5. EL VIDRIO SOPLADO AL AIRE LIBRE El vidrio, desde el principio de su utilización,
5.2. RECIPIENTES PARA SERVIR O ALMACENAR ALIMENTOS Entre la vajilla
5.2.5. Las ollas y tarros Se trata de recipientes de tamaño muy variable, como se demuestra a
través de los hallazgos de Augusta Raurica (Rütti, 1991, Taf. 94-97, AR 115-119), siendo destinados a la conservación de alimentos o, incluso, para su comercialización a corta distancia. El vidrio, por sus características, era ideal para tal función ya que es un material que no afecta al sabor de su contenido y, además, podía reutilizarse rápidamente, lo que favoreció que esta clase de envases, desde inicios del siglo I d.C., fueran muy frecuentes en ambientes domésticos, siendo muchos de ellos amortizados como urnas cinerarias.
Las ollas pueden aparecer dotadas, o no, de asas, presentando cuerpo de forma globular u ovoide y bocas amplias, con bordes plegados al interior (Isings 63-65) o al exterior, mostrando, en este caso, una mayor complejidad pudiéndose prolongar en horizontal a modo de un ala de perfil sinuoso, cuyo extremo queda plegado (Isings 67a) o generar gruesas molduras en vertical (Isings 67b-c), lo que, unido a su marcado cuello, habría permitido su cierre y mantener en condiciones su
109 Aunque Fremersdorf (1966, 33) plantea una cronología anterior, de la segunda mitad del siglo II d.C., para los elaborados en vidrio verde-azulado o incoloro, una tonalidad, esta última, que ofrece nuestra pieza.
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contenido. Elaboradas, en su mayoría, en vidrio natural, su representación en los contextos de hábitat es a través de pequeños restos que testimonian su presencia, siendo, por el contrario, muy frecuentes en los ambientes funerarios, donde se encuentran de forma habitual a partir de mediados del siglo I d.C., hasta mediados de la centuria siguiente. Por su parte, los tarros, que podían ser elaborados por medio del soplado en molde o al aire libre, presentan formas prismáticas (Isings 62), mostrando, del mismo modo, estrechos cuellos que se abren en amplias bocas cuyos bordes se vuelven al exterior, generando gruesas molduras, unas características muy similares a las que ofrecen las ollas, ya que comparten una misma funcionalidad, siendo, igualmente, hallazgos muy corrientes en contextos de hábitat, mientras que su presencia es muy escasa en ambientes funerarios110.
Antes de analizar aquellos recipientes realizados en vidrio de tono natural, hay que señalar el registro, en Ilici, de un pequeño fragmento de cuerpo que muestra una decoración moteada (Figs. 60,5; 212,1). Ofrece un fondo de tono vinoso sobre el que se han salpicado trocitos de vidrio blanco que quedan fundidos en su superficie, una técnica decorativa que mostraba un pequeño ungüentario documentado en esta misma ciudad y que se puso de moda durante la primera mitad del siglo I d.C. (vid. apartado 5.1.1).
Fig. 212. Olla en vidrio moteado (Isings 67): 1. Ilici; 2. Apt. (1. Foto y depósito MMA; 2. Foto tomada de Foy y Nenna, 2001, 203, nº 358.).
110Por ejemplo, entre el vidrio recogido en el valle medio del Ródano, se constata cómo entre los numerosos recipientes que fueron reutilizados como urnas cinerarias, tan sólo se han documentado dos tarros prismáticos conteniendo restos de dos niños, correspondiendo el resto a ollas de variada tipología (Roussel-Ode, 2014, 108 s., APT 175 y VAI 715).
