Hemos llegado a la conclusión de que existe una relación semántica determinada —llámese de denotación, de significación, o como sea— entre signos y cosas. Esa relación es social: se da en y para una comunidad de hablantes. Para cada uno de los hablantes una palabra significa o denota a un ente en la medida en que el proferir u oír esa palabra sea para él determinante de que dicho ente se presente a él intelectualmente, se persone en y a su mente. Mas ningún hablante está en ésas respecto a una expresión y a un ente si no es en tanto en cuanto eso sucede así en una comunidad.
Pero esa relación, sin dejar de ser ella, puede hacer corresponder, para el mismo hablante o usuario del idioma, a una palabra diversas cosas, y viceversa. No hay frontera entre uso literal y usos traslaticios. En verdad puede haber una infinidad de entes o cualidades denotadas o significadas, alineadas en una transición gradual, de tal manera acaso que unos de esos entes, o unas de esas cualidades, sean más denotadas que otras. Y en eso hay varia- ciones de hablante a hablante, de sector a sector de la comunidad, de un período a otro. Variaciones que son transiciones paulatinas, matices, pero que, por acumulación, acaban constituyendo grandes disparidades. Todos los bordes del lenguaje son borrosos o desvaídos: entre sincronía y diacronía, entre primera y segunda articulación, entre lengua y habla, entre una lengua y otra, entre un significado y otro —ambos, eso sí, como relatados, o sendos extre- mos, de la misma relación objetivamente determinada de significar o denotar.
Pero ¿cambia la lengua cuando, y en la medida en que, cambia el grado en que unas cosas u otras son denotadas por las —o algunas— palabras? ¿Es, pues, una condición necesaria para hablar una misma lengua la de que las palabras signifiquen lo mismo?
No, no forzosamente en la misma medida. Sabemos que no existe “la” lengua caste- llana, sino que hay infinitas lenguas castellanas. Pero una cualquiera de ellas es compatible con ciertas discrepancias semánticas, con que las palabras no denoten en la misma medida lo mismo para todos los hablantes de tal lengua, ni siquiera en la medida en que lo sean. Ahora bien, la variación ha de ser sólo secundaria, afectar p.ej. a un número minoritario de palabras, o a una minoría de hablantes de la lengua. Sin amplia convergencia semántica no hay mismidad de idioma. Pero es que, siendo objetivamente determinada la relación de significación (de cosas por palabras), no es tampoco plausible suponer que pueda existir una gran disparidad semántica siendo pequeña la disparidad sintáctica (o morfológica: e.d. la que se refiere a cómo son y se engarzan las palabras en cuestión).
Así pues, para hablar un mismo idioma es menester no sólo tener una similitud sintáctica sino también semántica. Pero un idioma puede admitir variaciones. Cuantas menos admita, más real será la relación entre los hablantes del mismo de hablar uno como otro, o de ser hablantes de un mismo idioma. Tomemos al idioma toscano-castellano: es el mismo que sí mismo, tanto como lo sea el zaragozano; pero un zaragozano es más hablante del zaragozano que del toscano-castellano; por lo cual, dado otro zaragozano, al que pase lo mismo, y dado un napolitano, al que suceda también sólo en pequeña medida ser hablante del toscano-castellano, el primer zaragozano será más hablante del mismo idioma con respecto al segundo zaragozano que con respecto al napolitano.
Tomemos una lengua universal, LU, cuya existencia y unidad son compatibles con toda la variedad “dialectal” del planeta, tanto sintáctica cuanto semántica. LU es tan idéntica a sí misma como lo sea el japonés; pero sólo en débil medida será cierto que uno cualquiera de nosotros es hablante de LU, pues el serlo explica poquísimos de los rasgos de nuestra habla. No obstante, sí es verdad que en alguna medida todos somos hablantes de una misma lengua (es más: de infinidad de tales mismas lenguas).
Se ha dicho más arriba que es difuso el borde entre lo literalmente significado y lo significado en una acepción metafórica o metonímica (y cabe recalcar una vez más que una pluralidad de acepciones no conlleva pluralidad de relaciones de significación o denotación). Precisamente uno de los modos de ampliación de una lengua es el correr márgenes en las acepciones. Todo ente es un cúmulo de entes. Conque cualquier nombre propio, p.ej., puede denotar un cúmulo difuso, p.ej. el de las partes de lo denotado (si éste es un ente singular). Piénsese en como ‘Calabria’ en la Antigüedad denotaba a Apulia, y se ha ido corriendo la acepción de la palabra hasta la actual. Otras veces no se llega a tanto, pero sí a desplazamien- tos, contracciones o expansiones (la región astur de los romanos tenía como uno de sus centros a Astúrica: Astorga). A las lindes difusas de las cosas corresponden los bordes borrosos y desvaídos entre acepciones de las palabras. También en todo eso el lenguaje es como la Realidad que refleja.
