Hay determinaciones que, cuando algo las tiene, las tiene con relación a otra cosa. Se es hermano de [alguien], donador de [algo], viajero hacia [algún lugar]. En cambio, otras determinaciones, aparentemente, no son así. Se es rubio, no rubio en relación con alguien (aunque sí quepa decir de alguien que es rubio en comparación con otro). Habría, pues, determinaciones no-relacionales (llamadas también [pero prefiero evitar esa calificación, que se presta a equívocos] ‘absolutas’), y otras relacionales.
Voy a cuestionar semejante dicotomía. Voy a proponer que toda determinación puede actuar como relacional y también como no-relacional.
Está implícito en todo el tratamiento hasta ahora brindado en estas páginas de la existencia, la identidad, la verdad, que hay entes que son las determinaciones: el saltar, el ser manco, el color rosa, la hipocresía, la abnegación. Además de los hipócritas hay un algo, irreducible a ellos, que es la hipocresía, algo tal que el que un ente sea hipócrita consiste en su tener hipocresía. Entes así son universales. Es difícil suministrar una definición satisfactoria de ‘universal’, pero grosso modo casi todos aceptarían que, de existir, son entes denotables por adjetivos, verbos u otras expresiones que no sean nombres propios, o, si no, al menos por resultados de nominalizar tales expresiones de algún modo; o sea: aun alguien que rechace que un adjetivo como ‘mohoso’ denota algo, que sería un universal, una determinación general de estar mohoso, podría decir que, si bien no nos comprometemos a reconocer que exista la mohosidad por el mero hecho de aseverar, p.ej., que el queso está mohoso, sí nos comprometemos a ello al decir ‘La mohosidad es causada por ciertas bacterias’. No es eso lo que quiero aquí debatir. Deseo simplemente dar una idea inicial y aproximada de qué sean los universales, las determinaciones. Y parece suficiente la recién facilitada: es un universal un ente, si lo hay, denotable al menos por el resultado de nominalizar una expresión que no sea ni un nombre propio, ni un pronombre, ni una descripción definida (una expresión que empiece con un artículo o adjetivo determinativo, como ‘el’, ‘este’, etc.) ni una oración; y cualquier otro ente que sea de la índole de uno así.
No voy a retomar aquí el debate sobre la existencia de universales. Tras siglos de dominio nominalista, hoy tiende de nuevo a prevalecer el realismo. Y yo, en todo caso, me pronuncio por el realismo. Porque veo dificultades que me parecen insalvables en el rechazo de la existencia de universales. No veo cómo brindar una imagen coherente de lo real sin incluir entre los entes a esos algos que son las determinaciones compartibles por las cosas, como las cualidades, colores, tamaños, etc., incluidas las relaciones. Pero sería alargar demasiado la presente exposición el entrar aquí a debatir ese asunto.
Lo que es aquí insoslayable es en qué consista el ser tenida una determinación por un ente. O lo que, alternativamente, podemos llamar el abarcar la determinación al ente en cuestión. Tomemos una determinación dada, p.ej. la habilidad. Supongamos que Leoncio es hábil, o sea que la habilidad es tenida por Leoncio (que abarca a Leoncio). ¿En qué consiste eso? Habrá un ente que sea la habilidad. Otro Leoncio. Y un tercero que será la habilidad de Leoncio, o sea el ser tenida la habilidad por Leoncio. En efecto: toda locución que sea una descripción definida (una expresión nominal que comience con un artículo determinado) y signifique a una determinación es tal que, al añadirle un complemento nominal que sea un “genitivo subjetivo”, significará, no ya a la determinación en cuestión, sino al ser tenida la misma por el ente significado por (el núcleo de) ese complemento nominal. ‘La gallardía de Isidro’ denota, no a la determinación (general) de ser gallardo, sino al hecho de que Isidro tiene o tenga tal determinación.
Hechos así son también algos, sobreañadido, pues, cada uno de ellos a los dos entes ya reseñados involucrados en él. Que existen esos entes que son los hechos es algo que constituye una de las tesis centrales defendidas a lo largo del presente capítulo. El problema es si un hecho así es un algo monolítico o indescomponible, o si, de algún modo, se “com- pone” de esos dos o más entes en él involucrados. Si es un ente de una sola pieza, o si, simplemente, no están en él los entes involucrados (la determinación y aquel ente cuyo tenerla sea precisamente el hecho), entonces ¿en qué consiste el que el hecho sea ese hecho, ese ser tenida tal determinación por tal ente? ¿Qué hace que se trate de eso y no de otra cosa? Además, como llegamos a averiguar la existencia de hechos a partir del lenguaje, viendo en un hecho a lo significable por una oración, ¿no tendrá que haber algún género de paralelismo, por parcial e imperfecto que sea, entre hechos y enunciados? Pero en el enunciado ‘Es hábil Leoncio’ están tres palabras ‘es’, ‘hábil’ y ‘Leoncio’; y en su transformado ‘Tiene habilidad Leoncio’ aparecen: ‘habilidad’, que significa a la [cualidad o determinación universal de] habilidad; ‘Leoncio’, a Leoncio; y ‘tiene’, verbo del que acaso quepa también sospechar que algo significa; sea así o no, en todo caso, el enunciado es compuesto de ese modo, lo cual induce a conjeturar que de similar manera lo estará el hecho.
