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Lo expresable y la variabilidad de la ontología

In document Auroux Silvain La Filosofia Del Lenguaje (página 132-147)

Al construir su lógica, Aristóteles seleccionó un cierto tipo de enun- ciados entre los enunciados corrientes de la lengua griega como modelo de toda enunciación. Nunca se destacará lo suficiente la importancia de esta elección. Otros tipos de enunciados son también importantes: por ejemplo, las frases centradas sobre la expresión de una acción calificada por los factores de su realización (Pedro regala una torta a María). Es so- bre los modelos de este tipo que el gramático indio Panini propuso la teo- ría de los karaka para el sánscrito1. Estos son seis2:

— apadana (ablación): "lo que es fijo, cuando hay distancia";

— sampradana (dación): "lo que [el agente] piensa reunir con el objeto"; — karana (instrumento): "lo que es por excelencia el medio de realizar

(la acción)";

— adhikarana (locación): "el soporte";

— karman (objeto): "aquello que el agente desea obtener por sobre todo";

— kartr (agente): "aquello que es autónomo (en relación a los otros

karaka)".

Para comprender lo que está en juego con la teoría de los karaka, es necesario considerarlos como la representación de los papeles semánticos en la descripción de una actividad o más bien el modelo prototípico de toda actividad3. No se trata de morfología lingüística: a cada karaka co- rresponde fundamentalmente un afijo nominal o un afijo verbal, pero su lista no se identifica con las desinencias nominales de la declinación. Se

1. No podemos hacer jugar la relatividad lingüística para explicar esta elección: el sánscrito asti es bastante cercano del griego esti, es decir, de nuestra cópula es.

2. Seguimos la exposición de G.J. Pinault en Auroux (compil.), Histoire des idees lin-

guistiques,T. 1, 1989: 392-394.

3. Los comentaristas sostienen, a veces, que la actividad prototípica en cuestión es la del sacrificador en una ceremonia religiosa.

puede comparar este análisis con el del enfoque actancial de los enuncia- dos contemporáneos; en nuestro último ejemplo en español tenemos así tres actantes: Pedro = agente; torta = objeto; María = beneficiario. Los ka-

raka sirven para formular las reglas gramaticales y no las reglas lógicas.

Reflejan una ontología y un modo de vida; pero aunque caracterizan tipos de seres (el agente, por ejemplo) y los clasifican, no es en tanto seres, sino solamente en la medida en que se los concibe como elementos de un pro- ceso de una cierta naturaleza.

La concepción aristotélica de la proposición dominó la historia occi- dental; inclusive la concepción funcional, que analizaremos en nuestra sección sobre la referencia, debe ser considerada tanto una extensión como un cuestionamiento radical. Si bien deja abiertas muchas posibilida- des, algunas de las cuales serán exploradas en la Edad Media, genera ne- cesariamente un tipo particular de ontología. Haríamos mal en limitarnos a este tipo; sin recurrir a las lenguas que poseen estructuras lingüísticas muy diferentes de las de las lenguas indoeuropeas (volveremos al tema a propósito de la relatividad lingüística), es posible adoptar otros análisis lingüísticos y ontologías radicalmente diferentes. Para ilustrar esta posibi- lidad consideraremos dos casos: el de los estoicos y el de la mereología. Ambos propusieron alternativas a las poderosas teorías que dominaron durante mucho tiempo el desarrollo de las concepciones lingüísticas: el aristotelismo para las primeras, la concepción russelliana de la estructura proposicional para la segunda.

