El concepto de resiliencia surge principalmente de estudios en los que se observaba que niños y niñas superaban situaciones adversas a pesar de que a priori se esperaba que presentasen problemas de ajuste (por ej. Rutter, 1987). La resiliencia no se concibe como una característica en sí misma de la persona, sino que es vista como un proceso, un constructo hipotético, una manifestación clara de las
competencias de ésta a pesar de experimentar importantes adversidades (Luthar, Cicchetti y Becker, 2000 cit. en Luthar, 2003). En palabras de Luthar (2003) la resiliencia no es un atributo del individuo que puede ser evaluado directamente, sino que surge de la coexistencia de circunstancias adversas y la adaptación o superación de la persona ante las mismas, a pesar de ello. Desde este modelo se distinguen cuatro elementos o factores:
- Factores de riesgo: se definen como las circunstancias que aumentan la probabilidad de que aparezca un problema o un desajuste en el desarrollo.
- Factores de vulnerabilidad: circunstancias que incrementan la probabilidad de que se de un problema o desajuste en presencia de factores de riesgo.
- Factores de protección: ante la existencia de factores de riesgo contribuyen a disminuir la probabilidad de que se de el problema o desajuste.
- La resiliencia: niveles de adaptación y desarrollo de los niños y niñas ante circunstancias muy adversas y generadoras de estrés.
Ante la presencia de los factores de riesgo y de vulnerabilidad es esperable que las personas presenten problemas, sin embargo, esto no siempre ocurre así pues existen otros elementos, los factores de protección, que disminuyen la probabilidad de aparición de los mismos. Así, un reto a alcanzar desde este modelo teórico consiste en identificar cuáles son los factores de protección, en tanto que predictores de la resiliencia de las personas. Pero es importante tener en cuenta que hay personas que ante determinadas situaciones adversas se muestran muy competentes y las afrontan exitosamente y sin embargo, ante otras no. Es decir, si las circunstancias cambian, la resiliencia de la persona también se muestra diferente (Rutter, 1987). Según Masten (2001) hay que entender la resiliencia como un proceso dinámico.
Desde hace décadas se están llevando a cabo estudios que entienden el ajuste y el desarrollo infantil como un proceso, pero los que parten desde el modelo de resiliencia conciben ese proceso como fruto de la interacción entre los factores de riesgo, de vulnerabilidad y de protección (Garbanino y Ganzel, 2002; Nelson, 1993;
Patterson, 2002; Rutter, 1987). En los estudios centrados en el análisis de la experiencia y el ajuste psicológico de los niños y niñas tras el divorcio de sus padres, este planteamiento no había sido muy habitual (Gately y Schwebel, 1991;
Hetherington, 1989; Hetherington, 1991; Kurdek, 1981; Mulholland, Watt, Philpott y Sarlin, 1991; Nelson, 1993). Sin embargo, desde unos años atrás a la actualidad hay muchos estudios que han usado este marco teórico como modelo de análisis (Ackerman, Izard, Schoff, Youngstrom y Kogos, 1999; Brody, Dorsey, Forehand y Armistead, 2002; Brown, Eichenberger, Portes y Christensen, 1991; Criss, Gregory, Dodge y Lapp, 2002; Deater-Deckard y Duna, 1999; DeGarmo y Forgatch, 1999;
Emery, 1999; Emery y Coiro, 1997; Gaylord, Kitzman y Lockwood, 2003; Hetherington, 1999b; Hetherington y Elmore, 2003; Hetherington y Stanley-Hagan, 1999; Petterson y Albers, 2001; Sandler, Wolchick, Davis, Haine y Ayers, 2003).
En palabras de Patterson (2002) una crisis en la familia es un punto de inflexión, pues a partir de la misma se pueden dar cambios en su estructura y /o en las relaciones entre quienes la integran. La crisis crea una discontinuidad en la trayectoria del funcionamiento familiar, bien éste puede empeorar, bien mejorar. Es preciso indicar que desde el modelo de resiliencia no se analizan las causas sino los elementos o factores que hacen que exista más o menos probabilidad de que la experiencia y el ajuste psicológico de los niños y niñas se vean más o menos afectados tras la separación de sus padres. Desde este planteamiento se reconoce que el divorcio es sólo un paso dentro de una serie de transiciones familiares que afecta a los hijos e hijas, a los progenitores, a las relaciones entre los mismos y que las experiencias y circunstancias familiares antes de la ruptura, la vida familiar y las posibles transiciones familiares tras la misma influyen sobre la adaptación y el ajuste psicológico de los niños y niñas. Así, se entiende que el proceso no es estático y por tanto se concibe que los factores de riesgo, de vulnerabilidad y de protección vayan cambiando a lo largo del tiempo. Este tipo de trabajo nos da muestras de cómo se ha evolucionado desde estudios centrados en comparar los distintos tipos de familias según su estructura a estudios centrados en analizar variables relacionadas con el proceso de transición familiar.
