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La idea de progreso

3.1. Una teoría de la Antigüedad

3.1.2. Una Antigüedad histórico-política

3.1.2.9. La idea de progreso

El desinterés ante el curso de la historia aúna Antigüedad y Cristianismo, según Löwith. En la idea de la imposibilidad de prever los acontecimientos históricos futuros, así como en la idea de la existencia de un poder superior (Destino o Providencia) también coincidien. Aunque los antiguos creyeran que el futuro podría adivinarse, por los ritmos cíclicos en naturaleza y política, y los cristianos confiaran por su parte en que la historia tendrá un fin, porque así lo afirma el mensaje evangélico, ninguno de ellos se lanzó a interpretar el curso de los acontecimientos como si persiguieran un fin inmanente: ni la Antigüedad ni el Cristianismo conocieron la idea de progreso. En sus respectivos marcos de interpretación del tiempo era imposible que apareciera la idea de un continuo mejoramiento de las condiciones políticas o de vida material de los seres humanos. Para ambos movimientos, eso sería blasfemo: para unos, atentaría contra el orden cósmico;

337 Löwith, K., Historia del mundo y salvación: los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia, Katz, Buenos Aires, 2007, p. 254. Cf. Athenäum. Fr. 222.

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para otros, contra la providencia divina. Löwith se apoya en el famoso libro de J.B. Bury339 para señalar:

la fe cristiana en una intervención imprevisible de la providencia divina, unida a la creencia en la posibilidad de un final repentino del mundo, tuvo el mismo efecto que la doctrina griega del eterno retorno de los ciclos regulares de crecimiento y declinación: impedir el paso a una fe en el progreso ilimitado. El carácter religioso, y por ello también supersticioso, del paganismo y del Cristianismo los expuso a poderes imprevisibles y peligros escondidos, que acechaban detrás de cada acción y todo logro humanos. Si a un griego se le hubiese hablado de la idea de progreso, la hubiese rechazado por contraria a la religión, porque esa idea repugna al orden cósmico. Para un creyente cristiano del siglo XIX ella produciría el mismo efecto. A la provocación contenida en la tesis de Proudhon, según la cual cada uno de nuestros progresos es una victoria, lo que destruye la divinidad providencial, Donoso Cortés respondió con una nueva Civitas Dei.340

En la Antigüedad no pudo existir la idea de progreso; a lo sumo pudo pensarse existían etapas o momentos de progreso, subsiguientes a los de decadencia. Es decir, hubo concepciones siempre plurales de progreso y decadencia, en cuanto conceptos sucesivos dentro un ciclo recurrente, pero la idea de un único progreso que guiara el devenir histórico habría sido inconcebible. Lo mismo ocurre en el Cristianismo, para el que en la historia pueden observarse épocas de mejoramientos y empeoramientos, que para el buen cristiano son indiferentes, dentro de una única historia guiada por los designios de la providencia y que podría acabar en cualquier momento. El único momento relevante es la venida de Jesús el Cristo, y su anuncio de una segunda venida que precipitará el fin del mundo; todo lo demás es accesorio, y no podría haber sido pensado con la idea de progreso.

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Bury, J. B., La idea del progreso, Alianza, Madrid, 1971.

340 Löwith, K., Historia del mundo y salvación: los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia, Katz, Buenos Aires, 2007, p. 243.

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Ahora bien, lo que Löwith pretende destacar en que sólo en el marco de la historia de la salvación, tras su aplicación a los eventos mundanos, fue posible el surgimiento de la idea de progreso típica de filosofía de la historia, pues no hay una transformación directa posible desde la concepción de la historia de los antiguos hasta la moderna filosofía de la historia. Ésta es el producto de la pérdida de confianza en la historia de la salvación en un mundo que sigue pensando salvíficamente.

Una concepción de la historia como: "proceso cuyo sentido lo otorga externamente la historia de la salvación, cancelable por Dios, con un fin definido y tras el que se espera el Reino de Dios", se transforma en una concepción de la historia como "proceso con sentido inmanente, producido por el ser humano, con un fin indefinido al que sin embargo se tiende y durante el que progresivamente se logran avances y conquistas". A esta última concepción de la historia no se llega tampoco desde la concepción de la misma como: "proceso inmanente sin sentido último, eterno, sin fin, sujeto a sucesivas y cíclicas etapas de progreso y decadencia de las que nada se espera", sino que esta concepción fue violentamente vencida y expulsada de la historia, merced al triunfo del Cristianismo. Sólo desde éste se llega a la idea de progreso, pues ésta supone que la historia se dirige hacia una meta, que el ser humano es productor de su propia historia y que no existe nada fuera de ella. Sin el Cristianismo, no se podría pensar en una historia única, en singular, que se dirige hacia una meta y en la que el ser humano juega un papel central. De la transformación del Cristianismo procede la idea de progreso, que es a un tiempo una idea posibilitada por el mismo, pero a su vez dirigida contra él. Y claro, la idea de progreso es de por sí para Löwith una idea errónea, pues no sólo necesita de su opuesto (decadencia) para significar algo coherente, sino que además tiene que ser pensada siempre en plural:

todo progreso en el dominio del ser humano sobre el mundo tiene como consecuencia nuevas formas y nuevos grados de degradación; los medios del progreso son, en igual medida, medios de retroceso.341