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La indeterminación de la traducción y la inescrutabilidad de la referencia

In document Auroux Silvain La Filosofia Del Lenguaje (página 172-179)

Si el mentalismo es insuficiente para resolver el problema de la relatividad lingüística, es porque no consigue garantizarnos que haya algo estable y universal que explique las equivalencias de tra- ducción. Se nos ocurre inmediatamente que se podría buscar la so- lución del lado de la propia realidad. Después de todo hay sólo un mundo y cuando hablamos de las entidades que lo constituyen, cualquiera sea el lenguaje utilizado, hablamos de la misma cosa. La identidad de la realidad podría pensarse, entonces, como la propie- dad estable y accesible a todos y que trasciende la diferencia de las lenguas. Además, incluso los mentalistas, cuando son empiristas to- man esta identidad como punto de partida ("Todas las personas tie- nen los mismos sentidos y sobre estos sentidos se forman las ideas", Turgot, loc. cit.: 26). Esto no nos garantizaría, quizá, que pensemos la misma cosa (véase supra, nuestra observación sobre el hecho de que la identidad de referencia deja completamente abierto el problema del sentido). Pero, al menos, existiría un sentido en el

1. Se trata de entidades mentales de las que tenemos dificultades para representarnos qué son, en qué consisten; volveremos a este tema en el próximo capítulo. Las versiones del mentalismo estudiadas en este capítulo rechazan el relativismo lingüístico. En general, el mentalismo es un refugio contra el relativismo, pero se puede muy bien concebir la aceptación de la existencia de entidades mentales sin admitir que sean universales. Esta es, nos parece, la posición de Whorf.

cual sería fácil sostener que hablamos de la misma cosa1 cuando traducimos de una lengua a otra. Es este tipo de hipótesis la que los trabajos de Quine pusieron vigorosamente en duda al desarrollar el tema de la indeterminación de la traducción.

Para llegar a considerar la relación de las expresiones lingüísticas con el mundo, es necesario que podamos considerarlas aisladamente. Esto no es del todo evidente. En la sección precedente, hemos visto que era de- licado asignar al sufijo incoativo del hopi una significación independiente de la totalidad del contexto. En el mismo orden de ideas, la teoría saussu- reana del valor implica que un elemento lingüístico determinado tiene valor en el conjunto del sistema al que pertenece. Este tipo de posición co- rresponde a la tesis del holismo semántico. Quine es partidario del holis- mo, en particular en materia de epistemología2. El holismo es coherente con la tesis sobre la analiticidad, porque implica el rechazo de la distin- ción entre lo analítico y lo sintético; sin embargo la implicación inversa no es verdadera. De todas formas, para abordar nuestro problema tenemos necesidad de, por lo menos, un tipo de situación lingüística capaz de liberar- nos del holismo. Para ello, Quine distingue, entre los tipos de frases posibles, aquellas que denomina frases ocasionales: expresiones como "Esto es un co- nejo" no exigen más que el consentimiento o la aprobación de un hablante; tienen sentido tomadas aisladamente. En estas condiciones, la teoría de la significación-estímulo, que hemos expuesto en nuestro capítulo 3, podría de- finir la sinonimia entre expresiones de lenguas diferentes sobre una base to- talmente realista y conductual. El segundo gran descubrimiento de Quine es que no hay nada de eso.

En Palabra y Objeto (1960) el filósofo estadounidense parte de una situación de traducción radical: un lingüista se encuentra ante una lengua desconocida que debe aprender mediante el método directo, observando lo que dicen los indígenas en circunstancias reales o imaginarias; no posee un diccionario previo y no tiene otra evidencia que la conducta. Su- pongamos que nuestro lingüista haya observado cierta concomitancia en-

1. Notemos que es a condición de tener una concepción totalmente objetivista de lo que entendemos por "mundo"; Sapir, en el pasaje citado supra, utiliza un sentido de la pa labra "mundo" que lo identifica con el universo de significaciones: cuando pertenecemos a universos culturales diferentes no nos movemos exactamente en el mismo "mundo".

