No sólo hay grados de aval, en general, sino también de autoaval. Desde luego, en sentido estricto, no hay autoaval: ninguna creencia se avala a sí misma. Lo que llamo ahora ‘autoaval’ es el estar, indirectamente, involucrada, en uno u otro grado, una creencia en el proceso de su propio avalamiento, de su selección.
En estricto rigor la relación de avalamiento no es transitiva; de serlo, podría ser reflexiva, si es que una creencia puede contribuir a avalar otra que contribuya a avalar otra que… que contribuya a avalar la primera. Pero es que el aval a secas es el aval directo. El aval
otra dada, tal que la primera contribuye a avalar una que… contribuye a avalar la segunda dada.
Cualquier creencia se avala indirectamente a sí misma, según se desprende de las consideraciones del Ac. 13º a favor del holismo. La verdad [presumida o putativa] de una creencia cualquiera, c, es un indicio, un dato, a favor de la corrección de ciertos criterios o reglas, que a su vez dan aval a ciertas creencias antecedentes que confieren aval a c.
Pero unas creencias están más involucradas que otras en el proceso de su avalamiento. Las que más lo están son dos géneros de creencias en cierto sentido diametralmente opuestas; las que se hallan entre ellas, en cambio, son menos autoavaladoras (cuanto más equidistantes están entre esos dos extremos, menos autoavaladoras son).
Uno de los dos géneros es el de las creencias de observación. El otro es el de las
creencias lógico-matemáticas. Las primeras son las que mayor variedad comportan según la
cambiante relación de la superficie del sujeto con el medio; las segundas las que menos; pero, por motivos opuestos, unas y otras son las más reacias a la duda y a la corrección.
Un género de creencias son de observación en la medida en que la adopción de cada una de ellas por unos u otros sujetos (pensamos en sujetos como los humanos) es o bien tal que viene avalada por el testimonio de otros sujetos o bien está típicamente en función de rasgos o condiciones del aparato sensorial del sujeto más rasgos o sucesos de su entorno en una zona pequeña y en un lapso pequeño. Es creencia de observación la de que en la madrugada del 3 de agosto de 1701 el pretendiente Duque de Anjou tenía ojeras: si lo creyera hoy alguien de entre los vivos, sería por algún testimonio de los coetáneos; y por aquel entonces un ciego lo creería por testimonio de videntes; y éstos lo harían si lo presenciaran. No es de observación [o lo es sólo en medida exigua] la creencia de que existe o existió la Revolución Francesa, pues un testigo ocular hipotético de la misma no podría decir nunca que presencia tal revolución: en cada pequeño lapso presenciará una parte, no más, de la misma, y la creencia en que existe tal ente complejo y duradero, La Revolución Francesa, es algo que no consideraríamos fácilmente como un testimonio, sino como una elaboración teorética o conceptual, más allá de los datos observables.
Hay grados de observacionalidad, porque los factores que intervienen en la definición de creencia de observación, son, todos ellos, susceptibles de darse por grados: entorno; pequeñez de la zona y del lapso; variación; condición que afecta al aparato sensorial; la noción misma de testimonio. (¿Dónde radica la frontera entre remitirse al testimonio y a la autoridad de alguien? Sin duda que radica en que aquello para lo que se invoca esa autoridad sea una creencia de observación por virtud del segundo disyunto en la definición de este género de creencias, pero —por ello entre otras cosas— trátase de uno de tantos bordes difusos, desvaídos, en vez de cortantes.)
¿De qué manera está involucrada una creencia de observación en su propio aval? Lo está en que todo argumento aducible a favor de la misma contendrá premisas que únicamente podrán venir avaladas por argumentos similares alguno de los cuales invoque como premisa a la creencia en cuestión. Así, p.ej., la creencia de observación de que al mediodía del 10 de agosto de 1930 Roosevelt está sudando en Washington es avalable por un argumento de alguien que diga que lo ve y que, en condiciones normales, su vista no lo engaña etc.; a favor de que las condiciones son normales cabe alegar consideraciones que involucran, todas, a creencias de observación, siendo una de ellas ésa de que Roosevelt está sudando —lo cual prueba que hace calor, lo cual prueba que los termómetros no están averiados o deformados, o que no está un genio maligno haciendo que marquen 40°mientras en realidad sólo haya 12°, etc.