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En el taller vidriero de Avenches, activo entre el 40-70 d.C., se encontraron numerosos fragmentos que mostraban este tipo de decoración, presentando algunos la misma combinación cromática que nuestro ejemplar, que, sin duda, debe relacionarse con el tipo olla (Fig. 212,2), una forma cuya fabricación está bien atestiguada en ese centro (Amrein, 2001, fig. 80), así como en el de la Montée de la Butte (Robin, 2008, 46). Tradicionalmente, esta producción se había atribuido a los talleres establecidos en el norte de Italia, aunque es un planteamiento actualmente en revisión, al conocerse su existencia en diversas regiones del Imperio, como en la Galia Transalpina, donde se concentran los hallazgos y que se habrían dedicado a la realización de recipientes decorados con ese procedimiento (Amrein, 2001, 57).
En cuanto al registro de las ollas en vidrio azulado o verde-azulado, en la villa de la Huerta del Paturro encontramos, procedente de un nivel de derrumbe individualizado en el Departamento 4, fechado entre mediados del siglo I d.C. y la centuria siguiente, los restos de una boca de 14 cm de diámetro que muestra el borde plegado al interior (Figs. 47,3; 213,1), muy similar a otra documentada en el Anfiteatro de Segobriga, que presenta un diámetro de 16 cm, procedente del sector Arena (Figs. 158,5; 213,2). Estos fragmentos podrían relacionarse con algunas ollas que muestran un borde similar, como algunos ejemplares recuperados en la necrópolis de Saint-Martin, en Alba-la-Romaine, encuadrándose en un momento situado entre el 70 y el 100 d.C. (Roussel-Ode, 2014, pl. 8,ALB 94-95), u otros de Arlés (Foy, 2010, nº 431-432), correspondiendo a un tipo111 bien
documentado en esos momentos (Ising, 1957, 82, Forma 63).
Uno de los mayores problemas es la identificación tipológica a través de fragmentos que ofrecen un tamaño excesivamente reducido, sobre todo cuando distintos tipos comparten rasgos similares, en este caso la boca, encontrando el característico borde plegado en vertical al exterior, un detalle que muestran indistintamente algunos tipos de ollas y, sobre todo, los tarros. Entre los vidrios reunidos, encontramos tres bordes, que responden a estas características, documentados, uno, en el Departamento 5 de la villa de la Huerta del Paturro (Figs. 48,5; 213,3)112, otro, en
Lucentum (Figs. 89,4; 213,4) y el último en los niveles superficiales del Anfiteatro de Segobriga
(Fig. 152,15). Estos fragmentos deben relacionarse con recipientes de mediano tamaño, dadas las dimensiones que presentan en cuanto a su diámetro, entre 9 y 10 cm, pudiendo corresponder tanto a
111 En la mayoría de los casos, este borde plegado al interior se registra sobre los tipos Isings 63 y 64, que corresponden a ollas provistas de asas. Sin embargo, hay que señalar el hallazgo de un ejemplar reutilizado en la necrópolis altoimperial de esta misma ciudad, del que se tratará al analizar los contextos funerarios, que presenta un borde vuelto al interior, correspondiendo, en este caso, a una olla sin asas. Esta diversidad de detalles formales quizá debe relacionarse con la fabricación en talleres locales o regionales de estos, y otros, recipientes de uso cotidiano, lo que podría explicar el habitual registro de variantes que atañen, sobre todo, a rasgos tan simples como la manera de terminar un borde.
112 En este caso, hay que indicar que, en este mismo departamento y en la misma unidad, se recuperó un fragmento de base decorada con círculos concéntricos, por lo que podría tratarse de un tarro que habría sido elaborado mediante el soplado en molde (vid. apartado 4.5.1), lo que llevaría a relacionar ambos fragmentos como parte del mismo recipiente, un planteamiento de difícil confirmación, por lo que se debe contemplar la posibilidad de que sea un tarro o bien un olla de tamaño mediano.
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tarros (Isings 62) (Fig. 213,6-7), como al tipo de olla sin asas, como demuestra su estrecha relación con algunos ejemplares, que ofrecen tamaños muy diversos, registrados en Augusta Raurica (Rütti, 1991, AR 118, Taf. 95,2190-2206) y que corresponden a alguna de las variantes que ofrece la olla tipo 67b/c de Isings (1957, 87 s.), ya que no conocemos la forma del cuerpo o si habrían presentado, o no, decoración.
