¿Es el mal mera ausencia de bien? Tenemos normalmente dos convicciones al respecto, que parecen entrar en conflicto. La primera es que, si una acción es un bien, abstenerse de hacerla es [hacer] un mal. La otra es que quien meramente deja de hacer algo bueno no forzosamente por ello hace algo malo.
Cabe argüir como sigue a favor de la primera convicción. Supongamos que hacerle cierta acción, A, a alguien es hacerle un bien, es bueno para con él. Entonces esa acción, A, si se le hiciera, causaría que ese alguien adquiriera con ello un grado más elevado de ser —más elevado que el que tiene o tendría sin recibir esa acción. Por ende, dejar de hacer la acción A es privarlo de ese mayor grado de ser que tendría con la acción; es privarlo de ese grado porque, al hacerle la acción de no hacerle A, se causa que tenga un grado de ser menor que el que tendría sin esa acción —a saber: sin la acción de que no se haga A.
En contra del argumento precedente y a favor de la segunda convicción cabe alegar que dejar de causar algo no es causar la ausencia de ese algo. Si uno no regala cien millones a Cáritas para aliviar el hambre en Etiopía —porque carece de tal suma—, no por ello puede decirse que causa el que Cáritas no tenga esos cien millones.
Pero a tal contraargumento cabría replicar con un distingo. Una cosa es dejar de hacer una acción porque no se puede hacer, otra no hacerla pudiendo hacerla. Entonces —cabe argüir—, cuando alguien se abstiene de hacer un bien a alguien pudiendo hacérselo, entonces sí está haciéndole un mal.
Esta respuesta es verosímil, mas podría uno sospechar que sea un defecto suyo el poner demasiado énfasis en la posibilidad. Más tarde veremos que surge aquí un problema. Si es bueno hacer A y es bueno hacer B, ¿no será bueno hacer A-y-B? Sin embargo, es posible que alguien pueda hacer A, pueda hacer B, pero no pueda hacer A-y-B. Casos así hay millones todos los días en la vida de cada uno, ¿no? Puede uno dar 20.000 duros para aliviar el hambre en Etiopía, o para aliviar el hambre en Sudán, pero no hacer ambas cosas (porque no tiene 40.000 duros). Mas ¿es seguro que el no poder hacer algo baste para que no sea un mal el dejar de hacerlo? ¿Es seguro que hacer lo mejor que uno puede hacer baste para que no haya hecho ningún mal? Si dejo de dar los 20.000 duros a los hambrientos del Sudán, les hago un mal; pero, si doy esa suma a los de Etiopía y no a los del Sudán, puedo decir que lo que he dejado de hacer es A-y-B, que era imposible para mí; luego ningún mal he hecho. A lo cual cabe objetar que no sólo he dejado de hacer A-y-B, sino también B. Y eso es lo malo. No el no hacer A-y-B, cosa imposible para mí, sino el no hacer B. Cierto que yo no podía hacer B haciendo también A. Pero podía hacer B. Optando por hacer A, no hago B, o sea: no hago algo que puedo hacer; no algo que pueda hacer haciendo también otras cosas, pero sí algo que puedo hacer a secas.
Si aceptamos esta última contestación, entonces cabría conciliar las dos convicciones aludidas al comienzo del acápite, o buscar un entendimiento, como sigue: es hacer un mal a algún ente el dejar de hacerle un bien pudiéndoselo hacer. Porque, si alguien puede hacer una acción y se abstiene de hacerla, sí está causando en el destinatario o recipiendario de la acción la ausencia del efecto de la misma. No vale decir que no soy yo quien causa el hambre en el Sudán, sino la política del gobierno reaccionario de Jartún, o lo que sea. La verdad es que yo, absteniéndome de contribuir a que lleguen panes a estos o aquellos sudaneses, estoy causando, o co-causando, el que no los tengan, el que mueran de hambre. Prueba de ello es que parte de la explicación de por qué no hay alimentos disponibles allí es ésta: que yo no he contribuido a que los haya. No vale replicar que no es así sino que las causas son aquellas que han causado destrucción de cosechas, o cosas así, mas no las que han causado un no aflujo
desde fuera. Eso es una sofística triquiñuela, porque, si no hay alimentos suficientes allá, es
porque ni se han producido en el lugar ni han sido aportados de fuera.