2. Según él, cuando se confronta una teoría con la experiencia y el resultado es negati vo, no se puede saber exactamente cuál de las afirmaciones de la teoría es contradictoria. Se da habitualmente a esta aserción el nombre de tesis de Duhem-Quine, en conmemora ción del físico e historiador de la ciencia francés, P. Duhem, que la defendió en su obra La

tre el paso de conejos y la emisión por parte de los indígenas de la expre- sión gavagai; el lingüista puede fabricar la hipótesis de que gavagai signi- fica "conejo". Para verificar su hipótesis, presenta a un informador la ex- presión gavagai como pregunta, cuando ambos están en presencia de un conejo, y señalándole el animal con el dedo. Si el indígena consiente, ¿puede concluir que ha hallado la traducción correcta? Quine responde que no, porque el indígena daría exactamente la misma respuesta si gava-

gai significase "parte no separable del conejo" o "segmento temporal de

conejo". La traducción está indeterminada: muchas hipótesis son compati- bles con los datos conductuales. No tenemos un verdadero criterio de si- nonimia para igualar gavagai y "conejo". Tampoco tenemos medios expe- rimentales para distinguir, en el aprendizaje de los indígenas de la forma de aplicar una expresión, lo que surgiría exclusivamente del aprendizaje lingüístico y lo que tendría su fuente en los elementos extralingüísticos. El ejemplo de Quine es totalmente artificial e imaginario, pero sabemos que es perfectamente plausible. En la lista más antigua de palabras groenlan- desas que poseemos (1587), se encuentra la palabra panygmah, que hoy en día se supone significa "la de mi hija", traducida por "aguja"; podemos imaginarnos al traductor radical que señala la aguja con el dedo y el indí- gena que cree que quiere saber a quién le pertenece. Jespersen, de quien hemos tomado prestado el ejemplo, cita una lista todavía más antigua de la lengua polabe donde scumbe, subuda y janidiglia son traducidas res- pectivamente por "ayer", "hoy" y "mañana", mientras que la primera sig- nifica "día de fiesta", la segunda "sábado" y la tercera "es domingo" (1922: 113): ¡el informante debió haber sido interrogado un sábado!

La indeterminación de la traducción va más lejos que una simple fluctuación sobre los conceptos. "Conejo", "parte no separable de un co- nejo" o "segmento temporal de conejo" no son solamente expresiones lin- güísticas que poseen significaciones diferentes, son cosas verdaderamente diferentes. Por consiguiente, es la propia referencia la que es inescrutable. El acto de señalar con el dedo que utilizaríamos para ensenar el término concreto general "verde" ("es verde") no difiere del gesto que haríamos para mostrar el término singular abstracto "verde" ("eso es el verde"); sin embargo, no tienen, seguramente, la misma referencia: el primero es ver- dad de muchos objetos, el segundo de uno solo. La simple observación empírica no basta para distinguir entre las dos interpretaciones. Aunque la noción de referencia parece más clara que la de "sentido" o de "significa- ción", fracasa en forma pareja sobre la cuestión de la relatividad.

Desde luego, un lingüista no se quedará en la indeterminación. Va mucho más lejos, al hacer lo que Quine denomina hipótesis de análisis, es decir, construir paso a paso un manual de traducción1. En español, elimi- namos la ambigüedad de la ostensión mediante elementos contextúales

(un conejo, los conejos, una parte de conejo, etcétera).

El lingüista procede identificando poco a poco los elementos de la lengua indígena con nuestros procedimientos de individuación (el plural, el artículo, por ejemplo). Ciertamente tiene razón y no existe otra forma de proceder; a la larga, los lingüistas terminan siempre construyendo bue- nos manuales de traducción, es decir, buenas herramientas lingüísticas.

Se podría entonces pensar que las hipótesis de análisis terminan por eliminar la indeterminación de la traducción. Ciertamente, ocurre así en la práctica, pero Quine niega que esto modifique en absoluto el principio de fondo. Cuando interpreto la lengua indígena lo que hago es tomar decisio- nes desde mi lengua: la lengua fuente es siempre la lengua del traductor. Dicho de otro modo, al traducir no se puede hacer más que proyectar una estructura sobre otra.

