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La arbitrariedad del lenguaje

In document Auroux Silvain La Filosofia Del Lenguaje (página 96-100)

Aunque Port-Royal sólo dedicaba una quincena de líneas al final de un capítulo al lenguaje, su división de los signos contenía, sin embargo, un germen de nociones importantes, marcadas por las dos distinciones no- tadas respectivamente con 5 y 6, 6' y 6" en nuestro cuadro I. Estas distin- ciones conciernen a lo que se ha convenido en llamar la arbitrariedad lin-

güística y aportan un análisis bastante fino. Si 6 es una definición de la ar-

con 6', según las concepciones que podrían explicitarse como sigue, reto- mando la relación de signo S(A,B):

[5] Arbitrariedad de relación: la relación S(A,B) no es idéntica a ninguna

otra relación posible (similitud, causalidad, etcétera) entre A y B. [6] Arbitrariedad de origen (convencionalismo): la relación S(A,B) tiene lugar si

y sólo si un cierto proceso (que puede ser una decisión voluntaria o no)

ocurre en el espíritu de un hombre y/o en el seno de un grupo humano.

Estas definiciones no hacen más que generalizar la oposición entre arbitrario-1 y arbitrario-2 que hemos utilizado en el caso de Locke. Se destaca en el cuadro I que, para Port-Royal, el lenguaje es "arbitrario" en el sentido [6]; respecto de [5] es menos claro1, pero por lo menos una parte del lenguaje es arbitrario en este sentido. La palabra "arbitrario" no es utilizada ni una sola vez en el capítulo de Port-Royal, síntoma evidente de que la cues- tión no les interesa, esto es, no plantea ningún problema. El lenguaje es arbi- trario, característica esencial que lo distingue y sitúa en el sistema de signos que llena el universo; allí se quedan. El hecho de que el pensamiento no pue- da ser considerado un signo basta para explicar este límite.

Ocurre de otro modo en el siglo XVIII: la arbitrariedad del lenguaje deviene una cuestión inaugural, un lugar obligado de discusión y, por consiguiente, la reflexión semiótica adquiere una importancia de primer plano. En el Siglo de las Luces, volvemos a encontrar una variedad impre- sionante de composición de los elementos que constituyen el signo: (soni- do, idea del sonido, idea del objeto, objeto), (objeto, sentimiento, grito), (objeto, figura, idea), (letra, idea de la letra, idea del sonido, sonido, idea del objeto, objeto), etcétera2. Sería erróneo, sin embargo, tomar estas des- cripciones como teorías diferentes del signo lingüístico. Existe en todos los autores una matriz fundamental, la estructura ternaria (sonido, idea, objeto) que funciona, por ejemplo, en las gramáticas. Las otras descrip- ciones son interpretaciones de esta estructura ternaria. El pensamiento se- miótico de la Ilustración gira en torno de la constitución del proceso de la significación: se concibe que la arbitrariedad del signo está en su origen. Con la ayuda de una génesis cuyos elementos, como las etapas, son objeto de elecciones tanto teóricas como ideológicas, los autores realizan la tarea de dar cuenta de la estructura ternaria fundamental. Es en esta discusión,

1. En el texto 6' y 6" son presentados en una alternativa "sea [...] sea [...]" a la cual el ejemplo del lenguaje está encadenado por "Así [...]".

donde la génesis y la historia tienen por función explicitar una estructura lógica, que se instala en el debate antropológico y que la cuestión de la ar- bitrariedad se hace fundamental. Desborda en mucho a la teoría del conoci- miento (el problema de la verdad, de la regularidad, de la posibilidad de aser- ciones universales sobre el lenguaje, etcétera). Nos limitaremos al aspecto antropológico y, más especialmente, a la relación naturaleza/cultura, toman- do como ejemplo dos teorías fundamentalmente opuestas: las de Condillac y Court de Gébelin (Monde primitif, 9 vol., 1773-1782).

El cuadro I muestra claramente que para Port-Royal la negación de la arbitrariedad de origen no implica la negación de la arbitrariedad de re- lación: 6" es una división de 6, que se opone a 5. En la primera filosofía de Condillac (tomamos la Grammaire, publicada en 1775 en el Cours

d'études, como línea de demarcación), una posición semejante, en cuanto

a las relaciones entre las dos formas de arbitrariedad, se explicita en el he- cho de que un signo natural puede devenir un signo arbitrario (manipula- ble a voluntad por el sujeto), sin que su realidad material se modifique de ningún modo (es su empleo, en adelante voluntario, lo que cambia). El signo arbitrario e instituido (la institución comienza con lo arbitrario) de- viene la frontera que separa al hombre de la naturaleza. Marca el naci- miento de la cultura con el sello de la contingencia y de la historia. No es excesivo decir que para Condillac (también es verdad para Rousseau) la reflexión sobre el origen del signo lingüístico y sobre su arbitrariedad arranca al hombre de la estabilidad eterna de la naturaleza. La naturaleza es un punto de partida (lenguaje natural y lenguaje de acción), puede ser una norma (existe un orden natural que sería deseable seguir o haber se- guido), pero no es una necesidad (es por ello que existen lenguas mal he- chas).

