Caso 2: Demanda que se lo alivie del sufrimiento que le impone el goce a su cuerpo: presentándose como un objeto del goce materno,
I. La tiranía de la demanda y el estrago materno
Los sujetos obesos se presentan aplastados por la demanda del Otro, en una posición de dar sin límite, cuyo reverso es un “llenar- se”, “gratificarse” (en sus términos) con comida, también sin límites.
contramos en ese rasgo un vacío imposible de ser llenado, vertiente melancólica de toda obesidad.
En el Seminario sobre Las relaciones de objeto, J. Lacan ubicará el recurso al objeto alimentario como una compensación del amor que falta, cuando no logra encontrar en el Otro ese objeto del don que es una nada, y allí ubica la génesis del superyó:
“La satisfacción de la necesidad es aquí la compensación de la frus- tración de amor y, al mismo tiempo, casi diría que comienza a conver- tirse en coartada.(...)
Si la regresión oral al objeto primitivo de devoración acude a com- pensar la frustración de amor, tal reacción de incorporación proporciona su modelo, su molde, su vorbild, a esa especie de incorporación, la in- corporación de determinadas palabras entre otras, que está en el origen de la formación precoz llamada el superyó. Eso que el sujeto incorpora bajo el nombre de superyó es algo análogo al objeto de la necesidad, no porque sea el don, sino como su sustituto cuando éste falta, lo cual no es en absoluto lo mismo”.
Un deseo absoluto encarnado en el Otro primordial, general- mente materno, y vivido, a falta de la lógica del amor, como deman- da insaciable: tal es el campo del estrago materno.
El día en que Liliana debía partir de viaje de egresados, la madre decide que ella no viajará. Ella se desespera, le implora, le pregunta por qué. La madre responde: “porque yo lo digo”.
Dolores recuerda que cuando tenía dos años, la madre la llevaba a la plaza, y que ella la empujaba y le decía “fuera”. Esta modalidad de relación con el Otro materno se reproduce en todas sus relaciones con mujeres, que vive como asfixiantes.
La madre de Eduardo, inolvidable, idealizada, perfecta, vivía ocu- pándose de los pobres y necesitados de todo tipo, les daba comida, dinero En el abordaje psicoanalítico de estos pacientes se verifica que
esta sujeción absoluta a la demanda es el modo que estos sujetos en- contraron de relacionarse con el deseo materno, loco y caprichoso. Ya que en estos casos el decir materno se presenta como absoluto, idéntico a sí mismo, sin falla, tomando entonces un carácter super- yoico.
Efectivamente, se trata de un deseo materno respecto del cual la posición del hijo compete solamente a la subjetividad de la madre, ubicándose como objeto de su fantasma, posición a la que se refiere J. Lacan en “Dos notas sobre el niño”.
Liliana vivía perseguida por su madre, que no la dejaba ni a sol ni a sombra. A los dieciocho años se va de la casa ocultando su paradero, buscando escapar de ella. Pero una y otra vez, mudanzas de por medio, ésta terminaba encontrándola, le hacía un escándalo público, le gritaba que era una traidora, que no tenía derecho a dejarla, que la había teni- do para que la acompañe, y que no podía vivir sin ella.
Dolores relata cómo desde muy pequeña, cada vez que ella debía salir de la casa, la madre le decía: “ahora me quedo solita”.
La madre de Amelia, que vivía con ella, se tiró por el balcón en una época en la que Amelia estaba ocupada con problemas económicos. Dejó cartas en las que acusaba a su hija de obligarla al suicidio con su desamor.
No es casual que nos refiramos a un texto sobre el niño para dar cuenta de la obesidad, dado que la posición del sujeto obeso es infantil, como veremos en el apartado 3.
El rebajamiento del deseo a la demanda es la operación a la que se entrega en forma permanente el sujeto obeso. Logra así taponar la hiancia, la falta en la que consiste el objeto del deseo, con un objeto “pleno”, objeto de la necesidad: el alimento. Lo imposible de la tarea se verifica en el carácter compulsivo e inagotable de la misma: en-
En este sometimiento a la tiranía de la demanda del Otro, en el que el propio cuerpo pasa a ser la prenda de sacrificio, el sujeto no deja de experimentar esa ambivalencia afectiva respecto del Otro, que vira de un instante a otro del amor al odio, en un fort-da eterno, juga- do en el campo del espejo, y graficado por Liliana del siguiente modo: “Lo increíble es que a pesar de todo lo que me hizo mi madre, la sola idea de que ella se muera me llena de una angustia insoportable, me parece que sin ella me voy a morir”. “Creí que había cortado el cordón, ahora me doy cuenta que no. Sólo fui un yo-yo de mi madre: parecía que me alejaba, pero volvía”.