Hemos visto que la estructura predicativa adoptada por Platón y Aristóteles generaba serias dificultades ontológicas. Estas dificultades se tornan insalvables si tomamos como punto de partida una ontología mate- rialista, o más bien "corporalista", como la de los estoicos. Sea la proposi- ción: el árbol es verde; si el sujeto y el predicado designan cuerpos, por naturaleza impenetrables, la cópula no puede significar la identidad. La única solución consiste en deshacerse de la cópula y concebir de otra for- ma la estructura de la proposición. Imaginemos que reemplazamos1nues- tra proposición inicial por la forma el árbol verdoso; esto no hace más que expresar un cierto aspecto de un cuerpo en tanto que realiza o padece una acción. El atributo expresado por el verbo no significa un objeto ni una re- lación entre dos objetos, sino un hecho o un suceso. La proposición no significa la participación de dos ideas, ni la inclusión de un concepto en

1. Este reemplazo es exactamente la tarea parafrástica inversa de la que llevó a Aristó- teles a formular los fundamentos de la teoría del verbo sustantivo.

otro, ni la inherencia de un sujeto a un predicado. Significa un hecho o un suceso y su significado seguirá siendo del mismo tipo en ausencia de todo sujeto de inherencia, como cuando decimos amanece. Nos resta compren- der el estatuto ontológico de este hecho; esto nos lleva a la delicada teoría del lekton o lo expresable.

Podemos presentar la teoría estoica del lekton con la ayuda de un es- cenario que nos refiere Sexto Empírico (Contre les mathématiciens, VIII, ii). Un griego y un bárbaro (es decir alguien que no comprende el griego) escuchan una misma palabra, es decir, un sonido S; ambos tienen la repre- sentación R del objeto O significado por la palabra (to sêmainomenon); sin embargo, el primero comprende, pero el segundo no. Ahora bien, S, R y O son exactamente la misma cosa para los dos; es necesario, entonces, que algo difiera. Según Sexto Empírico, los estoicos consideran que O, aunque es el mismo, tiene para el griego un atributo que no posee para el bárbaro, ser expresado por la palabra S. En la ontología estoica S, R y O son cuerpos; lo expresable, el lekton, no puede ser uno de ellos, es incor- póreo, un asomaton, como lo son el vacío, el lugar y el tiempo. Para los estoicos, como ya lo hemos visto, todo es cuerpo; la realidad se concentra en el individuo. Sólo los cuerpos son causas o sufren la acción de las cau- sas: lo incorpóreo no puede actuar ni padecer, no es un ser.

El hecho de ser significado es un expresable y un predicado de la cosa; el hecho de ser expresado es un expresable y un predicado de lo ex- presable. Todos los elementos de la lógica (atributos, juicios, relaciones de juicios) son expresables. Hay dos tipos de expresables, los incompletos (que corresponden a los verbos sin sujeto, escribe, habla) y los completos, de los cuales los más simples (las proposiciones, axiomata) están com- puestos por un verbo acompañado por un sujeto, siempre singular1. Los

verbos son o bien personales (sumbamata), indicando la acción de un su- jeto (Sócrates se pasea), o bien impersonales (parasumbamata). Su análisis permite distinguir diferentes tipos de predicados: i) predicados directos: un verbo + un complemento que padece la acción; ii) predicados pasivos: verbos pasivos2, de los cuales forman parte los reflexivos; iii) aquellos que

no son ni uno ni otro. Los expresables o predicados incompletos son los atributos de las cosas y forman parte de las representaciones racionales. Como lo nota Bréhier, a quien hemos seguido extensamente en

1. Fueron los estoicos quienes separaron el nombre propio, el nombre común y el ad jetivo dentro de la categoría general del nombre (onoma).

2. El griego (como el latín) posee en su sistema de conjugación las inflexiones pasi

nuestra exposición, lo expresable no es toda especie de representación ra- cional (la mayor parte de ellas son corporales) sino la del hecho y el suce- so. No podemos decir que el hecho añada algo a la realidad: puesto que es un incorpóreo, no es cosa alguna. Con la teoría de lo expresable, los estoi- cos no sólo realizan un análisis original del lenguaje, sino que también permiten pensar en la autonomía ontológica. No es la menor de las para- dojas que esta autonomía no corresponda "al ser"; es necesario observar, sin embargo, que corresponde a la tesis profunda y totalmente objetivista según la cual el hecho de ser significado no agrega nada al ser.

