Tomemos la concepción tradicional de la proposición tal como fue desarrollada desde Platón, y claramente establecida por Aristóteles. Tene- mos, entonces, la forma canónica S(ujeto) es P(redicado). Adoptemos la hipótesis de que cada uno de los dos elementos de esta forma corresponde a una realidad. Si se trata de las mismas realidades, esto se reduce a los juicios de identidad. Si se trata de realidades diferentes, cada una existe aparte, independientemente de la otra; ¿cómo ligarlas? Platón resolvía este problema con la ayuda de una ontología muy pesada y antiintuitiva: las realidades en cuestión son las ideas (eidos), entidades totalmente dife- rentes de las entidades del mundo sensible, que son tan solo copias de aquellas. La vinculación de las ideas corresponde a la participación de unas con las otras; la participación es algo poco claro y la solución le pa- reció bastante fantasiosa a cantidad de filósofos. La solución de Aristóte- les (la equivocidad del ser) se expresa en la teoría de las categorías, muy comentada durante toda la Edad Media y hasta la época moderna.
El punto fundamental para Aristóteles es que lo que es (el ente, to
on) se dice de múltiples formas (pollakôs legetai): por accidente, como
verdadero (y el no ser como falso) y según los esquemas de la predica- ción (ta skemata tes categorias), es decir las categorías1. Estas últimas
son expuestas en el tratado de las Categorías (capítulo 4) y correspon- den a la lista siguiente:
Cada una de las expresiones que no entran en una combinación signifi- can: la sustancia; o cuánto [cantidad]; o cuál [cualidad]; o relativo a qué [re- lación]; o dónde [lugar]; o cuándo [tiempo]; o ser en posición [posición]; o ser en estado [posesión]; o hacer [acción]; o padecer [pasión]. "Sustancia", por ejemplo, en general, "hombre, caballo"; "cuánto", por ejemplo "de dos codos, de tres codos"; "cuál", por ejemplo "blanco, instruido"; "relativo a qué", por ejemplo, "doble, medio, más grande"; "dónde", por ejemplo, "en el Liceo, de compras"; "cuándo", por ejemplo, "ayer, el año pasado"; "ser en posición", por ejemplo, "está acostado, está sentado"; "ser en estado", por ejemplo, "está calzado, está armado"; "hacer", por ejemplo, "corta, quema"; "padecer", por ejemplo, "fue cortado, fue quemado".
Hemos retomado la traducción literal propuesta por el lingüista Ben- veniste, en un célebre artículo ("Categorías del pensamiento y categorías de la lengua" [1958], 1966: 65-66), agregando entre corchetes los nom- bres tradicionales de las categorías que encontraremos, por ejemplo, en la traducción que da Tricot de este pasaje. Esta traducción literal permite ilu- minar un punto sobre el cual el lingüista ha hecho una contribución esen cial; se trata de la relación de las categorías con la estructura de la lengua griega1. La relación es bastante simple de hacer para las seis primeras:
1) ousia, la sustancia o la esencia, indica la clase de los sustantivos; 2) poson, la cantidad, y
3) poion, la cualidad, indican dos tipos de adjetivos;
4) pros ti, indica ya sea los elementos que son portadores en sí mismos, de relación ("doble"), ya sea la particularidad de los adjetivos griegos de po seer una forma comparativa;
5) pou, el lugar, y 6) pote, el tiempo, implican, respectivamente, la clase de las denominaciones espaciales y temporales.
