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Pensamiento sistémico

In document Yo Quiero Ser (página 37-40)

Aprender a pensar es afrontar la complejidad de la realidad y des- menuzarla. Aclarar estructuras, como propone Peter Senge, en una perspectiva de integrar razón e intuición. Es visión intensificadora de la conexión con el mundo real y del compromiso con la totalidad. Hay cosas que no se explican según la lógica lineal, sino por una especie de sinergia, de complementariedad entre razón e intuición.

Aprender a entender que todo está conectado con todo y nada tiene sentido sino en función de los demás, es aprender a pensar sistémicamente. Cada cosa que existe está conectada con todas las demás. Creer que el mundo es en un conjunto de piezas indepen- dientes es lo más distante del pensamiento sistémico, como lo es tratar de entender la vida haciendo separaciones entre aspectos. La visión sistémica u holística del mundo y de la vida nos permite en- tender que todos somos interdependientes y que todos necesitamos de todos para vivir y para lograr la sostenibilidad hacia el futuro.

La naturaleza nos enseña a pensar y actuar sistémicamente cuan- do observamos las interacciones entre los distintos reinos o tipos de

Cuando aprendemos a pensar sistémicamente aprendemos la exis- tencia de las redes y las conexiones entre todos los fenómenos pro- pios de la naturaleza y de la vida humana.

El aprender a ser necesita del aprender a pensar sistémicamente porque el ser implica totalidad, estar completo en sí mismo. Y en la persona eso es inseparable de los demás, pues la sociabilidad es algo constitutivo del ser. Cada cosa que ocurre en el mundo es el resul- tado no de una, sino de muchas causas que se integran de manera compleja y que sólo se pueden entender cuando se aprende a pensar con una visión integradora, totalizante, sistémica. El pensamiento sistémico le ha permitido a la física, la química, la biología, la psi- cología y la filosofía entender muchos fenómenos que desde una visión lineal era imposible comprender. La visión lineal nos pone en dificultades cuando tratamos de resolver los problemas dando tratamientos independientes a los fenómenos.

En la relaciones con las personas, el pensamiento sistémico nos ayuda en la tarea de comprender los comportamientos de los demás teniendo en cuenta las circunstancias que rodean cada comporta- miento. Tratar de aislar a las personas de su entorno, o de las cir- cunstancias en las cuales actúan, es un gran error que dificulta las relaciones interpersonales y genera conflictos difíciles de manejar. Una aplicación práctica de las ideas del pensamiento sistémico en la vida de las personas, es entender que yo soy lo que soy solamente en función de todos los demás, aquellos con quienes interactuó en mi vida social personal y profesional. Cuando comprendo el sentido del pensamiento sistémico en función de mi desarrollo como perso- na es cuando aprendo a considerar la importancia del servir y de la solidaridad como conductas que le dan sentido a la vida y, por lo tanto, al ser.

El pensar tiene que ser coherente con el ser, llevar a que la per- sona sea y crezca en su propio ser. Si no hay armonía entre lo que se piensa y lo que se es, hay un desajuste vital, se está abriendo el camino al fracaso. A veces ocurre que sólo la vía del corazón aclara los caminos que hay que seguir, porque la razón con su lógica más estricta e inflexible, la del pensamiento racional habitual y lineal, no ofrecido sino una sola salida. En esos casos no es extraño que la duda y la vacilación haya que resolverlas a través del corazón, como lo recuerda Tamaro: “Cuando frente a ti se abran muchos caminos y

no sepas cuál tomar, no elijas uno al azar, siéntate y espera. Respira con la profundidad confiada con que respiraste el día que viniste al mundo; sin dejarte distraer por nada, espera y vuelve a esperar. Quédate quieta, en silencio, y escucha tu corazón. Cuando te hable, levántate y marcha hacia dónde él te lleve” (S. Tamaro).

Existe el riesgo de una tiranía del uno o de la otra. La frialdad de la razón es necesaria en ciertos momentos, pero lo que nunca parece conveniente es la dureza del corazón. Éste tiene “razones” que la inteligencia desconoce y hay que encontrarlas. Hay que lograr el equilibrio entre la inteligencia racional y la emocional a la hora de la acción.

Carlos ha logrado que sus empleados y compañeros de trabajo se acos- tumbren a pensar todo antes de empezar a actuar. Nunca les reprocha las soluciones erradas fruto de la precipitación. Se sirve de esas ocasio- nes para invitar al interesado a revisar los hechos, datos, problemas y soluciones que aplicó a determinada situación, para examinar los resul- tados obtenidos y ver por qué las cosas no salieron como se esperaba. Analizar la causa del error y cómo deben plantearse las cosas para evi- tar que se repita la equivocación. Ha empezado a insistirles en la nece- sidad de pensar con inteligencia emocional y, a la vez, no dejarse llevar por sólo lo emocional al tomar sus decisiones. Igualmente, poco a poco, les enseña a pensar sistémicamente, con ejemplos prácticos sacados de la experiencia de lo que cada uno hace, de manera que piensen en el todo y no sólo en una parte de lo que hacen y de lo que hace la empresa. Lo más importante es que los empleados logran avances en su modo de trabajar y en su capacidad de análisis y de visión de la totalidad. Todos los que pasan por la división de Carlos en la empresa se sienten motiva- dos a trabajar en esa línea, porque saben que van a aprender a base de cuestionamientos que el jefe les hace a cada momento. Algo parecido ocurre con los alumnos de la Universidad. A principios de curso, las inscripciones en la clase de Carlos (“Prospectiva y estrategia aplica- das”) llegan al máximo de estudiantes permitidos. Los ejemplos y casos que les pone el profesor. La forma como da sus clases, de modo activo y participativo, procurando que los alumnos piensen por sí mismos y desarrollen su capacidad de racionalización, lleva a que ellos digan que esas clases son un auténtico goce.

ernando tiene 25 años y va a empezar su vida profe- sional como administrador de empresas. No ha teni- do que preocuparse de nada, porque hasta ahora su papá se ha hecho cargo de él. Fernando pensaba que su problema era que le habían dado todo sin ningún esfuerzo de su parte. Luis, su amigo de colegio y de universidad, le decía que él era “un hijo de papi”. Fernando asentía diciendo que él no tenía la cul- pa. Su vida se la habían programado sus padres, que dejaban muy poco campo a su iniciativa. Incluso le habían arreglado el noviazgo con la hija de sus me- jores amigos, esa inseparable pareja que acompa- ñaba a sus papás a todas partes. Después de varias escenas de reclamos paternos, Fernando decidió cortar con ella rompiendo la programación prevista por sus padres.

Se buscó una beca para irse al extranjero y escaparse de esa sombra superprotectora. La consiguió y les dio por hecho el viaje. Fue a parar a un kibutz o comuna en Israel, donde le hicieron trabajar duro durante un año. Pidió quedarse otro más y lo dejaron por su buen desempeño. La profesora que coordinaba su trabajo, a quien confió su historia familiar, le dijo que allí se “haría un hombre”. Y efectivamente empezaba a sen- tirse “otro”, al que tal vez no podía controlar bien. Su trabajo era físicamente agotador. Dormía lo justo para recobrar las fuerzas. Decidió probar una nueva vida, sin familia que lo marcase cada hora. Acostumbrado a una disciplina de comidas y sueño, desajustó ambos.

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