E
l ex jefe de la Central de inteligencia de los Estados Unidos, Porter Goss, nombrado en agosto de 2004 por George W. Bush y ya jubilado, perteneció a la Ope- ración 40 de la CIA, junto al terrorista internacional Luis Posada Carriles.Con la Operación 40, la CIA constituyó un comando terrorista especialmente formado para las tareas su- cias de asesinatos, sabotajes y represión, en apoyo a la invasión mercenaria de Playa Girón. Luego el gru- po fue utilizado en las “operaciones autónomas” de la agencia desde América Central hasta Chile.
También pertenecieron a ese reducido grupo de si- carios, dirigido por David Atlee Phillips, elementos ta- les como los connotados terroristas Guillermo Novo Sampol, Gaspar “Gasparito” Jiménez Escobedo y Félix Rodríguez Mendigutía.
Goss, un multimillonario de 65 años de edad, fue representante por Sanibel Island en la Florida desde A Aznar, Moragas y Rajoy no les pasaría por la
mente viajar a Bagdad a dar lecciones de derechos hu- manos a los torturadores de Abu Ghraib nacidos en gran parte de su apoyo indefectible a las pretensiones imperiales.
Tampoco le vendría la idea a la Unión Europea, envenenada por Aznar y sus semejantes, de señalar a Washington que la cárcel de Cuba que sí merece de- nuncias se encuentra en la ilegal Base naval de Guantá- namo. Allí, 500 seres humanos han estado secuestra- dos durante años sin el más mínimo derecho, víctimas de abusos y torturas. Y sin atención alguna de aquellos políticos con dudoso pasado que pretenden dar a Cuba lecciones de democracia mientras se comen los cana- pés de la embajada madrileña del Gobierno que dejó hundirse a la Nueva Orleáns.
Jean-Guy Allard Posada Carriles
trabajar de oficial de inteligencia con el ejército, para sumarse a las actividades terroristas de la Operación 40, desde la base miamense de la CIA conocida bajo el código de JM/WAVE.
Encargado por Bush de combatir el terrorismo in- ternacional, Goss admitió en el mismo artículo haber vivido experiencias aparentemente poco usuales mien- tras trabajaba con esa estación muy especial dirigida por Ted Shackley, de siniestra memoria, que se consa- graba a desarrollar agresiones de todo tipo contra la Revolución Cubana.
“He tenido algunos momentos muy interesantes en el Estrecho de la Florida”, añadía con cinismo refi- riéndose a las llamadas “acciones” desarrolladas por la CIA contra el territorio cubano.
Mientras Goss participaba en las actividades de la estación, confraternizó con Félix Rodríguez Mendigu- tía, quien se entrenará con Luis Posada Carriles para luego ser seleccionado como miembro de un “equipo especial de asesinato”.
En 1967, Rodríguez organizó en Bolivia las opera- ciones contra el Che Guevara y ordenó su ejecución, un hecho del cual sigue glorificándose en su millonaria 1989 y presidió el Comité de Inteligencia de la Cámara
Baja desde 1997, hasta su nombramiento como jefe de la CIA por Bush.
Al anunciar la noticia, el Presidente norteameri- cano elogió los conocimientos de Goss en materia de inteligencia y su “lucha contra el terrorismo”, evitan- do precisar que, mientras era un operativo de la CIA, perteneció a la Operación 40 junto a individuos cuyos nombres evocan el asesinato del presidente Kennedy, los escándalos Watergate y Coca-Contra, las operacio- nes Cóndor, Calypso, Hoja de Porra, el asesinato de Er- nesto Che Guevara, además de una larga sucesión de sangrientos atentados terroristas.
Tan discretas como el Presidente, las agencias de prensa dijeron, al ser nombrado Goss, que en los años sesenta supervisó a los espías norteamericanos en Haití, donde reinaba con la bendición de Washington Francois “Papa Doc” Duvalier; en República Domini- cana, víctima de una invasión norteamericana; y en México, donde “atendía a Cuba”.
“Pienso que yo no me sentiría cómodo con ir a Cuba”, confesó Goss al Washington Post, el 18 de mayo de 2002. En esa conversación con el periodista Richard Leiby, contó cómo llegó a Miami, en 1962, después de
276
Jean-Guy Allard Posada Carriles
277
ese comercio a la “certificación por el Presidente” de que Cuba “no ayuda a los terroristas ni desarrolla ar- mas biológicas”.
