A) De 'buen mozuelo' a 'hombre de bien' La conversión en el Lazarillo de
3. Aspectos escogidos de las dos conversiones 1 El Lazarillo de Tormes: un relato bipartido
3.1.1. La bipartición estructural
Quisiéramos, para ilustrar nuestra idea de que el Lazarillo es un relato bipartido, recurrir a la lectura que realiza Martin Heidegger de un poema de Stefan George (1868), el cual contiene una cesura parecida a la de la narración lazarillesca y que por tanto, se presta como analogía para ilustrar nuestra interpretación. El poema de George se intitula La palabra (Das Wort):
Wunder von ferne oder traum Bracht ich an meines landes saum
Und harrte bis die graue norn Den namen fand in ihrem born –
Drauf konnt ichs greifen dicht und stark Nun blüht und glänzt es durch die mark …
Einst langt ich an nach guter fahrt Mit einem kleinod reich und zart
Sie suchte lang und gab mir kund: ›So schläft hier nichts auf tiefem grund‹
Worauf es meiner hand entrann
Und nie mein land den schatz gewann …
So lernt ich traurig den verzicht: Kein ding sei wo das wort gebricht.
Milagros de lejos o del sueño Traje a orillas de mi país
Y aguanté hasta que la diosa gris El nombre halló en fuente suya –
Palparlo pude luego denso y fuerte Ahora florece y brilla por la médula
Llegué una vez tras largo viaje Con una joya rica y tierna
Buscó por mucho y me informó:
‘Nada duerme pues en el profundo suelo’
Tras lo que se me fue de la mano Y nunca mi país ganó el tesoro…
Aprendí triste así la renuncia:
Ninguna cosa sea donde la palabra se aflige. Trad. S.C.
individueller Erfahrungen, Entwicklung der Persönlichkeit, Totalität des Individuums» (LM, s.v.
65 El poema trata de un yo lírico que realiza dos viajes, cuyas consecuencias son distintas en cuanto a la palabra: En el primer movimiento (estrofas 1-3), la diosa encuentra el nombre para los milagros, lejanos o soñados, que le aporta el yo lírico; en consecuencia la joya brilla, se presenta densa, fuerte y, así interpretamos, con una gran sensualidad.
El segundo viaje tiene lugar en la estrofa cuarta. Es un viaje largo que, de nuevo, conduce al yo lírico junto a la diosa. Pero esta vez la búsqueda no es fructífera; la joya que lleva el yo lírico se queda sin nombre y se le escapa de la mano. La consecuencia de este fracaso es un triste aprendizaje: Que nada sea donde la palabra fracasa. La joya es rica y tierna pero, a falta de un nombre traídole por la diosa del destino, se queda sin la sensualidad de los milagros al comienzo del poema. El nombre hallado por el destino le confiere realidad a los objetos.
Ciertamente, nuestra traducción del original alemán no puede estar a la altura del lenguaje poético de Stefan George – polisémico y profundo donde los haya. Lo que para nuestro propósito interesa es la bipartición del texto. Entre los dos viajes del yo lírico hay una elipsis, un silencio. El poema nos presenta ante dos intentos de nombrar una cosa, uno exitoso, el segundo fracasado. Es como una comparación. Heidegger (2001: 171) ha constatado que entre la estrofa tercera y cuarta
la palabra, la lengua pertenece al ámbito de ese paisaje enigmático, donde el decir poético limita con la fatídica fuente de la lengua. Al principio y durante mucho tiempo parece como si el poema solo necesita traer los milagros que lo encantan o los sueños que lo raptan a la fuente del lenguajepara dejarse sacar de ella con inturbada esperanza las palabras que congenian con todo lo maravilloso y soñado que se le ha presentado en la imaginación (trad. S.C.).
