En la religión (viene de “religación”) es una relación real, no simplemente imaginaria, del hombre con el Otro, que se descubre en la vida humana y no necesariamente depende de una fe religiosa pre- viamente aceptada Por distintos caminos el ser humano llega a una religiosidad a través de la cual descubre la trascendencia absoluta en su vida. Pero puede llegar a ese descubrimiento por la fe religiosa explícita que se le comunica a través de un sistema de creencias que proceden no de su razón, sino de una revelación de Dios.
Todo eso lleva al ser humano a un comportamiento y a unas mani- festaciones que constituyen formas de diálogo, de entrar en contacto con Dios, que se le presentan como un llamado libre al que puede responder, en el fondo, sólo desde su propia interioridad. Todos los
y entender, no le bastan por sí mismas, aunque representen un bien espiritual. Estas cosas adquieren un sentido pleno cuando la persona, desde su intimidad, se abre libre y conscientemente a esa realidad trascendente, al Otro absoluto que es, a su vez, Amor, desde el cual y para el cual conecta todas las demás realidades de su vida.
He dicho que lo opuesto a la trascendencia es la inmanencia, ese quedarse encerrado en los estrechos límites de la existencia corporal y del yo. Por ahí, se puede caer en el nihilismo, en el ateísmo o en el agnosticismo. Esta angustia paraliza la vida humana y nos pone ante la muerte como un límite, un muro, contra el cual se despedaza la existencia y choca toda posibilidad de sobrevivir, todo anhelo de inmortalidad.
Hay una angustia válida, que es la que procede de la conciencia de ser limitados, de sentirnos profundamente vulnerables. También a causa de los errores, y por lo que los cristianos llamamos el pecado, que introduce la muerte a la vez que abre las puertas a la recupera- ción del hombre por Dios. Con la fe, la angustia busca apoyo en el Otro, que nos da sentido porque nos lleva a trascender la muerte. Y en esa perspectiva, la muerte no es aniquilación porque cobra sentido por otra muerte, la de Cristo. Deja de ser barrera para ser liberación, porque Él triunfó sobre la muerte.
Hay vidas a las que acercándolas a este misterio recobran su sen- tido, dejan de ser vidas perdidas, se curan por algo que las trascien- de. Hay muchas vidas fracasadas, perforadas por el rictus amargo de la muerte anticipada, a veces por la ruptura física que produce la enfermedad o por el drama psicológico de una patología de la perso- nalidad. Pero siempre hay un poco de luz, posibilidad de recuperar- las, de infundirles nueva vida.
En el camino hacia la muerte el ser humano necesita dónde apo- yarse, sabe que su horizonte no es desértico, que espera algo que da sentido al seguir caminando en la existencia. Es como un lucero que no puede apagarse porque andaríamos en la oscuridad por siempre, mientras buscamos esa plenitud que no llega aún. Ésa es la esperan- za, lo que nos sostiene como caminantes. No tener la plenitud no es algo puramente negativo, es una indicación de que tenemos posi- bilidades mientras dispongamos del tiempo para preparar nuestras alforjas para más allá del tiempo.
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La vida humana es siempre estar en camino hacia algo, no en ca- mino hacia ninguna parte. Es decir, tenemos un ideal, una meta desde el principio del camino, que consciente o inconscientemente influye en mantenernos en camino. Pero con la mirada puesta en esa meta dis- curre la vida concreta, la realización personal diaria. No hay felicidad que esté sólo al final del camino. Si es verdadera felicidad, de algún modo está a la base de toda pregunta por el sentido de nuestra vida.
La esperanza, en ese sentido, va unida a la invocación, a la llama- da que desde el ser del hombre se dirige, como un disparo al infinito, para ser oída por Alguien que ha sembrado la raíz de esa esperanza en el corazón humano. Ese Alguien, Dios, nos quiere felices y nos ha hecho para SER.
