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La diada, la tríada y más allá

In document Auroux Silvain La Filosofia Del Lenguaje (página 109-119)

El enfoque semiológico de Saussure es el de un lingüista profesional y se ajusta a una práctica constante desde los gramáticos medievales y la teoría de los modi significandi. El objetivo del lingüista es explicar cómo los ele- mentos pertenecen a una lengua y dan origen a ciertos fenómenos (por ejem- plo la sinonimia); el del gramático, más precisamente, llega hasta explicar cómo estos elementos se combinan en frases aceptables. Se acepta general- mente que estos elementos son las palabras, de modo que es necesario que la estructura de las palabras explique su construcción en la frase. Es por ello que para los gramáticos y los lingüistas la significación de la palabra es siem- pre una entidad teórica compleja. Por ejemplo, en el siglo XVIII, se considera que está compuesta por una significación formal que corresponde a la ca- tegorización gramatical (y, entonces, a las posibilidades de combinación: un verbo no puede generalmente ser sujeto) y una significación objetiva (véase el esquema e), que es su contenido nocional. En ambos, se encuentra una

idea principal y, al menos, una idea accesoria. La idea accesoria es la que

permite explicar las propiedades combinatorias secundarias; por ejemplo, es gracias a las ideas accesorias de la significación objetiva que podemos explicar los tropos o las oposiciones sinonímicas. La representación de la significación

lingüística varía en función de la potencia y la abstracción de la teorías; hoy en día utilizamos matrices de rasgos bastante complejas que permiten directamente su implementación en un sistema de cálculo. El esquema (f)1, por ejemplo, representa el signo léxico "cuidar" en un modelo de rep- resentación que se denomina "gramática sintagmática controlada por los núcleos"2: el lector reconocerá inmediatamente que el rasgo "subcat" co- rresponde a dos variables que deben ser sintagmas nominales (SN), cuyos valores se encuentran en los términos "agente" y "tema" del contenido (rasgo "cont"). Se le puede dar cantidades de formas diferentes a este tipo

1. Lo hemos tomado de Abeillé, 1993: 176.

2. En inglés, Head driven Phrase Structure Grammar. Este modelo ha sido concebido

a fines de la década del 80 por Carl Pollard e Ivan Sag, y expuesta en 1994 de forma com- pleta en una obra que tiene ese título. Este nombre enigmático se explica porque, en el mo- delo, se representan los sintagmas (y las frases) mediante árboles, dominados por un ele- mento (el núcleo) a partir del cual se van a unificar (véase el Apéndice 2) los valores de los diferentes predicados en los elementos que se encuentran dominados, a fin de calcular el valor (y la buena formación) del conjunto.

de representación1, los estructuralistas han intentado ver allí una combina- ción de elementos más primitivos (los semas), los semánticos generativis- tas, a comienzos de los años sesenta, utilizaron árboles cuyos nodos indi- can las posibilidades de combinación, etcétera. Pero, siempre, la meta del lingüista es dar cuenta de las relaciones entre sí de los signos lingüísticos, en tanto que dan origen a los enunciados de las lenguas naturales.

Esta meta se distingue, por ejemplo, de la del hermenéutico que estu- dia el derecho o las Sagradas Escrituras, y que postula que el sentido en un texto no es deducible de la composición de las significaciones de los términos que lo componen2. Se distingue igualmente de la del lógico que, al tratar a los enunciados como portadores de valores de verdad, se intere- sa por las relaciones posibles con las "cosas" y puede considerar el estu- dio directo de las relaciones de un sistema de signos con diferentes mode- los constituidos por objetos. Se distingue, en fin, de las finalidades del pragmático, que debe tener en cuenta la intención del hablante y las reac- ciones del oyente.

C.K. Ogden e LA. Richards, en su gran síntesis sobre la teoría de la significación (The meaning of meaning: A study of the influence of lan- guage upon thought and of the science of symbolism, 1923 [El significado del significado]), han reprochado a Saussure "este respeto escrupuloso ha- cia los usos "aceptados" de las palabras, que no son más que ficciones."

(loc. cit., p. 6). Sus críticas apuntan, en particular, a la concepción binaria

del signo: su desventaja se debería a que, por definición, incluye el proceso de interpretación en el signo (loc. cit.: 5). La semiología lingüística no utiliza un modelo diádico por ignorancia, sino por el rechazo de un modelo triádico3. La oposición de un modelo triádico a un modelo diádico es,

1. El lector no debe asustarse: expresado en los términos de la vieja y buena gramática escolar (f) significa simplemente que el significante /cuidar/ (debería completarse la matriz de forma de tener una representación fonológica completa) tiene por significado un verbo transitivo en infinitivo que expresa una relación entre un sujeto y un complemento que de ben ser sintagmas nominales. Pero una máquina no puede comprender la gramática escolar.

