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Acápite 8º.— Ser más y ser menos: ¿cómo discriminar?

In document Hallazgos Filosóficos (L. Peña) (página 40-45)

Una de las objeciones más frecuentes contra la hipótesis de que hay grados de realidad es una que he oído formular como un argumento ad hominem: ¿cuánta es la existencia de quien asevera eso? Aunque, así formulada, parece un sarcasmo, trátase de un argumento serio y que vale la pena discutir.

Si hay grados de existencia, si no basta con saber que algo es, sino que, además, cabría averiguar cuánto es [cuál es su grado de realidad], entonces no nos bastará, ciertamente, con saber que Rubén es o Simeón es, sino que a lo mejor cabe descubrir —y ciertamente valdrá la pena indagar— cuánto es el uno o cuánto es el otro; ahora bien, ¿tenemos criterios para esa indagación, o para adjudicar grados de realidad a cosas diferentes? Que, si, según parece, no disponemos de criterios tales, entonces la postulación de grados de realidad va a revelarse, no incoherente, no demostradamente falsa, pero sí inútil —inútil para cualquier construcción epistemológicamente ilustrativa o informativa; y, como no hay pruebas independientes, lo que se dice pruebas, de que se den grados de existencia, la inutilidad de la postulación de los mismos va a revertir, inevitablemente, en despojar a los dizque indicios aducidos a favor de tal postulación de la escasa plausibilidad que hubieran podido gozar —o, si no, a neutralizar y contrarrestar decisivamente semejante plausibilidad.

Tal es la objeción. No es quizá la única contra la tesis de que se dan grados de realidad, pero sí es una de las más fuertes. No creo que sea una objeción baladí, desde luego. A falta de criterios de grado de ser, la hipótesis de que se den tales grados será, interesante, sí, pero muy sospechosa, ya que, sin duda, es más fácil, más simple, más económica una construcción o reconstrucción de nuestro pensamiento sobre el mundo que no involucre esa noción de grados. Y, como la “ciencia” avanza —al menos cæteris paribus buscando las construcciones más simples, y las hipótesis más complejas únicamente se ven reconocidas en la medida en que compensen su mayor complejidad con una suficientemente mayor fecundidad explicativa [cosa que ha menester de criterios, por parciales, tentativos o hasta indeterminados para una serie de casos que sean], conclúyese que, sin criterios tales, será más satisfactorio atenerse a concepciones de lo real que prescindan de esa complicación de los grados de existencia.

Mi respuesta a la objeción va a ser doble. En primer lugar, que, aun en ausencia de cualquier criterio de grados de existencia de las “sustancias”, disponemos de criterios de grado de existencia de estados de cosas [o circunstancias, o situaciones]. Y, por ello, aunque no hubiera suficientes motivos para sostener que se dan grados de existencia de las “sustan- cias”, o de los “cuerpos”, los habría para postular grados de existencia de las situaciones. Los criterios en cuestión son los mismos a cuyo tenor adjudicamos a diversos entes grados, más elevados o menos, de posesión de tales o cuales determinaciones. Aquellos criterios que tenemos para atribuir menor sequedad al Sahel que al Sájara son los mismos que los que nos permiten decir que la sequedad del Sahel es menos existente que la del Sájara. Aquellos criterios que nos permiten atribuir menos extensión, duración, crueldad y sistematicidad a la persecución de Hadriano que a la de Diocleciano son los que nos autorizan a decir que la primera es, o ha sido, menos real que la segunda. Aquellos criterios mediante cuya aplicación sabemos que un ictiostega es [o fue] menos cuadrúpedo que un lagarto son los mismos que los que nos dan pie a decir que el ser cuadrúpedo un ictiostega es, o fue, un hecho menos existente que el serlo un lagarto. Y así sucesivamente.

