Cartografía teórica de los dispositivos de saber-poder de la sexualidad
3. Poder y sexualidad: contra las hipótesis represivas y los determinismos naturalistas
3.2. Judith Butler: sexualidad y performatividad
3.2.2. Sexo, género y performatividad
Tal como venimos planteando, Butler introduce la noción de “materia” y “materialización” para pensar las identidades sexuales. De este modo, plantea que la materialización del sexo es un proceso temporal
39 Butler ejemplifica este punto con el caso de la “interpelación médica”. Mediante esta interpelación, se produce un paso de la categoría “el bebé” a la categoría “niña” o “niño”. La interpelación de género los introduce dentro del terreno del lenguaje y el parentesco feminizando, de este modo, a la niña y masculinizando al niño. Pero este proceso no culmina con esta primera interpelación, sino que continua a lo largo de toda la vida con las diversas autoridades que reiteran esa interpelación fundacional ya sea para fortalecer o combatir ese efecto naturalizado. Estas interpelaciones tienen como condición de posibilidad la matriz de inteligibilidad, ya que su funcionamiento necesariamente cita las normas de este modelo discursivo/epistémico hegemónico que permite/produce/prescribe la inteligibilidad de género y, con ello, la inteligibilidad de “lo humano” (2002b: 25-27)
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que opera a través de la reiteración de las normas. Es esencial, en este punto, la temporalidad del proceso de construcción ya que es ella la que hace posible concebir la materialización como un proceso, un proceso de reiteración:
(…) un proceso de materialización que se estabiliza a través del tiempo para producir el efecto de frontera, de permanencia y de superficie que llamamos materia (Butler, 2002b: 28).
La materia es, entonces, contingente: entendida como efecto de poder y producida (materializada) en la reiteración de una actuación que le otorga tanto su permanencia como su inestabilidad.
Para teorizar el proceso de materialización como un proceso reiterativo y constitutivamente temporal, Butler recurre a la noción de performatividad tomada de La teoría de los actos de habla (Austin, 1981). Pero, tal como veremos, Butler reformula el planteo de Austin con el doble objetivo de introducir la temporalidad en la noción de acto performativo y escapar a una concepción voluntarista del sujeto. Judith Butler hace una lectura postestructuralista de la Teoría de los Actos de Habla, atravesada, fundamentalmente, por el discurso derrideano. El giro radical que realiza Austin con la formulación de los performativos consiste en trascender el terreno de la significación ubicada en el plano del contenido factual de las expresiones, desplazándose hacia el plano de las fuerzas que se manifiestan cuando hablamos (Austin, 1962: 293). Así, el referente del performativo no será ya simplemente una sustancia preexistente, sino un acto, “un movimiento dinámico de modificación de lo real” (Felman, 1980: 104). Aquello que Austin denomina como la dimensión ilocucionaria del acto de habla puede ser entendido como la fuerza de la enunciación y, en consecuencia, estaría dando cuenta de la materialidad de la situación comunicativa. De esta manera, se puede afirmar que el espacio material de la enunciación concebida como diálogo se encuentra siempre de manera irreductible “en exceso” sobre el enunciado (Felman, 1980: 105).
Cabe aclarar que, para Austin, los performativos están sujetos a determinados usos del lenguaje regulados por convenciones sociales. Lo cual implica que la validez del acto performativo está garantizada por la repetición dentro de la comunidad. Sin embargo, no es sólo el contexto quien determina dicha validez, sino que este acto depende de una estructura intencional que lo precede y lo hace posible. Según Austin, es el reconocimiento de una determinada intención en un contexto concreto la clave para el funcionamiento “feliz” de un acto performativo. De lo que se deduce la sujeción de este acto de habla a reglas que deben existir y ser aceptadas por la comunidad y que constituyen sus condiciones de éxito.
