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Lo que nos quita la fuerza

In document Yo Quiero Ser (página 188-191)

Uno de los obstáculos frecuentes en el camino hacia la felicidad personal es dar demasiada importancia al cuerpo. El cuerpo es un compañero inseparable, −en él somos y actuamos−, pero nos plantea ciertos caprichos que nos pueden tomar ventaja frente a las necesi- dades del espíritu.

Vivimos en una sociedad en la que hay demasiado cuidado por el cuerpo. La gente se pasa horas en una sauna, y le cuesta concentrarse para leer un libro o simplemente para pensar un problema. Como decía Thibon, el culto al cuerpo entraña un desprecio del alma. Si no se controla, la sensualidad, encadena progresivamente, quita fuerzas a la persona y, a veces, es fuente de angustias.

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Cuando hay descontrol en ese terreno, tarde o temprano la perso- na se da cuenta del deterioro que produce vivir sólo para satisfacer los deseos. Aunque a veces se ensordece la conciencia, de pronto viene alguna experiencia en la que se advierte una fisura, una rendija por las que entra la tristeza o la desesperación. Entonces va al psi- quiatra o al psicólogo a ver qué puede hacer con ella.

Hay muchas dependencias que hacen daño al cuerpo y al alma: las drogas, el narcisismo, el poder, la corrupción, el pesimismo, el consumismo, el relativismo. De eso hay dosis masivas en las perso- nas y en el ambiente. Hay que estar alertas para que nuestra mente y nuestro corazón no se vean arrastrados por esas dependencias

La persona puede comprometer su libertad cuando le arrastra el erotismo, la sensualidad desbordada. La exaltación de los sentidos puede ser fatal, aniquiladora. En cambio, con el dominio de las pa- siones, purifica su libertad, la hace capaz de renunciar a muchas co- sas incluso lícitas, lo cual es fuente de valores y de virtud.

Las personas somos capaces de cosas muy grandes, pero también de abismo, de esa brecha que se abre en el alma, que no es otra cosa que la nada que habita en nosotros, esa tendencia a la disolución, al abuso de los sentidos, que refleja una falta de coherencia de vida.

Hay que tener llenas las alforjas del alma para el largo camino de hacer realidad nuestros sueños, para poner en práctica nuestro proyecto de vida y no dejar de luchar por nuestro SER. “Lucha” (ascesis), palabra poco grata a ciertos oídos, es un término que los griegos usaban para expresar la necesidad de no dejarse vencer por las pasiones. Muy cercana a otro término que también utilizaban mu- cho, “purificación” (catarsis).

En la vida hay una lucha permanente en la persona entre lo que la perfecciona y eleva, y lo que la rebaja o envilece. San Agustín dice que es la tensión entre la “libertad menor” (libre arbitrio de la voluntad) y “libertad mayor” (libertad para buscar el sentido último de su vida fuera de sí mismo en quien lo creó, en Dios).

Hay que plantearse el problema de la libertad en nuestra vida: si la tenemos, si la utilizamos bien, si nos lleva a conseguir las metas de nues- tro proyecto de vida. A la libertad está muy unida la fidelidad para man- tener unos propósitos fundamentales. No es un sí por adelantado y nada más. Es un sí en forma de propósito que compromete el futuro, pero

navegantes, en las estrellas –ideales, sueños, locuras, utopías– para que los orienten y así poder llegar a buen puerto. Con palabras de Nietzche: “Quien tiene un porqué para vivir, encontrará siempre el cómo”.

¿ Y Dios?

La trascendencia absoluta (Dios) es distinta de las otras formas de trascendencia que se han analizado en este libro. Sería extraño que ha- bláramos de felicidad humana y no mencionáramos para nada a Dios, como si fuera ajeno a ella, o como si se tratara de un tema fruto sólo de una convicción religiosa. Es algo que está en lo más hondo de las inquietudes del hombre de todos los tiempos. No voy pues a tratar de decir la última palabra. Simplemente voy a expresar lo que pienso.

El lector podría reclamarme que, de todos modos, parto de unos supuestos para hablar del tema. Así es, y no es posible prescindir de ellos. No es tanto un problema de conocimiento o de cultura, sino de vivencias y convicciones muy arraigadas, que son más fuertes que nosotros mismos, y que afloran al tocar cuestiones como la trascen- dencia, Dios, el mal, la muerte, el espíritu, la inmortalidad, la eter- nidad, la conciencia, la inmaterialidad, la subjetividad, la libertad, el infinito, la reflexión, la interioridad, la ultratemporalidad…

Son temas situados en la frontera de la vida, inevitables, porque parecen surgir del ser del hombre como parte de su condición. Pero no se plantean como los problemas típicos de la física −la gravedad, la aceleración, o la relatividad−, en los que hay unas verdades cien- tíficas establecidas a lo largo de los siglos.

Aquellos temas permanecen siempre en una especie de penumbra que toca a cada persona tratar de desvelar y de sacar el concreto significado para su existencia. Escapan a una visión simplemente natural del ser del hombre y nos impulsan más allá.

El ser humano puede volver sobre sí mismo −conciencia− y tratar de entender lo que trasciende a la corporalidad, la dimensión espiri- tual en la que parece radicar esa capacidad de volver sobre sí mismo y de plantearse el sentido de la vida.

En lo humano tenemos experiencias, como huellas cercanas a lo enigmático o misterioso. Son realidades o situaciones que nos acer-

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can y que nos dan pistas de que hay algo más. Por ejemplo, cuando alguien nos quiere de verdad, y se separa de nosotros, nos queda una especie de presencia mensajera, que nos habla y nos dice que, a pesar de las barreras del espacio y del tiempo, esa persona vive en nosotros. Algo de eso ocurre en la separación física definitiva, cuando alguien se muere. O cuando una madre espera un hijo, tiene la vivencia de lo desconocido, porque se trata de otra vida, que está dentro de su cuer- po, pero que la trasciende misteriosamente.

Ese sentimiento es intangible e invisible. E igualmente pasa con la experiencia de la fe, cuando alguien cree en Dios, advierte su presencia, establece una relación de adoración o de oración, pero sabe que Dios lo trasciende completamente. Como dice Thibon: “lo visible es camino de lo invisible, que a veces es más real que lo visible, pero depende de cada uno que lo visible sea realmente un camino para lo invisible”

La muerte de los otros nos da otra pista, cuando pensamos lo que significa el horizonte al que nos abre, o la cerrazón que se nos echa encima. Aunque no lo queramos, con la muerte estamos siendo confrontados por el sentido último de la vida. Y al mismo tiempo, por el significado definitivo del amor, por la justificación del dolor o por la razón de ser del mal. Realidades enigmáticas a las que sólo se puede responder desde el espíritu, porque sólo el espíritu humano puede vivir la experiencia de las distintas for- mas de la trascendencia. El ser humano está hecho para trascender, para no quedarse en lo que es, sino para ir más allá, para buscar una plenitud que está en él pero, a la vez, fuera de él. Porque hay algo en él que se resiste a morir, que le impulsa a querer vivir siempre, a pesar de la ineludible muerte que lo acecha. Parece una tremenda contradicción, pero no lo es.

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