Mas, se dirá, si eso es así se siguen muchos absurdos. El ser humano tiene hoy posibilidad de plantar en la Luna estatuas que imiten a sendas esculturas griegas; no sirve para nada hacerlo, pero se podría, con una inversión grande. ¿Estamos causando el que no haya en la Luna estatuas así? ¿Y también el que no haya allí estatuas asirias, el que no haya allí maquetas que imiten al Escorial y al Taj Mahal, el que no haya allí una reproducción (en pequeño) de la Torre Eiffel,… ? Pues sí, la verdad es que sí estamos causando eso. Prueba es que, si no hiciéramos lo que hacemos (a saber: abstenernos de dedicar esfuerzos a tales tareas), habría allí cosas de ésas. Pero ¿también entonces causamos el que no haya allí todo eso a la vez? No, porque eso no podríamos, sin duda, hacerlo, por más esfuerzos que a ello consagráramos.
Así pues, parece acreditada la tesis —aunque no exenta de toda dificultad— de que es hacer un mal el, pudiendo hacer un bien, abstenerse de hacerlo. Aunque no es del todo seguro —según lo vamos a ver en seguida— que no sea hacer un mal el dejar de hacer un bien que no se pueda hacer.
Pero, más en general, ¿qué es entonces hacer un mal? Si hacer un bien a alguien es hacerle algo tal que así ese alguien posee un grado de realidad más elevado del que poseería si no, parece que, por paralelismo inverso, hacerle un mal es hacerle algo tal que, si no, poseería más elevado grado de realidad. O, dicho con mayor exactitud: existirá un vínculo entre acciones y sendos receptores de las mismas cuyo grado de realidad sea una conjugación —que no sabemos bien cómo sea— entre (1) el grado en que la acción cause en el receptor un estar por debajo del grado de ser que, sin la acción en cuestión, tendría; y (2) cuán menor sea el grado de ser resultante de la acción del que, si no, tendría ese receptor; pues bien: tanto más ligada estaría una acción a un receptor por ese vínculo cuanto peor fuera la acción para con el receptor. ¿Cabe entonces identificar el hacer un mal con el no hacer un bien?
Por de pronto, es cierto —según se dijo más arriba— que, si el hacerle algo a alguien es bueno para él, el no hacérselo es malo para él. El problema es si todo mal estriba meramente en dejar de hacer un bien. Aparte de que queda aún en pie una parte del problema anterior, a saber: si una acción sería buena para alguien, el que no se haga —sea por lo que fuere, incluso porque no se pueda— es malo para ese alguien; luego no se ve cómo entonces no es malo el hacerla, siendo, como es, malo el padecerla.
A la última consideración cabría empero responder que cuando hablamos de acciones pensamos únicamente en acciones posibles. Una acción imposible no es ni sería buena. Claro que hay varios géneros de imposibilidad: física —o sea: el no suceder algo en ningún mundo que sea nómicamente [e.d. en lo tocante a las leyes naturales vigentes]— como el de la experiencia cotidiana—, metafísica —el no suceder en ningún mundo o aspecto de lo real en general—, y, sin duda alguna, muchas otras, intermedias o no. (P.ej. hay una “imposibilidad práctica” que no es ni siquiera nómica, pero que es un no suceder eso que sea, en tal acepción, imposible en ningún mundo que sea como el de la experiencia cotidiana no ya por sus “leyes” generales sino también por otros rasgos que no calificaríamos de leyes, p.ej. ciertas disposiciones, ciertos hábitos, etc.) Pero en cualquier caso, para hablar de la bondad de una acción hay que tomarla como posible, con el género de posibilidad que sea. Si es mera posibilidad metafísica, entonces su bondad —para con alguien— es una relación que se da efectivamente pero que sólo afectaría al destinatario o receptor si se cumpliera esa posibilidad, que, siendo meramente metafísica, no se cumple a lo mejor en el mundo de la experiencia cotidiana ni en ninguno como él; o sea: trátase de una acción que es buena para con el
receptor pero tal, no obstante, que éste sólo tiene una posibilidad metafísica de beneficiarse de tal bondad —no por ausencia de la relación, sino por ausencia, en este mundo, del primer extremo de la relación, el referente: la acción en cuestión.