Si bien Derrida valora el giro pragmático que realiza la Teoría de los Actos de Habla, no deja de criticar aquellos supuestos teóricos que la inscribirían en la tradición de la metafísica de la presencia. Explícita y
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paradigmáticamente, en “Firma, acontecimiento, contexto”, Derrida sostiene que la teoría de Austin concibe al contexto como definible exhaustivamente, a la conciencia como libre y presente en toda la operación lingüística, y al hablante como dueño de un querer-decir absolutamente pleno y señor de sí mismo (Derrida, 1988: 364).
Tal como vimos, el éxito de la fuerza ilocucionaria de un acto de habla tiene como condición de posibilidad el contexto. De este modo, el proyecto que conforma la teoría de Austin constituye un análisis de las condiciones de éxito o realización de los actos lingüísticos. La concepción de contexto como condiciones de posibilidad del performativo exitoso se basa en la noción de repetibilidad. Según Derrida, toda creencia en la existencia de unidades de sentido que permanecen siempre idénticas a sí mismas -es decir: toda ontología del sentido- se sustenta en la idea de la posibilidad de repetición indefinida. Por esta razón, Austin pensaría en la repetición del performativo como condición para su validez en la comunidad. Específicamente, en la deconstrucción del fonocentrismo que realiza Derrida en
La voz y el fenómeno, sostiene que lo radicalmente repetible, más que la voz o el acto de habla, es el signo (Derrida, 1985: 100). El signo, entendido como la marca, el significante puro de la escritura, se caracteriza –según Derrida- por su repetibilidad. Sin embargo, la repetibilidad del signo se ubica más allá de todo contexto y, por esta razón, no expresa ningún sentido idéntico. La repetibilidad es, aquí, iterabilidad, ya que iterable es lo que liga la repetición a la alteridad (el signo repite lo mismo siempre que eso mismo sea otro). De este modo, mediante la noción de iterabilidad, Derrida cuestiona la idea de que existen condiciones definibles de éxito bajo las cuales se realiza un acto de habla (Derrida, 1988: 362-369). De este concepto se desprende que no existe algo así como el “contexto natural” de una expresión y, por lo tanto, que no se puede hablar de un contexto “normal” o “paradigmático” que permitiría “usos normales” frente a los “usos desviados”.
Lo anterior se fundamenta en que el signo, por su iterabilidad, no está ligado por esencia a ningún contexto, intención o hablante:
Todo signo, lingüístico o no lingüístico, hablado o escrito (...) puede ser citado , puesto entre comillas; por ello puede romper con todo contexto dado, engendrar al infinito nuevos contextos, de manera absolutamente no saturable (Derrida, 1988: 361-362).
En consecuencia, los contextos no son definibles o determinables ya que –en palabras de Derrida- “no hay más que contextos sin ningún centro de anclaje absoluto” (Derrida, 1988: 362).
En definitiva, la noción derrideana de iterabilidad, comprendida con el doble significado de “repetición” y “alteración”, opera una deconstrucción de la concepción del contexto como condición de éxito del performativo. De manera que, con este planteo, se concibe la “contextualización determinable” como un
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ejemplar de la ontología de la representación que pierde de vista la dimensión de acontecimiento de los performativos.
Tal como vimos, la teoría butleriana del performativo toma a Derrida como uno de sus fundamentales precursores. La primera formulación de performatividad aparece en su emblemático libro El género en disputa:
La performatividad no es un acto único, sino una repetición y un ritual que logra su efecto mediante su naturalización en el contexto de un cuerpo, entendido, hasta cierto punto, como una duración temporal sostenida culturalmente. (Butler, 2001a: 15).