En segundo lugar, respondo que, al menos en ciertos casos, también hay criterios para adjudicar mayores o menores grados de existencia a diversas “sustancias”, incluidas partes de las mismas. Un altozano tiene [así, al menos, cabe argüir, y ése es mi punto de vista] menos existencia que una montaña, al menos cæteris paribus. Muchos contestarán eso, alegando que el altozano será menos alto, merecerá menos denominaciones como la de

‘elevación de terreno’, y por supuesto la de ‘montaña’, pero nada de eso lo hará menos real. No creo que sea certera esa réplica. Una descripción orográfica de un territorio pondrá más énfasis en describir las montañas que los altozanos o incluso que las colinas; será más verídica aquella descripción que mencione las primeras y no las segundas, que otra que haga lo inverso; más verídica porque los altozanos son menos reales, dado que lo que los caracteriza y diferencia de la llanura, o sea lo único a lo que deben su entidad e individuación de ser elevaciones de terreno, lo tienen en escasa medida, no difiriendo, pues, de la planicie que los rodea más que en medida más o menos pequeña.

Similarmente, y por razones iguales o parecidas, la Serranía del Cigarral es menos existente que los Montes de Toledo, éstos menos que la Cordillera Carpetovetónica, ésta menos que los Andes. El Serpis es menos real que el Ebro, éste menos que el Danubio, éste menos que el Amazonas. Mónaco es menos existente que Francia; ésta menos existente que China. Nuestro planeta es menos real que la Vía Láctea, al menos cæteris paribus (la existencia de vida y de inteligencia sería un factor a tener en cuenta —pero nada nos autoriza a excluir eso de cualesquiera otras regiones de la Vía Láctea). Los criterios involucrados en esas discriminaciones son siempre del mismo tenor: extensión, bulto, impacto causal; también duración: una rosa es menos real que una selva, aunque a lo mejor no sea su inferioridad en grado de existencia tanta como la que se da en su duración y extensión —por intervenir otros factores: la belleza de la rosa es, quizá, un tanto a favor de que posea un grado de ser relativa- mente elevado para un ente tan pequeño, tan efímero, tan precario.

Similarmente —y, según lo vimos ya en el acápite precedente— con respecto a barrios de ciudades, cuyo grado de existencia tiene que ver con su populosidad, entre otras cosas. De igual manera, hay grados de existencia de ciudades, de especies, de organizaciones, de Estados, de tendencias, de instituciones, de costumbres, de modos de vida, de estilos, de movimientos literarios, de ordenamientos legislativos, etc. Todos esos géneros de entes, cierta- mente, no son “sustancias”, y es más discutible cuál sea su entidad (vide infra, Ac. 21º). Pero para cualesquiera de ellos hay criterios disponibles de grado de realidad. Criterios, sí, parcia- les, con anchas franjas de indeterminación; criterios que sólo son tales en un sentido lato: no el de facilitar condiciones suficientes y necesarias independientemente constatables o comprobables, sino de suministrar, en cada caso, algo que tenga una u otra de esas caracterís- ticas: unas veces, condiciones necesarias, otras condiciones suficientes, otras condiciones que, aunque no sean ni lo uno ni lo otro, constituyen, cæteris paribus, lo uno o lo otro, al menos cuando concurran también otros factores, especificados parcial o totalmente, o al menos caracterizados de cierta manera aproximada; unas veces serán comprobables de manera más independiente, otras menos. Pero así son casi todos nuestros criterios de aplicabilidad de predicados, casi todos nuestros criterios de discriminación entre cosas según ciertos patrones; rara vez disponemos de criterios herméticos, ajustadísimos, perfectamente determinados y cuya aplicación se efectúe sin involucrar la más mínima circularidad. Todo eso podrá constituir un desideratum metodológico, un ideal regulativo, pero nada más que eso.