Sin embargo, revélase floja y vulnerable tal conjetura. Floja porque presupone algo no demostrado y quizá improbable, a saber: que el paralelismo o la semejanza entre el enunciado y el hecho estriba en similar composición; o sea: que a la composición del enunciado le corresponde una composición correlativamente igual del hecho. Mas ¿por qué iba a ser una composición real lo que responda a la composición verbal o lingüística? Sin duda a una relación sintáctica le corresponde algo en la realidad; pero no forzosamente algo que sea el mismo género de relación. A la relación de ir de izquierda a derecha, o de copresencia en la cadena hablada, corresponderá algún género de “combinación”, en sentido lato; pero no la de ir de izquierda a derecha, no la de “copresencia”.
Por otra parte, la conjetura es vulnerable, porque lleva a una regresión infinita. Si la habilidad de Leoncio está compuesta por la habilidad y por Leoncio, no será simplemente un pareado de ambos, sino un todo que los contenga, y que también habrá de contener a un aglutinante, que sería el tener. Pero el tener no entra ahí como un componente más, ya que entonces haría falta otro y así al infinito. No es el tener tal cual y a secas, sino el tener habilidad Leoncio. Sin embargo, esto es, ni más ni menos, el mismo hecho que se trataba de analizar. O, si no, algo que se corresponde biunívocamente con él y que requeriría similar análisis, si el hecho inicialmente dado lo requiere. Y, por otro lado, si existe ese aglutinante singular y propio de cada hecho, sobra el hecho. Mas, por otra parte, si en el hecho no existe ninguna relación general de tener, ¿qué tiene en común ese hecho con el que consiste en la
torpeza de Iñigo? ¿Nada? Oh sí, algo tienen que tener en común: cada uno es un ser tenida cierta determinación por cierto ente.
¿Habrá, entonces, que decir simplemente que a la relación de componerse de que se da entre ‘Leoncio es hábil’ y el par de expresiones ‘Leoncio’, ‘[es] hábil’ le corresponde la relación que se da entre la habilidad de Leoncio y el par de entes que son Leoncio y la habilidad, relación describible meramente con decir que ese hecho consiste en el ser tenido el segundo de esos entes por el primero? Sin duda es eso inobjetable, pero poco ilustrativo. No podemos decir que nos haga comprender mejor la correlación entre lenguaje y realidad. Ni que nos dé una pista para entender qué o cómo sean los hechos.
Además, si eso fuera todo lo que hubiera que decir al respecto y si, por ende, cupiera rechazar la idea de que el hecho se compone de esos entes en él “involucrados”, entonces ¿qué hace que sea precisamente un hecho con esos y no otros entes involucrados? Sí, se dirá: el que consista en eso, en que Leoncio tenga habilidad, siendo eso todo lo que habría que decir al respecto. Pero al punto se percata uno de que eso no ofrece ningún esclarecimiento. Es meramente decir y repetir que ese tertium quid que es el hecho, aunque no contiene a los dos entes involucrados, es el hecho de que uno de los dos tiene al otro.
Cuán poco ilustrativo es eso échase de ver también al indagar en qué consiste que la habilidad de Leoncio consista en que Leoncio tenga habilidad y no en lo recíproco, en que la habilidad tenga a Leoncio. Muchos alegarán que, por definición, por necesidad conceptual, por delimitación categorial, carece de sentido esto último. Pero ya el rechazo, efectuado anterior- mente, de barreras categoriales (de modos o tipos de ser) nos hace ver cuán poco plausible es eso. Además, en el acápite siguiente mostraré que es más satisfactorio concebir a cada ente, incluido Leoncio, como una determinación. En todo caso, no podría alegarse eso con respecto a lo significado por una oración como ‘La justicia es bella’, de raigambre y sabor platónicos. ¿En qué difiere ‘La justicia es bella’ de ‘Es justa la belleza’? En una discrepancia estructural fácilmente describible. ¿En qué el ser bella la justicia del ser justa la belleza? ¿Meramente en que lo primero consiste en ser el que la justicia tenga belleza, al paso que lo segundo estriba en ser el que la belleza tenga justicia? ¿Qué tiene que ver esta diferencia con la discrepancia estructural, sintáctica, de sendas oraciones? Es más: ¿en qué difiere el tener belleza la justicia del tener justicia la belleza? Porque el ser bella la justicia es el tener belleza la justicia. Nada se ha esclarecido aún. Y parecemos abocados a una aporía: o composición, con la regresión infinita, o mera pseudoaclaración banalmente tautológica.