En este caso, el término “performatividad” no refiere a la noción lingüística que será desarrollada en sus obras posteriores (Cfr. 2002 y 2006) sino que enfatiza la dimensión teatral de la performance para discutir la concepción esencialista de sujeto, presente en ciertos discursos feministas que constituyen su blanco de ataque, y desmontar la naturalización del sexo situando su esencialidad como contingencia producida por los dispositivos performativos. La noción de performance teatral que utiliza Butler fundamentalmente en sus producciones previas a El género en disputa, pero que persisten en esta última, es deudora de la teoría de los dramas sociales de Víctor Turner (apud Butler, 1990). En este sentido, lo performativo o performático se refiere a la actuación, es decir que el género es entendido como un acto performativo ritual ejecutado por los actores sociales siguiendo los códigos culturales que configuran lo social. A pesar de que hay diferencias teóricas entre las nociones de performance teatral y la performatividad austiniana, las operaciones que Derrida le atribuye a lo performativo permite conectar y anticipar lo que constituirá la teoría performativa de la sexualidad. De este modo, en coherencia con el planteo derrideano, Butler sostiene que el género se performa mediante la reiteración de actos normativos y, por lo tanto, es una copia carente de original. Puntualmente, la autora considera este postulado como central en su obra:
La aportación que hizo El género en disputa, la más ampliamente citada –y que probablemente aparecerá algún día en mi lápida– fue la siguiente: que categorías como butch y femme no eran copias de una heterosexualidad originaria, sino que mostraban cómo los llamados originales, hombres y mujeres dentro de un marco heterosexual, están construidos de una forma similar, performativamente establecidos. Así, la aparente copia no se explica en referencia a un origen, sino que el origen se considera tan performativo como la copia. (Butler, 2001b)
Esta afirmación de que no hay un significado original que pueda perderse se vincula estrechamente con el concepto de iterabilidad, ya que la iterabilidad del signo repite algo que no existe. De este modo, para Butler, el performativo no puede cristalizarse en una convención estática, sino que la iterabilidad plantea
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la fuerza del performativo enfatizando en su naturaleza acontecimental que excede la mera repetición de lo establecido.
La concepción de la performatividad que sostiene Butler le permite explicar el funcionamiento de los dispositivos de poder en el proceso de materialización del sexo. De este modo, la autora recurre a algunas reflexiones de Derrida sobre La teoría de los actos de habla para teorizar acerca del modo en que el proceso de reiteración hace emerger los cuerpos.
En consecuencia, a partir del uso de Foucault y Derrida, la autora bosqueja una teoría de la performatividad entendida como la reiteración de un conjunto de normas –o ideales regulatorios- que actúa materializando los cuerpos. En este sentido, la fuerza performativa no deviene de un poder inherente al lenguaje sino de la apelación a la cita que dicha alocución pone en acto. Según este procedimiento, la “norma del sexo” actúa en los cuerpos –o como diría Foucault: “se articula en los cuerpos”- en la medida en que es citada como norma. De este modo, el poder performativo de la norma no deriva de la voluntad o del sujeto que la cita, sino de la misma fuerza citacional del lenguaje. El poder actúa en la repetición y es esta repetición temporalizada la que constituye el proceso de materialización signado a la vez por la persistencia y la inestabilidad.
Iterabilidad y apelación a la cita son los términos clave de la noción de la performatividad de Butler. Por un lado, la noción de apelación a la cita rompe con la concepción voluntarista de la teoría de la performatividad austiniana, ya que inserta al enunciado performativo en redes de poder que lo atraviesan y lo hacen posible: las convenciones constitutivas que lo activan y posibilitan su funcionamiento. Por otro lado, la noción de iterabilidad introduce la temporalidad en la teoría performativa; rompiendo, de este modo, con la concepción del acto performativo como un “acto singular”, ya que se concibe la performatividad como una repetición de actos intrínsecamente temporal; es decir: una repetición de un acto que nunca es el mismo.
Así, la noción de performatividad que utiliza Butler está ligada necesariamente a la repetición, “el género es la estilización repetida del cuerpo” (Butler, 2001a: 67), pero esta repetición no sólo se constituye en la persistencia de lo mismo sino también en la inestabilidad, ya que se encuentra indefectiblemente constituida por el tiempo.