No pretendo que sean incontrovertibles las consideraciones que he aducido a favor de la existencia de grados de realidad de puertos, barrios, montañas, astros y, en general, entes de los descritos en ciencias como la geografía y la astronomía. Pero sí me parecen constituir indicios de cuán plausible resulta la adjudicación de diversos grados de existencia incluso a entes de los que normalmente se llamarían “sustancias”. En cualquier caso, si son certeras esas consideraciones, al menos en parte, no es verdad que carezcamos en general de criterios para atribuir grados de realidad diferentes a diversas cosas, a diversas “sustancias”.

El hueso más duro de roer, sin embargo, es el constituido por otras “sustancias” que uno parece más empeñado en no querer discriminar por grados de existencia: ¿con qué criterio

se va a atribuir más ser a un hombre que a otro? ¿No tendría semejante atribución una significación moralmente inaceptable, siendo atentatoria contra la misma noción de los derechos de la persona humana? Y aun fuera del ámbito de los seres humanos, ¿hay algún motivo para atribuir más existencia a este león que a aquél, al gato Simba más que al gato Umba? En lo que toca a los problemas involucrados de ética y antropología filosófica, contestaré en los caps. 4º y 5º del presente libro. Voy ahora a decir no más unas palabras sobre entes como individuos de una misma especie vegetal o animal. (Entre especies diversas cabe decir que, cæteris paribus, es más real un individuo de una especie más evolucionada, o más elevada: un murciélago más real que un cangrejo, éste más real que un platelminto, éste más real que un celentéreo, éste más real que un protozoo; aunque naturalmente lo parcial de este criterio hace que queden sin zanjar muchísimos casos: ¿es más real un celentéreo que un roble? ¿Un león que un tigre? Verosímilmente, cada uno es más real en ciertos aspectos, menos en otros; y eso seguramente sucede incluso en las discriminaciones anteriores: un murciélago es superior en algunos aspectos a un hombre y, por ello, probablemente en algún aspecto tiene más realidad que un hombre, ¿no?) En lo tocante a individuos de una misma especie viviente, caben varias hipótesis. (1ª) Que son igualmente reales. (2ª) Que uno de ellos es más real que el otro según hechos como mayor duración, o mayor impacto causal, mayor ejercicio de las capacidades (“positivas” o de aserción de la propia entidad biológica) innatas en esa especie. (3ª) Que, dados dos individuos cualesquiera de la misma especie, cada uno de ellos será, en algunos aspectos, más real que el otro. (Esta 3ª hipótesis podría incluso reforzarse así: dada una pluralidad finita [o acaso hasta infinita] de individuos de una misma especie biológica, cada uno de tales individuos es, en algún aspecto, más existente que todos los demás. Pero aunque esta hipótesis es algo verosímil en casos como el de los seres humanos y mamíferos superiores, pues cada individuo tiene alguna perfección [como el conocimiento de ese mismo individuo] en medida mayor que cualquier otro, dudo que pueda hallarse un argumento para generalizarla; e incluso en el caso de los humanos es difícilmente apuntalable con argumentos un poco sólidos. Por ello preferiré atenerme a la hipótesis más débil que únicamente se refiere a dos individuos en cada caso.)

De esas tres hipótesis la primera me parece descartable. Por lo siguiente. A tenor de consideraciones que he expuesto más arriba, cada ente es lo mismo que un hecho, a saber que

el hecho de que ese ente es. Cada ente es, pues, lo mismo que su propia existencia. Y es que,

