de un modo más estresante y negativo que otra cuyos ingresos ya eran bajos antes de la separación, pues como indica Wagner (1993) éstas sufren menos cambios tras la separación que las primeras. Aunque, según Shapiro (1996), el ajuste de una mujer ante la nueva situación familiar depende más de la percepción que tiene acerca de sus ingresos económicos que de los ingresos reales. La percepción de suficiencia de ingresos está relacionada con el número de años transcurridos desde la separación. A medida que pasa más tiempo existe una mayor percepción de que los ingresos familiares son suficientes (Draughn et al., 1994). Esta percepción parece ser coherente con los ingresos objetivos de los que disponen estas familias. Como nuestro propio equipo ha hallado (p.ej. González et al., 2001), la mayoría de las madres durante el primer año tras la separación tienen menos ingresos que si se compara su situación pasado unos años después. Concretamente encuentran que los ingresos al inicio de la monomarentalidad, durante el primer año tras la separación, son casi la mitad de los que disponen estas familias cuatro años y medio después.
Todo esto nos lleva a pensar que no solo son pobres las madres solas sino también sus hijos e hijas, en esta línea Cantó y Mercader (2000) encuentran que existe mayor tasa de pobreza infantil en hijos e hijas de madres solas. Son niños que tienen más probabilidad de ser pobres que sus iguales que viven en una familia con una estructura diferente. Resultados similares se encuentran en Europa (European Parlament, 2007).
tener un empleo era crucial para salir adelante ante la nueva situación familiar. De hecho, el no tener empleo es el factor que más desestabiliza a la familia y les hace dependientes de familiares, así la necesidad de conseguirlo se hace imperiosa para estas madres (González, 1995). En este sentido, desde nuestro propio equipo hemos encontrado que el empleo para muchas mujeres supone una fuente de estrés, sin embargo, para la mayoría de las madres que afrontan en solitario la maternidad el acceder a un puesto de trabajo no sólo significa una entrada económica, sino que también les supone una vía a través de la cual pueden abrir un nuevo campo de relaciones sociales, fomentan su autonomía, su autoestima y su valoración de sí mismas. Así, el trabajo actúa para ellas como un factor de protección, pues al mismo tiempo que ejerce influencia positiva sobre el ajuste emocional de la madre está ejerciendo una influencia indirecta sobre el ajuste de los niños y niñas (por ej., Jiménez, Morgado y González, 2002).
Es preciso indicar que muchas mujeres se topan con bastantes dificultades para acceder a él (Fernández y Tobío, 1999). Pues, como ya hemos indicado, muchas de ellas hasta ese momento se habían dedicado exclusivamente al cuidado de su familia y de su hogar y a partir de la separación tienen que hacer grandes esfuerzos por intentar encontrar un empleo que le permita tener unos ingresos al tiempo que unos horarios conciliados con el del cuidado de sus hijos e hijas.
No todas las madres separadas tienen las mismas posibilidades de encontrar un empleo, de hecho resulta más accesible para aquellas que tienen mayor nivel educativo (Fernández y Tobío, 1999). Además del nivel educativo, la edad de las madres es un factor crucial a la hora de buscar empleo. Aunque no disponemos de datos relativos a madres separadas, podemos esperar resultados muy cercanos a los encontrados por Fernández y Tobío (1999) con una muestra de madres solas (separadas, solteras y viudas), éstos constatan que la tasa de actividad es superior entre las madres solas menores de 40 años que entre las que superan esta edad. Otro factor que parece influir en el índice de empleo de las madres separadas es el tiempo transcurrido desde la ruptura. En este sentido, Forgatch, Patterson y Ray (1996) encuentran en su estudio que las madres separadas tienen tres veces más de probabilidad de estar desempleadas durante los primeros años tras la separación y aquellas que están trabajando durante ese tiempo tienen más probabilidad de sufrir cambios de empleos que las madres que integran un hogar biparental.
A pesar de estas dificultades, el índice de actividad de las madres separadas es bastante alto (84,7%) si se compara con el de las madres con pareja (51,9%) (González, 2000). Sigue manteniéndose la diferencia cuando atendemos únicamente a los datos de ocupación (únicamente empleos reglados) referentes al tercer trimestre de 2007 (Instituto de la Mujer, 2008) donde encontramos que un 59,67% de madres separadas están ocupadas correspondiéndose con un 11,66% en el caso de las casadas.
Llegado a este punto nos podemos preguntar por las modalidades de empleos a los que acceden estas madres: dedicación y tipo de jornada. De nuevo contamos con datos relativos al colectivo de madres solas (separadas, solteras y viudas) aunque perfectamente extrapolables al de madres separadas. En cuanto a la dedicación González (2000) encuentra que la mayoría de las madres solas que trabajan tienen una dedicación completa (83%) y sólo un 17% de ellas lo hace a tiempo parcial, aunque este último porcentaje está muy distante del correspondiente al de los hombres responsables de sus hogares (2%). Es decir, las madres solas de nuestro país tienen más probabilidad de trabajar a tiempo parcial que los padres solos, quizás porque para éstas es una estrategia para conciliar su trabajo con el cuidado de sus hijos e hijas.
El 58,5% de las madres solas trabajan con una jornada continua, frente al 44,6% de los padres solos y al 37,6% de otros responsables. Esta tendencia en las madres solas a preferir trabajos con una jornada continua quizás sea de nuevo una estrategia para acercar los horarios laborales con los escolares (González, 2000;
Jiménez et al., 2004).
Constanza Tobío (1999; 2002) ha clasificado las estrategias de conciliación entre la vida familiar y laboral en principales, cuando suponen, al menos aparentemente, una solución total al problema planteado, complementarias, cuando se trata de estrategias utilizadas junto a otras más globales, o que sólo palian parcialmente la situación y extremas cuando se trata de recursos obviamente indeseables pero que tienen que ponerse en marcha para resolver situaciones también extremas. La autora añade las estrategias indirectas, como aquellas que tratan de asegurar la compatibilidad renunciando a uno de los dos ámbitos: se renuncia a tener hijos o se renuncia a tener un empleo remunerado. Esta misma clasificación se puede extrapolar a la realidad de las madres solas, aunque en no pocas ocasiones las estrategias utilizadas son más de supervivencia que de conciliación.
A pesar de las estrategias que las propias madres solas intentan poner en marcha para conciliar su vida familiar con la laboral, muchas de ellas se ven sobrecargadas de responsabilidades y sin a penas tiempo para descansar (González, Jiménez y Morgado, 2004), circunstancias que les lleva a buscar apoyo, generalmente en su familia y particularmente en las abuelas quienes juegan un papel muy importante en estas familias como cuidadoras de sus nietos y nietas (más adelante lo veremos más detalladamente).