Estas seis categorías refieren todas a formas nominales y hallan su unidad entonces, en las especificidades de la morfología griega. Sucede lo mismo con las cuatro siguientes, pero ellas corresponden al sistema ver-
1. Es un punto que ya sugirió A. Trendenlenburg (1802-1872) en su Geschichte der
Kategorienlehre (Historia de la doctrina de las categorías, 1846). Se debe notar que a
mediados del siglo XIX la idea de ligar las categorías y el lenguaje no parecía iconoclasta. En el apéndice del Monde comme volonté et comme représentation (1850), dedicado a la crítica de Kant, Schoppenhauer (trad. francesa, PUF, 1966: 599-603) intenta construir una tabla de las categorías a partir de las diferentes clases de palabras.
bal. Es bastante claro para 9) poeien, la acción, y 10) paskein, la pasión, ya que los ejemplos muestran bien la oposición entre las dos voces del verbo griego, la activa y la pasiva. Las otras dos, 7) kesthai, la posición, y 8) ekhein, la posesión, son menos claras, y es respecto a ellas que Benve- niste hizo la contribución más decisiva. Podemos preguntarnos por el inte- rés de una categoría como la posición; ésta no tiene, para nosotros, la mis- ma generalidad que la oposición de la acción y de la pasión. Ahora bien, los ejemplos (anakeitai, "está acostado" y kathêtai, "está sentado") co- rresponden a las formas verbales de una voz que, en la morfología griega, se intercala entre la activa y la pasiva (esta última derivada de aquélla), la media. En cuanto a la posesión, o el tener, los ejemplos son igualmente aclarativos: upodédetai, "está calzado, tiene sus zapatos en los pies") y
ôplistai, "está armado, tiene sus armas encima", son las formas del per-
fectivo medio. El perfectivo griego no indica solo un valor temporal, sino, según los casos, una manera de ser del sujeto, lo que corresponde al valor de ekhein, que, en empleo absoluto, no indica posesión material1, sino el hecho de "ser en un cierto estado".
La primera tesis de Benveniste consiste en sostener que el análisis categorial está inspirado en la estructura específica de la lengua griega. Fácticamente, la aserción es indiscutible y los argumentos son contunden- tes. No se deduce de ello que, contrariamente a lo que indica la segunda tesis (véase infra), el objetivo de Aristóteles haya sido describir la lengua griega, ni tampoco que su análisis se efectúe dentro del marco único de lo que sería tal descripción (cf. Vuillemin, 1967: 77-78). Por un lado, no uti- liza todo lo que existe en la lengua (por ejemplo, el nombre propio, el artí- culo); hay una selección en función de ciertos fines. Por el otro, lo que guía explícitamente a Aristóteles no es la gramática (otros fenómenos, la concordancia, el caso, son aquí fundamentales), son los criterios lógicos y ontológicos. Tomemos la categoría de sustancia; haríamos mal en identifi- carla con la función lingüística "sustantivo": por definición, no concierne a los nombres de cualidades. Uno de los criterios de la sustancialidad co- rresponde a las condiciones lógicas de la predicación: es sustancia aquello que i) no se predica de un sujeto (Filósofo es Sócrates es absurdo); ii) no está dentro del sujeto, (ii) es más fundamental que (i): las sustancias se- gundas (por ejemplo, "hombre") se predican correctamente de un sujeto (y, en este sentido, son menos sustancias que las sustancias primarias, las realidades concretas), pero no están en el sujeto, como la parte en el todo.
La distinción entre (i) y (ii) tiene, igualmente, un alcance ontológico: "Entre los seres algunos son predicados de un sujeto, sin estar dentro de ningún su- jeto [...]. Otros están dentro de un sujeto, pero no son predicados de ningún sujeto [...]." (Cat. 2). La definición de sustancia, finalmente, está articulada sobre una concepción física del mundo: "Todo lo que es causa inmanente de la existencia de seres cuya naturaleza consiste en no ser predicada de un suje- to, por ejemplo, el alma para el animal" (Metafísica, D, 1017 a 14-16).
