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En qué sentido el lenguaje tiene una relación esencial con la ontología?

In document Auroux Silvain La Filosofia Del Lenguaje (página 119-123)

Llamamos ontología a la teoría del ser1. En ella, se consideran esen- cialmente las respuestas a dos tipos de preguntas. El primer tipo puede re- sumirse en: ¿qué es el ser, en qué consiste? El segundo en: ¿cuáles son

las cosas que son? Podemos pensar que la segunda pregunta2es la más

importante, puesto que se trata de decir aquello que consideramos como las entidades reales, las cosas existentes, que constituyen lo que Russell llama la organización última del mundo. Ahora bien, estas preguntas no son en modo alguno independientes. Tomemos una definición célebre pro- puesta por Quine: ser, es ser el valor de una variable ligada3

. Para com-

prender esta definición es necesario remitirse a la representación canónica de un enunciado proposicional, es decir, a una frase dotada de un valor de verdad como [1], que puede corresponder (entre otras cosas) a Todos los

cuerpos son pesados, como el lector lo comprenderá fácilmente a través

de la fórmula [1]:

1. Cf. Aristóteles: "Existe una ciencia que estudia el ser en sí mismo y sus atributos esenciales" (Metafísica, G, 1, 1003 a 21); el término ontología apareció en el siglo XVII (J. Clauberg, 1646, Metaphysica, cap. 1)

2. La distinción nítida entre estos dos tipos de preguntas se debe a Heidegger (Ser y

tiempo, 1927): para él la ontología trata del ser del ente (das Sein des Seienden) y lo que

concierne al ente (das Seiende), los objetos concretos, corresponden a lo óntico. Conserva remos en lo que sigue el sentido habitual y general del término "ontología".

3. Véase, por ejemplo, el artículo La lógica y la reificación de los universales, en Des

de un punto de vista lógico, Barcelona, Ariel, 1962): "En general, las entidades de una es

pecie dada son asumidas por una teoría si y sólo si algunas de ellas deben contarse entre los valores de las variables para que los enunciados formulados por la teoría sean verdade ros" (loc.cit: 103).

[ Γ ] Para todo x, si x es un c entonces x es un p.

Lo que Quine quiere decir es que en [1] los signos

"p" no significan nada en el mundo; solo tendrá significado el término que deberé poner en lugar de x1, por ejemplo, "mi pie" o "la torre Eiffel". El criterio quineano aplicado a una teoría nos dice qué forma tienen sus

supuestos ontológicos; de esta forma define una ontología general y se

puede pasar, si disponemos de una teoría, a una ontología particular2, es- trictamente ligada a esta concepción general. Esta relación corresponde, en primer lugar, al hecho de que el criterio excluye ciertos tipos particula- res de ontología: así, "madera", "manteca", etcétera, que corresponden a términos de masa, no forman parte de lo que una teoría puede suponer como real. Corresponde así a las restricciones formales impuestas a cier- tas formas de ontología: para que "blanco" o "negro" o cualquier otra pro- piedad sea objeto de supuestos ontológicos en una teoría, es necesario que ésta acepte tratarlos como valores posibles de variables ligadas, dicho de otra forma, que se cuantifique sobre los predicados. El criterio de Quine corresponde a la forma general de una ontología que, si se rehusa a cuan- tificar sobre los predicados, sólo acepta individuos; él no llega a precisar cuáles son los individuos que constituyen el mundo.

Toda búsqueda ontológica no está necesariamente ligada al len- guaje. Podemos definir qué entendemos por "ser" sin recurrir a un ins- trumental lingüístico. Es lo que hace, por ejemplo, el filósofo empirista G. Berkeley (1685-1753) cuando enuncia su criterio ontológico bajo la forma "ser es ser percibido" (esse est percipï). Estaríamos, entonces, tentados de decir que es un puro efecto de contingencia histórica que, en la tradición occidental, la cuestión de la ontología se encuentra prio- ritariamente ligada al lenguaje. Esto se vincula con las concepciones

1. La importancia del hecho de que la variable está ligada (bajo un cuantificador) obe dece a que cuando tengo una variable no ligada (por ejemplo "c(x)"), no tengo una propo sición dotada, de una vez por todas, de un valor de verdad; se trata más bien de un esque- ma abierto donde la variable indica solamente el lugar donde puedo poner un signo de un cierto tipo y, según lo que designa este signo, obtendré frases verdaderas o falsas.