De eso se deriva también una moraleja sobre el empleo de la metáfora en la prosa teorética. Algunos exigen una exclusión de toda metáfora. Otros dan rienda suelta al recurso a las metáforas. Parece estar, por una vez, la virtud en un término medio: no podemos hacer teorías sin hablar metafóricamente, no podemos dejarnos sojuzgar por el prurito literalista, pero parece un razonable postulado metodológico el que nuestro empleo de metáforas y metonimias sea controlado, parsimonioso, cauteloso, atinado, paulatino; que, si no, nos zambullimos en un mar encrespado de acepciones desconcertantemente nuevas, y con ello perdemos claridad, inteligibilidad, controlabilidad racional del discurso, y nos entregamos a modos de pensar irracionales, exentos de rigor, alejados de toda preocupación por la exactitud. Una última cuestión para cerrar este acápite. Como es sólo parcial —aunque, en su peculiaridad, perfectamente adecuada— la similitud entre la Lengua y la Realidad, hay (ya lo sabemos) diversas expresiones que significan lo mismo —al menos en una de las acepciones de cada una de tales expresiones. Podemos llamar equivalencia a esa sinonimia. Pues bien ¿es patente siempre cada una de tales sinonimias a cada hablante del idioma?
No. Primero porque no todo el mundo es consciente de cada hecho consistente en la relación de identidad entre un ente y sí mismo. No basta con decir que sí, que A es A, para creer que A es A, para creer respecto de A que es A (una cosa es eso y otra es creer respecto de A que es autoidéntico). Conque, aunque A sea =B, puede que alguien no crea (ignore) eso, no crea respecto de A (e.d. de B) que es =B, aunque sí crea respecto de A (o sea: de B) que es autoidéntico.
Por consiguiente, no basta con que estén determinados en una comunidad de hablantes los significados de «A» y de «B» (ni siquiera con que —poniéndolo muy fuerte, promulgando un constreñimiento excesivamente duro, demasiado restrictivo— para todo hablante de esa lengua «A» denote sólo a A y «B» sólo a B) para que todo hablante de esa comunidad, de esa lengua, sepa que «A» significa lo mismo que «B», aunque sea verdad que A=B.
Eso pone límites a la empresa de la llamada “lógica del lenguaje natural”, que es la pretensión de endilgar a todo hablante del idioma un acervo de conocimientos en virtud del cual podría efectuar un montón de inferencias deductivas.
Ahora bien, lo que sí es verdad es que muchas de tales equivalencias (y de otras relaciones entre los entes significados) sí son ampliamente conocidas en la comunidad lingüística, y eso es lo que da a cada uno pautas para saber qué entes denotan las palabras para los interlocutores. Un nombre propio denota, p.ej., a un ente singular, Calabria —pongamos por caso. El empleo del nombre va asociado a un cúmulo difuso de descripciones definidas o indefinidas, tales que identificamos que otro habla de Calabria no sólo, ni forzosa- mente siempre, porque use ‘Calabria’, sino por lo que dice en frases que profiera y que contengan ese nombre (o, en otros casos, otro nombre).
¿Dónde está la frontera entre negar que existe Calabria —lo que nosotros denotamos con ese nombre— y afirmar que existe pero no es como decimos o pensamos que es? La frontera es difusa, por los grados diversos, múltiples, en que unas u otras cosas pueden venir significadas por las expresiones. Cabe conjeturar que, de manera general, será más verdadero lo uno, o lo otro, según que (cæteris paribus) tenga más fuerte poder explicativo una hipótesis o la otra.
¿Es ateo quien diga ‘Existe Dios pero no es omnipotente en absoluto’ (o ‘no es un ser inteligente’ o ‘no es eterno’ etc.)? O ¿es mejor considerar que cree en Dios, pero está equivo- cado en su dejar de reconocer a Dios ciertas determinaciones? (Y ¿qué decir de quien acepte que Dios es eterno, omnipotente, etc., pero tenga concepciones de esas determinaciones sumamente alejadas de las usuales?)
Puede ser parcialmente verdad lo uno o parcialmente verdad lo otro, o ambos. Indicio de qué sea más verdad es el mayor poder explicativo. Según se desprende de consideraciones que haremos en el cap. 6º, suele ser más explicativo el suponer que, las más veces, no sólo no son ateos quienes dicen cosas así, sino que ni siquiera lo son la mayoría de quienes profieren ‘Dios no existe’; por lo menos no lo son tanto como ellos creen serlo.