Fig. 213. Ollas y Frascos (Isings 62/63): 1 y 3. Villa de la Huerta del Paturro, ambientes D4 y D5; 2. Anfiteatro de
Segobriga; 4. Lucentum; 5. Olla, tipo Isings 67c; 6-7. Tarros, tipo Isings 62. (5-6, según Bonnet, 1997; 7, foto tomada
de Foy y Nenna, 2001) (5-7, sin escala).
En Aventicum se recogieron numerosos fragmentos, 45, la mayoría bordes formados por ese característico doble pliegue al exterior, que se relacionaron con el primer modelo (Isings 67b), una olla lisa que presenta el cuerpo ovoide o globular, fechados, en general, entre el 40 y el 120 d.C., siendo uno de los recipientes que se habrían elaborado en el taller de Avenches (Bonnet, 1997, 43,
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AV V106), mientras que la variante decorada con suaves costillas (Isings 67c), que presenta el mismo tipo de borde (Fig. 213,5), está representada por un número menor de ejemplares, 12, procedentes todos ellos de necrópolis, que se encuadran en un periodo que va del 70/100 al 160 d.C. (Bonnet, 1997, 43, AV V107). A pesar de la dificultad de identificar una forma a través de un pequeño fragmento, este cuello vertical de corto desarrollo, corresponda al tipo tarro u olla, caracteriza a estos envases tan frecuentes entre mediados del siglo I d.C. e inicios de la centuria siguiente113 (Biaggio, 1991, 163).
Como se ha ido indicando, la reutilización de estos recipientes, sobre todo las ollas, en los ambientes funerarios es frecuente, sirviendo como recipiente para depositar los restos incinerados del difunto. Sin embargo, en esta zona su documentación es muy escasa114, habiéndose registrado su
presencia en la necrópolis de la Torre Ciega115 (Cartagena, Murcia), de donde proceden dos
ejemplares conservados en el Museo Arqueológico Municipal, uno fragmentado a la altura del cuello (Sánchez de Prado, 1999, fig. 3,1) y el otro que permanece todavía en el interior de su caja de plomo (Ramallo y Ros, 2010, 299, fig. 19) (Fig. 214,1-2); en Ilici tenemos solamente la referencia del hallazgo, en el Huerto de la Coronela, de una urna de vidrio que apareció encajada en un cubo monolítico de piedra, cubierta por una losa, dentro de la que se encontraron restos humanos y un as romano, materiales que, según fueron apareciendo, se destruyeron (Ibarra, 1981, 207). Este mismo rito es el que se practicó en la necrópolis de las parcelas 45 y 46 de Segobriga, donde se documentaron varias sepulturas, simples fosas abiertas en el terreno, en las que se encastraron cubos de piedra, que contenían en su interior urnas de vidrio tapadas con una losa. De los 12 enterramientos localizados, solo los nº 1116, 2, 5, 7 y 8 proporcionaron urnas de vidrio, algunas muy
fragmentadas, no habiéndose conservado, en el caso de los enterramientos nº 2 y 5, más que la base encajada dentro del cubo monolítico117, por lo que tan solo el ejemplar procedente del enterramiento
113 Como señala Biaggio (1991, 163), a partir del 120 d.C., el tarro ofrecerá un borde diferente, pues, aunque sigue quedando plegado al exterior, en su parte inferior, su extremo va a presentar un nuevo pliegue.
114 En las necrópolis, el uso de urnas de vidrio frente a los recipientes cerámicos es siempre menor, a lo que se añade la propia fragilidad de este material que afecta a su conservación, apareciendo en muchos casos las piezas muy fragmentadas, lo que dificulta su identificación tipológica.
