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Cartografía teórica de los dispositivos de saber-poder de la sexualidad

4. Sexualidad y transmisión de conocimiento

4.3. El lado oscuro del conocimiento

De acuerdo con la propuesta de Sedgwick, la sexualidad se constituye en una serie de oposiciones culturales cuya estructura incluye los siguientes términos: heterosexual – homosexual, masculino – femenino, público – privado, revelación – secreto, iniciación – inocencia y conocimiento – ignorancia. Sin

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embargo, lo que pone de manifiesto el análisis deconstructivo de estas categorías es que la relación que sostienen estos términos no es ni dicotómica ni binaria. Ambos elementos de la relación se encuentran mutuamente implicados, de modo que tanto la estructura como el sentido de cada uno son producidos por la relación misma. Siguiendo esta lógica, nos interesa pensar la ignorancia no como el límite o el Estado previo al conocimiento, sino como uno de sus efectos.

La ignorancia no existe en abstracto sino que es la falta de un conocimiento específico, esto significa que su existencia se halla circunscripta a un determinado régimen de verdad. Con esta noción, nos distanciamos de una concepción metafísica de la verdad para pensar las categorías de conocimiento e ignorancia al interior de un conjunto de procedimientos rígidamente regulados con el objeto de sostener la producción y circulación de los enunciados (Foucault, 1994: 160). La producción de la verdad está ligada circularmente al poder, ya que, por un lado, depende de un sistema de poder que la sostiene y, por el otro, ella misma genera efectos de poder. Estos procedimientos históricos no sólo actúan positivamente en una hegemonía que instituye “conocimiento legítimo”, sino que también operan mediante la exclusión produciendo un exterior de ilegitimidad.

En el siglo XVIII europeo, la sociedad burguesa capitalista e industrial produce sistemáticamente “discursos verdaderos” sobre lo sexual que configuran la retícula de un régimen de verdad específico. Estos saberes científicos ordenados y articulados según reglas precisas se encuentran ligados, inicialmente, a una práctica médica sobre los individuos y, posteriormente, se conformarán como uno de los emplazamientos definitivos de la higiene pública. De esta manera, este dispositivo de saber-poder adquiere una forma persistente cuya retórica aún no ha cesado de circular en el campo de la sexualidad. Bajo el pretexto de decir la verdad, alumbrará por todas partes miedos: prestaba a las mínimas oscilaciones de la sexualidad una dinastía imaginaria de males destinados a repercutir sobre generaciones, los hábitos furtivos y tímidos y las pequeñas manías solitarias serán asumidos como peligrosos para la sociedad entera; al final de estos placeres insólitos, ella colocó nada menos que la muerte: de los individuos, de las generaciones, de la especie. (Foucault, 2007b: 72)

La ciencia sexual instituye la sexualidad como el cuerpo de un enigma: “significación general, secreto universal, causa omnipresente, miedo que no cesa” (Foucault, 2007b: 92). Así, proliferan los dispositivos destinados a indagar lo sexual en una economía del secreto que cifra la develación en intervenciones técnico-terapéuticas. La sexualidad como objeto de indagación discursiva e intervención sanitaria se convierte, entonces, en el dominio privilegiado de la verdad donde se oculta la identidad más íntima del individuo moderno.

Esta incitación a los discursos sobre el sexo no funciona aleatoriamente sino que obedece a una estructura reticular que configura en el espacio social modalidades, tiempos, espacios y cualificaciones

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altamente reglados. No cualquiera puede hablar de cualquier tema ni en cualquier espacio-tiempo, ya que el dispositivo de la sexualidad regula los límites de esta producción de conocimientos. De este modo, se produce una clasificación de los contenidos en una grilla de espacios sociales con su correspondiente sistema de cualificaciones para habilitar la palabra.

