• No se han encontrado resultados

Modelo de Déficit

Como se ha hecho referencia anteriormente, el modelo de familia biparental durante mucho tiempo se ha tomado, y se sigue tomando en la actualidad, como el referente o modelo válido, "normal" e ideal. Esto llevó a que los primeros estudios que se desarrollaron para analizar cómo es la experiencia del divorcio parental y el ajuste psicológico de los hijos e hijas tras el divorcio o separación de sus progenitores, partieran de una perspectiva patológica, en la que sólo se buscaban y encontraban consecuencias negativas (por ej., Anthony, 1974; Biller, 1974; Kellam, Ensminger y Tunner, 1977 todos cit. en Barber, Mednick y Reeznick, 1984). Desde este punto de mira se consideraba que el divorcio rompía con el modelo de familia aprobado socialmente, dándose una desviación de lo “normal” y suponía necesariamente un trauma para los hijos e hijas.

Desde este planteamiento las primeras investigaciones que se hicieron para estudiar los efectos del divorcio parental en la vida de los hijos e hijas se basaban en un modelo de déficit. Estos trabajos se consideran de déficit por dos razones, la primera por centrar su mirada en la estructura familiar, teniendo como referente adecuado y necesario el modelo de familia biparental para un buen desarrollo, ajuste y

socialización de los niños y niñas. Olvidándose de analizar otros factores relacionados con la dinámica y el funcionamiento familiar.

La segunda razón, derivada de la primera, son estudios que miran a las familias monomarentales como incompletas, “familias rotas”, por la falta de uno de los progenitores, generalmente el padre. Los estudios que se han realizado desde la perspectiva de la ausencia de uno de los progenitores consideraban que dicha ausencia tendría consecuencias muy negativas sobre el ajuste psicológico de los hijos e hijas en general y sobre su desarrollo social en particular (Amato, 1987; Furstenberg y Nord, 1985; Seltzer, 1991). Incluso cuando se hacía referencia a estos estudios se les llamaba como “estudios de familias en las que falta el padre”.

En general estos estudios partían del supuesto de que el divorcio o la separación de una pareja es una experiencia traumática que tiene consecuencias muy negativas y persistentes sobre el ajuste psicológico de los hijos e hijas. Así, se centraban en analizar los efectos o las consecuencias negativas que el divorcio producía sobre el ajuste psicológico de los niños y niñas, en otras palabras a analizar el “trauma” que todos los chicos y chicas se veían obligados a sufrir una vez que sus padres se separaban (Bernstein y Robey, 1962, cit. en Gately y Schwebel, 1991).

Aunque la perspectiva desde la que se ha estudiado los efectos que produce el divorcio en los hijos e hijas poco a poco fue alejándose de este modelo de déficit, todavía en la década de los noventa podíamos encontrar estudios realizados desde este enfoque (por ej., Bengoechea, 1992). Así como publicaciones de profesionales que trabajaban con niños y niñas que dejaban constancia de ello. Por ejemplo, en palabras de Castrillón de la Rosa (1995) “el divorcio conduce al niño a una situación de desamparo, de riesgo en su evolución estructural, en su proceso evolutivo, marginación y conductas antisociales” (pág., 99).

Así, vemos cómo la mirada se situaba únicamente en la estructura de la familia y en las consecuencias negativas del divorcio sobre el ajuste psicológico infantil.

Es preciso tener en cuenta que estos primeros estudios también tenían serias limitaciones metodológicas, pues utilizaban muestras poco representativas, clínicas (por ej. Wallerstein y Kelly, 1980b), sin compararlas con muestras clínicas que formaban parte de familias biparentales y desestimando la vivencia y ajuste que presentaban aquellos chicos y chicas que no necesitaban acudir a consulta tras la separación de sus progenitores. O mezclaban diferentes tipos de muestras. Por

ejemplo, Bengoechea (1992) mezclaba muestras de niños cuyas circunstancias socio- familiares eran diferentes (padres en trámites de separación, niños y niñas internados cuyos padres no siempre estaban separados y otros que vivían con uno de los progenitores tras la ruptura) para extraer conclusiones del ajuste psicológico de niños y niñas cuyos progenitores se habían separado y comparar su ajuste con quienes vivían en una familia “intacta”. Otros estudios recogían información de un único informante (por ej., Barber et al., 1993; Santrock, 1977 cit en Barber et al., 1984) y los instrumentos que utilizaban no estaban estandarizados (por ej., Johnston y Campbell, 1988).

La mayoría se olvidaba de tener en cuenta factores como el tiempo transcurrido desde la separación o el divorcio, o características del sistema familiar (características sociodemográficas, recursos económicos, cambios de vivienda, ajuste de los progenitores, calidad de la relación entre éstos tras la separación, calidad de la relación entre los progenitores y sus hijos e hijas antes y después de la ruptura, magnitud de los cambios en las rutinas familiares, ajuste de los hijos e hijas antes y después de la separación, disponibilidad de fuentes de apoyo, etc.) (por ej., Bengoechea, 1992;

Herzog y Sudia, 1973 cit. en Barber et al., 1993).

Así, la mayoría centraba sus análisis en comparaciones de medias de los distintos indicadores del ajuste psicológico de los hijos e hijas estudiados (por ejemplo, Wallerstein y Kelly, 1980), olvidándose de otros análisis sensibles a la diversidad interna existente en el grupo de chicos y chicas cuyos padres se han separado. Por ejemplo, análisis de clasificación, de correlaciones entre variables relevantes, de regresiones, ecuaciones estructurales que permitiesen analizar y clarificar qué variables modulan el ajuste psicológico de los niños y niñas tras la separación o el divorcio de sus progenitores.

Es preciso indicar que los resultados obtenidos por los diferentes estudios planteados desde el modelo de déficit no siempre han sido consistentes. Por ejemplo, algunos encontraban consecuencias negativas en unos indicadores del ajuste, otros las encontraban en otros diferentes y otros sencillamente no las encontraban.

Podemos concluir utilizando las palabras de Emery (1999a) que desde este modelo el divorcio ha sido visto como un evento psicológico puntual y uniforme más que un proceso en el que se dan cambios de corte social, psicológico y económico.