De que haya grados de verdad o de existencia no se sigue que haya diversos grados de creencia —salvo si aceptamos el principio de identidad existencial, en virtud del cual no hay dos hechos que sean diversos y, sin embargo, posean en todos los aspectos los mismos grados de existencia (principio que defendí en el cap. 1º); y, aun así, cabría conjeturar que sólo hubiera, p.ej., un único grado de creencia, g, de suerte que un estado de cosas consistente en que alguien crea algo vendría correlacionado con una serie de grados veritativos —o tensor alético— que fuera una peculiar alternancia de g y de 0 —que es ausencia total de verdad o existencia; con lo cual, en cada aspecto último de lo real, r, tendríase que, para el estado de cosas doxástico en cuestión, p, el valor que r asignaría al argumento p sería o bien g o bien 0. En ese caso no podría un estado de cosas doxásticos ser más real o verdadero que otro, si éste fuera [poco o mucho] verdadero.
He aquí mis argumentos en contra de que las cosas sucedan así (o sea: a favor de la existencia de diversos grados de creencia).
Primer argumento. Suelen hacerse afirmaciones comparativas que, a sobrehaz por lo
menos, conllevan la existencia de grados diversos de creencia. Ahora bien, hay motivos para pensar que una parte de tales asertos son verdaderos; y, aunque la apariencia de entrañamiento de grados de creencia podría venir desvirtuada o neutralizada con ciertas maniobras de relectura de tales asertos, dichas maniobras no son fácilmente justificables, ni parecen extraer
la escasa verosimilitud que tienen más que del prejuicio [no demostrado] de que no hay en absoluto grados de creencia. Luego es más plausible aceptar la existencia de grados de creen- cia.
Voy a argumentar ahora a favor de varias de las premisas de ese argumento.
En primer lugar, la premisa de que se hacen asertos que conllevan existencia de grados de creencia. En efecto, ¿no oímos cosas como las siguientes? ‘Sí, lo creo, pero menos que lo que tú lo crees’. Lo cual significa que el locutor tiene menos convicción en eso que su interlocutor. O bien ‘Sí, hasta cierto punto estoy convencido de eso, pero mayor es mi convicción de que es verdadera tal otra cosa’. Tenemos, pues: (1º) asertos que comparan el grado de creencia de alguien en [la verdad o existencia de] un hecho con el grado de creencia del mismo alguien en otro hecho; (2º) asertos que comparan el grado de creencia de alguien en un hecho con el grado de creencia de otro alguien en ese mismo hecho. También puede haber —pero son menos frecuentes— asertos que comparen el grado de creencia de alguien en un hecho con el de creencia de otro alguien en otro hecho; p.ej.: ‘La creencia de Mario en el triunfo de la revolución es menor que la de Adolfo en el de la reacción’. También se compara el grado de creencia de alguien en algo en dos momentos diversos: ‘Sí yo ya lo creía antes de ver esas pruebas, pero ahora estoy más convencido todavía’; o bien: ‘Estaba Antonio convencidísimo de ello antes, pero ahora lo está mucho menos, después de ver todas esas cosas’. No creo que sea fácil negar que todos esos asertos parecen referirse a grados de creencia.
En segundo lugar, la tesis de que son verdaderos algunos de tales asertos es difícilmente rebatible, y resulta en verdad muy verosímil. En efecto: si son [totalmente] falsos todos esos asertos, entonces pocas cosas de las que se dicen usualmente merecerán ser juzgadas verdaderas, ya que asertos como ésos están difundidos por todo el cañamazo de la conversación corriente, salpicándola de tal modo que, si todos ellos son una gangrena de absoluta falsedad, no se ve bien qué puede salvarse, cuando tantos otros asertos se hallan ligados a ésos por vínculos estrechos de inferencia en uno u otro sentido; y aunque, cuando esos otros asertos sean consecuencias, la falsedad de la premisa no entraña la de la consecuencia o conclusión, es evidente que quita la base que se tenía para aseverarla. Sea como fuere, es siempre preferible, cæteris paribus, dar cuenta de las cosas de tal modo que lo más posible de nuestra habla cotidiana resulte, con ello, ser verdadera.
En tercer lugar, las maniobras para deshacer la apariencia de entrañamiento de grados suelen ser tortuosas y enredarse en laberintos, aparte de que tan sólo resultarían atractivas si es que no fuera razonable tomar los asertos en cuestión al pie de la letra. Mas sí es razonable. Ergo.