La grotesca propuesta, inspirada por las mentiras de Otto Reich y de un tal John Bolton, fue derrotada.
En la famosa recepción del 2004, donde Bush re- cibió en el Rose Garden de la Casa Blanca a toda una tropa de extremistas miamenses encabezados por el terrorista Luis Zúñiga Rey, capo del Cuban Liberty Council; Goss, el futuro “cerebro” de la CIA, se encon- traba entre los políticos mafiosos de la Florida del Sur, aplaudiendo los disparates presidenciales.
En Asia, a partir de 1970, Ted Shackley, el jefe mia- mense de Goss, dirigirá, desde la sede de la CIA en Saigón, el programa genocida Phoenix, consagrado a la tortura y la eliminación de patriotas vietnamitas; la empresa aérea encubierta de la CIA, Air América, y el banco Nugan Hand, especializado en lavado de dinero. Pero simultáneamente orientará las millonarias opera- ciones de tráfico de heroína, manejadas desde Laos por personajes tan poco recomendables como el coronel Oliver North, Richard Secord y el cubanoamericano Félix Rodríguez Mendigutía.
mansión de Miami. En 1970, el mismo Rodríguez tra- bajó de nuevo con el “maestro” Shackley en Vietnam y en Laos antes de ser enviado a América Central a me- diados de 1976.
Obtuvo entonces de la CIA la misión de organizar la evasión de su socio Posada, preso en Venezuela, adonde lo había llevado el criminal atentado contra el avión de Cubana, para que fuera su brazo derecho en la operación Coca-Contra, que terminó en un enorme escándalo.
Goss afirma haber dejado la CIA después de una de- cena de años para consagrarse a “negocios” —sin duda vinculados a sus lazos con la pandilla de la Operación 40— que le procuraron millones, para luego dedicarse a la política, haciéndose elegir en el Congreso en 1988.
En su nueva carrera, Goss no perdió una oportu- nidad de servir a la “Compañía” y, ¡qué casualidad!, de atacar a Cuba. El personaje que Bush considera capaz de recoger la información privilegiada que orientará al Gobierno de los Estados Unidos no titubeó en distin- tas oportunidades en desinformar al Congreso acerca de Cuba, de manera deliberada.
Durante una votación sobre las restricciones de via- jes a la Isla, Goss llegó a proponer hasta condicionar
Jean-Guy Allard Posada Carriles
Goss, de manera inexplicable, se encontraba en Pa- kistán en agosto de 2001. El día 11 del mes siguiente, cuando los aviones secuestrados por los terroristas se estrellaban contra las Torres Gemelas y el Pentágono, Goss estaba desayunando con el senador Bob Graham y el general Mahmud Ahmed, entonces jefe de los Servi- cios de Inteligencia de Pakistán, luego vinculado a dos actores de los ataques terroristas, Omar Saed Sheik y Khalid Sheiks Mohammed.
Varios medios de comunicación vincularon más tarde al alto oficial pakistaní con Al-Qaeda y los taliba- nes. Al punto de que tuvo que abandonar su puesto.
Porter Goss no vio la necesidad, por su parte, de explicar su actuación. Bien al contrario. Y fue nombra- do, tres años más tarde, jefe de la Agencia Central de Inteligencia.
La droga traficada por la CIA se vendía, tanto entre los G.I (General Infantry), adictos al potente estupefaciente, como en los propios Estados Unidos a través de los Santos Trafficante, padre e hijo, aque- llos socios del ex padrino mafioso de La Habana, Me- yer Lansky.
Años más tarde, en 1998, Porter Goss, “ex” agente de la Operación 40, dirigirá las audiencias del Con- greso sobre el informe del inspector general de la CIA acerca del tráfico de droga realizado por la Agencia.
El congresista Porter Goss dirigía el Comité de In- teligencia de la Cámara Baja desde el año anterior.
¿Conclusión del Comité? Las alegaciones eran “falsas”. La “investigación” del “ex” agente Goss descartó hasta la bien documentada investigación del periodis- ta Gary Webb del San José Mercury News, publicada en agosto de 1996, que demostraba que la epidemia de crack ocurrida entonces en California estaba ligada a traficantes nicaragüenses de cocaína, vinculados a la CIA, que usaban parte de sus ganancias para finan- ciar a la Contra. Webb fue “suicidado” en diciembre de 2004, cuatro meses después del nombramiento de Goss, en su residencia de California.