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Valores y virtudes

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En los valores que no representan un compromiso espiritual tan fuerte −los físicos, económicos, sociales, culturales, estéticos− como los éticos, podemos decir que la noción misma de valor posee una intensidad diferente.

La dependencia de los principios da a los valores éticos fuerza y validez general, tanto al ideal o deseo de valor como al valor real vivido por un sujeto concreto. Por ejemplo, la persona respetuosa (valor vivido) encarna el valor “respeto” (ideal deseable, concepto de valor), que está conectado al principio que afirma el respeto a la dignidad humana.

Cuando yo necesito comprobar si un valor está siendo inter- pretado o aplicado de una manera correcta, invoco el principio del cual éste se desprende, para verificar si el valor está de acuerdo o en armonía con él.

Se puede decir que cuando muchas personas viven los mismos valores, esos valores compartidos se practican corporativa o social- mente.

Virtud viene del latín “vis” y del griego “areté” (perfección, ex- celencia) y “ethos” (hábito). La virtud es la encarnación operativa habitual del valor. Las virtudes son hábitos estables de obrar un valor especifico. Su fuerza no depende tanto de la repetición de unos ac- tos, sino de la voluntad estable de realizar el valor que encarnan.

A veces, en el lenguaje común valor y virtud se usan como sinó- nimos. Pero los valores, a diferencia de la virtud, pueden permanecer

dos a la vida, o incorporados sólo a través de acciones aisladas. El campo de los valores es más amplio que el de las virtudes. Muchos valores llevan el mismo nombre de las virtudes (sinceridad, prudencia, fidelidad, etc.). La persona necesita de ambos: no se redu- ce a aceptar los valores, sino que requiere la virtud.

Se puede afirmar que toda virtud es un valor, pero que no todo va- lor es una virtud. Por ejemplo, la calidad es un valor, no propiamente una virtud como la responsabilidad o la lealtad. Cuando hablamos de que una persona es generosa, nos referimos a su modo habitual de vivir el valor de la generosidad, a su disposición de dar y darse a los demás, a lo que ya está acostumbrada sin necesidad de hacerlo consciente en cada ocasión, porque ya lo hace inconscientemente, espontáneamente. Este aspecto es muy importante en el arraigo del valor en la persona en forma de hábito estable.

La virtud permite obrar con mayor facilidad, buscar más eficien- temente la excelencia en la vida personal y la operatividad de los valores a nivel corporativo o social. La virtud ayuda a vencer resis- tencias instintivas, emocionales o ambientales, y a romper la indife- rencia frente a los valores.

No basta con respetar los principios o las normas ante las cuales nos sentimos obligados, que en cierta manera se nos imponen desde fuera, o los valores que aceptamos sin enraizarlos psicológicamente en cada uno.

La virtud exige tener sin temor a perder lo que se tiene, renovar el esfuerzo y la iniciativa y reconocer al otro. Desde la virtud la perso- na se da cuenta de que buscar sólo su beneficio propio no basta. Si lo hiciera, estaría renunciando a su felicidad.

En el fondo, a la persona no le basta tener o poseer cosas, e inclu- so tener conocimientos. Tiene que ir más lejos, salir de sí, trascender a los demás, y esto sólo lo logra con la virtud.

Carolina sabe muy bien lo que es coser con una aguja sin hilo. En los primeros años de su actividad profesional, y luego en los de su matrimonio, era una típica activista, como ya pudimos ver al comienzo. Alcira, testigo de su continuo desgaste, sin verla avanzar interiormente, le ayudó a una reflexión sincera sobre la eficacia de

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sus tareas. Se dio cuenta de que realmente hacía muchas cosas cada día, pero no se sentía realizada porque esas actividades la dejaban agotada, no satisfecha. ¿Para qué las hago?, ¿Por qué las hago?, ¿Cómo las hago? Decidió entonces hacer un plan diario asignando un horario determinado a cada cosa. Al principio le quedaban fal- tando horas para cumplir todo lo previsto. Pero no se desanimó.

Ella insistió una y otra vez, descubriendo al mismo tiempo las razones por las que era tan activista en unas cosas y en otras tan se- rena y activa. Se dio cuenta de que la motivación para las primeras era poca y para las segundas era mucha. Poco a poco Carolina le dio un vuelco a su trabajo y a su dedicación al hogar, logrando un equilibrio estable y dinámico, pues sabe adaptarse a las necesidades de los cambios a los que le lleva la demanda por parte de otras per- sonas que cuenta con ella para el voluntariado del barrio, para la asociación de padres de familia y para el grupo de adelgazamiento, que es una de sus obsesiones.

D

aniela Fernández fue nominada el año pasado “Ejecu- tiva del año”. Es presidenta de una empresa que tra- baja con la Bolsa de Valores. Lleva casi todo el día, prendido de la oreja izquierda, un celular inalámbrico desde el cual maneja todos sus asuntos. Se lo pone al llegar a la oficina a las 7 de la mañana y se lo quita al dejarla a las 7 de la noche.

Su capacidad de trabajo tiene asombrados a sus com- pañeros, que no esconden la sana envidia que sienten por ella. Sobre todo porque a Daniela casi todo le sale bien. Tiene tiempo para todos en la oficina, quienes le preguntan cosas a cada momento.

El día arranca con una reunión de planeación del grupo directivo para evaluar primero el cierre del día anterior, examinando en detalle el comportamiento de los indicadores de la Bolsa, los negocios hechos y las relaciones con los clientes. Luego se examinan las pro- yecciones para la jornada y el posible manejo de los papeles más sensibles en el mercado. Hacia las diez de la mañana Daniela empieza un despacho con los cuatro vicepresidentes para ver con ellos las acciones inmediatas a tomar, y para enterarse cómo va el per- sonal a su cargo.

Luego le dedica un par de horas a la marcha de la Bolsa para estar bien enterada del curso de las nego- ciaciones. Interrumpe una que otra vez con una lla- mada a propósito de algo que merece su atención. Y después se entrevista con los corredores para escuchar su opinión sobre los movimientos del día.

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