "comparecencias", Löwith intenta probar que el

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Cfr. Henrich, D., “Sceptico sereno. Rede am 9.1.1967”, en Braun, H. & Riedel, M. (Hrsg.), Natur und Geschichte. Karl Löwith zum 70. Geburstag, W. Kohlhammer Verlag, Stuttgart/Berlin/Köln/Mainz, 1967, pp. 458-463.

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pensamiento antiguo era un pensamiento sobre el kósmos: una cosmoteología que no distinguía entre mundo y divinidad. Consiguientemente, concebía al ser humano en el ámbito eterno de la physis. Todas las corrientes asumían este presupuesto. De todas ellas, Löwith se siente más cómodo con el escepticismo, pues le sirve de parapeto frente a toda convicción. A la fe surgida de la antropoteología, Löwith le opone la sképsis; no otra fe política o filosófica que pretenda suprimir la fe religiosa, conservando su carácter de fe, como para él ocurre con las grandes filosofías de los siglos XIX y XX (Marx, Nietzsche, el historicismo, Heidegger, etc.), sino una filosofía que no esté basada en la fe de origen bíblico. Dado que toda fe supone el sacrificio del intelecto, e incluso una renuncia ante la incesante búsqueda en que consiste el conocimiento, Löwith apuesta por una verdadera filosofía que reconozca que el conocimiento lleva al escepticismo, no a la fe.

Allí donde más claramente se ve el corte en estos dos tipos de pensamiento es en la cuestión del suicidio. Todas las religiones monoteístas lo prohíben. La vida -afirman- pertenece a un Dios transcendente y sólo él puede darla y quitarla. En la antigüedad no era así. El suicidio como un acto libre, producto de una decisión soberana, tomada en el culmen de la madurez, como solución digna a una serie de complicaciones, esa sana concepción del suicidio era moneda común en la antigüedad. Como prueba codificada irrebatible, las normas y regulaciones que hoy llamaríamos de “derecho penal” no condenaba el suicidio.

El ser humano es un animal que mata y puede ser matado, pero también en un animal que puede matarse a sí mismo.68 Ante estas dos opciones (matar y ser matado, por un lado, y matarse, por otro), el pensamiento bíblico ha prohibido de manera inequívoca la segunda. La prohibición de matar también ha sido defendida, aunque amoldándose a circunstancias variadas que permitían relajar su cumplimiento, como en un estado de guerra. Esa casuística jamás se ha aplicado al suicidio, que, interpretado como una revuelta de la criatura contra el creador, no ha sido justificada en ningún caso.

Aquí es donde, según Löwith, se muestra la continuidad del pensamiento bíblico con la época moderna. En una antropología dualista, que distingue alma y cuerpo, y que otorga

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inmortalidad a la primera, es comprensible que las autoridades puedan prohibir el suicidio. Pero si el alma no es inmortal, el ser humano debería entonces, según Löwith, poder tener el derecho a disponer de la propia vida. Sin embargo, los grandes filósofos de la época moderna, que no creen en la inmortalidad del alma, siguen pronunciándose contra el suicidio. A pesar de haber desarticulado todas las respuestas cristianas, la pregunta no ha cambiado. Seguimos en el horizonte abierto por el pensamiento bíblico. Consiguientemente, casi ningún filósofo moderno ha valorado positivamente el suicidio, como era habitual en la antigüedad. Seguimos siendo demasiado cristianos, nos dice Löwith. Las excepciones son Spinoza, Hume, Burckhardt y Nietzsche, quienes concedieron que el suicidio sea un ejercicio de libertad.

1.2.2. Modernidad