2. Cf. S.F.M. Morus, Discrimine sensus ac significationis in interpretando (1787), y principalmente toda la escuela hermenéutica alemana surgida de Schleiermacher, véase Gadamer, 1976.

3. La vez que se le ocurrió a Saussure evocar un modelo triádico; fue, en una nota inédita, para definir lo onímico (el caso de los nombres que como /árbol/, /piedra/, etcétera hacen pensar que la lengua es una nomenclatura). Este modelo se presenta como una excepción a la teoría ge neral del signo: el lingüista dice, "[el caso] particular de lo onímico en el conjunto de la semiolo gía, [...] donde existe un tercer elemento indudable en la asociación psicológica del sema, la con ciencia que se aplica a un ser exterior, bastante definido en sí mismo, como para escapar a la ley general del signo" (R. Engler, Lexique de la tenninologie saussurienne, Utrecht/Anvers, Spec- trum, 1968: 37). La exclusión de lo onímico corresponde, haciendo abstracción de otras cuestio nes, a la exclusión de los términos técnicos del primer dicionario de la Academia.

en sí misma, más una consecuencia que un principio. La diferencia es mu- cho más profunda. Por un lado, se engloba el uso hic et nunc; lo que el signo puede significar no es totalmente determinable fuera de su contexto de utilización, se trate de objetos externos, de procesos psíquicos o del acto de referición. Por otro lado, se hace abstracción del uso y se presupo- ne un orden de realidad reglado y abstracto, lo que se denomina la lengua (véase el cap. 9). He allí dos paradigmas irreducibles que no determinan del mismo modo lo que puede saberse racionalmente de los sistemas sim- bólicos. El modelo diádico no implica ciertamente que todo estudio deba restringirse a esta relación; permite, tan solo, aislar lo que en un sistema de signos es lo propio de la organización simbólica del sistema. Esto no basta, sin duda, ni siquiera para utilizar el sistema; para hacerlo necesita- mos siempre que su relación con las cosas del mundo nos sea dada1.

El modelo de signo más utilizado sigue siendo el modelo triádico po- pularizado por Ogden y Richards. Que esté emparentado con las formas más antiguas de reflexión no basta como argumento en su favor. Se podría concebir que corresponde al modelo más general que integra todos los elementos necesarios a cada una de las disciplinas que tratan del lenguaje. Pero, el modelo triádico parece insuficiente. El filósofo estadounidense C. S. Peirce proponía un modelo en el cual se vuelven a encontrar tres com- ponentes, pero que se agregan al elemento que es el propio signo:

... un signo tiene, como tal, tres referencias: primero, es un signo para algún pensamiento al que interpreta; segundo, es un signo de algún objeto con el cual, en este pensamiento, es equivalente; tercero, es un signo en algún aspecto o cua- lidad, que establece una conexión entre él y su objeto (Collected Papers, 5.283)2

Uno de los principales introductores modernos de la idea de una

1. Imaginemos un individuo aislado que sólo dispone de una radio que difunde conti nuamente emisiones en una lengua que le es totalmente desconocida. Entonces, cualquiera sea el tiempo que pase escuchando la radio, no comprenderá jamás la lengua desconocida. Su posición es la misma que la nuestra cuando estamos delante de escrituras desconocidas; en ausencia de un conocimiento codificado de la lengua o de traducciones en una lengua y una escritura que conozcamos, jamás descifraremos la escritura.

2. Peirce tiene la costumbre de denominar estos tres elementos: el interpretante, el ob

jeto y el fundamento (ground). El interpretante es el signo que el representamen utilizado

por A crea en el espíritu de B; posee, entonces, él también, un interpretante y así siguien do. Un signo es un representamen con un interpretante mental; se podrían concebir repre-

sentamena que no sean signos, pero el pensamiento es el principal, aunque no sea el único

ciencia de los signos o semiología, C. Morris, inspirándose en Peirce, agrega todavía otros dos elementos, el emisor (cf. [2] supra) y el contexto:

... la semiosis [...] se concibe como una relación de cinco términos —v, w, x, y, z— en la cual v produce en w la disposición a reaccionar de una cier- ta forma, x, a un cierto tipo de objetos y (que no es en este momento un estí- mulo), bajo ciertas condiciones z. Los v en los ejemplos de esta relación son los signos, los w los intérpretes, los y los significados y los z los contextos en los cuales operan los símbolos (Signification and significance, Cambridge, MIT Press, 1964:2).

Es, de algún modo, como si cada uno de los enfoques que hemos en- contrado generase su propio modelo del signo. Es concebible considerar que una palabra pueda funcionar como un estímulo en el sentido del con- ductismo o que pueda formar parte del modelo de Morris. Pero no deduci- remos el modelo saussureano del signo lingüístico y, menos aun, las ma- trices modernas, a partir de una concepción más general, aun cuando sea tan sofisticada como las de Peirce o Morris. Ya que consideramos que una palabra es un signo, ¿cuál es el estatuto de lo que podemos saber acerca de qué es un signo?