115 Esta necrópolis, establecida a ambos lados de la vía Augusta, se encuadra, según Ramallo y Ros (2010, 292), desde el siglo I a.C. y finales del I d.C., recogiendo, además, las múltiples referencias sobre el hallazgo de numerosas tumbas halladas en el entorno del monumento, que proporcionaron urnas de vidrio, en general, protegidas por cajas de plomo, aunque se cita la recuperación de otras con su repectivo cofre de plomo, pero, a su vez, encajadas en sillares de forma cúbica, asociadas a platos de terra sigillata aretina y ungüentarios de vidrio (Id., 2010, 283).
116 Esta sepultura proporcionó una urna de vidrio encajada en un cubo monolítico, así como un ajuar, hoy expuesto en el Museo de Cuenca, mientras que la caja de piedra se conservó en el Museo Monográfico (Almagro Basch, 1979, 219). No se hace mención alguna sobre el paradero de la urna, aunque el Museo de Cuenca conserva expuesto un ejemplar que se cita como procedente de la necrópolis de Segobriga (Fuentes et al. 2001, 169, vitrina 49, nº Inv. 74/1/65), que podría corresponder a esta pieza (Fig. 215,4). 117 La sepultura 6 proporcionó, igualmente, un cubo de piedra, aunque en su interior no se halló urna alguna (Almagro Basch, 1979, 226).
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nº 8, del que se aporta el dibujo (Almagro Basch, 1979, 215 ss., fig. 17,2) permite aproximarnos a su tipología (Fig. 215,2-3)118.
Por su parte, la necrópolis de Haza del Arca ha proporcionado un hallazgo singular. Se trata de la “tumba A” que, según las referencias, estaba integrada por una urna de vidrio protegida en el interior de una caja de plomo (Fig. 214,5), todo lo que, a su vez, se halló en el interior de un cubo monolítico, un complejo procedimiento que, al parecer, se habría documentado, también en la necrópolis de la Torre Ciega. Como curiosidad, en el interior de la urna se halló un ungüentario de pasta vítrea, una verdadera antigüedad que, dado su valor, terminó por ser amortizado junto a los restos del difunto (Lorrio y Sánchez de Prado, 2002, 173, figs. 6 y 7). Todas estas urnas se relacionan con la olla tipo 67a de Isings (1957, 86), mostrando cuerpo ovoide y un borde saliente que se incurva quedando su extremo plegado sobre sí mimo, generando un borde tubular, un rasgo que muestran los ejemplares de Cartagena119, Segobriga y el de Haza del Arca. Finalmente, la urna
procedente de la necrópolis albacetense de Mahora corresponde al tipo 63 de Isings (1957, 82). Lamentablemente descontextualizada, muestra cuerpo esférico y una amplia boca exvasada, presentando dos asas en “M” que no alcanzan el borde (Fig. 214,3). Se conserva un fragmento de la tapadera, plana, habiéndose reconstruido el remate en forma de botón (Roldán, 1986-87, 249, fig. 1). Este tipo aparece antes que la urna sin asas, siendo una forma que surgiría en el segundo cuarto del siglo I d.C. (Foy, 2010, 215, nota 24), aunque, de forma frecuente, se encuentran asociadas en un mismo espacio funerario.
En realidad, estos dos tipos son muy habituales, correspondiendo a dos modelos bien documentados en el Mediterráneo occidental, donde se encuentran reutilizadas en los espacios funerarios a partir de mediados o segunda mitad del siglo I d.C.