en efecto, no sólo se entrañan con necesidad la existencia de un ente y la de su existencia, sino que sin duda ambas se dan, con necesidad, en la misma medida la una que la otra. No puede un ente existir más de lo que exista su existencia: tener una existencia muy existente siendo él poco existente; ni viceversa. (Además, las causas del ente son las de su existencia, y en la misma medida; otrosí, los efectos; las ubicaciones espaciotemporales, si las hay; todo, en fin.) Y cabe alegar, con gran plausibilidad, que dos entes con la misma existencia son, no dos de hecho, sino un solo y mismo ente. Si un ente y su existencia fueran dos, y no uno, sobraría uno de los dos, estaría de más, constituiría un doblete superfluo y hasta ridículo. Como tal existencia es un hecho o estado de cosas, también lo es el ente con esa existencia, pues ese ente es [lo mismo que] esa existencia; y eso para cualesquiera entes. Mas, si eso es así, si cada ente es un hecho, aplícase a cada ente el criterio de individuación que conside- ramos en el acápite anterior: que son idénticos dos entes sí y sólo si necesariamente es tan existente el uno como el otro; o sea, sí y sólo si, en todos los aspectos, cada uno existe tanto cuanto exista el otro, ni más ni menos. Luego no pueden dos individuos (diferentes) de la misma especie, ni de especies diversas tampoco, ser, en todos los aspectos, igualmente existen- tes. En algún aspecto por lo menos uno de ellos será más real que el otro.

Descartada, pues, la primera hipótesis quedan en pie las otras dos. La más atractiva me parece la tercera, pero no sé si su atractivo es tal que quepa descartar completamente la segunda. Me inclino, empero, por la tercera hipótesis: la de que, dados dos individuos de la misma especie, cada uno tiene más realidad que el otro en algunos aspectos. Cada individuo que goza de vida tiene algo propio y singular que aportar al orden del cosmos, una con- tribución enriquecedora que hace que, comparado con otro individuo, aun de la misma especie, posea, en algún aspecto, más realidad que el otro (poseyéndola menos en otros aspectos). Quizá hasta es verdadera una versión más fuerte de tal principio, aplicable a cualesquiera dos seres vivos. Pero eso es, naturalmente, muchísimo más problemático y controvertible. (Júzgolo yo, no obstante, muy verosímil aplicado al género de los mamíferos, o al ámbito por lo menos de los superiores.)

Acápite 9º.— Ser-O-no-ser: ser-Y-no-ser

Si hay grados de ser, entonces no cabrá decir —así se alega—, de cualquier cosa dada,

que es o no es. Quedará arruinado el principio de tercio excluso. Porque, p.ej. [continuaría el

alegato], no vale decir que alguien, sea quien fuere, es calvo o no lo es; y es que caben grados intermedios entre la calvicie y la no calvicie. Pero en un caso así [concluiría el alegato] trátase, no de un fallo real del tercio excluso, sino de uno aparente, debido a la vaguedad de nuestros vocablos.

A la segunda parte del alegato ya he contestado con creces más arriba. No pueden ser nuestras palabras las que originen la existencia de grados, sino que, al revés, son mejor o peor aplicables tales o cuales vocablos en tales o cuales casos porque en ellos se dan situaciones intermedias, grados de esta o aquella determinación. Si a este hombre le es mejor aplicable el calificativo de ‘calvo’ es porque es más calvo, y no a la inversa; es más calvo en que tiene mayor [grado de] calvicie. Luego, si la existencia objetiva de situaciones intermedias acarreara un fallo del tercio excluso, desde luego daríase de hecho tal fallo.

Mas, ¿por qué iba a darse? ¿Cuál motivo hay para decir que, si hay situaciones intermedias entre ser totalmente abnegado y no serlo en absoluto, y si eso es así objeti- vamente, no por una deficiencia o característica de nuestras palabras, sino en virtud de cómo son las cosas en el mundo, entonces falla el principio de tercio excluso? ¿En qué consistiría tal fallo?

El motivo que se alega (o, más comúnmente, se sobreentiende) es que esas situaciones serían situaciones intermedias entre el ser abnegado y el no serlo. Por ende, no serían un ser abnegado. Ni un no serlo. Conque ni el ‘sí’ ni el ‘no’ serían apropiada respuesta a la pregunta ‘¿Es abnegado Emilio?’ si Emilio es uno de los sujetos de tales situaciones intermedias.

