¿Cuál es la relación conversa respecto de la de existir? Como ésta última es la de ser-
una-determinación-de, o ser-tenido-por, su conversa es la de tener-como-determinación- propia-a, o, simplemente, tener (en el sentido traslaticio aquí pertinente). Lo curioso es que
a esta relación cabe denominarla como la de ser existido por.
En efecto, según vimos en el acápite precedente el existir la perseverancia es lo mismo que la perseverancia. La perseverancia de Catón es el que Catón tenga perseverancia, o sea tenga tener perseverancia, o sea tenga el que la perseverancia sea tenida, o sea tenga [al] existir [de la] perseverancia; y así para cualesquiera sujetos, en vez de Catón, y cualesquiera determinaciones, en vez de perseverancia. Luego existir es ser-tenido. Entonces, tener es ser existido; ser sido.
De conformidad con esta propuesta, el análisis mejor de ‘Pedro es tenaz’ es que la tenacidad existe a Pedro. O, lo que es lo mismo, que Pedro es existido por la tenacidad. El ser inteligente es ser-sido por la inteligencia. El ser ambicioso es ser sido por la ambición. Un ente es sido por las determinaciones que tiene.
Como ser amado por alguien es tener como determinación propia al amor de ese alguien, será ser sido (existido) por ese amor. Y así para cualquier relación. Guardar una relación r con un ente z es ser existido por el hecho de que z tenga lo converso de r.
Por otra parte, existir es ser existido por la existencia. En efecto: al igual que nacer es tener como determinación propia la del nacer, y estudiar la de estudiar, ser o existir es tener
[como determinación propia la del] existir, o sea: tener existencia. Pero esto es ser abarcado por la existencia, ser existido por la existencia. Cada ente es su ser existido por la existencia (pues cada ente es su existir, su ser).
Ahora bien, ¿cabe decir también que cada determinación aparentemente no relacional juega, en ciertos hechos, el papel de determinación relacional? Sí. Porque cualquier determina- ción es susceptible de ser vista, con ventaja, como relacional, actuando a fuer de tal en ciertos hechos. En efecto: tomemos una determinación de las reputadas no relacionales, sino “absolu- tas”, significada por un verbo de los llamados intransitivos (aunque también ‘existir’ suele ser llamado intransitivo, mientras que nuestro análisis ha revelado que, en el fondo, es transitivo). P.ej. el caminar. Arturo camina. ¿Hay ahí alguna relación? No [se alegará], porque nada es caminado por Arturo. Ni siquiera él mismo, pues no es caminarse, sino caminar.
Sin embargo, en muchos idiomas, incluido el español, existe la construcción de acusativo interno. No, Arturo no se camina, pero sí camina su propio caminar, vive su vivir, nace su nacer, suspira su suspirar, crece su crecer, envejece su envejecer. Si eso es verdad, entonces esos verbos significan determinaciones relacionales de una índole particular, a saber: determinaciones d tales que, si x tiene d, x tiene d para con su propio tener d [y nada más]. Cuando sea eso verdad, cuando ningún entoide x pueda tener una determinación dada más que con respecto a su propio tener esa determinación, entonces esta determinación será llamada
intranseúnte, y un hecho cualquiera consistente en que algo tenga esa determinación será
también un hecho intranseúnte. (Cada hecho intranseúnte se tiene a sí mismo como determina- ción, es para consigo mismo y nada más.) Las determinaciones vulgarmente consideradas no relacionales son, simplemente, relaciones intranseúntes, relaciones que un ente tiene sólo con su propio tenerlas.
Haré ahora un somero examen del ya anunciado principio de extensionalidad. El problema que se nos plantea es el de si la identidad o diferencia entre determinaciones tiene algo que ver con qué entes las tengan y cuánto y en qué aspectos las tengan. Hay varias posturas al respecto. Una es el extensionalismo clásico: sólo son diversas dos determinaciones si algo tiene la una pero no la otra; como en la ontología clásica el ‘no’ se suele entender como ‘no… en absoluto’ (negación fuerte o supernegación), ese extensionalismo clásico exige, para que se dé diferencia de determinaciones, que sean separables. Algo parecido al principio de Descartes.