118 Los materiales recuperados en esta necrópolis se repartieron entre el Museo de Cuenca, como los ajuares de los enterramientos nº 1 y 2, y el Museo Monográfico de Segobriga, el resto, donde se mantuvieron, además, los cubos monolíticos y la mayoría de las urnas de vidrio, habiéndose recogido dos ejemplares que no coinciden con la pieza ilustrada (Almagro Basch, 1979, fig. 17). Uno de ellos ofrece, como la urna de la incineración nº 8, cuerpo ovoide y un borde vuelto al exterior cuyo extremo se pliega sobre sí mismo (Fig. 215,1), pudiendo corresponder a alguna de las piezas que, como señala Almagro Basch (1979, 232), se mantuvieron en el interior del cubo de piedra para su restauración o exposición, como es el caso de la urna del enterramiento nº 7. El otro, de cuerpo ovoide, ofrece un borde, de perfil sinuoso, que se prolonga en una amplia ala exterior, quedando su extremo plegado sobre sí mismo. Este modelo guarda estrechas similitudes con una pieza identificada como procedente de una necrópolis de Córdoba, que fue ingresada, inicialmente, en el Museo Arqueológico Nacional (Expediente 1958-27) (Vaquerizo, 2004, lám. XXII), siendo posteriormente trasladada al Museo de Segobriga, donde se conserva expuesta.
119 De los dos que se conservan, uno de ellos está incompleto, aunque las similitudes que presentan ambos, permiten relacionarlos con la misma forma y por tanto se presuponen semejantes características.
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Fig. 214. Urnas cinerarias de necrópolis (Isings 67 y 63): 1-2. La Torre Ciega; 3. Mahora; 4. Incineración Torres nº 48 de Ampurias; 5. Urna y caja de plomo de Haza del Arca (1-2. Dibujos según Ramallo y Ros, 2010; 3.
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Fig. 215. Urnas cinerarias de la Necrópolis de las parcelas 45 y 46 de Segobriga (Isings 67a): 1. Urna del Museo Monográfico; 2-3. Incineración nº 8: Caja de piedra (2) y urna de vidrio (3); 4. Urna del Museo de Cuenca. (1.
Foto J.M. Abascal; 2-3. Dibujos tomados de Almagro Basch, 1979; 4. Foto tomada de Fuentes et al., 2001).
En Andalucía destaca el nutrido conjunto procedente de las necrópolis de Córdoba, donde ambos están bien representados, señalándose su presencia entre los recipientes de vidrio
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conservados en el Museo Arqueológico. Entre las tres urnas relacionadas con el tipo Isings 67a, que presentan el borde saliente y plegado al exterior, hay que señalar el hallazgo de un ejemplar en caja de plomo (Salinas, 2003, 163, nº 116-118, fig. 14,117), mientras que el tipo Isings 63 se documenta a través de la presencia de dos urnas, caracterizadas por presentar boca de embudo, base anular y dos asas en “M”, creadas por presión (Id., 2003, 164, nº 119-120). También en la necrópolis sureste de Baelo Claudia (Cádiz), hay que destacar el hallazgo de dos urnas de vidrio, sin asas, que muestran cuerpos ovoides y bordes que se incurvan al exterior quedando plegados sobre sí mismos, introducidas en sendas cajas de plomo, procediendo de las tumbas XVI, una de las más ricas, y XVII, esta última fechada entre época de Nerón y los flavios (Remesal, 1979, figs. 19-21), al igual que en Carmona, donde este tipo está bien documentado (Bendala, 1976, láms. LI y LII). Por el contrario, se conocen menos ejemplares relacionados con la urna con asas, salvo uno registrado en la necrópolis de Ampurias, procedente de la incineración Torres nº 48 (Almagro Basch, 1955, 178, fig. 152,12; lám. IX,1) (Fig. 213,5), donde se recuperaron, del mismo modo, dos del tipo Isings 67a, protegidas en el interior de cajas de plomo, en la Incinerarión Torres nº 13 y en la nº 59 (Id., 1955, figs. 124 y 162). Otras urnas con asas son las recogidas por Price (1981, 564, figs. 80,56 y 98,62), correspondiendo, por una parte, a dos fragmentos que conservan las características asas en “M” que proceden de Itálica y de la necrópolis de Carmona, y por otra, a otros dos hallados en Baelo, conservados en el Museo Arqueológico Provincial de Cádiz (Id., 1981, 564, figs. 80,56 y 98,62). A ellos se añaden los ejemplares completos de las necrópolis cordobesas, correspondiendo, según Price (1981, 564) a una producción local de la Bética, al ofrecer un peculiar hilo de vidrio a lo largo de la parte superior del asa, un detalle120 que parece presentar, del mismo modo, el ejemplar
procedente de Mahora.
