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La primera conversión: el episodio del toro en el primer tractado

A) De 'buen mozuelo' a 'hombre de bien' La conversión en el Lazarillo de

2. Repaso comentado del relato lazarillesco

2.2. La primera conversión: el episodio del toro en el primer tractado

El primer tractado del Lazarillo se ha visto como narración preparatoria que alberga, a modo de unidad textual autónoma, los elementos constituyentes de todo el relato subsiguiente. Courtney Tarr (1927: 407) señaló que «the first tractado possesses not only a distinct unity in itself but forms with the next two a larger and much more artistically perfect unit, of which it is in many aspects the germ». Además, Tarr (1927: 406) habla del primer tractado como «Lázaro’s initiation into life at the hands of his master (episode of the stone bull)». Lázaro Carreter (1983: 110) argumenta de modo similar al ver en el primer tractado la «salida» del héroe, recurriendo al modelo del cuento popular según Propp, en la cual el protagonista «aprenderá que la vida exige, para mantenerse en ella, paciencia, disimulo y engaños».

El propio Lázaro describe el episodio del toro como su 'despertar de la simpleza' («Parescióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba» (23)). Ese despertar, que en la literatura mística es sinónimo de una conversión (WM, s.v. Erwachen), consiste en un golpe fuerte contra el toro de piedra a la salida de Salamanca de manos de su primer amo, el ciego:

-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro dél.

Yo, simplemente, llegué, creyendo ser ansí. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:

-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo. Y rió mucho la burla.

Parescióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: 'Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer'

Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza; […] (23).  

 

                                                                                                                         

50   2.3. Tractado segundo: la muerte y la dimensión simbólica del arcaz

En el segundo tractado ocurre una instrospección del protagonista con respecto a la muerte. Lázaro asiste a los funerales con el objetivo de saciarse comiendo y está convencido de que sus oraciones son la causa de las muertes que ocurren en su alrededor. Pues Dios le da vida a él dándole la muerte a los demás. La muerte experimentada en el interior («mas no la vía, aunque estaba siempre en mí» (53)) se corresponde con la flaqueza física ocasionada por la avaricia del clérigo: «A cabo de tres semanas que estuve con él vine a tanta flaqueza que no me podía tener en las piernas de pura hambre» (51). El encuentro con el clérigo es interpretado como resultado de sus pecados: «fuime a un lugar que llaman Maqueda, adonde me toparon mis pecados con un clérigo» (46). Como bien ha constatado Piñero Ramírez (1994), el clérigo es el amo con quien menos comunicación hay. Leído como alter ego de Lazarillo, el clérigo priva al mozo de nutrición, no solo a nivel físico sino también a nivel psíquico y espiritual. La flaqueza corporal de Lázaro se corresponde, así, con la flaqueza de su religiosidad, precisamente estando con un hombre de Dios; así, constata que sus rezos son «flacas oraciones» (55). La parquedad del clérigo ocasiona la flaqueza de la religiosidad y espiritualidad lazarillescas.

La solución de Lázaro para sobrevivir con este amo es de copiar la llave del arcaz para acceder a los alimentos allí guardados. Ante la flaqueza física y espiritual de Lázaro, el arcaz bien puede verse como lugar simbólico, en el cual el clérigo guarda sus pensamientos, sus alimentos espirituales, de los cuales no hace partícipe a Lázaro. Nos inclinamos por esta interpretación a causa del calderero que adopta una función angelical («Comenzó a probar el angélico calderero […]»). El calderero se convierte, así, en mensajero para procurarle a Lázaro la clave de los pensamientos de su amo en un angelical revitalizante para los sentimientos religiosos de Lázaro: Cuando éste menos lo piensa, se le aparece la cara de Dios en los panes guardados en el arcaz y el acceso a éste no solo hará que la alegría regrese a su «triste vida», sino también que ponga contento al calderero regalándole un botijo de vino. El contento del prójimo y la alegría propia se complementan:

El tomó un bodigo de aquellos, el que mejor le pareció y dándome mi llave, se fue muy contento, dejándome a mí más. […]

Y comienzo a barrer la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la triste vida (p. 56-57).

51   El compartir el acceso a lo divino con el prójimo hubiera podido ser el remedio para instalar el contento y la alegría durante el resto de la vida, si no fuera por la presencia del clérigo. Pues éste no comparte el pan y vino de su arcaz sino que lo trata con la actitud de un contable, «volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los panes» (57). Lazarillo entra en el arcaz y corrobora la cuenta del clérigo constatando hallarla «más verdadera que yo quisiera» (58). Esta correspondencia y corroboración de los panes contados sugiere que el clérigo no sea más que una figura en la psique de Lázaro, cuya admonición éste se apresura de verificar en la realidad empírica; el Lázaro religioso es amonestado por el Lázaro contable, el compartir la fe procura alegría, tratarla como bien administrativo, tristeza.

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