El antiextensionalismo, o intensionalismo, clásico rechaza el principio de extensionalidad y no propone reemplazarlo más que, si acaso, por el principio de intensionalidad o de necesaria coextensionalidad, a saber la tesis de que son idénticas dos determinaciones si
necesariamente cuanto tenga la una tendrá la otra y viceversa. Pero esa postura intensionalista,
al adoptar ese principio, desconoce que es necesariamente verdadero todo lo afirmable con verdad, y, por ende, no tiene en cuenta que, de ser verdad lo que dice, entonces si es afirmable con verdad que cuanto tenga la determinación d tendrá la d’ y viceversa, se tendrá necesariamente que d=d’. Sólo evita caer en eso, que es un principio de extensionalidad fuerte, aunque menos que el clásico, porque no acepta la regla de inferencia que permite concluir «Necesariamente p» de la premisa «p»; pero esta regla está justificada por lo ya más arriba dicho acerca de lo necesario y lo posible. (Sólo que [¡recuérdese!] a menudo «p» se asevera sólo como elipsis de «En este mundo, p».)
Algunos intensionalistas, o ultraintensionalistas, ni siquiera aceptan el principio de intensionalidad, con lo cual resulta enigmático en qué pueda estribar la diferencia entre varias determinaciones. No se ve cómo cosas cuya entidad estriba en ser-tenidas pueden ser diversas entre sí sin diferir en su ser tenidas. La entidad de tales cosas aparece un tanto problemática, pues sólo hay entidad clara donde hay identidad clara.
La postura que yo voy a proponer es la de un neoextensionalismo moderado: con una salvedad que al punto expondré, son idénticas “dos” determinaciones si, y sólo si, es afirma- ble con verdad que cuanto tenga una de ellas tendrá, en la misma medida, la otra. Con ello se reconcilia lo atinado del principio de extensionalidad con la aceptación de los grados: pueden diferir dos determinaciones no en qué entes las tengan sino en cuánto las tengan. Reconcíliase también el escrúpulo del intensionalismo moderado (salvar diferencias entre determinaciones que radiquen, no en qué abarquen de hecho, sino en qué abarcarían en tales o cuales circunstancias) con la admisión —más proclive en esto al extensionalismo clásico— de que nada existe fuera de la realidad y, por ende, nada puede contribuir a determinar el tenor, o la naturaleza, o la identidad o diversidad de algo, más que si está en la Realidad. La reconciliación se opera al entender la Realidad como englobando o subsumiendo en sí a todos los aspectos, a todos los “mundos posibles”, diferenciando el omnicomprensivo mundo real del muchísimo más limitado mundo “actual” de la experiencia cotidiana. (Y, eso sí, lo que mi postura no contempla, [ni, menos, entroniza] es una tesis según la cual sean idénticas cualesquiera determinaciones tales que, en el mundo de la experiencia cotidiana, todo lo que tenga una de ellas tenga, en esa misma medida, a las otras.)
Una única restricción o reserva, ya anunciada poco ha, que voy a permitirme proponer a ese principio mitigado o moderado de extensionalidad que he ofrecido es ésta: que, como las determinaciones son, no funciones, sino funcionoides, como, en ausencia de un argumento que se les dé, pero yendo a tomar argumento, pueden hacer espontáneamente corresponder (no al argumento, sino ante la falta de argumento) cierto valor, resultará que dos determinaciones que sean, por lo demás, iguales [en el sentido de que, necesariamente, cada entoide con la una haya de tener, en la misma medida, la otra, y viceversa] podrán diferir en esto: en qué valor asignen ante la falta de argumento dado, o sea qué valor funcional “pongan” cuando, yendo a tomar argumento, no lo encuentren (en absoluto).