La segunda tesis de Benveniste consiste en sostener que como las ca- tegorías aristotélicas son las categorías de la lengua griega, las categorías del pensamiento, son categorías de la lengua y, en consecuencia, están li- mitadas al griego. Algunos filósofos reaccionaron violentamente en contra de esta tesis; ella trae aparejadas dos cosas que muchos no desean, el rela-
tivismo lingüístico, interpretado como un determinismo lingüístico, e, ipso facto, la relativización de las bases de la metafísica occidental. Existe mu-
cha confusión en este tipo de discusiones. Volveremos sobre el relativismo en el próximo capítulo y estudiaremos el determinismo en el capítulo 10. Pero la crítica se apoya también en malos argumentos que conviene eliminar desde ahora. Los encontramos reunidos en un célebre artículo de Derrida (1967) titulado "Le supplément de copule". Estos argumentos se apoyan so- bre ciertos planteos de Benveniste, de los cuales, lo menos que podríamos decir, es que carecen de precauciones filosóficas.
El primer planteo consiste en querer mostrar que "la estructura lingüís- tica del griego predisponía la noción de "ser" a una vocación filosófica" (loc.
cit.: 73). El lingüista procede a contrario estudiando en la lengua ewe (Togo)
la distribución del valor del verbo ser en griego, y en la mayor parte de las lenguas indoeuropeas, en al menos cinco elementos léxicos:
— nyé, marca la identidad entre dos términos (Benveniste escribe "entre el sujeto y el predicado"), pero es un verbo transitivo y el se gundo término está en acusativo;
— le, intransitivo indica la existencia (mawu le, Dios existe) y sirve para calificar el hecho de que la referencia del otro término es pen sada en relación a un lugar, un tiempo, una cualidad, etcétera, (e-le nyuie, está bien, e-le a fi, está aquí); este verbo sólo existe en ao risto, en los otros tiempos se reemplaza por el verbo transitivo no (permanecer, quedar);
— wo, que significa "hacer realizar, producir un efecto", combinado con un término de materia, permite una predicación (ke, arena; wo ke, ser arenoso);
— du, sirve para la predicación cuando se trata de un término de fun ción, de nobleza (du fu, ser rey);
— di, se emplea con ciertos términos de cualidad física (di ku, ser delga do).
La conclusión que produce el autor es que si se hubiese construido una metafísica sobre la base de esta lengua, ésta estaría organizada de for- ma diferente. Es verdad, sin duda, pero esto no implica de ningún modo el determinismo lingüístico de la ontología, puesto que sobre la base del griego podemos igualmente construir otras ontologías (véase, en la sec- ción siguiente, el caso de los estoicos).
El segundo planteo proviene de otro artículo, más antiguo, dedicado a las frases nominales (1950), las frases constituidas por dos elementos nominales sin que sea necesaria la presencia de una cópula. Existen tales frases en castellano, por ejemplo [2i].
[2] i) Mala, tu idea ( = tu idea es mala); ii) Una idea mala.
Existen cantidades de lenguas en las que la frase nominal no es ni opcional ni rara, sino que representa la estructura obligatoria de un cierto tipo de aserción. Benveniste planteó el problema en términos extremada- mente desafortunados: "¿Cómo es que [...] el verbo de existencia tiene, entre todos los verbos, este privilegio de estar presente en un enunciado donde no figura? (1966: 152). Esta formulación es del agrado de Derrida: "En todas las lenguas una cierta función viene a suplir la "ausencia" léxi- ca del verbo 'ser' (loc. cit.: 35). Y, el filósofo va más allá:
La ausencia de "ser", la ausencia de este singular lexema, es la ausencia misma. El valor semántico de ausencia en general ¿no depende del valor lé- xico-semántico de "ser"? (ibid.).
