C
uántas cosas vienen a la mente al leer hoy día una declaración de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), publicada en la prensa de Miami en agosto de 1997, que apoyaba incondicionalmente las acciones terroristas que ocurrían en aquel momen- to contra instalaciones turísticas de Cuba.A la luz de lo que hoy sabemos, cuántas mentiras se descubren en ese texto firmado por cabecillas de la mafia miamense que conocían de antemano que más bombas iban a explotar en distintos hoteles, por haber alentado, orientado y financiado al terrorista Luis Po- sada Carriles.
Ya en noviembre de 1996, como preludio a lo que iba a suceder, el Canal 23 de Miami entrevis- taba en vivo a Posada junto a Orlando Bosch, quie- nes declararon su intención de ejecutar más ac- ciones terroristas contra Cuba. Protegido por la inercia del FBI, Posada usó los meses siguientes explicar su papel, como jefe de la CIA, en esta histo-
ria sucia de asesinato y desinformación. Tampoco su hijo, gran “denunciador” del terrorismo universal, ha sido cuestionado —ni por la prensa supuestamente libre— sobre los motivos de la puesta en libertad de tales canallas.
Jean-Guy Allard Posada Carriles
al destino de esclavitud y miseria en que lo ha sumido el régimen castrista. (…) El pueblo cu- bano le está enviando al mundo, mediante es- tos actos de rebeldía, el más claro e inequívoco mensaje.
Y el comunicado, perla de desinformación a la Otto Reich, prosigue descaradamente:
Aquellos que se preguntan quiénes podrán ser los autores de los recientes incidentes no tienen más que analizar las caracterís- ticas de éstos para concluir que apuntan a elementos altamente organizados dentro del país, quizás dentro de las propias fuer- zas armadas, hombres y mujeres que (…) poseen los conocimientos, contactos y dis- ciplina para evadir la detección por parte de las, obviamente inefectivas, estructuras de seguridad del régimen.
Los autores del documento introducen más adelan- te un llamamiento a la violencia terrorista: “El pueblo cubano (…) tiene derecho a escoger los instrumentos que se encuentren a su alcance”.
para concretar, desde su refugio de El Salvador, los atentados anunciados, sin interferencia ninguna. El 12 de abril de 1997 ocurre una primera explosión, en el Hotel Meliá Cohíba, del Vedado habanero. El 30 del mismo mes, una segunda bomba explota en este mismo hotel. Dos meses y medio más tarde, el 12 de julio, estallan bombas en los hoteles Capri y Nacional. El 4 de agosto se produce una tercera explosión en el hotel Meliá Cohíba.
La FNCA, que conoce perfectamente bien el origen de la “ola de atentados”, decide entonces que llegó el momento de comentar públicamente los eventos.
¡Y hay que ver en qué términos!
El 11 de agosto de 1997, en un anuncio pagado pu- blicado en la prensa miamense, titulado “A la opinión pública: mensaje de la junta de directores de la Funda- ción Nacional Cubano Americana”, se dice lo siguiente —lea y analice, recordando siempre que los firmantes se saben toda la historia:
Los incidentes de rebeldía interna que duran- te las últimas semanas se vienen sucedien- do a través de la isla hablan claramente de la exasperación de un pueblo que no se resigna
100
Jean-Guy Allard Posada Carriles
101
Si las acciones terroristas en las instalaciones tu- rísticas de La Habana se interrumpen con el arresto de los mercenarios contratados por Posada, el terrorista y sus patrocinadores de la FNCA seguirán, sin embargo, con otros planes asesinos.
El 27 de octubre, menos de dos meses después del crimen del Copacabana, la Guardia Costera de EE UU detiene el yate La Esperanza al oeste de Puerto Rico y ocupa dos fusiles calibre 50 y sus trípodes, equipos de visión nocturna y uniformes militares. Un miembro de la tripulación declara espontáneamente que la embar- cación se dirigía hacia Isla Margarita, en Venezuela, con el objetivo de asesinar a Fidel Castro, quien iba a asistir a la Cumbre Iberoamericana del 7 de noviembre. Pronto se descubrió que el yate era propiedad del ca- becilla contrarrevolucionario Antonio “Tonin” Llama, firmante del documento del 11 de agosto, y que uno de los dos potentes fusiles de uso militar era propie- dad del directivo de la FNCA, Francisco “Pepe” Her- nández, que también puso su firma debajo de la decla- ración asesina.
A pesar de las confesiones y pruebas, después de un amañado proceso judicial, todos los acusados fueron ab- sueltos por una Corte Federal en diciembre de 1999. Con Luego viene la bendición a las acciones terroristas
realizadas: “La Fundación Nacional Cubano Americana, consciente de su responsabilidad con el pueblo cubano, respalda sin ambages ni reparos cuanta denuncia, en- frentamiento o acto de rebeldía interna”. Concluye el comunicado diciendo: “Hoy que ese pueblo, exhausto y casi sin aliento, alza su voz de rebeldía, nosotros (…) tenemos la obligación ineludible de acudir en su ayuda sin reparos ni limitaciones”.
Enardecido por sus padrinos de Miami y por el hecho de que sus mercenarios han podido, hasta ahí, actuar sin ser de- tectados, Posada manda a nuevos asesinos en septiembre. El día 4 de ese mes, otros artefactos explotan en los ho- teles Tritón, Chateau y Copacabana.
