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A) De 'buen mozuelo' a 'hombre de bien' La conversión en el Lazarillo de

2. Repaso comentado del relato lazarillesco

2.6. El tractado quinto

El capítulo quinto es de suma seriedad; Lázaro, en la posición de un narrador extradiegético, relata minuciosamente el engaño premeditado del buldero a sus fieles. Los únicos que ríen en este capítulo son los artífices de la burla: el propio buldero y el falso endemoniado.

Collard (1968: 262) observa una «transformación moral» en el Lázaro de Tormes del quinto capítulo, la cual consiste en una progresiva desvinculación con los hechos que le rodean. La cumbre de esta desvinculación es, según Collard, que al engaño por parte del buldero no le sigue ningún desengaño para Lázaro ni tampoco ningún intento de venganza o destrucción como en el caso del amo ciego:

El buldero, sin escrúpulos, sin vergüenza, cínico, actúa como contrapartida del escudero en tanto que practica el engaño y por tanto imposibilitando cualquier grado de apego sentimental con Lázaro. Aquí, no hay ilusión de la cual pueda alimentarse la desilusión y Lázaro es capaz de sumergirse totalmente en el rol de un espectador (Collard 1968: 265).54

Lázaro actúa como espectador, pero no de un hecho cualquiera sino específicamente de aquellos elementos que desde las Confessiones de San Agustín son característicos para la experiencia de la conversión: el sermón, la referencia a los pecados, el regreso a la salud tras ahuyentar el demonio y las lágrimas que de una tal promesa resultan.

                                                                                                                         

54 «The buldero, unscrupulous, shameless, cynical, acts as a counterpart of the Squire by openly

practicing deceit, thus precluding any degree of sentimental attachment with Lázaro. Here, there is no illusion on which desillusion can feed and Lázaro is able to slip totally into the role of spectator».

55   Y, así, bajó del púlpito y encomendó a que muy devotamente suplicasen a Nuestro Señor tuviese por bien de perdonar a aquel pecador y volverle en su salud y sano juicio y lanzar dél el demonio, si Su Majestad había permitido que por su gran pecado en él entrase.

Todos se hincaron de rodillas, y delante del altar, con los clérigos, comenzaban a cantar con voz baja una letaníaa. Y viniendo él con la cruz y agua bendita, después de haber sobre él cantado, el señor mi amo, puestas las manos al cielo y los ojos que casi nada se le parescía, sino un poco de blanco, comienza una oración no menos larga que devota, con la cual hizo llorar a toda la gente, como suelen hacer en los sermones de Pasión de predicador y auditorio devoto, […] (121).

No es casual que el buldero que tan bien sabe escenificar la fe y captar las emociones de su público, les ofrezca a sus clérigos peras verdiniales, las cuales, como explica Rico (2006: 113, n. 7) «conservan el color verde incluso cuando maduras». Esta es una imagen no solo para la situación emocional de los fieles y de dichos clérigos, los cuales son tratados como seres inmaduros y dependientes de la iglesia a través de los ínfimos regalos, sino también para la situación de Lázaro. Lázaro ha madurado en tanto que ve y refleja el engaño del buldero (p.ej. «parecía un Santo Tomás, pero no lo era» v. (114)), pero al mismo tiempo sigue dependiendo de él; está falto de autonomía igual que los demás fieles y clérigos.

Antes del episodio exorcista tiene lugar un enfrentamiento entre el alguacil, quien descubrió la falsedad de las bulas, y el buldero. El pueblo se mete en medio y evita, así, que ambos se maten, pues el alguacil ya había quitado su espada. A la mañana siguiente, el pueblo «se juntó [y| andaba murmurando de las bulas, diciendo cómo eran falsas» (117). Acto seguido, el alguacil entra en la iglesia e interrumpe el sermón del buldero para proclamar a toda voz la falsedad de las bulas: «Y si en algún tiempo éste fuere castigado por la falsedad, que vosotros me seáis testigos cómo yo no soy con él ni le doy ello ayuda, antes os desengaño y declaro su maldad».

Ambas escenas, el pueblo que se reúne, el buldero que se presenta ante él y el alguacil que proclama ante todos los presentes una verdad que de todos modos para todos los presentes ya es evidente, al menos como rumor, recuerda la verdad señalada por el personaje negro en el cuento XXXII de El conde Lucanor: «De lo que contesçió a un rey con los burladores que fizieron el paño»; es el ‚negro’ quien señala al rey desnudo ante el público quien pretende ver a un rey vestido con un traje invisible.

56   Nótese que Lázaro habla explícitamente de «el negro alguacil» (119). Pero una vez más, es interesante ver que desde el punto de vista de la narración, es Lázaro el que adopta esa función: el Lázaro personaje que en el plano de la historia se mantiene neutral y como observador, es a nivel del discurso aquel niño (en la versión de Hans Christian Andersen es un niño y no un negro el que señala la verdad) que les abre a los lectores los ojos ante lo que está ocurriendo. Retomamos la imagen de las peras siempre verdes aunque maduras: Lázaro se mantiene en esa doble función: El adulto soberano a nivel de la historia, el niño vocífero, que como el negro en cuento juanmanuelino llama la atención sobre la verdad, a nivel del discurso.

 

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