Se pueden tener proyecciones mejores o peores pero, lo que el filó- sofo sostiene, es que no puede haber criterios no lingüísticos para diluci- dar la cuestión. Si los hubiera, ello significaría que podríamos decidir en forma empírica y absoluta entre muchas hipótesis de análisis incompati- bles. Pero, no disponemos de un principio de demarcación que permita distinguir lo que surge de nuestro lenguaje o de nuestras hipótesis analíti- cas y lo que surge de la propia realidad.

Siempre se puede hacer que dos hipótesis lógicamente incompatibles entre sí sean las dos perfectamente compatibles con el comportamiento observable2. Esta posición de principio puede apoyarse con ejemplos, al- gunos de los cuales han sido desarrollados en Relativité de l'ontologie.

1. Este último corresponde a lo que denominamos las "herramientas del lingüista", véase el capítulo 8.

2. Esta argumentación está próxima a la que inventó N. Goodman en Fact, fiction and

forecast (1954) para analizar el problema de la inducción. Sea la propiedad habitual "[...]

ser verde" y la propiedad "[...] es vazul, si [...] se examina antes del tiempo t es verde y [...] azul si se examina después del tiempo t". Entonces, en el tiempo t tenemos igual canti dad de evidencia empírica para sostener que una esmeralda es verde o que es azul, aunque estas propiedades sean mutuamente incompatibles. Este problema no es diferente del de la significación de los términos lingüísticos, porque como lo nota Hacking "Utilizar un nom bre para una especie es (entre otras cosas) querer realizar generalizaciones y formar expec tativas concernientes a los individuos de esa especie" (1993: 9).

Según Quine, existen en japonés algunas partículas, los "clasificado- res" que son susceptibles de un doble análisis. Se los puede considerar como elementos que se asocian a los adjetivos numerales para formar complejos aplicables a los objetos contables; pero se los puede también analizar como determinando a los sustantivos. Consideremos que el adje- tivo numeral corresponde a "cinco", el sustantivo a "vaca" y el clasifica- dor a algo así como "animal". El primer análisis da "cinco-animal vaca" y el segundo "cinco vaca-animal". En el primer caso, el clasificador se aso- cia al numeral para formar un numeral "declinado" según el género ani- mal; el conjunto determina el sustantivo individualizador que designa a la vaca en tanto cabeza de ganado. En el segundo caso, el sustantivo japonés que traducimos por "vaca" no es, como el término español, un sustantivo individualizador que designa una cabeza de ganado, sino más bien un tér- mino de masa como "bóvido" o "ganado vacuno"; está asociado al clasifi- cador que significará algo como "cabeza de ganado vacuno". Las dos hi- pótesis analíticas llegan a interpretaciones muy diferentes de la palabra ja- ponesa identificada como "vaca"; sin embargo la traducción de conjunto será la misma ("cinco vacas"): la diferencia de tratamiento del clasifica- dor es "compensada" por la diferencia de tratamiento del sustantivo.

Quine da otros argumentos1en favor de su tesis de la indetermina- ción de la traducción. Algunos, que apuntan a su versión ontológica (la inescrutabilidad de la referencia), se apoyan en una muy bella interpreta- ción del teorema de Lowenheim-Skolem: todas las ontologías admisibles para un universo no vacío son reducibles a universos enumerables y estos a ontologías compuestas por los números naturales; en consecuencia, no podemos distinguir entre un universo no numerable y una parte numerable de ese universo. La indeterminación no se detiene at home [en casa]: in- cluso la comunicación intralingüística está afectada por la indetermina- ción. Cuando planteo la pregunta:"¿"Conejo" remite a los conejos?", cual- quiera puede replicar "¿remitir a los conejos en qué sentido de "conejos?" e instaurar, así, una regresión infinita. "Buscar una referencia de forma más abso- luta sena similar a querer una posición absoluta o una velocidad absoluta, en lugar de una posición y una velocidad relativa a un marco de referencia dado"

(Relativité de l'ontologie). No tiene sentido decir que son los objetos de una

teoría, se puede decir exactamente cómo interpretar o reinterpretar esa teoría en otra: no tiene sentido querer decir que son los objetos de una teoría en sen- tido absoluto. De allí surge para la ontología, un principio de relatividad: la

1. Algunos comentaristas han agregado otros más. Gochet, 1978: 88 señala un argu- mento que le sugirió Follesdal y que corresponde a nuestro argumento ICT.

referencia no tiene sentido fuera de un sistema de coordenadas. Siempre necesitamos un lenguaje en segundo plano.

