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LOS TEMORES QUE VIENEN DE CHINA

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La defensa de la ciudad publicitaria

LOS TEMORES QUE VIENEN DE CHINA

La televisión cambiará, y dejará de ser un producto producido y con- sumido masivamente para convertirse en una fiesta interminable de sec- tores y especialidades (...). Está apareciendo una nueva era del indivi- dualismo, que producirá una erupción cultural sin precedentes en la historia humana.

—George Gilder, Life After Televisión, 1990 Como hemos visto en los últimos años, los periodistas, los produc- tores y los editores no sólo tienen razones para mostrarse discretos cuando se ocupan de organismos judiciales y reguladores (para no mencionar los parques temáticos), sino que, en el caso de China, he- mos visto cómo se trata con guante blanco a todo un país. Una ola de temores provenientes de China ha recorrido los medios y la industria del entretenimiento occidentales desde que Deng Xiaoping suprimió el 11. Jennet Conant, «Don't Mess with Steve Brill», Vanity Fatr, agosto de 1997, págs. 62- 74.

monopolio del Partido Comunista sobre la información y comenzó a abrir lentamente el país a algunas entidades noticiosas y de entreteni- miento extranjeras aprobadas por la censura.

Ahora, la industria mundial de la cultura afronta la posibilidad de que sea Occidente quien deba cumplir las normas chinas, tanto fuera como dentro de sus fronteras. Esas normas fueron claramente expli- cadas en un artículo de 1992 en The South China Morning Post: «Siem- pre que no inflijan las leyes ni la línea del partido, los periodistas y los trabajadores culturales podrán trabajar libremente y sin interferencia de los comisarios ni los censores».12 Y con los 100 millones de subs-

criptores de la televisión por cable que se espera para el año 2000, va- rios candidatos a construir imperios culturales en el país ya han comen- zado a ejercer su libertad de coincidir con el gobierno chino.

Un primer incidente fue la notoria decisión de Rupert Murdoch de suprimir las noticias del Servicio Mundial de la BBC de la versión asiática de Star TV. Las autoridades chinas habían objetado una emi- sión de la BBC sobre Mao Zedong, lo que implicaba un claro mensa- je sobre la clase de información que sería conveniente y rentable en el mundo televisivo chino. Más recientemente, HarperCollins Publis- hers (editores de este libro en el Reino Unido), también de propiedad de News Corp de Murdoch, decidió no publicar el libro East and

West: China, Power, and the Future of Asia («Oriente y Occidente:

China, el Poder y el Futuro de Asia») escrito por Chris Patten, el úl- timo gobernador británico de Hong Kong. Existía la posibilidad de que las opiniones que expresaba Patten —que había exigido más de- mocracia en Hong Kong y criticado los abusos contra los derechos humanos en China— atrajera las iras del gobierno chino, del que de- penden las empresas por satélite de Murdoch. En la tormentosa controversia que estalló se ventilaron más acusaciones según las cuales la censura se practicaba para favorecer la sinergia empresa- rial mundial, incluyendo la afirmación de Jonathan Mirsky, antiguo editor para el Este de Asia del Times de Londres, de propiedad de Murdoch. Mirsky dijo que el periódico «sencillamente ha decidido no ocuparse seriamente de los asuntos de China para proteger los inte- reses de Murdoch».13

12. «Controls Eased' Over Journalists and Artists; Deng Provides New Freedoms for Me- dia», South China Morning Post, 30 de septiembre de 1992, pág. 1.

13. Wall Street ]ournal, 5 de marzo de 1998. Las declaraciones se realizaron el 20 de ene- ro de 1998 durante una reunión del Freedom Forum, una fundación relacionada con los me- dios de comunicación.

Los temores a las represalias chinas no son infundados. Conocido por los castigos que aplica a las organizaciones mediáticas que no se adaptan a la línea del gobierno y por recompensar a las que lo hacen, en octubre de 1993 el gobierno chino prohibió la venta y la posesión de antenas parabólicas privadas, que captaban más de diez emisoras extranjeras, incluyendo la CNN, la BBC y la MTV. Liu Xilian, vicemi- nistro de radio, cine y televisión, se limitó a decir: «Algunos de los programas por satélite son adecuados y otros no lo son para el públi- co normal».14 El gobierno chino lanzó otra carga en diciembre de 1996

cuando se enteró de los planes de Disney de estrenar Kundun, una pe- lícula de Martin Scorsese sobre el Dalai Lama del Tíbet. «Nos opone- mos totalmente a la realización de esta película. Está dirigida a la glo- rificación del Dalai Lama, por lo que constituye una intromisión en los asuntos internos de China», dijo Kong Min, un funcionario del Minis- terio de Radio, Cine y Televisión.15 Cuando la productora siguió con el

proyecto, Beijing prohibió el estreno de todas las películas de Disney en China, prohibición que mantuvo durante dos años.