Las creencias de observación, lo mismo que las demás, involucran nociones que llevan carga teorética; eso quiere decir que según cuáles sean sus otras creencias —las que no son observacionales—, discreparán los diversos creyentes acerca de las creencias de observación que adoptan. La cláusula ‘típicamente’ en la definición de creencia de observación sirve para dar cuenta de esa carga teórica como interferencia: en todo caso, las creencias de observación son las que menos varían en función de creencias colaterales de los observadores putativos, variando sin embargo en función de los indicados factores. Es cuestión de grado. Es más observacional la creencia de que Jacques Clement está hincando un puñal en la piel de Enrique de Valois que la de que está salvando al pueblo de un tirano o incluso que la de que está cometiendo un regicidio.
Pasemos al extremo opuesto: las creencias llamadas analíticas. En verdad no son tales, ni a priori, pues su aval es como el de las demás creencias. Trátase de las creencias lógico- matemáticas, teológicas y similares: aquellas tales que el abrazarlas o rechazarlas depende menos de qué observaciones se tengan o de qué testimonios de observación se tomen en cuenta. Una teoría física o sociológica ve aumentada [o disminuida] su plausibilidad al invocarse ciertas creencias de observación, y quienes rechacen [o, respectivamente, abracen] tal teoría probablemente recusarán tales creencias, o bien argüirán que no van a favor [respectivamente, en contra] de la teoría. Si se trata de una teoría lógico-matemática o teológica, eso sucede sólo en medida mucho más débil, de manera más infrecuente y a través de mediaciones argumentativas tan indirectas que más probablemente las discrepancias afectarán a éstas que a las creencias de observación. Pero es cuestión de grado. Las creencias ahora consideradas (las lógico-matemáticas, metafísicas, teológicas y similares) —¡llamémoslas
creencias especulativas!— adquieren también su aval, indirectamente, al aducirse creencias
cuya aceptación varía según las creencias de observación. Así la creencia en la corrección de reglas deductivas como el modus ponens sólo puede hacerse con argumentos como el que invoca la inducción favorable a la corrección de esa regla.
Los aprioristas se han opuesto a eso, alegando varias cosas. (1ª) Que entonces las reglas deductivas no darían certeza o seguridad absoluta. Respuesta: en efecto, no la dan: únicamente proporcionan una verosimilitud (aparte de que sus aplicaciones son todavía más inseguras, puesto que siempre cabe que se haya cometido un error en la aplicación de la regla de que se trate). (2ª) Que entonces el sentido de una regla tal sería el de que probablemente tales premisas entrañen tal conclusión. Respuesta: ¡Falso! El sentido de una creencia avalada por la inducción no es el de que probablemente tal creencia sea verdadera, sino el de que es verdadera (aunque la inducción no nos proporcione seguridad total, sino parcial y limitada, o hasta precaria). (3ª) Que entonces nuestra aceptación de las reglas deductivas dependería de contingencias. Respuesta: su aceptación sí varía en efecto según cuáles sean las creencias que se tengan (ciertas creencias falsas sobre cómo sea el mundo llevan o a la admisión de reglas de deducción incorrectas o al rechazo de reglas de deducción correctas).
Si las creencias especulativas son autoavaladoras es en el siguiente sentido: todo argumento a favor de una de ellas aducirá otras, cada una de las cuales será avalada indirectamente por otras que, a poca distancia, estén indirectamente avaladas o por la primera creencia en cuestión o por otras de las cuales se siga ésta mediante una regla de deducción en cuya corrección crea el sujeto de que se trate. Toda argumentación sobre qué tesis especu- lativas se han de aceptar acaba, no tardando mucho, en un círculo, al menos parcial (o sea: en una serie de argumentos no circulares, pero que en su conjunto tenga la indicada característica). Así, p.ej., las discusiones entre los lógicos sobre el principio de no- contradicción, el de tercio excluso, la corrección de la regla del modus ponens, etc., muestran
cómo cada argumento a favor de una de esas tesis acaba invocando —un par de pisos más arriba o así— precisamente la creencia que, en un principio, se trataba de apuntalar. (Eso no excluye que también se aduzcan en esas argumentaciones otras creencias, creencias no especulativas.)
El elevado grado de autosustentación de las creencias observacionales y de las especulativas hace que sea más difícil zanjar los desacuerdos en torno a lo por ellas creído que acerca de lo que se cree mediante otras creencias. Pero es cuestión de grado, pues difusa y desvaída es la frontera entre creencias observacionales y las que podemos llamar de teoría
empírica, así como entre éstas y las especulativas.