3.1. Una teoría de la Antigüedad
3.1.2. Una Antigüedad histórico-política
3.1.2.1. El señor de la historia
Los textos críticos de la filosofía de la historia tienen por objetivo la explicación de los acontecimientos políticos de su época como continuación secular y política del radicalismo religioso del Cristianismo en oposición a la moderación de la Antigüedad. Con objeto de trazar los orígenes de las corrientes políticas de la Modernidad, Löwith describe dos tipos de pensamiento absolutamente opuestos (el pensamiento antiguo y el pensamiento bíblico), y hace derivar estas corrientes políticas de la Modernidad del segundo.312 Como contramodelo, aparece así por primera vez una determinada imagen de la Antigüedad. Por ello, la nueva crítica política de la época moderna viene acompañada de un modelo (la Antigüedad) desde el que delatar la comunidad de pensamiento y la complicidad entre el profetismo judeocristiano y la moderna filosofía de la historia. Repetimos: sólo en este contexto delinea Löwith su primera imagen de la Antigüedad. Como resulta evidente, en la conformación de esta particular imagen Löwith destaca los rasgos decididamente anticristianos. De ese modo, la Antigüedad de Löwith posee aspectos que, de forma comparativa, son opuestos a los del pensamiento bíblico y la Modernidad.313
En la introducción del Meaning in History, distingue Löwith entre lógos del kósmos y señor de la historia. El mundo politeísta de la Antigüedad se preguntaba en primera y última instancia por el lógos del kósmos; cristianos y judíos, por el señor de la historia. Correspondientemente, "historia" significa para unos historia política; y para otros, historia de salvación. El pasado se entiende como origen eterno para los primeros, y
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Este es el peligro de fijar bloques monolíticos incomunicados: Antigüedad, pensamiento bíblico, Modernidad.
313 No hay que olvidar el arte hermenéutico comparativo desde el que trabaja Löwith y que en el Meaning
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como promesa de futuro para los segundos. La comparación entre los estilos literarios314 y la constelación axiológica de dos contemporáneos, Heródoto y el Deutero Isaías, es iluminadora a este respecto. La secuencia Heródoto, Tucídides y Polibio, por un lado, y los profetas judíos y cristianos, por otro, muestra dos mundos diferentes. Poco tiene que ver la sabiduría griega frente a la fe judía, el relato político de las historias frente a la brújula escatológica de la historia, o la recurrencia del pasado mítico, asociado a la aceptación del destino, frente al novum del futuro feliz asociado a la esperanza. Aquí la distinción entre lógos del kósmos y señor de la historia es similar a la desarrollada en el libro, publicado en el mismo año (1949) por Mircea Eliade, El mito del eterno retorno. ¿Pueden reducirse estas diferencias al símbolo de la lucha del círculo frente a la flecha? No, ciertamente; pero no deja por ello de ilustrar bien las diferencias. La consecuencia que saca Löwith de esta contraposición es que ya no somos antiguos, sino que seguimos viviendo de las preguntas que solamente entran en la historia gracias a judíos y cristianos. No preguntamos, como los historiadores políticos de la Antigüedad: "¿Cómo se llegó a esta situación?", sino, como los profetas y los modernos historiadores: "¿Cómo seguirá esto?" Los antiguos no tuvieron una filosofía de la historia (y eso que Aristóteles escribió un tratado de casi todas las disciplinas. En Grecia y Roma es imposible una reflexión universal sobre lo contingente.
Löwith se muestra a favor de una comprensión política, no teológica, de los acontecimientos históricos. Dado que "historia" en Grecia y Roma, y en el mundo de los
314 No hay que descartar la influencia de Auerbach. Sobre todo, del texto del primer capítulo (La cicatriz de Ulises) de Mímesis (1942). Löwith estuvo en Estambul con Auerbach en los años treinta, y habían sido compañeros en Marburgo. Dice así Auerbach en el primer capítulo de Mímesis, en esa maravillosa comparación del episodio de la cicatriz de Ulises del canto XIX de la Odisea y del sacrificio de Isaac del Antiguo Testamento: “hemos comparado los dos textos y, en relación con ellos, los dos estilos que encarnan, a fin de obtener un punto de partida en nuestro estudio de la representación literaria de la realidad en la cultura europea. Ambos estilos nos ofrecen en su oposición tipos básicos: por un lado [la Odisea], descripción perfiladora, iluminación uniforme, ligazón sin lagunas, parlamento desembarazado, primeros planos, univocidad, limitación en cuanto al desarrollo histórico y a lo humanamente problemático; por el otro lado [el Antiguo Testamento], realce de unas partes y oscurecimiento de otras, falta de conexión, efecto sugestivo de lo tácito, trasfondo, pluralidad de sentidos y necesidad de interpretación, pretensión de universalidad histórica, desarrollo de la representación del devenir histórico y ahondamiento en lo problemático.” Auerbach, E., Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental, FCE, México, D.F., 1996, p. 29.
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politeísmos, significa historia política y en el mundo de los monoteísmos significa historia de salvación, la comprensión de la historia como un todo sólo puede surgir cuando se la considera desde el punto de vista de la historia de la salvación. Sólo entonces la historia puede tener sentido, fin, meta, significado etc. Los modernos siguen pensando la historia desde el punto de vista de la salvación, pero la han secularizado, creyendo que la redención es posible en el más acá, en un orden político futuro. Esto supone depositar en los acontecimientos políticos unas esperanzas que los antiguos no conocieron, pues su comprensión de la historia como historia política les impidió formular la pregunta por el sentido, el fin, la meta o el significado de la misma. Para ellos la historia se investigaba y de ella se aprendía, pero sus acontecimientos no colmaban esperanza alguna.
La concepción de la historia de los modernos supone un cambio positivo desde un punto de vista secular, porque suprime los elementos supramundanos de la historia de la salvación. Con razón pone en evidencia el absurdo de un paraíso, de un juicio que remate la historia, etc. De ese modo, los modernos acaban con el más allá, reconduciendo la verdad de la historia a este único mundo existente. En este sentido, su rechazo de la transcendencia y su pasión por lo inmanente son dignos de alabanza para Löwith. Ahora bien, este desplazamiento genera un resultado casi más perverso que la original historia de salvación, porque no suprime completamente los espantajos de la esperanza de redención cristiana, sino que la desplaza hacia un futuro por venir y la hace viable en la tierra. Los modernos consideran realizable en la historia los trasmundos que la historia de la salvación ofrecía fuera de la misma. ¡En la Modernidad, la historia de la salvación vive secularizada! Para Löwith, la creencia en la racionalidad del devenir histórico es la última religión de los modernos, incapaces de cortar amarras con las esperanzas de salvación que aparecen en la tierra con el pensamiento bíblico.315 Los modernos siguen esperando redención de los acontecimientos de la historia en vez de retomar la sabiduría escéptica de los antiguos.