En el sureste de Francia, en la necrópolis romana de Sainte-Barbe (Marsella) se recuperaron hasta 547 tumbas que cubrían una cronología entre fines del siglo V a.C. y principios del III d.C., y donde convivían los ritos de la inhumación con el de la cremación (Moliner y Michel, 2003, 442 ss.). Entre las 436 tumbas romanas documentadas, solo 76 contenían vidrios, destacando el uso de la olla Isings 67a como urna cineraria, de las que se han hallado seis ejemplares que aparecieron protegidos por una caja cilíndrica de plomo (Moliner y Michel, 2003, 447, fig. 20), una tónica que se repite en algunas necrópolis de Aix-en Provenze (Marsella), donde la urna de vidrio Isings 67a, dotada con amplios bordes plegados al exterior, es mayoritaria y aparece protegida de igual modo (Nin, 2003, 425, figs. 8 y 9). Así, como han constatado Moliner y Michel (2003, 441), este modelo es muy habitual en las necrópolis de Marsella como receptáculo cinerario frente a los otros tipos,
120 En el dibujo ofrecido de esta pieza, se observa cómo el asa se ha aplicado de izquierda a derecha, lo que parece habitual, mientras que presenta, en su parte superior, un fino hilo de vidrio que recorre el asa por su parte superior (Roldán, 1986-87, fig. 1,A), un detalle no observable en otros hallazgos fuera de la Península relacionados con este mismo tipo.
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habiéndose registrado una veintena de urnas de vidrio, correspondiendo 12 al tipo Isings 67a, mientras que solo dos se adscriben al tipo Isings 63. Del mismo modo, en el valle medio del Ródano, frente a los numerosos hallazgos del primer tipo, el modelo de urna con asas se ha documentado en menor número, destacando la concentración registrada en Vaison-la-Romaine121
(Roussel-Ode, 2014, 106, pls. 172-174), lamentablemente descontextualizadas. Del mismo modo, resaltar la presencia de ambos tipos en Tipasa. Por un lado, el tipo Isings 67a del que se han recogido seis ejemplares procedentes de la necrópolis occidental y que ofrecen bordes diversos, destacando alguna pieza que presenta un largo borde que, sinuoso, se prolonga quedando su extremo plegado sobre sí mismo (Lancel, 1967, Forma 1, nº 2 y 3). Mientras que el tipo Isings 63 está representado por siete piezas, que según la forma del cuerpo, carenado o globular, se engloban en las formas 5 y 6 de Lancel (1967, 13, nº 36, 41-46).
En las necrópolis altoimperiales de incineración los restos humanos son depositados en un recipiente que suele ser cerámico y, en algún caso, metálico, de piedra o vidrio. La utilización de urnas de vidrio implicaba el uso de un contenedor realizado en un material de extraordinaria fragilidad, por lo que, generalmente, quedaban protegidos en el interior de otros receptáculos, que, como se ha indicado, podían ser de piedra, como en Segobriga o, según las referencias, en Ilici, estando más generalizadas las cajas de plomo, constatadas a través de los escasos ejemplares conservados, que proceden de la necrópolis de la Torre Ciega de Cartagena. Un hallazgo singular es el doble procedimiento seguido en la “Tumba A” de Haza del Arca, en la que la urna de vidrio es protegida en el interior de una caja de plomo, un conjunto que fue introducido a su vez en un sillar de piedra, un ritual que nos lleva a compararla con la tumba XVI de la necrópolis Sureste de Baelo,