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Acápite 21º.— Reducción ontológica Superveniencia

In document Hallazgos Filosóficos (L. Peña) (página 72-75)

Desde más de un punto de vista, la ontología propuesta en este capítulo puede venir motejada de barroca, y hasta de exuberante, con sus infinitos grados de existencia o verdad, con sus no menos infinitos aspectos de realidad, con esa libérrima combinabilidad gracias a la cual existen, al menos relativamente, ent[oid]es como la conyunción de algo (¡aunque ese algo sea una “sustancia”!) o bien como la conyunción, la disyunción, el condicional, el

porque, el con, el para y demás entoides significados por adverbios, adfórmulas, conjunciones

y preposiciones. ¿Cabe mayor plétora?

Sí y no. Ciertamente esta ontología es una ontología que no se entrega al maltusianismo ni aplica el machete de Occam despiadadamente. Y es que no me parece plausible ni ventajosa la regla de optar siempre por la ontología más económica, más pobre. Sí, acepto que cæteris

paribus es preferible una ontología que postule menos cosas, o —más exactamente— menos

géneros de cosas; sobre todo cuando la pluralidad de géneros signifique disparidad radical, pues, en ese caso, veríase compensada la mayor riqueza óntica que pudieran aportar a la Realidad por una pérdida de cohesión y de armonía, acarreada por la introducción de esa disparidad radical. Pero hay circunstancias en las cuales vale más escoger una ontología más rica y pletórica: cuando así se gana en claridad, en fecundidad explicativa, en elegancia del sistema y, de rebote, en belleza del mundo según lo represente el sistema.

Sin embargo, a pesar o a causa de ello, el presente enfoque es, en otro sentido, sobrema- nera reduccionista. Mucho más reduccionista que otros enfoques ontológicos propuestos en años recientes.

Ante todo, porque desecha y rechaza cualesquiera barreras categoriales y, por ende, cualesquiera pluralidades de tipos de entes [en el sentido fuerte de tipo como categoría, o sea: una división de lo real tal que lo que quede a un lado nada en absoluto tenga en común con lo que quede al otro lado]. De ahí se desprende una cierta economía, a saber: el ahorrarse toda pluralidad de irreducibles tipos de entidades. Eso se traduce en que, dentro del actual enfoque

ontológico, dados dos ent[oid]es cualesquiera, e’, e, cabe aseverar [porque es afirmable con verdad] que, o bien e es una determinación de e’ [o sea: abarca a e’] o bien no lo es. Al paso que en los enfoques pluricategoriales eso estaría excluido, pues únicamente podría aseverarse esa disyunción cuando cada disyunto tuviera sentido, y únicamente tendría sentido cuando e fuera de una categoría adecuada para ser, o dejar de ser, una determinación de e’ (p.ej., si e’ es un “individuo”, un ente de tipo 0, e habría de ser, para eso, un ente de tipo 1, una “propie- dad de individuos”). Gracias a esa supresión de barreras o fronteras categoriales, el presente enfoque se ahorra [la postulación de] entidades tales como “conceptos” fregeanos, propiedades y relaciones russellianas, proposiciones, etc.

En segundo lugar, el enfoque aquí propuesto prescinde de toda postulación de entidades

puramente intensionales, o sea de objetos que, poseyendo alguna positividad entitativa de

alguna índole, fueran ajenos o externos al mundo real o bien dependieran para ser lo que son de relaciones que tuvieran con objetos ajenos o externos al mundo real. Con ello, el presente enfoque se ahorra entidades como las propiedades y relaciones intensionales, los individuos meramente posibles [absolutamente inexistentes en el mundo real], los mundos posibles entendidos como “algos” también completamente ajenos a la Realidad y las entidades matemáticas concebidas de esa manera intensional.

En tercer lugar, la concepción de la modalidad (lo posible, lo necesario) del presente sistema evita la postulación de otras pluralidades de géneros de entidades, como aquellas que, según otros enfoques, se darían, tendrían que darse, p.ej., entre materia y espíritu. (Así, según el enfoque de Saul Kripke, como hay una dicotomía irreducible entre lo contingente y lo necesario, y como la identidad es necesaria, está excluida toda identidad psicosomática, puesto que es pensable, y por ende posible, una diferencia entre mente y cuerpo; si es posible tal diferencia, no es necesaria la identidad en cuestión; ni, por lo tanto, real; lo que es equivocado en ese razonamiento es que es posible todo lo “pensable” —en el sentido de representable como cúmulo de sentencias de las que no pueda deducirse, según las reglas de la lógica que uno profese, ninguna supercontradicción.)