Heidegger comenta, además, que el contraste de las dos partes del poema entre éxito y fracaso es necesario para el aprendizaje final del yo lírico: El subjuntivo del verso final sei puede interpretarse como discurso en estilo indirecto o bien como imperativo. Heidegger se decanta por el imperativo; el yo concluye que nada sea allí donde el lenguaje fracasa. Esa ha sido su lección personal y es ahora un propósito bajo el cual vivir, después de la lección aprendida. Y es un propósito triste.
Los parecidos del poema georgiano con la estructuración del discurso autobiográfico en el Lazarillo son más evidentes de lo que a primera vista pueda parecer. Hemos de tener en cuenta, para evidenciar el parecido, que el Lazarillo es, ante todo, el producto de un orador, es decir de alguien que intenta pronunciar un discurso sobre
66 su vida. Y este intento ocurre, como en el caso del poema georgiano, en dos fases: en los tractados primero hasta tercero ocurre el primer intento; Lázaro pronuncia un discurso de su vida basado en la «fuerza y maña» que adquiere para sobrevivir bajo la égida de sus amos violentos. En estos tres tractados predomina el relato pormenorizado de las burlas que Lázaro ingenia para salir adelante.
En el tractado cuarto tiene lugar un silenciamiento ostentativo, tanto del trato por parte del amo como de las burlas que Lázaro ingenia para salvarse. Con este silenciamiento, el capítulo cuarto del Lazarillo cumple una función parecida a la elipsis en el poema que separa los dos viajes del yo lírico en el poema de George. El silenciamiento forma una cesura en el curso de la narración.
Con el tractado quinto el relato adquiere un nuevo tono. Más seriedad está ahora al orden del día; la voz narradora es predominantemente extradiegética; Lázaro- protagonista no interviene con burlas ni mañas sino que meramente observa lo que ocurre en la iglesia y después del presunto exorcismo. El modo de la narración es descriptivo, con aires de lo protocolario. Y es precisamente en esta llamémosla ‘segunda parte’ del relato lazarillesco donde Lázaro alcanza la «cumbre de toda buena fortuna». De modo que, en nuestra opinión, el relato de vida lazarillesco se presenta como historia de un discurso fracasado, que se detiene en el tractado cuarto, con el silenciamiento de las burlas y los malos tratos, y que se autocorrige a partir del tractado quinto adoptando un nuevo tono y como ya mostrábamos una nueva orientación vertical, de ascenso hacia la cumbre. Zepp (2005 y 2010) aportó novedades tan convincentes como acertadas a este respecto: El discurso de vida en el Lazarillo se asemeja a las relaciones de vida tal y como la Inquisición los recogía en sus tribunales. El Lazarillo entonces sería una problematización satírica de los conceptos de linaje y pertenencia, los cuales eran de primordial relevancia en la España inquisitorial. Pero hemos de notar que precisamente el relato minucioso de cómo Lázaro salió adelante, de sus orígenes y sus fantasías más íntimas de la cara de Dios en la despensa del avaro clérigo se revela como aporía; no es en esa parte donde Lázaro llega a su fortuna, sino que la alcanza allí donde aprende a ser reservado, mero observador y (d)escritor de lo que le rodea. Recordemos, a este respecto, el episodio de alta relevancia metaficcional, en el cual el ciego le narra las fechorías de Lázaro a la gente del pueblo y los oyentes gritan: «Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis» (34). El llamamiento al castigo se refiere, a
67 nuestro entender, al protagonista del relato del ciego que es – considerando que estamos ante una narración autobiográfica – idéntico con el narrador de las mismas fechorías a nivel del discurso. Así pues, el Lazarillo realiza en esta escena una transposición intradiegética del discurso pícaro - de la voz narradora hacia la voz del ciego - y la clausura con un llamamiento al castigo de un tal discurso de vida.
El Lazarillo de Tormes es, en este sentido, una alegoría poetológica sobre lo que es un discurso exitoso y otro fracasado sobre la historia del propio yo y un postulado para su conversión de una modalidad de relato minucioso, pormenorizado a otra más bien reservada y dominada por la observación, tras pasar por un momento de silencio y silenciamiento en el capítulo cuarto.