Como China sólo permite estrenar diez películas extranjeras al año y controla su distribución, el caso de Kundun hizo temblar a la indus- tria cinematográfica, que tenía muchos otros proyectos relacionados con China, como El laberinto rojo de la MGM y Siete años en el Tíbet de Sony. Hay que decir en honor de los estudios que ninguno renun- ció a filmar las películas, y que, de hecho, muchos miembros de la co- munidad cinematográfica se pusieron de parte de Scorsese y de Kun-

dun. Sin embargo, la MGM y Sony hicieron declaraciones oficiales

que intentaban despolitizar sus filmes sobre China, aunque ello signi- ficara contradecir a los protagonistas y a los directores. La MGM con- tinuó con El laberinto rojo, una película con Richard Gere sobre la co- rrupción del sistema judicial penal de China, pero aunque Gere dijo que el filme era «una manera diferente de tratar el tema del Tíbet»16,

el presidente de marketing global de MGM, Gerry Rich, presentó el asunto bajo otra luz: «No buscamos objetivos políticos. Nosotros ven- demos entretenimiento». Siete años en el Tíbet recibió un tratamiento similar de Sony: «Nadie dice que se trate de una película de tema po- lítico», dijo un ejecutivo del estudio.17 Mientras tanto, Disney logró

14. Japan Economic Newswire, 22 de octubre de 1993.

15. Seth Faison, «Dalai Lama Movie Impedís Disney's Future in China, New York Times, 26 de noviembre de 1996.

16. Gere's 'Córner' on Saving Tibet», San Francisco Chronicle, 26 de octubre de\1997. 17. Wall Street Journal, 3 de noviembre de 1997.

que el gobierno chino levantara la prohibición de sus películas con el estreno de Mulan, una amable fábula basada en una leyenda de la di- nastía Sui, de 1.300 años de antigüedad. The South China Morning

Post dijo que la pintura que se hacía en la película del heroísmo y del

patriotismo chinos era una «rama de olivo» y «la película más benevo- lente con China que Hollywood haya hecho durante años». También esto beneficiaba sus propósitos: la película fue un fracaso de taquilla, pero permitió que Disney y Beijing iniciaran discusiones sobre el pro- yecto de instalar un parque temático de Disney en Hong Kong.

El ansia occidental de proporcionar entretenimiento a China se ha intensificado en los últimos años a pesar del empeoramiento de las re- laciones entre los gobiernos de China y de EE.UU. en temas como el acceso de China al mercado de valores y a la industria de las teleco- municaciones, las revelaciones sobre más casos de espionaje y, lo más desastroso de todo, el bombardeo accidental de la embajada china en Belgrado durante la guerra de Kosovo. En parte, la razón es que ante- riormente, el deseo de penetrar en China se debía a las ganancias que se esperaban, pero en 1998 éstas se hicieron realidad. Titanic, deja- mes Cameron, superó todos los récords de películas extranjeras y re- caudó 40 millones de dólares en los cines chinos, aun en medio de una crisis económica.

Los temores que vienen de China son significativos sobre todo por lo que revelan sobre las prioridades y el poder que tienen actualmente las multinacionales. No es nuevo que las empresas se guían por intere- ses económicos egoístas, ni que esos intereses son intrínsecamente des- tructivos. Lo realmente novedoso es el alcance y la extensión de los, intereses económicos de estas megaempresas y sus posibles conse- cuencias mundiales, tanto en el sentido internacional como local. Esas consecuencias no se dejarán sentir en las sonadas discrepancias entre personajes célebres como Rupert Murdoch, Michael Eisner, Martin Scorsese y Chris Patten, todos los cuales poseen los recursos y el po- der necesarios para decir lo que piensan a pesar de algunos inconve- nientes menores. Disney y News Corp están avanzando rápidamente en China, pero el Tíbet sigue siendo una causa célebre entre las estre- llas de cine y los músicos, mientras que el libro de Patten, después de encontrar sin demora otro editor, vendió más ejemplares a causa de la polémica. Los efectos a largo plazo se dejarán sentir más bien en la au- tocensura que los conglomerados periodísticos pueden insuñar entre sus empleados. Si los periodistas, los editores y los productores se ven obligados a pensar en los planes expansionistas de sus patronos al in-

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