Por último, naturalmente, el presente enfoque es, más que nada, hostil a la postulación de modos diversos de ser; y, ante todo, a esos modos irreducibles de existir que serían los aristotélicos de materia y forma, de sustancia y accidentes, de potencia y acto.

En verdad es, de todas, ésta última la más descollante economía ontológica que aporta el presente sistema. El hilemorfismo aristotélico no suele ser objeto de discusión más que como curiosidad histórica, pero, sin embargo, muchas concepciones actuales recaen en otras variantes de hilemorfismo, no tan desemejantes en el fondo de la aristotélica. Júzgase a menudo que es menester postular algo así como “formas” que de algún modo se superpongan a la “materia”, teniendo forma y materia ser de modos distintos, siendo, por ello, cada una inaprensible, inconcebible, irrepresentable sin la otra (o, al menos, dándose limitaciones así de la materia respecto de la forma, aunque acaso no viceversa). Enfoques de ésos son los de Frege, el primer Wittgenstein, Russell, G. Bergmann, R. Grossmann y otros.

Así, a menudo se sostiene que, en lugar de postularse cúmulos o conjuntos, hay que postular entidades “mixtas” constituidas por un conglomerado de individuos más una “estruc- tura”, o Gestalt, o cosa así —aunque ni el conglomerado ni la estructura serían concebibles por separado. Volvemos con ello a la materia y la forma peripatéticas.

Uno de los méritos de los que puede alardear el presente sistema es, precisamente, el de socavar los cimientos de esos varios hilemorfismos. Con respecto a los estructuralismos, gestaltismos y demás ofertas de esa laya, el presente enfoque brinda una alternativa (¡cuánto más simple!) consistente en apuntar que lo que individúa a un cúmulo es, no sólo qué miembros tiene, sino en qué aspectos cuánto a cuáles de ellos. No es que el cadáver y el

cuerpo viviente sean el mismo cúmulo de partes, sólo que al segundo vendría añadida, actualizándolo “como tal”, una Gestalt vivificadora y al primero una mortífera o cadavérica. Sencillamente es que son dos cúmulos diversos, caracterizado cada uno de ellos por una función de abarque de las partes; y son funciones diversas: poca diferencia hay entre los grados en que diversas partes del mismo tamaño pertenecen al cadáver, mientras que es muy grande la diferencia entre sendos grados de pertenencia a un vertebrado, a un cuerpo viviente, de su cerebro y de sus pies, de su corazón y de su apéndice.

Gracias al reconocimiento de aspectos y grados de realidad, el presente sistema puede proporcionar análisis reductivos (verdaderas reducciones ontológicas, aunque no eliminativas) de muchos tipos de entidades [a sobrehaz] problemáticas, como los estilos, las costumbres, las instituciones, las normas, los gustos, las tendencias, las modas, los géneros literarios; los idiomas, dialectos, bables, las maneras de hablar, los contextos, etc.; las acciones, los estadios mentales, los motivos, y demás entidades problemáticas de la filosofía de la mente; las organizaciones, los Estados, las sociedades, las guerras y demás entoides de las ciencias histórico-sociales. (Vendrán esbozados en sucesivos capítulos del presente libro algunas de esas reducciones ontológicas, como la de lo psíquico a lo somático, y otras que son pertinentes para la ética, la antropología filosófica y la filosofía de la historia).

Mas hay otro procedimiento que deseo mencionar [ya para finalizar este capítulo] como parte de la panoplia de instrumentos que tiene a su disposición el presente sistema para sus labores de reducción ontológica. Trátase de la noción de superveniencia.