Volvamos a la historia con la que comenzamos el libro: la crisis de Marcela Saralegui, quien ha decidido poner un freno a su acti- vismo profesional y plantearse valientemente una serie de preguntas para buscarles respuestas. Se ha dado cuenta de que lo que está en juego no es sólo su propia felicidad, sino su calidad de vida, obvia- mente relacionada con la felicidad. Su marido, sus hijos, su tranqui- lidad estaban amenazados por sus ambiciones económicas y profe- sionales, y por su desaforado ritmo de vida. Sabe que no tiene que dejar la profesión en la que ha encontrado muchas satisfacciones y la ha llevado muy lejos. Debe replantear esa dedicación a la luz del sentido de vida que quiere dar a su existencia. Quiere ser feliz, en los términos descritos en este capítulo final. Por eso conviene no dejarla sola con sus interrogantes, sino avanzar en las respuestas.
Posiblemente en la vida de Marcela se dará progresivamente un mayor equilibrio entre lo racional y lo emocional que facilitará que ella tenga un mayor control de su tiempo, de sus actividades y de sus relaciones para poderlos manejar equitativamente en los diferentes frentes de acción. En el fondo, lo que Marcela tiene planteado es el tema de la madurez, ver si se dan esos factores que nos dicen si hemos logrado esa madurez y que fueron examinados atrás: saber juzgarse a sí mismo y a los demás, capacidad de querer y de actuar con libertad, carácter equilibrado, reflexión y control sobre los pro- pios actos; integración en la vida social sin presunción ni vanidad, con ánimo de servir; capacidad de evaluación de sí y de los otros.
El camino que tiene Marcela por delante no es fácil, pero hay una garantía que le sirve para todo lo que va a hacer: la prioridad
y luego la vida social; primero lo espiritual, luego lo intelectual y luego lo físico. Sin separaciones ni compartimentos, buscando siem- pre la coherencia de vida. Decide, pues, tratar el tema con su esposo y contarle lo que le sucedió en el viaje al Congreso, las reflexiones que se hizo y las conclusiones que sacó. Él se queda admirado de lo que ella le cuenta, le agradece de todo corazón que haya visto así de claras las cosas y le expresa que cuenta con todo su apoyo. Al final, le expresa: “Te hemos recuperado como esposa y como madre, lo cual me servirá a mi para ser un mejor esposo y a nuestros hijos para poder disfrutar más de su mamá. Vamos a hacerlo entre todos y, por qué no, vamos a confiar también en la ayuda de Dios”.
Se relacionan algunos libros citados de memoria o literalmente y otros cuya lectura ha influido en el autor, que pueden interesar al lector:
1. AA. VV.: Paradigmas del liderazgo, Mc Graw Hill, Madrid 2001. 2. ADAIR, J.: El arte del pensamiento creativo, Legis, Bogotá 1992.
3. ALVAREZ DE MON, S.: Desde la adversidad, Prentice Hall, Madrid 2003. 4. ARELLANO, J.: 6 Cuestiones del hombre nuevo, Copygraf, Sevilla 1969 5. ARENDT, H. La condición humana, Paidós, Barcelona 1993
6. AYLLÓN, J.R.: En torno al hombre, Rialp, Madrid 1992; Desfile de Modelos, Rialp, Madrid 2002.
7. BACH, R.: Ilusiones, Javier Vergara, B.Aires 1986.
8. DE BONO, E.: Aprender a pensar, Plaza Janés, Bogotá 1991.
9. DE FELIPE, A.-RODRIGUEZ, L.: Guía de la solidaridad, Temas de hoy, Ma- drid 1995.
10. DE FINANCE, J.: Ensayo sobre el obrar humano, Gredos, Madrid 1966. 11. DONATI, P.: La ciudadanía societaria, Universidad de Granada 1999. 12. DRUCKER, Peter y AA.VV: El líder del futuro, Planeta, Bogotá 1997. 13. FERREIRO, P.-ALCÁZAR, M. El gobierno de personas, Ariel, Barcelona
2002.
14. FRANKL, V.: El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona 1989. 15. GRISEZ, G.-SHAW, R.: Ser persona, Rialp, Madrid 1993.
16. GOLEMAN, D.: La inteligencia emocional, Javier Vergara, B.Aires 1996. 17. GÓMEZ-LLERA, G.-PIN, J.R.: Dirigir es educar, Mc Graw-Hill, Madrid
1993.
18. ARENDT, H. La condición humana, Paidós, Barcelona 1993.
19. HEIFETZ, R.: Liderazgo sin respuestas fáciles, Paidós, B. Aires 1997.