A) De 'buen mozuelo' a 'hombre de bien' La conversión en el Lazarillo de
1. La negación del yo
2.1. La historia de Ozmín y Daraja
2.1.2. La conversión y su precio
Un elemento común entre la conversión de Guzmán, el relato de la falsa identificación y la historia de Ozmín y Daraja es la captividad. Michel Cavillac (1979: 144) señala, de hecho, que «Ozmín y Daraja est un 'petit roman' d'amour et de captivité». En el caso de esta historia de enamorados, la prisionera es Daraja, una joven musulmana capturada por las tropas cristianas en el cerco de Baza y prometida del aristócrata granadino, Ozmín. La 'historia' contada por el sacerdote es, en efecto, la historia del acercamiento entre los dos amantes, de su conversión y matrimonio bajo el apadrinamiento de los Reyes Católicos y a la vez la crónica de la caída de Granada, desde la rendición de Baza en 1489 hasta la toma de la ciudad en 1492.
El cuento empieza evocando un ambiente de bipartición y distancia entre elementos complementarios: Moros y cristianos se enfrentan en Baza, la reina Isabel está en Jaén, mientras Fernando se ocupa del ejército, éste a su vez bipartido en una artillería encomendada a los marqueses de Cádiz y Aguilar y a los comendadores de Alcántara y Calatrava. De la ciudad se destaca la distancia entre sus extremos: «Y si por ella pudieran atravesar, había como distancia de media legua del un real al otro; mas por serle impedido el paso, rodeaban otra media por la sierra y así distaban una legua» (I, VIII, 197). El inicio de la novela intercalada está, pues, marcado por una
145 semántica de la distancia y de la bipartición, en la cual Daraja funciona como objeto de cambio e intercambio entre las partes enfrentadas y, con su cautiverio, unificadas ahora alrededor de su obtención como «único» objeto de deseo.
Con el cautiverio de Daraja, «doncella mora, única hija del alcaide de aquella fortaleza» (I, VIII, 198) entra en juego la idea de 'unidad' que, dentro del universo bipartido, en el que se halla, es codiciada por todos los constituyentes: Los cristianos cautivan a Daraja esperando con ello obtener la rendición de su padre; éste a su vez «mucho sintió su ausencia» (I, VIII, 199). Por su hermosura e inteligencia, el rey Fernando «la estimó en mucho, pareciéndole de gran precio […] la envió a la reina su mujer, que no la tuvo en menos» (I, VIII, 198). La reina, quien, inicialmente acoge a Daraja esperando vencer pronto sobre el cerco de Baza, la mantiene aun después de haber conseguido la victoria: «Y aunque los reyes vinieron después a juntarse en Baza, rendida la ciudad con ciertas condiciones, nunca la reina quiso deshacerse de Daraja, por la gran afición que le tenía, prometiendo al alcaide su padre hacella por ella particulares mercedes». Daraja no sólo pone unidad entre los reyes separados y los territorios enfrentados, sino que incorpora ella misma una instancia de lo «único» dotada de un determinado valor mercantil hasta ser físicamente 'apropiada' por la reina Isabel y alejada de su padre. Refiriendo esta historia, Guzmán dota a Daraja con una idea de lo monetario, del cual se obtienen incluso «honra y bienes», beneficios en definitiva. La reacción del alcaide carece de toda emocionalidad o sentimiento de protección filial. Más bien, el padre parece sentir la ausencia de Daraja en los efectos sobre él mismo – la falta de beneficios: «Mucho sintió su ausencia; mas diole alivio entender el amor que los reyes la tenían, de donde les había de resultar honra y bienes, y así no replicó palabra en ello». Guzmán ilustra los hechos desde el punto de vista de quienes poseen o son desposeídos de un 'objeto', estimado en un valor vinculante para ambas partes implicadas en la lucha por Baza. Mientras el alcaide es desprovisto de su hija en contra de su voluntad, la 'circulación' de Daraja en el mundo regio se rige por la voluntad de los reyes católicos. El rey estima y fija su 'precio' antes de «enviársela» a la reina mientras ésta «no quiso deshacerse de Daraja». Valor y pertenencia de Daraja dependen, pues, únicamente de los reyes católicos, quienes, además, han decidido no desposeerse de ella.