Podemos presentar concepciones ontológicas variadas siempre perma- nenciendo en el modelo tradicional de la proposición predicativa. Hemos he- cho ya una alusión a la ontología1mereológica de Lesniewski, al final del ca- pítulo precedente. Sea la proposición Medor es un perro. En la interpretación russelliana habitual, esto significa que Medor, el individuo denotado por el nombre propio "Medor", pertenece a la clase de los perros, o también, que satisface la propiedad ... "ser un perro". Si nos planteamos la cuestión de sa- ber qué tipo de realidad son las entidades que designan "clase" o "propie- dad", volvemos a encontrar serias dificultades ontológicas; en particular, no sabemos situarlas en el espacio/tiempo. Por otra parte, la clase compuesta por los elementos (dos ojos, una nariz, una boca, dos orejas, una frente) no está verdaderamente definida: no sabemos a qué propiedad corresponde; por su- puesto que el conjunto de estos elementos corresponde a un rostro, pero nin- guno de ellos satisface la propiedad "... ser un rostro". Para resolver estas di- ficultades Lesniewski construyó la mereología, que es una alternativa a la teoría clásica de los conjuntos. Reemplaza a la teoría de las clases distributi-

vas, por una teoría de las clases colectivas. Obtenemos una teoría de las totali-

dades a partir del término primitivo "... ser parte de ...", relación transitiva pero esencialmente no simétrica. Las clases colectivas contienen los elementos de la totalidad y sus partes; las clases distributivas, que son extensiones de conceptos, no contienen más que sus elementos y, eventualmente, los que están incluidos en ellos, pero no los que les pertenece. Como clase distributiva, planetas con- tiene los 9 planetas y nada más; como clase colectiva o mereológica, contiene también los casquetes de Marte. Una de las consecuencias del punto de vista adoptado es que no diferenciamos entre Juan está enfermo y Juan es un en-

fermo, es decir entre adjetivo y sustantivo.

1. En Lesniewski, el término designa la teoría del nombre, en el marco de una gramá- tica categorial (véase el apéndice 2); esta teoría es concebida por su autor como totalmente neutra respecto de la existencia de los objetos designados por los nombres, entonces, para la ontología en el sentido en que utilizamos el término.

Los dos ejemplos que acabamos de analizar bastan para mostrar dos cosas: la variabilidad de la ontología y su relación con ciertas formas de análisis lingüístico. Dan, igualmente, una indicación fundamental que de- beremos recordar cuando abordemos la cuestión del relativismo lingüísti- co: la construcción de una ontología parece menos ligada a la particulari- dad de una lengua que a las grandes elecciones metafísicas y a su cohe- rencia con el análisis lingüístico mismo. Si, entonces, la estructura de una lengua dada limita las elecciones ontológicas, es sólo en la medida en que puede limitar las posibilidades del análisis lingüístico.

El problema de la referencia (1): suposición y extensión

Cuando tenemos una frase construida según la fórmula canónica S es

P, surgen dos preguntas en cuanto a la significación del término utilizado

como sujeto. La primera es saber qué elemento de lo real es designado por el signo del sujeto, cuál es su referencia. La cuestión es relativamente simple cuando este signo es un nombre propio, como Sócrates: el signo

"Sócrates" vale para el individuo llamado Sócrates. Es mucho menos sim-

ple cuando se trata de un signo complejo como Todo hombre. Podemos considerar que cualquiera sea la expresión, ésta no puede más que remitir a los individuos del mundo real; pero entonces encontramos la segunda cuestión: ¿cómo puede efectuarse esta remisión, particularmente cuando no se trata de un nombre propio?