Esta noción fue acuñada para facilitar una cuasirreducción ontológica consistente en, sin negar la diferencia entre un cierto género de entidades y otro, ver al primero como “radican- do” en el segundo, o “estribando” en él, en el sentido de que a determinadas variaciones en el segundo género de entidades forzosamente corresponderán sendas variaciones en el primero. El origen y la primera aplicación de ese género de cuasirreducciones fue el tratamiento de cualidades éticas, como la bondad. Moore había combatido la [por él] llamada falacia natura-

lista, a saber la reducción “por definición” de la bondad a cualidades no explícitamente

morales (p.ej., según un punto de vista utilitarista, a la cualidad de ser máximamente ventajoso para el mayor número de gente), alegando que, ante cualquier reducción así, cabe siempre preguntar en qué se basa, y que, para ser convincente, una respuesta a esa pregunta ha de presuponer que la bondad no sea idéntica a eso otro a que quería reducírsela. Pues bien, aun aceptando esa supuesta irreducibilidad de cualidades morales como la bondad, lo que luego adujeron varios filósofos es que no podrían dos conductas diferir sólo en que la una fuera buena y la otra mala, siendo por lo demás iguales [iguales en “lo fáctico”]. De ahí resulta que las diferencias en cualidades morales sobrevienen en diferencias de otras cualidades, sin que eso quiera decir que la cualidad moral se reduzca a otro género de cualidad.

Esa noción de superveniencia permite, así, hacer estribar las diferencias entre cualidades de un género en diferencias entre las de otro género. Se ha revelado fructífera y útil en filosofía de la mente. La articulación más fecunda de esa noción, con diversas variantes, explota la noción de mundo posible. La idea general es que sobreviene una diferencia entre cualidades de género A sobre [o en] una entre cualidades de género B si no hay mundo posible en el cual se dé una diferencia entre las primeras sin que se dé en él una diferencia entre las segundas.

Sin entrar a discutir las diversas propuestas al respecto, algunas muy interesantes (y limitándome a señalar lo que seguramente es una convergencia entre mis ideas al respecto y recientes atinadas sugerencias de Jaegwon Kim, profesor de la Universidad Brown), he aquí, esbozado concisamente, mi planteamiento: sean A, B dos cúmulos de relaciones; y sea f una función que envía a un cúmulo de entidades sobre otro. Diremos que A sobreviene en [o

sobre] B con respecto a la función f si, y sólo si, para cualesquiera mundos posibles (aspectos de lo real —incluidos lapsos temporales), m, m’, para cualesquiera cúmulos de entes, c1, c2, si c1en m es, en lo tocante a B, igual que c2en m’ (o sea: si hay isomorfismo entre ellos con respecto a las relaciones pertenecientes a B), entonces los cúmulos f(c1) en m y f(c2) en m’ son iguales en lo tocante a las relaciones pertenecientes a A. En algunos casos, f puede ser la función de identidad (la existencia). [La función de identidad no es la relación de identidad sino la determinación que hace corresponder a cada argumento, como valor funcional, ese mismo argumento.]

Así las diferencias psíquicas entre dos hombres pueden sobrevenir en diferencias fisiológicas entre sus respectivas neuronas; las diferencias entre los modos de pensar de los grupos intelectuales respectivos de dos sociedades pueden sobrevenir en diferencias entre las relaciones de producción que prevalecen en la una y en la otra. (Las hipótesis del materialismo histórico podrían verse articuladas con esta noción de superveniencia, lo cual quizá permitiría por primera vez a esa concepción escapar a las dificultades seguramente redhibitorias a que está sujeta en formulaciones más usuales. Y sin duda sería el resultado más persuasivo o vero- símil.) Igualmente cualesquiera diferencias biológicas entre dos organismos (un organismo, un cuerpo viviente, es el cúmulo de sus partes) sobrevendrán en diferencias de relaciones físico-químicas entre las moléculas que formen respectivamente los dos cuerpos.

Lo que precede es un simple bosquejo, un apunte para la discusión. Espero que ayude algo a hacer avanzar este tipo de análisis ontológicos. En todo caso, me parece claro que, de no ser por el reconocimiento de grados de existencia o verdad y de que los mundos-posibles no son enigmáticos algos flotantes fuera de la Realidad, sino aspectos o perspectivas de la misma, sería difícil o imposible articular esta noción de superveniencia de manera verosímil y adecuada a una solución no quimérica de los problemas que parecen requerir algún género de reducción ontológica atenuada, cual es el hacer estribar ciertas diferencias en otras.

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In document Hallazgos Filosóficos (L. Peña) (página 72-75)

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