¿En qué sentido la semiótica/semiología puede ser una

ciencia?

Ya hemos encontrado, en Locke, la idea de una disciplina científica que tendría por objeto a los signos: la semiótica. Se trataba, de hecho, de construir la teoría del pensamiento humano. Es esta concepción la que de- fenderá, a fines del siglo XVIII y durante el siglo XIX, la escuela de los ideólogos, constituida por los discípulos críticos de Condillac, principal- mente Destutt de Tracy. La ideología es la teoría de las teorías, reagrupa la teoría del pensamiento (psicología), la gramática y la lógica. Se en- cuentra una concepción más limitada de la disciplina en el Neues Orga-

non (1764) de Lambert, cuya tercera parte se titula Semiotik oder Lehre der Bezeichnung der Gedanken und Dinge. En esta "teoría de la designa-

ción de los pensamientos y de las cosas", se trata de "reducir la teoría de la cosa a una teoría del signo", es decir, reemplazar "la oscura conciencia del concepto por la sensación y la representación clara del signo" (loc.

cit., § 24). No es cuestión, finalmente, más que de reflexionar acerca de la

posibilidad de construir un cálculo simbólico: Lambert, como todos quie- nes, de Hobbes a Carnap, se han esforzado por construir sistemas lógicos,

parte de una reflexión sobre los signos y sobre la significación1. Esto con- duce, en general, a la constitución de lenguajes más o menos artificiales, como lo son también las nomenclaturas científicas (véase Dagognet, 1969).

En muchos respectos, es un proyecto metafísico semejante al de Locke el que propuso Peirce, en el siglo XIX. El modelo ternario del sig- no (representamen) permite concebir una partición de la semiótica en tres disciplinas: la gramática pura (grammatica speculativa) que se ocupa del

interpretante, es decir considera lo que debe "ser verdad de todo repre- sentamen utilizado por una inteligencia científica a fin de que pueda in-

corporar un pensamiento cualquiera"; la segunda es la lógica, que estudia lo que es cuasi-necesariamente verdadero de los signos utilizados por una inteligencia científica para que puedan ser válidos para algún objeto; la tercera es la retórica pura que "establece las leyes por las cuales en cual- quier inteligencia científica un signo da origen a otro signo y, especial- mente, un pensamiento da origen a otro pensamiento"2. Se encontrará, ha- ciendo abstracción de las diferencias, una repartición semejante en Mo- rris, para quien la semiótica se divide en sintaxis, semántica y pragmáti-

ca. Existe en Peirce una ambición considerable. Su visión semiótica no es

la de una rapsodia taxonómica como la de R. Bacon, es, como en Locke, la de una disciplina englobadora. Más aun, debe ser una disciplina formal

(la doctrina cuasi-necesaria o formal de los signos). Es necesario enten-

der por ello que la taxonomía de los signos (véase el cuadro IV) debe pro- veer ulteriormente la posibilidad de deducir las leyes de la gramática pura, de la lógica y de la retórica pura. Debe notarse que un signo dado puede responder (y responde generalmente) a diversas características del cuadro IV; esto permite construir una clasificación más refinada. Un grito espon- táneo es un "sinsigno remático indicial"; un pronombre demostrativo es un "legisigno remático indicial"; una proposición ordinaria es un símbolo "dicente" (dicisigno), un signo "conectado con su objeto mediante una asociación de ideas generales, y que actúa como símbolo remático, con la salvedad de que su interpretante representa al símbolo dicente considera- do, con respecto a lo que significa, como realmente afectado por su obje- to, de modo tal que la existencia o ley que evoca debe estar efectivamente conectada con el objeto indicado".

1. Una reflexión semejante está en la base de todos los reformismos que consideran que el lenguaje natural no satisface verdaderamente estas funciones, véase la p. 386, sobre el importante movimiento creado por la significs de Lady Welby.

2. Seguimos la exposición que se encuentra en el capítulo 7 de los Philosophical Wri-

tings of Peirce, seleccionado y compilado con una Introducción por Justus Buchler, Rou-

Cuadro IV - Los tipos de signos según Peirce

1) El signo considerado en sí mismo: la -cualisigno: una cualidad que es un signo; 1 b -

sinsigno: una realidad concreta que es un signo; lc -legisigno: una ley que es un signo1. 2) El signo considerado en relación con su objeto: 2a -icono: denota su objeto por su carácter propio, ya sea que el objeto exista concretamente o no; 2b -índice: denota su objeto por el hecho de que está realmente afectado por él; 2c -símbolo: denota su objeto en virtud de una ley, habitualmente una asociación de ideas generales; el símbolo no es solamente, como el legisigno, un tipo (véase la nota precedente), sino que su objeto también es de naturaleza general.