Fueron los lógicos terministas medievales quienes enfrentaron pri- mero en forma clara este tipo de cuestiones. En la lógica modernorum (véase apéndice 1) encontramos tres conceptos esenciales:

— significatio (significación): es la "presentación de la forma de cual quier cosa al entendimiento" (G. de Sherwood); dicho de otro modo, es un concepto ligado a una palabra (vox) por la ¡mpos.ción

(impositio) originaria;

— appellatio (apelación): "La apelación es la acepción (acceptio) de un término en lugar de una cosa que existe" (Pedro Hispano)1; — suppositio (suposición): "La significación es la propiedad de un sonido

vocal, la suposición es la propiedad de un término que ya está com puesto por un sonido vocal y una significación" (Pedro Hispano)2.

1. Tractatus X, ed. L. M. de Rijk, Assen, Van Gorcum, 1972: 197.

Es el concepto de suposición el que ha sido objeto de la más grande elaboración teórica por parte de los lógicos. Ellos distinguen la suposición material, cuando la palabra es empleada de forma sui-referencial (Hombre

tiene seis letras), de la suposición formal. Esta puede ser discreta, en el

caso de un nombre propio (Sócrates es un hombre) o común. En este últi- mo caso, puede ser natural (es la suposición de la palabra fuera de contex- to) o accidental. En este caso, puede ser simple, cuando la palabra vale por la forma de la cosa (Hombre es una especie) o personal, cuando vale para muchos individuos. Está entonces, determinada, cuando el término se supone para un individuo, sin más precisión concerniente a quién es (Un

hombre ríe, es decir, al menos uno) o confusa, cuando se supone para va-

rios. La suposición confusa puede ser de dos tipos: simplemente confusa

(suppositio confusa tantum) o confusa y distributiva. En los dos casos, se

trata de la cuantificación universal (Todo hombre es un animal). Un térmi- no en un supuesto simplemente confuso se analiza disyuntivamente (de todo hombre podemos decir que es este animal o aquél, etcétera, tomado de a uno); en un supuesto distributivo se analiza conjuntivamente (de cada uno de los hombres tomados de a uno, podemos decir que es un animal). La significación confusa y distributiva puede, finalmente, ser "móvil" o "inmóvil". La primera corresponde a la suposición de lo universal; la se- gunda al hecho de que el término no puede ser reemplazado por un singu- lar (Todos los apóstoles son doce). La teoría de la suposición permite, en- tre otras cosas, manejar lo que hoy en día llamamos la cuantifícación; da lugar a numerosas reglas de inferencia. Es de entender que una teoría tan compleja haya originado múltiples discusiones técnicas y profundas di- vergencias filosóficas. Un nominalista no aceptará la suposición simple, y se sentirá tentado de reemplazarla por la suposición material; un realista lo hará sin problemas. Nos interesaremos simplemente por el problema planteado al comienzo de esta sección, la ocurrencia de las relaciones po- sibles entre los tres términos.

Los filósofos y lógicos medievales teorizaron la relación entre la apelación y la suposición: para algunos (Pedro Hispano, especialmente), la primera no es más que la suposición personal restringida (restrictio, para el tiempo verbal principalmente) a las cosas existentes y presentes

(suppositio personalis restricta pro praesentis et existentibus); para otros

(Guillermo de Sherwood, Roger Bacon), es una propiedad invariable y no contextual, los términos son originariamente impuestos a los existentes, y cuando ellos tienen el valor de las cosas pasadas o futuras es por "amplia- ción" (ampliatio) contextual. Desde luego, los dos tipos de solución no