Ahora bien, las situaciones intermedias entre el ser abnegado y el no serlo son, más exactamente, intermedias entre ser totalmente abnegado y no serlo en absoluto. Cada una de ellas está entre esos dos extremos; no está entre un ser abnegado y un no serlo en un sentido

fuerte de ‘entre’, en aquel sentido en el que lo que está entre x y z no está en absoluto ni en

x ni en z. Entendido así de fuertemente el ‘entre’, sólo está entre el tener totalmente la determinación en cuestión [la abnegación en este caso] y el carecer por completo de ella.

Al revés, una situación intermedia como la aludida es un caso de tener lo uno y lo otro, de tener abnegación y carecer de ella. Luego no es algo enteramente ajeno a la posesión de la determinación ni tampoco enteramente ajeno a la carencia de la determinación. Como no es ajeno por completo a la posesión, es un caso de tal posesión; lo es en algún grado. Como no es ajeno por completo a la carencia, es un caso de tal carencia; lo es asimismo en algún grado. Como lo que tiene cierto rasgo tiene ese rasgo u otro (un ciclista del equipo Rumba es del equipo Rumba o del Mambo —y debe presentarse a control médico cuando llamen a los

de uno u otro equipo), o sea, como «p» entraña «p o q» [e igualmente «q o p», ya que la disyunción es conmutativa], resulta que una situación como la aludida, p.ej. la que involucre a Emilio, es una de abnegación o de falta de abnegación. Con mayor exactitud y precisión: Mauricio tendrá ambas determinaciones, la abnegación y la falta de abnegación; por tener la primera, y en tanto en cuanto la tenga, cabrá decir que es abnegado; por tener la segunda en tanto en cuanto la tenga, cabrá decir que no es abnegado; por la regla de adición (de «p» se concluye «p o q»), cabrá, de cualquiera de esos dos asertos, concluir que es o no es abnegado. (En general, evidentemente, «p y q» entraña «p o q», ¿no es así?)

Lo que está sucediendo, pues, no es que no quepa decir ni que sí ni que no, sino que cabe decir que sí y también que cabe asimismo decir que no. De donde resulta que (en tales casos) cabe decir, con verdad, que sí-y-no.

¿Con verdad? Sí, verdad parcial, verdad limitada. Porque, en la medida en que sea

verdad que no, en esa medida no será verdad que sí. Y viceversa. Luego no podrá ser nunca

totalmente verdad que sí y no. Sólo podrá serlo parcialmente. Sólo a medias, o menos que a medias: si es tan verdadero como falso, a medias; si es más verdadero o más falso, menos que a medias. Si es totalmente verdadero o totalmente falso (que Emilio es abnegado —o lo que sea), entonces será totalmente falsa la conyunción del sí con el no.

Cuanto más falsa sea la conyunción del sí con el no, más verdadera será la disyunción entre ambos (pues más verdadero será uno u otro de los disyuntos). Un caso es aquel en que son igual de verdaderas la conyunción y la disyunción: aquel en el cual los conyuntos (o sea: los disyuntos) son igualmente verdaderos, e.d. cuando son, a la vez, igualmente falsos.

— Pero [se objetará], ¿cómo va a decirse de algo que es verdadero, así a secas, siendo en parte falso? De que no sea totalmente falso no se deduce que sea verdadero, pues verdadero, lo que se dice verdadero, es sólo lo que carezca de falsedad; y carecer hay que tomarlo aquí fuertemente: carecer por completo, según su manera de hablar.

— Y ¿por qué? Decimos que es empinado este repecho, aunque diste de ser totalmente empinado; que es listo este muchacho, aunque haya otros más listos. Es parcialmente verdad; luego es verdad: tal es la regla de apencamiento, cuyo meollo es que no cabe atribuir a algo la posesión de una determinación en alguna medida sin incurrir en inconsecuencia si no quiere uno reconocer, a secas, que ese algo tiene tal determinación.

— Pero eso es así sólo en tal o cual contexto. El muchacho, digo, es listo. Luego llego a otro grupo, de gente mucho más lista, y ya no digo eso, sino que es torpe. Son modos de

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