3) El signo considerado en relación con su interpretante: 3a -rema: se entiende que representa tal o cual especie de objeto posible; 3b -decisigno: se entiende que representa una existencia concreta (es la categoría de la proposición); 3c -argumento: se entiende que representa una ley.

Hallamos una visión englobadora en Saussure. El lingüista sostiene que se puede concebir ''una ciencia que estudia la vida de los signos en el

seno de la vida social', sería una parte de la psicología social; la denomi-

naremos semiología [...]. Ella nos enseñará en qué consisten los signos, qué leyes los rigen" (: 33, CLG/E: 47-48). Esta semiología no tiene, sin embargo, la ambición de la de Peirce, se limita "al conjunto de sistemas de signos basados en la arbitrariedad del signo" (: 100, CLG/E: 153). Más aún, "la lingüística puede tornarse el patrón general de toda la semiología, aunque la lengua no sea más que un sistema particular" (: 101, CLG/E: 154). Dicho de otro modo: primero, la semiología no existe y no se puede saber exactamente qué contendrá; segundo, se puede construir su parte principal (la lingüística) sin tener idea del conjunto; tercero, el modelo de la disciplina es la lingüística, es decir que cualquiera sea el sistema de sig- nos que se estudia (los ritos de cortesía, las señales marítimas, etcétera), se hará partiendo de la definición de valor. Es necesario concluir que la semiología saussureana tiene necesariamente por objetos los sistemas de signos emparentados con el lenguaje humano, en razón, justamente, de esta agrupación.

Si reflexionamos acerca de cómo es una ciencia, la semiología tiene, ciertamente, una forma extraña. ¿Su(s) definición(es) programática(s) puede(n) ser otra cosa que la ilusión positivista que consiste en buscar un suelo firme y absoluto que clausure definitivamente los debates filosófi-

1. Cada legisigno significa mediante una réplica o instancia de su aplicación, enton- ces, por un sinsigno. El sinsigno es una ocurrencia (token) de su legisigno, que es su tipo [type].

cos? Desde hace cincuenta años, sin embargo, existe una disciplina que posee cátedras universitarias, revistas, congresos y manuales. Se puede decir, incluso, que existen esencialmente dos tipos de semiología. Una más cercana a Peirce (y a Morris) se denomina, a veces, semiótica. Se in- teresa por la diversidad de los signos, por su clasificación, incluye las in- vestigaciones en zoosemiótica (véase la p. 43) y trata la cuestión filosófica de la naturaleza de los signos en relación con su papel en el pensamiento (cf. Eco, 19882). Se le debe, principalmente, una buena parte de la restitu- ción de la historia filosófica de las teorías del signo. La otra, denominada generalmente semiología, está más cerca de Saussure1. Se desarrolló a fi- nes de los años sesenta, al mismo tiempo que el estructuralismo lingüísti- co, bajo la influencia de Barthes y sobre todo de Greimas. La idea de am- pliar la concepción del intercambio significante más allá de lo que es pro- piamente lingüístico ha sido particularmente fecunda en antropología y en el estudio de los mitos (cf. Lévi-Strauss). Greimas y sus alumnos (la es- cuela de París) son particularmente notables por abordar la literatura (léase el arte en general) desde un punto de vista semiológico. Este punto de vista consiste en considerar una obra de arte, por ejemplo una novela, como una estructura expresiva; se trata de una alternativa a la hermenéuti- ca tradicional (véase más arriba). La semiótica/semiología existe, enton- ces; y se puede decir que ha obtenido resultados considerables. ¿Significa esto que es una disciplina teórica, una ciencia, en el sentido que podemos discernir en Peirce o en Saussure?

Lo que entendemos por ciencia, en sentido fuerte, es lo que denomi- namos teoría nomológica deductiva, es decir, que establece las leyes de las que podemos deducir sus consecuencias2. Se puede citar el ejemplo de la teoría newtoniana de las fuerzas centrales. De la hipótesis de que un cuerpo celeste se mueve debido a una fuerza dirigida hacia su centro, y te- niendo en cuenta las leyes de la física, se pueden deducir las trayectorias de los cuerpos celestes y las regularidades de observación, como las leyes de Kepler. ¿La semiótica es una disciplina de esta naturaleza? Peirce y Saussure parecían pensarlo así.

No estamos obligados a concebir la semiótica en estos términos ex- tremos. Existen circunstancias en las que el examen atento de los sistemas

1. Se encuentran en los saussurianos tentativas generales de clasificación de los tipos de signos; cf. L.J. Prieto, Messages et signaux, París, PUF, 1972.

2. No es ésta la única definición posible: no convendría probablemente para una gran

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