La relación entre la arbitrariedad de origen y la arbitrariedad de rela- ción dista, sin embargo, de ser clara. En el cuadro II, se observa que las dos son consideradas equivalentes. En su segunda filosofía, Condillac sos- tiene que, en cualquier período, el lenguaje no es fundamentalmente arbi- trario en el sentido de la relación. Ello no implicará el rechazo del aspecto

convencional del lenguaje, es decir, su arbitrariedad de origen, que sigue

siendo la doctrina del abad:

Las lenguas no son un amontonamiento de expresiones tomadas al azar, o de las cuales nos servimos porque es conveniente hacerlo. Aun cuando el uso de cada palabra supone una convención (énfasis nuestro), la convención supone una razón, que nos hace adoptar cada palabra, y la analogía, que pro-

mulga la ley y sin la cual sería imposible entenderse, no permite una elec- ción absolutamente arbitraria1.

El rechazo condillaqueano de la arbitrariedad lingüística está motiva- do por razones que no se encuentran demasiado alejadas de aquellas que permitían a Leibniz criticar las tesis de Hobbes:

[...] existe entre ellos [los caracteres] un orden que corresponde a las co- sas, si no en las palabras en particular (aunque ello sería preferible), al me- nos en su unión y en su flexión; [...] este orden aunque varíe de una lengua a otra, conserva, sin embargo, una especie de analogía en todas [...] aunque los caracteres sean arbitrarios, existe sin embargo en su empleo y en su cone- xión alguna cosa que no lo es; quiero decir una cierta proporción entre los caracteres y las cosas, una relación que tienen entre sí los diversos caracteres que expresan las mismas cosas (Dialogus de connexione inter res et verba et

veritatis realitate, agosto de 1677).

En nuestros días, la relación lógica entre la arbitrariedad de origen y la arbitrariedad de relación, que prevalece en el sentido común, es más bien una relación de implicación: (si (A-Origen) entonces (A-Relación)). Esto permite utilizar la contrarrecíproca (si no (A-Relación) entonces no

(A-Origen)) para argumentar en contra del convencionalismo (existen

otros argumentos que conciernen a la naturaleza de la convención). Para que el argumento anticonvencionalista funcione es necesario suponer que existen entidades que serán necesariamente signos de ciertos pensamien- tos, porque si no es así, si mantenemos una hipótesis de contingencia, es posible la elección, y la convención no queda excluida por el rechazo de la arbitrariedad de similitud.

La estructura implicativa entre los dos tipos de arbitrariedad ha sido formulada en el siglo XVIII por el presidente Ch. de Brosses (Traite de la

formation mécanique des langues, ou principes physiques de l'étymolo- gie, París, 1765) y mejor aún (existen en el presidente ciertas oscilacio-

nes) por A. Court de Gébelin (Monde primitif, 9 vol. publicados, 1773- 1782) que es, en muchos sentidos, su discípulo. Para estos dos autores, el lenguaje, en su estado primero, no es arbitrario en su origen, porque no es arbitrario en su relación con las cosas: existe una lengua orgánica necesa- ria y primitiva de la que todas las otras se derivan según leyes que la eti- mología descubre. Esta lengua no es sino la expresión simbólica de las

1. Langue des calculs, edición crítica por S. Auroux y A.-M. Chouillet, PUL, Ville- neuve d'Ascq, 1981: 1-2.

cosas, tal como se realiza automáticamente a través del sesgo de la consti- tución del cuerpo humano, así como mis órganos vocales reproducen los sonidos que llegan a mis oídos. En el prospecto de su obra, Gébelin la subtitulaba Recherches sur les Antiquités du monde, y preveía una divi- sión en dos partes: "Una relativa a la palabras, la otra relativa a las cosas: aquella forma las avenidas y las columnatas; ésta es como el santuario del Templo de la primer antigüedad." El mundo de Gébelin es una totalidad cerrada aunque evolutiva; en su unidad se encuentran reunidas las pala- bras y las cosas. Su filosofía del espíritu rechaza toda solución de conti- nuidad entre la naturaleza y la cultura; el mundo del espíritu es una conti- nuación necesaria y natural del mundo natural, es el mismo mundo deve- nido según leyes inmutables1.

Con de Brosses y Gébelin, vemos cómo el pensamiento, a través del sesgo del lenguaje, vuelve a tornarse analógico para escapar a lo arbitra- rio. Comprendemos así la profundidad de la pregunta que el cartesianismo abrió para la semiótica: ¿hasta dónde el pensamiento puede dejar de ser analógico para devenir digital, es decir arbitrario?

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