La apropiación 'física' de Daraja por la reina, será la primera de varias etapas, en las cuales la doncella transformará su identidad hasta finalmente convertirse al
146 cristianismo junto a su esposo, Ozmín, y adoptar entonces el nombre de la reina Isabel. En una primera etapa, Daraja deberá de cambiar sus «vestidos» por aquellos que recibirá de la «persona» de la reina Isabel. Se trata, desde el punto de vista de ésta última de un «pago» por su fidelidad y a la vez un llamamiento al servicio regio:
Siempre la reina la tuvo consigo y llevó a la ciudad de Sevilla, donde con el deseo que fuese cristiana, para disponella poco a poco sin violencia, con apacibles medios, le dijo un día: 'Ya entenderás, Daraja, lo que deseo tus cosas y gusto. En parte de pago dello te quiero pedir una cosa en mi servicio: que trueques esos vestidos a los que te daré de mi persona, para gozar de lo que en el hábito nuestro se aventaja tu hermosura.
El verbo 'trocar', que emplea Guzmán en este pasaje, apunta al hecho de que la temática de esta escena trasciende el mero intercambio de vestiduras entre ambas mujeres. Pues 'trocar' significa tanto 'alterar' como 'falsificar' como 'cambiar'. La palabra final de la reina, según la cual sus vestidos 'aventajarían' la 'hermosura' de la joven doncella apunta a una problematización de la tensión entre lo 'fingido' – falsificado – y lo 'auténtico' en cuanto a la identidad individual. Es significativo que la reina le ofrezca vestidos no de su mano, sino de su «persona», vocablo cuyo étimo griego significa 'máscara'. En este pasaje parece producirse, pues, una cesión del rol social –de la 'máscara'- de la reina sobre la joven doncella. Daraja se convierte en partícipe de la identidad regia y por ende también del poder político. La conversión última de Daraja, en la cual, adoptará el nombre de la reina Isabel, también su madrina de bautizo, se anuncia aquí como 'investidura' en la dimensión política de lo que será su nueva identidad. Precisamente desde la óptica de la conversión final, en la cual ambas mujeres llevarán el mismo nombre, Daraja parece funcionar como una 'nueva Isabel', cuya emergencia se anuncia aquí con la 'investidura' y cuyos orígenes están, pues, en una identidad musulmana, cautivada, estimada económicamente y sujeta a un proceso de intercambio entre los poderosos hasta haber llegado a su identidad actual. Daraja funcionaría, en este sentido, como fondo de proyección para una transformación identitaria – una conversión – de la propia Isabel.132 El aventajar la hermosura, que en la tradición cristiana se considera indicio de autenticidad y perfección moral, ocurre, así, mediante elementos que denotan falsificación, o, si se quiere, de 'ficción'. De hecho, una vez que «Daraja se vistió a la castellana residiendo en palacio por algunos días hasta que de allí partieron a poner
132 Recuérdese, además, el vínculo, que, desde la Antigüedad grecolatina y la biblia cristiana se
establece entre la vestimenta y el 'nuevo hombre', ya sea para resaltar su carácter auténtico,132 o bien poniendo de relieve la instrumentalización del vestido como disfraz. Véanse: Quintiliano Instituto
147 cerco sobre la ciudad de Granada» (I, VIII, 199), es cuando el narrador menciona la capacidad de disimulo de la joven, pues «mucho sintió verse lejos de su tierra y otras causas que le daban mayor pena, mas no las descubrió; que con sereno rostro, el semblante alegre, mostró que en ser aquél gusto de su Alteza lo estimaba en merced y recibía por suyo» (I, VIII, 200). Evocando esta capacidad de disimulo, el narrador hace de nuevo hincapié sobre la identidad entre Daraja y la reina en tanto que aquella «recibe por suyo» el gusto de ésta.