2. Podemos considerar que una ontología particular es un conjunto de afirmaciones ontológicas. Estas afirmaciones son los enunciados del lenguaje objeto que se pronuncian sobre lo real; el criterio corresponde al metalenguaje. En 1968, en su artículo "Existencia y cuantificación", Quine distingue claramente entre la ontología de una teoría (los objetos comunes a todos los universos que la satisfacen) y los supuestos ontológicos. Dos leonas pueden tener la misma ontología en este sentido, pero una carga ontológica diferente. Esto per mite comprender que un existencia! negativo ("Dios no existe") no presupone la existencia del objeto que niega.

lingüísticas de los sofistas. Para Gorgias y sus colegas, el discurso resul- ta de las impresiones que hacen en nosotros las cosas exteriores, es de- cir, lo sensible. En esta concepción, tropezamos pronto con serias para- dojas.

Como lo sostenía Antístenes (ca445-ca365), alumno de Gorgias que se relaciona más tarde con Sócrates, no puedo definir qué es una cosa sino, solamente, dar a conocer algunas de sus propiedades. Peor aún, no puedo decir de una cosa lo que ella no es, ni siquiera decir que ella no es; no solo estoy encerrado en el viejo dilema de Parménides (el ser es y el no ser no es), tampoco puedo formular la segunda rama de la alternativa.

Estos son los problemas que dieron origen a las teorías platónicas1y, en general, a la "filosofía lingüística" antigua. La relación con la ontolo- gía está reforzada por el desarrollo de la doctrina de la verdad como con- formidad con aquello que es enunciado. El lenguaje habla del ser. Esto aparece inmediatamente en los enunciados predicativos donde la cópula figu- ra explícitamente, el esquema predicativo puede estar generalizado al conjun- to del lenguaje.

A los sofistas que se apoyaban sobre los enunciados que contenían un verbo transitivo (Sócrates se pasea) para sostener que el lenguaje no ha- bla siempre del ser, Aristóteles los ha refutado proponiendo una paráfrasis canónica que descompone todos los verbos en la fórmula [es + participio presente] (Sócrates es paseante de sí)2

, lo que supone, en el caso de los ver-

bos transitivos, la integración del complemento al predicado.

La ontología estaba salvada, ¡ pero la lógica, apoyándose en esta pre- dicación generalizada, permanecerá incapaz, hasta el siglo XIX, de estu- diar las relaciones3y, en consecuencia, la matemática!

Sería, sin embargo, superficial reducir las relaciones del len- guaje con la ontología al caso del griego y a una cuestión de contin-

1. Véase, por ejemplo, el Sofista y la cuestión del no ser.

2. Véase por ejemplo, Metafísica, D, 1017 a 28: "No hay ninguna diferencia entre el

hombre es portante del bien y el hombre se porta bien, ni entre el hombre es paseante de sí o cortante y el hombre se pasea o corta." Retomada por los gramáticos, esta paráfrasis

da origen a la teoría del verbo sustantivo (la cópula) por oposición a los verbos adjetivos, que están compuestos por una cópula y por un adjetivo (el participio presente). Ella plan tea numerosos problemas lingüísticos (transitividad, expresión de los tiempos y de los as pectos) y será abandonada en el siglo XIX.

3. Si hacemos el análisis de Pedro es (amando a María) o 2 es (igualando 1 + 1), la parte entre paréntesis, el predicado, debe ser considerada un bloque opaco y no podemos razonar a partir de los elementos que contiene. La lógica predicativa de la tradición se li mita, al estudio de las clasificaciones.