La solución no es totalmente inédita. Al Farabi en su comentario del
Peri Hermeneias amplía la idea aristotélica de la presencia de una cópula
en todos los verbos a las frases nominales del árabe, que incluirían la có- pula en potencia. Pero el problema de Al Farabi es adaptar a Aristóteles al árabe, una lengua no indoeuropea; en esta operación, es legítimo partir del griego y encontrar un sesgo. No es exactamente lo mismo que plantearse la cuestión de saber si el verbo ser está presente en las lenguas que no lo tienen (!). Esta última cuestión es absurda en sí misma y debe extrañarnos
que un lingüista moderno haya podido pensar en plantearla1. El enfoque lingüístico consiste, primero, en considerar las funciones lingüísticas tal como se realizan en las diferentes lenguas, no en proyectar la estructura de una lengua o grupo de lenguas sobre otras. Retomemos el caso de la frase nominal y de nuestros ejemplos [2]. Cuando utilizo [2i], la expresión
tu idea no es para nada ambigua, mi interlocutor y yo mismo sabemos de
qué se trata; cuando le agrego el adjetivo mala mi objetivo es el de califi- carla, de aportar una información suplementaria de lo que yo pienso de ella. En el caso de [2ii], utilizo el adjetivo para identificar aquello de lo que hablo; puedo ulteriormente agregar una información como en [2ii'].
[2] ii') Una idea mala está destinada al fracaso.
Tenemos, entonces, dos operaciones muy distintas, que podemos lla- mar especificación y calificación (o predicación). En francés, la presencia de la cópula distingue claramente las dos operaciones y las dos funciones posibles del mismo elemento nominal, el adjetivo como epíteto o como atributo2. En otras lenguas, la distinción bien puede estar marcada por el orden de las palabras, como en turco en [3i], o por dos partículas, como en tagalog3en [3ii], una de las cuales desempeña el papel de nuestros de- terminantes (un artículo, por ejemplo) y la otra el de nuestra cópula.
[3] i) qirmizi ev (la casa roja) / ev qirmizi (la casa es roja);
ii) ag bata g mabait (el buen infante) / ag bata ay mabait (el infante es bueno).
Existen relaciones estrechas entre la especificación y la predicación. En las lenguas que poseen pocos adjetivos4, las formas de la tercera perso- na de los verbos son utilizadas en su lugar. En una lengua como el caste- llano, una frase copulativa puede ser utilizada para especificar un sustanti- vo (proposición relativa) como en [2iii]. Los lógicos de Port-Royal postu-
1. Comprendemos bien como Benveniste llegó a ello: el problema proviene de su de finición de verbo ("elemento indispensable para la construcción de un enunciado asertivo finito", ibid: 154), heredada de la gramática general.
2. Notaremos que en la tradición lingüística francesa la distinción entre adjetivo y sus tantivo data del siglo XVIII (conforme con la tradición grecolatina los dos formaban parte antes de la misma clase de los nombres); las dos funciones del adjetivo se popularizaron en la gramática escolar del siglo XIX.
3. Lengua de Filipinas.
4. Es el caso de numerosas lenguas amerindias donde no encontramos más que una decena de adjetivos concernientes a los colores, las oposiciones pequeño/grande, bue no/malo, etcétera.
laron que el epíteto era siempre equivalente a una relativa, lo que plantea el problema de saber si la relativa es una forma predicativa, o, como se de- cía en la época, si expresa un juicio1independiente. Este no es siempre el caso: en [2iii], sólo se trata de calificar (no tenemos necesidad de otra in- formación sobre aquello de lo que hablamos), mientras que si reemplaza- mos el adjetivo de [2ii'] por la relativa correspondiente, tendremos una es- pecificación. Port-Royal distingue dos tipos de relativas, las explicativas (corresponden a un juicio) y las determinativas; esta teoría está en el ori- gen de la doctrina de la analicidad (véase el Capítulo 5).
[2] iii) Una idea que es mala; iii') Su idea que es mala.
Existen lenguas con frases nominales e incluso lenguas donde la ma- yoría de los ítem léxicos pueden servir de segundo término en una rela- ción predicativa2. Cuando tenemos una lengua con frases nominales, in- cluso una lengua "omnipredicativa", ¿estamos obligados a admitir que se trata de frases truncas? La hipótesis de Benveniste parece una hipótesis ad
hoc para salvar una aserción en materia de teoría lingüística que podemos
formular así: "en ninguna lengua la estructura Sustantivo + Sustantivo es una frase". Pero, ¿por qué el hablante náhuatl restituiría un "es" que tuvie- se el mismo valor que el nuestro? ¿Por qué pensaría lo mismo que noso- tros3? Resulta bastante frágil salvar la universalidad de la metafísica occi- dental mediante un "suplemento de cópula".