Lo que se podría considerar como segunda etapa en el camino narrativo hacia la conversión de Daraja ocurre en el reencuentro con su prometido, Ozmín, un noble granadino, quien, al saber de su cautiverio entra las puertas del palacio disfrazado de jardinero. El reencuentro reencuentro de los amantes se produce en el susodicho jardín y muestra los elementos clásicos de la experiencia de conversión: autoconocimiento, reconocimiento del Otro, lágrimas y transposición fuera de las labores cotidianas. Justamente para describir esta experiencia de supuesta autenticidad y verdad emocional, el narrador echa mano de recursos retóricos como la hipérbole, la metáfora y el símil, acentuando, así, la retoricidad del lenguaje:
Y con la duda y ansias de saber quién fuese, le dijo: 'Hermano, ¿de dónde sois?' Ozmín alzó la cabeza, viendo su regalada y dulce prenda y, añudada la lengua en la garganta sin poder formar palabra ni siendo poderoso a repondelle con ella, lo hicieron los ojos, regando la tierra con abundancia de agua que salía dellos, cual si de dos represas alzaran las compuertas; con que los dos queridos amantes quedaron conocidos.
Daraja correspondió por la misma orden, vertiendo hilos de perlas por su rostro. Ya quisieran abrazarse, a lo menos decirse algunas dulces palabras y regalados amores, cuando entró por el jardín don Rodrigo, hijo mayor de don Luis que, enamorado de Daraja, siempre seguía sus pasos, procurando gozar las ocasiones de estarla contemplando. Ellos, por no dalle a entender alguna cosa, Ozmín volvió a su labor y Daraja pasó adelante (I, VIII, 206).
Daraja inicia el reencuentro con una pregunta sobre el origen del forastero. La respuesta se realiza sin palabras por parte de los protagonistas, pero con un alto grado de retoricidad por parte del narrador, así con «los ojos regando la tierra» y «vertiendo hilos de perlas por su rostro». La lengua anudada en la garganta de Ozmín remite, en este contexto, a más que a un embarazo emocional ante el primer encuentro con la persona amada después de mucho tiempo. A nuestro entender, la 'lengua' denota aquí efectivamente la lengua árabe, lengua materna de ambos amantes, que designa, por tanto, sus orígenes de forma inmediata. Tanto en el caso de Daraja como en el de Ozmín, el narrador insiste en su buen dominio de la lengua
148 castellana, «como si en el riñón de Castilla se hubiera criado». Por su lengua, ambos amantes en nada se distinguen de 'cristianos viejos'. La lengua 'anudada' en el jardín del palacio denota, a nuestro entender, una expresividad mutilada de ambos jóvenes, criados, en efecto, entre dos culturas y desprovistos de ambas en un momento de tanta relevancia existencial como lo es la explicación de los propios orígenes. En efecto, no sólo la lengua árabe es el medio de comunicación entre los amantes durante sus encuentros, sino que la comunicación entre ellos suscita los celos de don Rodrigo, que persigue a Daraja, como ya citábamos «para contemplarla»:
Algunas tardes y mañanas pasaban destas los amantes gozando en algunas ocasiones algunas flores y honestos frutos del árbol de Amor, con que daban alivio a sus congojas, entreteniendo los verdaderos gustos, deseando aquel tiempo venturoso que sin sombras ni embarazos pudieran gozarse. No mucho ni con seguridad tuvieron este gusto; porque de la continuación extraordinaria y vellos estar juntos hablándose en algarabía y ella escusarse para ello de la compañía de su amiga doña Elvira, ya daba pesadumbre a todos los de casa y a don Rodrigo rabioso cuidado, que se abrasaba en celos, no de entender que el jardinero tratase cosa ilícita ni amores, mas ver que fuese digno de entretenerse con tanta franqueza en su dulce conversación, lo cual no hacía con otro alguno tan desenvueltamente (I, VIII, 207).
La 'desenvoltura' de la comunicación contrasta, en este pasaje, con la lengua 'anudada', que preside el primer encuentro de los dos amantes y no es en absoluto secreta: «todos los de casa» perciben cómo Daraja va a los encuentros del jardinero y cómo ambos se entretienen hablando en árabe. Núcleo delos celos de don Rodrigo y de la «pesadumbre» de todo los demás parece ser esta 'libertad de expresión', pública por no pasar desapercibida ante el entorno de los amantes y a la vez sujeta al control de éste.
Este episodio anticipa el estado, en el que Guzmán se despertará en las galeras, tras haber pasado una noche de llanto y arrepentimiento. Las palabras del protagonista «Me hallé otro, no yo» serán casi idénticas al «no ser yo el que buscaban» del falso encarcelamiento.