Cerraré este acápite con cuatro puntualizaciones. La primera es terminológica. Lo que he llamado aquí [con una expresión que me parece más neutra] ‘determinaciones’ puede llamarse también cúmulos, siendo su abarcar un agregar, un poner juntas a las cosas con tal determinación (los miembros del cúmulo): ponerlas juntas, conjuntarlas, de cierta manera y en ciertos grados. Toda determinación es un cúmulo, un agregado de cosas (en un sentido lato). También podríamos llamar a las determinaciones conjuntos. Sin embargo, por razones que sería largo explicar prefiero reservar el término de ‘conjunto’ para cúmulos que tengan existencia en todos los aspectos, o sea aquellos cuya existencia sea necesaria, afirmable con verdad. Pero así entendida, la diferencia entre cúmulos en general y conjuntos en particular es técnica, e inventada para ciertos propósitos. En todo caso, no es filosóficamente muy importante, salvo en que explotándola, pueden desarrollarse interesantes teorías de cúmulos y de conjuntos que articulen formalmente y hagan más precisa, más calculable, la ontología que estoy sugiriendo en estas páginas. (Y en el cap. 6º aparecerá un motivo filosóficamente importante para explotar esta diferencia terminológica, u otra equivalente: entre determina- ciones y propiedades.)
La segunda puntualización es que, al igual que, según lo que precede, toda determi- nación es un cúmulo, cabe conjeturar que todo cúmulo es una determinación, a saber: la determinación de ser un miembro del cúmulo. En verdad son tan obvias las ventajas de verlo así, al paso que las objeciones alegables a tal identificación son tan rebuscadas, artificiales o dictadas por el mero prurito de ajustarse puntillosamente a diferencias en usanzas lingüísticas (que seguramente tan sólo radican en reglas pragmáticas de conveniencia comunicacional y variación contextual) que resulta de lo más plausible esa identificación de cúmulos con determinaciones. Ahora bien (y esto es lo importante) cada ente puede, provechosamente, ser
considerado como un cúmulo. Los cuerpos, p.ej., como cúmulos de sus respectivas partes. Un ser viviente, un animal p.ej., es el cúmulo de sus partes corporales: sus órganos, miembros, partes de éstos etc. (Incluido el hombre, como lo diré en el cap. 5º.) Conque cada ente es una determinación. Un animal, un caballo p.ej., es la determinación de ser alguna parte de ese caballo, o sea: es una determinación poseída por su corazón, sus pulmones, sus brazos y piernas, sus ojos etc.; por cada uno de ellos en la medida (que no es igual para todos, ni mucho menos) en que es parte del animal.
Mi tercera puntualización es que, por razones de economía ontológica, parece razonable identificar el valor funcional que una determinación o funcionoide haga corresponder a un argumento [a un “soporte” o sujeto] con el mismo hecho de que ese sujeto tiene esa determinación; los “valores de verdad” no son otra cosa que los hechos mismos dizque provistos de tales valores. Es innecesario reduplicar y postular, como diferentes, los hechos y sus respectivos valores, ya que estamos en que a cada hecho le corresponde un solo valor y viceversa. (Pero un valor alético o veritativo, así entendido, no es un grado de verdad, sino algo representable como una infinita secuencia de tales grados, o como una matriz infinita cada uno de cuyos componentes escalares fuera un grado.)
Mi cuarta y última puntualización es que, a tenor de lo que precede, este enfoque prevé que un cúmulo mantenga su identidad o individuación aun viendo modificados de un lapso de tiempo a otros cuáles sean sus miembros. El extensionalismo clásico no tolera eso. El intensionalismo o ultraintensionalismo cree que la identidad de un cúmulo, o de una determinación, nada tiene que ver con cuáles sean las cosas que abarque. Mi punto de vista es que no puede ser certero esto último, pero tampoco es cierto que, al darse de baja alguien de un grupo, éste venga reemplazado forzosamente por otro. No: el grupo cúmulo no es nada independiente de sus miembros, pero la pertenencia de éstos puede estar circunscrita a determinados aspectos; y, entre esos aspectos, están los lapsos temporales.