El dispositivo de la sexualidad establece que ciertos sujetos tienen la legitimidad para hablar de un espectro limitado de temas. Esta operación de producción de legitimidad produce simultáneamente ilegitimidad, ya que su funcionamiento excluye necesariamente una serie de aspectos de la sexualidad. Los límites que traza este proceso de producción discursiva engendran una exterioridad con respecto a lo pensable, lo posible y lo tolerable. Mediante un insistente trabajo de repudio se sostiene un afuera cargado con las amenazas a la propia interioridad, se trata precisamente de un exterior determinado por lo que resulta necesario repudiar para conservar la clausura y la estabilidad de lo inteligible.

De acuerdo con Butler (2002), como hemos visto, la exclusión de ciertas diferencias que se produce en el terreno de la sexualidad se revela como constitutiva de la estabilización de la inteligibilidad cultural dentro de las reglas canónicas del género. En este sentido, las “formas de vida deseables” o “dignas” se recortan sobre la configuración de un territorio de abyección41 que funciona como el exterior

constitutivo que limita lo humano y lo amenaza con su disolución. Consecuentemente, la normativa de género encuentra su razón de ser en el repudio y la exclusión de aquellos cuerpos, prácticas, expresiones y deseos cuya presencia desestabiliza la clausura que sostiene la vigencia de lo normal.

La sexualidad como sistema de conocimiento establece una urdimbre de relaciones vitales entre los sujetos que conocen y los contenidos conocidos. Ello implica que la ilegitimidad de determinados conocimientos extiende sus rasgos contaminando al sujeto que los detenta y que, por el contrario, la ausencia de estos conocimientos supone la legitimidad garantizada por la inocencia y la neutralidad. La conservación de la ignorancia y de mecanismos de no saber acerca de la sexualidad o acerca de zonas específicas de la sexualidad forma parte de un trabajo discursivo que excluye prácticas e identidades colocándolas en el terreno de la abyección. Tales mecanismos de la abyección cambian temporalmente en términos de quiénes son excluidos de la subjetividad y los sistemas de conocimiento que producen la exclusión. En cada momento histórico, hay saberes que son excluidos porque no pueden ser soportados por la hegemonía discursiva de la sexualidad.

41 “Abyección” es un término popularizado por Julia Kristeva (1988) en la retórica psicoanalítica. En este caso, utilizamos la interpretación butleriana: “Lo abyecto designa aquí precisamente aquellas zonas ‘invivibles’, ‘inhabitables’ de la vida social que, sin embargo, están densamente pobladas por quienes no gozan de la jerarquía de los sujetos, pero cuya condición de vivir bajo el signo de lo ‘invivible’ es necesaria para circunscribir la esfera de los sujetos.” (Butler, 2002b: 19-20)

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En el campo de la educación, la indagación del funcionamiento del dispositivo de la sexualidad pone de relieve los problemas de la tradición pedagógica iluminista que aún persiste. Tanto las políticas sanitaristas que intentaron combatir la pandemia del SIDA desde las aulas, como los proyectos más complejos que procuran la implementación de la educación sexual desde un enfoque integral se enfrentaron con el problema de la transmisión de conocimientos. En el primer caso, el movimiento centrípeto que regula la lógica escolar estableciendo categorías y límites precisos exhibió su insuficiencia histórica ante una pandemia caracterizada por el fluir constante entre cuerpos, geografías, clases sociales e identidades (Cfr. Patton, 1990; Britzman, 1999). Las políticas públicas de educación sexual integral, por otro lado, han encontrado como primer obstáculo para su implementación el posicionamiento docente forjado en una cultura escolar que recepta esta política pública como un movimiento contracultural. El trabajo sobre sí que le exigen al personal docente los dispositivos de capacitación enfrenta la ignorancia no como un blanco que espera contenidos, sino como una trama de conocimientos que ya se poseen o por los cuales estamos poseídos/as y que funciona para sostener el derecho a la propia ignorancia. Así, lejos de una transmisión directa de informaciones, el lento proceso de implementación de la educación sexual integral debe trabajar con resistencias de intensidad heterogénea para incorporar conocimientos que interrumpen los modos en que las propios sujetos se han concebido a sí mismos y a sus relaciones con lo que consideran otro.