tienen las mismas consecuencias filosóficas. En cualquier caso, obtene- mos una relación, por así decir, "calculable" entre la apelación y la supo- sición; no sucede lo mismo con la significación. La significación es una propiedad de los términos fuera de su contexto proposicional; no es el caso de la suposición (con excepción de la suposición natural, que no to- dos los autores admiten). La significación es, entonces, anterior a la supo- sición; como los autores admiten generalmente, debe jugar un papel en la constitución de la suposición, pero nadie ha podido precisar cuál. Esta si- tuación es uno de los bloqueos esenciales de la semántica medieval; se debe a la teoría de la percepción y a la ontología. La significación es un concepto del espíritu, que es, él mismo, una forma de las cosas y, por ende, posee, como tal, una relación perfectamente clara con la realidad. Los particulares (las referencias individuales de los términos) son los con- ceptos de materia y de forma. No existe homogeneidad posible entre los conceptos y los individuos. Ha sido necesario esperar a la digitalización cartesiana del espíritu y el abandono de las formas sustanciales (véase el capítulo precedente) para poder relacionar comúnmente la significación y la suposición, como lo hará la ley de Port-Royal sobre la variación inversa de la comprensión de las ideas (= la significación de los términos) y de su extensión (= la suposición de los términos). Regresaremos, en el capítulo 6, sobre estas nociones importantes que ponen en juego la intencionali- dad. Por el momento, una simple exposición de esta ley, bajo la forma que le dio, en el siglo XVIII, el gramático Beauzée, bastará para ilustrar nues- tro propósito:

[8] cuantas menos ideas parciales entran en la de la naturaleza general enunciada por el nombre apelativo más individuos hay a los cuales ella puede convenir; y, al contrario, cuantas más ideas parciales entran, menos individuos hay a los cuales la totalidad puede convenir.

La teoría de Beauzée es particularmente interesante, dado que pone en juego una noción que tiene, probablemente, un origen medieval, la lati-

tud; ésta corresponde a una técnica que usaban los calculistas de Oxford

para dar una expresión cuantitativa (intensidad) de la cualidad. Seguire- mos el artículo amplitud redactado por la Encyclopédie méthodique (1784) y que constituye la exposición más compacta de su doctrina. El primer punto importante es el carácter cuantitativo de la teoría, que co- rresponde a una verdadera matematización de la teoría de la referencia. La comprensión de una idea es la cantidad de ideas parciales contenidas en esta idea. La amplitud corresponde a una cantidad de otra naturaleza y, en

consecuencia, que no tiene otra homogeneidad con ella que la de ser una cantidad: es una cantidad de individuos ("cantidad de individuos a los que aplicamos concretamente la idea de la naturaleza enunciada por los nom- bres"). Una cantidad puede tener grados. De allí una primera constata- ción: "la significación del mismo nombre apelativo puede [...] recibir dife- rentes grados de amplitud, según la diferencia de los medios que la deter- minan". Retomamos los ejemplos dados por Beauzée para la palabra hom-

bre en la figura 1; el grado de amplitud, pasando de O a A, varía de cero a

una cantidad máxima que es una propiedad de la idea misma.

Falta determinar el grado de amplitud que la idea alcanza en el punto A. Es aquí donde interviene la latitud: "Los nombres apelativos, no siendo aplicables a cantidades iguales de individuos, podemos decir que no tie- nen la misma latitud de la amplitud; y se advierte que llamo de esta ma- nera a la cantidad más o menos grande de individuos a los que puede con- venir cada nombre apelativo". La latitud de la amplitud corresponde, en- tonces, a lo que los medievales llamaban suposición natural. Podemos representarla mediante la mitad inferior de la figura 2. Consideremos una

dimensión AC, la latitud de la amplitud, y AO la dimensión ortogonal que representa la extensión de la amplitud. Las dos se miden en cantidad de individuos. Toda idea está situada sobre el lado CO del triángulo rectán- gulo AOC. La extensión de la amplitud no puede exceder su latitud (AOC es ¡sóceles), lo que es una propiedad infranqueable de las ideas. Si tengo una idea sobre CO, toda añadidura le hace cambiar de latitud y, entonces, de extensión. Beauzée se expresa claramente sobre la correlación entre es- tos diferentes cambios:

[9] i) Si comparamos los nombres que expresan unas ideas subordinadas a otras como animal & hombre, figura & triángulo, la comprensión de estos nombres y la latitud de su Amplitud son, si puedo decirlo así [bastardilla nuestra], en razón inversa una de otra [...].

ii) Todo cambio hecho a la comprensión de un nombre apelativo supone e

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