En este último lugar, sin embargo, los daños no son limitados a los muebles y los cristales. La bomba, que estalla cerca de un cenicero del lobby bar, lanza un fragmento que alcanza al joven turista canado-italiano Fabio di Celmo en el cuello y le corta la yugular. La he- rida es fatal.
La campaña de terror realizada por la propia FNCA a través de su protegido Posada Carriles ha producido lo que tenía que producir. Lo que se sabía que iba, ine- vitablemente, a ocurrir.
Jean-Guy Allard Posada Carriles
Más aún: precisaba que Jorge Mas Canosa, el “Chairman”, supervisaba personalmente el financia- miento y la logística.
“Jorge Mas Canosa controlaba todo siempre que necesitaba dinero, él decía que me dieran 5 mil, 10 mil y hasta 15 mil, y me los mandaba”, declaró. Mas Canosa, por supuesto, firmaba también la famosa declaración de agosto de 1997.
Otros personajes también ratificaban el documen- to terrorista. Otros que siguen hoy día en la noticia.
Roberto Martín Pérez, Feliciano Foyo y Horacio García, que Posada designó públicamente como los “fi- nancieros” de sus actividades terroristas, fueron reci- bidos por el subsecretario Roger Noriega el 2 de mayo de 2003 en el Departamento de Estado.
Condoleezza Rice también abrazó a algunos de los firmantes en Fort Lauderdale, pero, colmo de los col- mos, el propio Presidente de EE UU, George W. Bush, “se reunió” con Alberto Hernández Sarduy, “amigo personal” de Posada. Tan personal que le pagó a Posa- da su cuenta del hospital cuando recibió varios tiros, en Guatemala, en 1990, y que fue personalmente a proponerle, en El Salvador, en agosto de 2000, la rea- la activa colaboración del oficial Héctor Pesquera, quien
se encontraba en Puerto Rico de jefe del FBI cuando ocu- rre la captura y aparece luego, también de jefe, en Miami. El 16 de noviembre de 1997, una investigación del Miami Herald revela que la serie de bombas de La Habana fue dirigida y financiada desde Mia- mi y que Luis Posada Carriles, prófugo de la jus- ticia venezolana por la voladura del avión cuba- no en 1976, se encontraba detrás de la operación. El 12 de julio de 1998, en un artículo del The New York Times, se publican declaraciones del cubano-americano Antonio Jorge Álvarez, según las cuales el FBI había ignorado sus denuncias acerca de Luis Posada Carriles. Álvarez afirmaba que había sido testigo, en su fábrica en Guatemala, de que Posada Carriles y un grupo de sus mercenarios preparaban la operación de La Esperanza y las explosiones de La Habana. “He arriesgado mi nego- cio y mi vida y ellos no hicieron nada”, declaró entonces. Los días 12 y 13 de julio de 1998, en entrevista con el diario The New York Times, Luis Posada Carriles con- fiesa ser el autor de la campaña de atentados contra instalaciones turísticas en Cuba, y que los jefes de la FNCA, los mismos que firmaban el “llamamiento” del 11 de agosto del año anterior, habían financiado sus operaciones.
104
Jean-Guy Allard Posada Carriles
105
Mas Canosa fue también gran amigo de José Cha- viano, un narcoempresario que tenía enlaces con José Francisco “Ricky” Escalada, magnate de las drogas quien prestaba sus barcos para acciones terroristas contra Cuba.
Un directivo de la FNCA, el millonario Carlos Pé- rez, dio una cuantitativa suma de dinero a la campaña de Ronald Reagan y a la defensa de Oliver North en el escándalo Irán-Contra, al cual fue vinculado Posada. Pérez fue acusado en un artículo de la revista española Interviú de importar cocaína a través de su compañía bananera de Costa Rica.
En octubre de 1997, la Guardacosta norteamericana interceptó el yate La Esperanza, en las aguas limítrofes de Puerto Rico. Los agentes que subieron a bordo en- contraron, en un compartimiento secreto cubierto por una alfombra, dos fusiles de asalto —de un valor de más de 7 mil dólares cada uno— capaces de alcanzar objetivos a más de una milla de distancia. Los datos de navegación del barco evidenciaron que se dirigía hacia la isla venezolana de Margarita donde Fidel Castro iba a asistir, días más tarde, a la Cumbre Iberoamericana.
Pero pronto la investigación revelaba que Francis- co “Pepe” Hernández, de 61 años, el propio presidente lización y el financiamiento del atentado de Panamá,
que luego fracasó.
¡Cuántas cosas se descubren al leer de nuevo, hoy, esa declaración de la FNCA del 11 de agosto de 1997 donde sus patrocinadores miamenses, socios de los Bush, exaltaban los crímenes del terrorista internacio- nal Luis Posada Carriles!
• • •
En el oscuro historial de la Fundación Nacional Cu- bano Americana, que siempre orientó, apoyó y finan- ció al terrorista Luis Posada Carriles, existen varios personajes involucrados con las drogas.
El Miami Herald relató, en alguna oportunidad, cómo uno de los directores de la FNCA, Jorge Valdés, estuvo implicado en el narcotráfico, y que fondos ob- tenidos por esa vía fueron utilizados para apadrinar acciones de Posada.
En 1980, Mas Canosa sacó de la prisión de Miami, con la ayuda de la policía, a Cesar Quiroga e Israel Ro- jas, dos ex agentes de la CIA involucrados en el narco- tráfico, con el propósito de hacerlos parte de un equipo de infiltración cuando los EE UU atacaban a Granada.
Jean-Guy Allard