Despachada, pues, esa dificultad, pasamos a lo más espinoso: averiguar si hay mal que no consista en abstenerse de hacer un bien. Supongamos que lo hay. Entonces hay una acción tal que, haciéndosela al receptor o paciente de la misma, se le causa un tener menos ser del que tendría si no se le hiciera eso, sin que, no obstante, el abstenerse de hacerlo le causara un ser mayor del que tendría dicho receptor no absteniéndose el agente de efectuar la acción. O, dicho sea con mayor rigor: por la definición de mal, tenemos que en un mundo, m, esa acción, A, guardaría con su receptor, r, la relación de causar en él un ser-menos (de lo que sería sin suceder A) en medida mayor que aquella en que en otro mundo, m’, una acción A’ esté ligada por esa relación con su respectivo receptor, r’, sólo si en m A es peor para con r que en m’ A’ para con r’; y, sin embargo, no sería verdad [en absoluto] que tanto más vinculada estaría la ausencia de A a su receptor por el vínculo de causar en él más ser (del que tendría sin la ausencia de A) cuanto mejor fuera la ausencia de A para dicho receptor; más explícitamente: habría otros mundos, m1, m2, tales que el no suceder A’ sería en m2 igual de bueno o mejor para r’ que en m1 el no suceder A para r, aunque, no obstante, en m2 r’ está menos afectado por no-A’ de lo que lo está en m1 r por no-A. Pero esto significa que más ventaja saca r (en m1) de la ausencia de A que r’ (en m2) de la ausencia de A’, pese a lo cual esta última ausencia sería igual de buena —si no mejor— para su receptor que la de A para el suyo. Pero eso va en contra de que el nexo de “afectación” (o “afección”) sea aquel sobre el cual es superveniente la relación de bondad. Sin embargo, si A afecta a r por el nexo de causar en él menos ser, no-A afectará a r por el de causar en él más ser (a menos que se articulen sendos vínculos de alguna manera rara que no asegure esa contraposición; pero parece bastante inverosímil la hipótesis de una articulación tal).
Por lo tanto, parece probado que —al menos tratándose de acciones posibles cuyas respectivas ausencias sean también posibles—, el no hacer un mal es hacer un bien, lo mismo que el no hacer un bien es hacer un mal. Si una acción es mejor que otra, para con alguien, entonces es peor, para con ese alguien, no hacerle la primera acción que no hacerle la segunda. Y, si es peor una acción que otra para con alguien, el que no le hagan la primera le es mejor que el que no le hagan la segunda. Mejor le es a alguien el que no lo maten que el que no le roben. Peor le es el que no le den de comer estando él hambriento que el que no le den cobijo estando él al aire libre; porque es mejor para uno el que, estando él hambriento, le den de comer que el que, estando él al aire libre, le den cobijo.
Cabe, pues, concluir que el mal es la ausencia del bien, lo mismo que el bien es la ausencia del mal. Y es que algunas omisiones tienen tanta realidad como ciertas comisiones. Es un gravísimo y funesto error metafísico —contrario a las tesis ontológicas que hemos defendido en el cap. 1º de esta obra— el de creer, como Aristóteles y los aristotélicos en general, que las omisiones —carencias, privaciones, ausencias— no son en realidad nada de nada; que no hay ceguera, sino que sencillamente en el —llamado— ciego no hay visión; ni hay pobreza, ni hay insolidaridad, ni hay nunca falta de nada. Semejantes prejuicios, ligados a los prejuicios categorialistas y antigradualistas del aristotelismo, acarrean gravísimas consecuencias en estos terrenos de la ética o la agatología, pues no permiten entender qué sea el mal y cómo, siendo carencia de bien, tenga realidad; ni permiten entender cómo el bien, siendo —como lo es— positivo, sea, no obstante, carencia o ausencia de mal.
Aunque en este acápite he tratado explícitamente sólo de la relación de mal o maldad (ser malo para con), es obvio —y no me detendré en ello— cómo se puede, por paralelismo, dar pasos similares a los del acápite 5º para definir la cualidad de mal o maldad; y cómo,
haciéndolo así, se mantendría en pie la misma tesis aquí sentada de que el mal es ausencia de bien lo mismo que el bien es ausencia de mal. Por ende, la ausencia de algo es indiferente sólo en tanto en cuanto ese algo sea, también él, indiferente.