1. Cuando Aristóteles trata de la representación capaz de ser verdadera, considera el discurso declarativo (logos apophantikos) y sus relaciones tanto con la realidad (cf. la teo ría de las categorías) como con las impresiones del alma. Después de la instauración carte siana de la subjetividad, esta relación de la representación con el lenguaje se invierte. Par timos de un pensamiento en el que el sujeto realiza un acto específico, el juicio. La propo sición (que es necesario entender entonces como una entidad puramente lingüística) no es más que la expresión del juicio. La teoría del juicio, que está en el origen de la filosofía trascendental, es la forma clásica (mentalista) de la teoría de la proposición. La cópula lin güística es concebida como representando el acto del espíritu, es decir, la aserción, bajo su forma positiva o negativa. El lector notará la introducción de una ambigüedad en el senti do del término "proposición": en la filosofía antigua, designa una sola entidad que se reali za de forma diversa (proposición mental versus proposición verbal); en la filosofía clásica francesa y en nuestra terminología gramatical, se trata de la frase o de la parte de la frase que representa un juicio; en la filosofía moderna de tradición anglosajona se trata de la contraparte significante de la frase.
2. Es el caso del náhuatl clásico (la lengua de los aztecas). Hablamos en este caso de omnipredicatividad. Véase M.Launey, Une grammaire omniprédicative. Essai sur la mor-
phosyntaxe du nahuatl classique, París, CNRS Editions, 1994.
3. El lector habrá notado la contradicción teórica entre el artículo de Benveniste sobre las frases nominales y aquel sobre las categorías; Derrida utiliza el primero contra el segundo.
Aunque no esté determinada por ella (véase la sección siguiente), la metafísica de Aristóteles está fuertemente ligada con la estructura de los lenguajes indoeuropeos. El verbo "ser" de esas lenguas, en efecto, tiene la función sintáctica de cohesión y de aserción en la frase copulativa simple, con un valor lexical existencial.
Es probablemente este conocimiento el que está en el origen de las concepciones lingüísticas de los sofistas como de su discusión por Platón y Aristóteles: hablando de la cópula, creemos tratar del ser y lo existente. De pronto, tenemos grandes dificultades en distinguir las diferentes fun- ciones. Pero su confusión es perjudicial. ¿Del hecho de que yo afirme que algo es alguna cosa, se deduce que yo la considere entre las cosas que son y que constituyen el moblaje último del mundo? Si respondemos que sí, es difícil evitar los principios de la ontología de Aristóteles: las categorías no son solamente los medios más o menos cómodos de clasificar los pre- dicables, ellas clasifican los seres. Pasa lo mismo con las sustancias pri- meras, los individuos concretos del mundo; pero, ¿qué ocurre con las cua- lidades o las "posiciones"? ¿De qué seres se trata? Allí donde Platón res- pondía mediante la teoría de las ideas, Aristóteles responde con las formas que subsisten en las realidades concretas: dicho de otro modo, las ideas existen, simplemente no están separadas de la materia. La doctrina ontoló- gica de la equivocidad implica que decir el ser no es solamente decir lo que es, es decir que es tal o cual tipo de ser. Cada elemento de cualquiera de las diez categorías es un tipo de ser.
La confusión de las tres funciones de la cópula indoeuropea no es una necesidad; tiene consecuencias perjudiciales para el análisis lingüísti- co y lógico de los enunciados, así como para la ontología. En este último caso, el problema surge de la permanencia supuesta del valor existencial de la cópula en todas sus ocurrencias. La primera parte de la ecuación de [4] puede completarse como en [4'], pero cualquiera sea su contexto, po- see el valor explicitado por la segunda parte. La existencia es un predica- do entre otros1. Ahora bien, debemos sostener, como lo hizo Kant, que el concepto de una cosa no cambia de contenido según que esta cosa exista o