Y Amelia: “Me casé y la llevé a vivir conmigo. Me molestaba cada vez más, era insoportable. Pero jamás se me hubiese ocurrido que no viviera conmigo”.
De este modo, el cuerpo del sujeto queda entregado al decir ma- terno, toma su consistencia de los significantes-amo que encuentra en ese decir, volviéndose pasto del superyó.
Dice Amelia: “Parece que mi madre tenía razón, desde muy chica me decía que yo siempre iba a ser gorda, que nunca iba a bajar de peso”.
Cuando Dolores logra adelgazar dice: “Antes no podía parar. Mi mamá me decía: “no tenés fondo”. ¿Por qué pesarán tanto las palabras de una madre?”
Eduardo: “Mi mamá me decía que mi problema es que soy bueno, como ella. Y es así, soy el gordo bonachón, del que todos se aprovechan”.
Liliana: “Cuando me despierto de noche, ella abre los ojos, me mira y me dice: “Ya vas a comer”. Y yo me levanto, me pongo una silla frente a la heladera, la abro, arraso con todo. Vuelvo a la habitación con ella”. y alojamiento, aún a expensas del bienestar de su familia. Eduardo
muchas veces se encuentra prestando el único dinero que le queda, tra- bajando de más, tapando agujeros de otros.
Cuando hablamos de estrago, nos referimos a un avasallamiento, a una devastación, que en el caso de la obesidad se manifiesta en el cuerpo, deformado por la irrupción de ese goce sin límite.
Pero también hablamos de rapto, arrobamiento (3), ese “no estar allí”, que tan bien describe Dolores, pero que podemos encontrar en el apego de los sujetos obesos en general a su pasado, particular- mente su infancia, y en última instancia a La Cosa, encarnada en el cuerpo materno.
Dolores sufre, además de su obesidad, de ciertas dificultades que ubica del lado de “lo mental”: “Yo siempre fui la burra de la familia. Ellos pensaban que a mí no me daba la cabeza para estudiar”. “Tengo lagunas mentales. Capaz que es una forma de ausentismo, es como si me sacaran algo, no sé, la mente. Estoy ahí, veo todo. Estoy corporalmente, pero no espiritualmente.”
Cuando se entristece o se angustia, inmediatamente se le ocurre que su madre está pensando en ella, extrañándola.
Amelia relata cómo cuando se casó, ni siquiera se le ocurrió con- sultarle al marido, directamente llevó a su madre a su casa. Desde que ésta se suicidó, hace seis años, hasta hace poco, olía permanentemente su perfume.
Hace diez años falleció el padre de Liliana. Automáticamente la madre se va a vivir con ella. No se despegan más.
A la semana de morir su madre, Eduardo la vio aparecer en camisón en el umbral de su habitación. Vive añorando un amor de su juventud, vuelto imposible por él, y rememorando su infancia.
De niña, cuando ya era bastante gordita, diariamente el padre se le acercaba por la verja del patio del colegio en el recreo, alcanzándole piz- za o empanadas. Dice: “toda mi vida siguió siendo así. Tengo el sí fácil”. Cuando Liliana me contó que a último momento la madre no la dejó partir de viaje de egresadas, le pregunté qué dijo el padre. Respon- dió: “mi padre jamás contradijo a mi madre”, agregando que cuando se fue de la casa a los dieciocho años, le propuso al padre hacer lo mismo, ya que la madre también lo volvía loco a él. Pero respondió que ya se había atado a ella, y que allí se quedaría hasta morir.
Dolores siempre sintió un marcado rechazo por el padre, aún cuan- do éste no estuviese: “Siempre lo vi como el que estorbaba mi paz. Me encantaba cuando mi papá no venía por trabajo. Entonces dormía con mi mamá”
“No me muevo desde chica. Recién caminé después del año y medio. Mi padre no estaba nunca, mi madre, demasiado pendiente de su pro- pia familia. Cuando estuvo embarazada de mí, aumentó treinta kilos” “Muchas veces mi papá y yo nos comunicábamos por señas, burlán- donos de mi madre, cuando ella se ponía loca”
El padre de Eduardo siempre llevó a la familia a desastres económi- cos, que incluso lo llevaron a la cárcel, por incumplimientos laborales. El no cumplía su palabra.
Los dichos se vuelven entonces transparentes, idénticos a sí mis- mos, remedando un código que esquiva el estatuto de la palabra, refugiándose enteramente en el campo imaginario, perdiéndose la dimensión del decir.
Es lo que vuelve tan difícil la posición analizante en el sujeto obeso, que buscará más fácilmente el confort del grupo de autoayu- da, en el que podrá satisfacerse narcisísticamente en un bla-bla sin consecuencias subjetivas, que en “el mejor de los casos” consolidará temporariamente alguna defensa maníaca.