Las interacciones entre la diversidad de factores de riesgo y de protección relativos a las características individuales, familiares y extra-familiares, así como la vulnerabilidad y las estrategias de afrontamiento dificultan o facilitan la adaptación de
los niños y niñas al divorcio parental, lo que explicaría la diversidad de trayectorias que sigue el ajuste psicológico y la experiencia infantil ante tal transición familiar. La resiliencia familiar ante el divorcio es el poder que tiene dicha familia para afrontar exitosamente las adversidades consecuentes de la ruptura.
Venimos hablando de modo general de los factores de riesgo y de protección existentes en una familia tras la separación o el divorcio. Pues bien, hay estudios en los que se han analizado cuáles son estos factores y aunque podemos hablar en términos generales tenemos que tener en cuenta las características propias de cada familia y de quienes la integran. Por ejemplo, Kelly y Emery (2003) hacen un análisis de cuáles son los factores de riesgo tras el divorcio parental, concretamente los autores tienen en cuenta la situación familiar desde el inicio de la separación (si comunican o no a los hijos la ruptura, la custodia, la frecuencia de contactos entre el padre y los hijos e hijas, si la relación entre los progenitores y los hijos e hijas cambia tras la ruptura, el ajuste psicológico de los padres, el grado de estabilidad de los recursos económicos, los recursos disponibles, nivel de conflictos entre los progenitores, cambio en el estilo educativo, recursos que presentan los propios niños y niñas).
Se sabe que los niños y niñas cuyos padres están separados tienen más probabilidad (el triple) de padecer problemas de comportamiento, internos, de competencia social y de rendimiento académico que aquellos que viven con ambos progenitores (Hetherington, 1999). Este riesgo no es por el divorcio en sí sino por las consecuencias y cambios que se dan a partir de la ruptura en la familia.
Otros estudios se han centrado en analizar cuáles son los factores que protegen el ajuste y la adaptación de los hijos e hijas al divorcio de sus progenitores.
Concretamente se han analizado variables que actúan como factores de protección relacionadas con el progenitor custodio como el estilo educativo democrático, el buen ajuste psicológico, el mantener una relación estrecha con los hijos e hijas, la percepción de suficiencia de los recursos económicos, la satisfacción con el apoyo recibido y el uso de estrategias de afrontamiento activo (Brody et al., 2002; DeGarmo y Forgatch, 1999; Forehand y Brody, 2002; Hetherington, 1999; Nelson, 1993), con el progenitor no custodio como el mantener contactos de forma frecuente con los hijos e hijas (siempre que la relación que mantenga con el progenitor custodio no sea conflictiva) y una relación estrecha (Amato y Gilbreth, 1999; Amato y Rezac, 1994).
Además de las variables relacionadas con la familia también se han tenido en cuenta otras relacionadas con los contextos extra-familiares que actúan como factores de protección del ajuste psicológico infantil tras la separación parental. Concretamente el mantener una relación estrecha con los iguales (puede ayudar a minimizar los efectos negativos que producen los conflictos) y el recibir unas normas y rutinas estables en el contexto escolar (Hetherington, 1989). Por último, algunos estudios han encontrado que la custodia compartida (es sabido que los padres que tienen la custodia compartida suelen tener una relación cordial, Bausermann, 2002 cit. en Kelly y Emery, 2003) y el disponer de servicios de orientación y mediación familiar son variables que actúan como factores de protección del ajuste psicológico infantil, pues favorecen la mayor implicación de la figura paterna en la vida de sus hijos e hijas, así el cumplimiento del pago de la pensión y la mayor satisfacción del padre en cuanto a la relación que mantiene con su hijo o hija (Emery, Kitzmann y Waldron, 1999).
En los estudios que tienen como objeto analizar cómo es el ajuste psicológico infantil tras la separación o el divorcio parental los factores de vulnerabilidad han sido menos analizados y, en ocasiones, confundidos con los factores de riesgo.
Así, llegados a este punto podemos decir que en función de cómo sean las circunstancias familiares tras la ruptura se presentarán más o menos factores de riesgo, de vulnerabilidad o de protección y el grado de ajuste a partir de la interacción entre ambos será la resiliencia que muestren los niños y niñas ante tal circunstancia familiar. Por ejemplo, los niños y niñas que están expuestos a muchos factores de riesgo tienen más probabilidad de presentar problemas de comportamiento, pero los efectos negativos de los factores de riesgo pueden estar mediados por el ajuste emocional del cuidador o cuidadora principal del niño o la niña, en el sentido de que si éste presenta un buen ajuste los efectos negativos de los factores de riesgo disminuyen (Ackerman, Izard, Schoff, Youngstrom y Kogos, 1999).
De los párrafos anteriores podemos concluir que el efecto de los factores de riesgo y de protección pueden ser directos, en interacción unos con otros, mediado o indirecto. Así en la figura 1 podemos encontrar un esquema de cómo puede ser el efecto de los diferentes factores en la adaptación y ajuste psicológico de los hijos e hijas tras la separación de sus padres.
Figura 1. Efecto de los factores de riesgo y protección. Adaptación de Sandler et al., (2003).
En el siguiente capítulo haremos un análisis más amplio de los factores de riesgo y de protección del ajuste psicológico de los hijos e hijas tras el divorcio de sus progenitores.
2.1.6. Evolución de las características metodológicas de los estudios