Segundo argumento. Una misma persona tiene a menudo creencias mutuamente
contradictorias. Ahora bien, ello sucede más que nada en procesos de alteración del cuerpo de creencias de la persona en cuestión, de tal modo que en uno de tales procesos una de las creencias pasa de no existir a existir, y la otra viceversa. Resulta inverosímil que ese tránsito sea una serie de dos saltos bruscos, a saber: 1º) el saltar la creencia c de no existir a existir, con lo cual pasaría a coexistir con su contradictoria, c’, que por hipótesis ya existía; 2º) el dejar de existir c’. Muchísimo más verosímil es que el proceso sea el de un gradual incremento en la existencia de c acompañado por una gradual disminución en la existencia de c’.
Pongamos un ejemplo. Paulina ha echado vainilla al yogur, o eso cree ella; al ir a tomarlo, no sabe a vainilla, sino a canela; luego se ha equivocado; pero no, no es posible —se dice—: la canela se le había acabado hace una semana, y además el movimiento que hay que
hacer para echar canela es muy diverso, y…; mas el gusto no engaña. Durante un lapso, Paulina tiene ambas opiniones, la de que echó vainilla y la de que echó canela. Al final, o bien se persuade de que su memoria la engañó, o bien conjetura que lo que le habían vendido como vainilla es un zumo con sabor a canela, o lo que sea. Lo que nos interesa es que, en este proceso de alteración de sus creencias, unas creencias van, primero naciendo, luego viendo aumentar su grado de realidad, otras van decreciendo, y alguna acaba extinguiéndose. Son transiciones [más o menos] paulatinas y no saltos abruptos.
Otras veces, uno alberga opiniones contrarias sin percatarse de que lo son y sin que, en esa medida, el profesar la una lleve a poner la otra en tela de juicio. Sin embargo, también en tales casos suele suceder que uno no se adhiere a ambas opiniones con la misma fuerza. No me refiero con esto tan sólo a la mayor o menor probabilidad de revisión de la creencia en cuestión, pues, si bien, cæteris paribus, cuanto mayor sea el grado de creencia de uno en algo menos probable es que esa creencia venga ulteriormente abandonada por él, esa correla- ción dejaría de ser cierta si se cercenara la cláusula de salvaguardia ‘cæteris paribus’. Ahora bien, como hay casos en los que, efectivamente, cætera sunt paria, en tales casos, al ser menor una creencia que otra y verse uno llevado a la conciencia de que ha de abandonar una de ellas, se abandona aquella de la que se tenía menos convicción. Nótese que a veces las dos creencias no son contrarias, pero el surgimiento de una tercera hace que en el trío resultante cada dos de ellas sean, juntas, incompatibles con la otra. (Que también puede uno optar por la paraconsistencia y conservar las tres —o las dos— creencias en cuestión dependerá de muchos factores, entre otros que la contrariedad o incompatibilidad sea sólo parcial y no total, e.d. que no se genere así una supercontradicción.)
Tercer argumento. Para cada creencia contingentemente verdadera que tenga alguien,
hay otra de la que cabe estar más seguro —porque hay motivos, o avales, de mayor poder persuasivo a favor de esa otra. (Mi utilización de ‘contingentemente’ la hago a sabiendas de lo que sostuve en el cap. 1º: que ningún hecho verdadero es absolutamente contingente, en el sentido de que sea posible que hubiera sido absolutamente inexistente, sino que de cada hecho es una verdad necesaria que ese hecho sea al menos relativamente real; o sea: un necesitarismo mitigado.) En efecto: sea h un hecho [relativamente] contingente cualquiera. Cualquiera que sea la evidencia a favor de h, esa evidencia será menos fuerte que otra a favor de otro hecho contingente, p.ej. uno disyuntivo que sea la disyunción entre h y otro hecho también contingente; porque a favor del hecho disyuntivo, h o h’, bastará cuanta evidencia avale h y también cuanta avale h’; conque (para una amplia gama de tales h, h’) más fácil será de avalar esa disyunción entre h y h’ que cualquiera de los dos disyuntos solo.