gencia cultural. Podemos prescindir del lenguaje para acceder a la ontolo- gía1, pero el estudio del lenguaje conduce naturalmente a la ontología. Cuando decimos que la nieve es blanca, ¿por qué empleamos la palabra "nieve" para designar esta nieve que cae y que percibo desde mi ventana, y esa otra sobre la que esquié ayer?, ¿y la blancura qué es? Para responder este tipo de preguntas Platón concibió la teoría de las ideas y Aristóteles la de las formas inherentes a las cosas. No existe el lenguaje sin generali- dad, aunque no estamos obligados a admitir que la significación es la úni- ca fuente de generalidad, según la profunda solución de Locke, que expu- simos en el capítulo precedente. Siempre se plantea la cuestión de saber qué tipos de entidades son las entidades lingüísticas. Es por ello que el lenguaje da origen a las cuestiones ontológicas. Estas no son específica- mente griegas: los lógicos indios se plantearon la cuestión de saber si las palabras designan individuos, especies o géneros2; sus colegas chinos hi- cieron lo mismo. Las cuestiones ontológicas pueden hacer volver sobre la naturaleza de las propias entidades lingüísticas: Aristóteles respondió al problema de la generalidad distinguiendo géneros y especies, Boecio planteó el problema de su estatuto ontológico lo que originará la proble- mática medieval de los universales y la idea nominalista de que los uni- versales no son más que entidades lingüísticas.

Dejaremos de lado, por el momento, la cuestión del estatuto ontoló- gico de las entidades lingüísticas; volveremos sobre el nominalismo a pro- pósito de las relaciones del lenguaje y del pensamiento y abordaremos más generalmente el problema de la ontología de la lingüística en el capí-

1. Desde Kant, el idealismo alemán no se interesa en el lenguaje sino en el pensamien to. Kant justificó su actitud en el § 18 de la deducción trascendental de las categorías que redactó para la segunda edición de la Crítica de la razón pura (1787): el lenguaje posee una relación arbitraria con el pensamiento y, en consecuencia, no podemos apoyarnos en él para deducir las condiciones necesarias por las cuales es posible que el pensamiento ten ga un objeto. Estas actitud fue condenada por Herder o Hamann, quienes intentaron resti tuir el lugar de las lenguas históricas en el desarrollo de la humanidad, como lo hicieron cantidad de filósofos alemanes positivistas poco conocidos del siglo XIX (véase Formiga- ri, 1994), o también, sin renunciar al idealismo, W. von Humboldt y sus discípulos. Pero, podemos interrogarnos sobre la consistencia de esta "puesta entre paréntesis" kantiana de la cuestión lingüística: cuando analiza el pensamiento, el filósofo le concede la estructura preposicional de la tradición lógica, en consecuencia, su actitud es parcialmente equiva lente a la suposición de una lengua universal. Algunos idealistas alemanes (Bernardhi, por ejemplo) intentaron deducir las categorías lingüísticas de las categorías del pensamiento.

2. Para ellos estas tres entidades son cuerpos. La solución clásica del Nyâyasûtra (II, 2, 56-69) es no excluir ninguno de los tres: "El objeto de la palabra es [el conjunto] y la individualidad y la forma y el género. La individualidad es una figura que sirve de soporte a una diversidad de cualidades. Por medio de la forma se anuncian el género y los signos. El género consiste en la producción de un rasgo común." Debo esta referencia a F. Zimmerman.

tulo 9. Nuestro objetivo es mostrar la relación intrincada de la ontología, tomada en el sentido general de la concepción de la estructura de lo real, con el análisis lingüístico. Para alcanzar este fin nos concentraremos en algunas grandes cuestiones teóricas, que, por supuesto, no son exhausti- vas, pero pueden ser estudiadas desde un punto de vista suficientemente general. En este capítulo estudiaremos la doctrina de las categorías y la cuestión de la expresión del ser; la variabilidad de la ontología, que trata- remos con la ayuda de dos ejemplos, la teoría estoica de lo expresable (lekton) y la mereología; las teorías de la referencia y la cuestión del nom- bre propio. Reservamos para el capítulo siguiente todo lo que concierne más propiamente a la relatividad lingüística: la distinción entre la estruc- tura lingüística y la de lo real (problema de la analicidad); la hipótesis de Sapir-Whorf; la indeterminación de la traducción y la inescrutabilidad de la referencia; finalmente, el problema que plantea la relatividad de la on- tología a la idea de una lengua universal.

Las categorías de Aristóteles y la concepción

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