No se salvan de eso ni las llamadas observaciones infalibles. Como lo veremos más abajo, todas son revisables, en mayor o menor grado. Ninguna de ellas es absolutamente indesechable, absolutamente segura. Ni siquiera hechos como el expresable por un «Yo pienso» cartesiano. En verdad hay motivos serios para poner en duda esa verdad. Cabe conjeturar que no hay nada que sea un “yo”, o que no hay pensar (los eliminativistas, p.ej., consideran que la noción de pensar ha de venir abandonada, por confusa o vacía, y por ende «x piensa» tendría tanta significatividad como «x blatgarrea», o sea: ninguna). El que haya motivos para conjeturarlo no excluye que haya —como de hecho hay— otros, más fuertes, para conjeturar lo contrario. Pero sí le quita a esto último su presunta condición de incontrovertible, inquebrantable, indubitable verdad absolutamente evidente. No hay evidencia absoluta.
Ahora bien, este último argumento puede venir cuestionado alegándose que, en él, ‘seguro’ está usado equívocamente, puesto que hay dos acepciones diferentes de tal adjetivo: una, la psicológica; otra, la epistemológica. Aun suponiendo —se alegaría— que cada creencia contingente de alguien sea tal que ese alguien podría estar [en el sentido psicológico] más
seguro de esa o de otra, ello no acarrearía que las bases o los avales de esa creencia sean menos fuertes que los de otra; ni, a la inversa, de esto último se tiene que seguir lo primero. Respondo que, en efecto, son dos cosas diversas cuánta sea la fuerza avaladora o confirmadora de una evidencia dada y cuán grande sea el grado de convicción de alguien en la verdad de algo, aun cuando esté al tanto de esa evidencia y de su fuerza avaladora (y es que, entre otras cosas, hay grados diferentes de estar al tanto). Mas no parece verosímil que no exista, cæteris paribus, una proporción o al menos correlación funcional monotónica entre ambas, al menos cuando se trata de creyentes con un grado elevado de racionalidad. Sea como fuere, el argumento valdría por lo menos con una cláusula de salvaguardia, a saber: la de que eso es así para cualquier persona [suficientemente] razonable; porque cualquier persona así tiene motivos para someter a crítica cada una de sus creencias, y de tal modo que, para cada una de ellas, hay otra que tiene menos motivos para someter a crítica; en la medida en que sea razonable, tenderá a tener una convicción en la verdad de algo tanto menor cuanto mayores sean los motivos para someterla a crítica. Aunque nadie es perfectamente racional (ningún ser humano, quiero decir), sí es cierto que de cada uno de nosotros, en la medida en
que es racional, cabe afirmar que piensa y cree con arreglo a esas pautas.
Concluyo, pues, que hay grados de creencia o convencimiento. Siendo el conocimiento lo mismo que creencia verdadera, resulta palmario que cuánto sepa uno algo depende de cuánto lo crea y en qué medida sea verdad. Como «x sabe que p» equivale a «p y x cree que p», y como una conyunción es, en cada aspecto, tan poco verdadera como lo sea el menos verdadero de sus dos conyuntos, resulta que «x sabe que p» será igual de verdadero que lo sea el más falso de entre estos dos enunciados: «p», «x cree que p». Quizá sería ideal el creer en la verdad de algo en la misma medida en que se dé tal verdad; pero desde luego generalmente está alejadísimo uno de tal ideal. Y hasta a lo mejor hay motivos para ni siquiera aspirar a eso.
Pondré punto final a este acápite con unas sumarias advertencias. No hay que confundir grados de [in]creencia con grados de duda. Dudar es preguntarse si es verdad algo o no. Sí, en muchos casos puede que corran parejos, pero no siempre. Se puede dudar sin tener ninguna, o muy poca, convicción en ninguna de las dos alternativas entre las que se dude; y a la inversa, puede uno tener una elevada convicción de que p, y otra, también elevada, de que no-p, y no estar, sin embargo, en estado de duda, sino en estado de equilibrio —acaso inestable. Y es posible no tener opinión ni dudas, p.ej. acerca de un asunto que ni nos va ni nos viene, y sobre el cual carecemos hasta de indicios para emitir conjeturas.
Tampoco es lo mismo tener un grado de creencia en algo que tener ese grado pero de mera inclinación a creerlo. P.ej., aunque en una lotería en la que son próximas al 100% las probabilidades de que no salga ganadora una papeleta [en absoluto], sea próxima al 100% nuestra inclinación a creer que no saldrá, eso no significa que sea próxima al 100% nuestra creencia de que no saldrá; verosímilmente, ésta es infinitamente menor —existente sólo infi- nitesimalmente, o sea: en grado ínfimo—, pues, si no, el cúmulo de un número finito de tales creencias nuestras sería obviamente superinconsistente. Dicho eso, queda en pie la hipótesis, verosímil, de que cæteris paribus sean correlativos los grados de creencia y de inclinación a creencias.