La tesis de Quine es, probablemente, uno de los puntos más discuti- dos de la filosofía moderna porque lo que está en juego es considerable1. Es por ello que importa precisar su alcance exacto. A nuestro parecer, el problema de Quine no es, ciertamente, negar la posibilidad de la traduc- ción, lo que, por otro lado, sería una posición trivial y errónea. Tampoco es atraer la atención sobre hechos nuevos o sobre su idealización. Los pro- blemas planteados por el ajuste de la referencia en la situación de aprendi- zaje son bien conocidos. Aristóteles ya observaba que "los infantes llaman primero a todos los hombres padres, y madres a todos las mujeres; sola- mente después los distinguen unos de otros" (Física, I, 1, 184b 12). El lector encontrará en la obra de Jespersen citada más arriba una serie de ejemplos empíricos claramente analizados. El lector debe recordar tam- bién la discusión de Locke acerca de la caléndula y la violeta (véase el ca- pítulo 3). El aporte de Quine se encuentra en otro lado. Para delimitarlo, es importante llamar la atención a un argumento de la Relativité de l'onto-

logie. El filósofo discute la forma en que un "verdadero" lingüista intenta-

ría resolver el caso de gavagai; según él se guiaría por la regla implícita de "que un objeto que dura, que goza de una homogeneidad relativa y que se desplaza como un todo destacándose sobre un fondo, es la verdadera referencia de una expresión corta". Quine agrega:

Si toma conciencia de esta regla, el lingüista no dejará de elevarla al rango de universal lingüístico o de rasgo común a todas las lenguas, siempre subrayando su credibilidad psicológica. Pero se equivocaría, porque esta regla surge de haberla impuesto para distinguir lo que objetivamente está indeterminado. Ha tomado una decisión muy sensata y yo no sabría recomendar otra cosa: sólo me intereso por dilucidar una cuestión filosófica (loc. cit.: 47).

Poco importa el contenido algo fantasioso de la regla. Retengamos simplemente que se trata de una regla R, formulada en una lengua L¡, len- gua en la cual trabaja nuestro lingüista. Se puede imaginar que Quine no

1. El nudo de la argumentación parece ser, en general, bastante mal comprendido. Fo- dor (1994, cap. 3 "Rabbit Redux (o, "Referencia Escrutada")") argumenta en contra de la tesis de la indeterminación proponiendo considerar las consecuencias admitidas por el in- dígena de sus aserciones reterenciales. No se puede sino preconizar una estrategia seme- jante para construir hipótesis analíticas de traducción. Sin embargo, esta estrategia reposa sobre la universalidad de la sintaxis lógica. Se trata aquí de uno de los puntos a resolver, para poder eliminar la argumentación de la indeterminación. Fodor comete, entonces, una vulgar petición de principio.

se opondría a la idea de que el lingüista puede constatar que esta regla es aplicable en todos los casos de traducción que conoce, inclusive que la co- munidad de lingüistas pueda adoptarla en todos los casos y para todas las lenguas conocidas, e, incluso, que valga para todas las lenguas posibles1.

En estas condiciones, se podría encontrar una manera de formular R, por supuesto en la lengua Li, bajo la forma de una proposición universal. Ten- dríamos un universal, que denotaremos UL¡. La única forma de interpretar nuestra cita es pensar que no es en este sentido que Quine rechaza el uni- versal lingüístico; denotaremos a este último con U*. ¿Por qué ULino es

U*, al punto de poder admitir la posibilidad del primero, pero no la del se-

gundo? Según lo que precede, la respuesta es clara: porque partimos siem- pre de una lengua dada y de su sistema de coordenadas.ULise formula en

este sistema de coordenadas; U*supondría una independencia de todo sis-

tema de coordenadas, lo que no tiene sentido. Supongamos que tenemos n lenguas tales que podemos tener las traducciones ULi= ULj= ... =ULn, estas

traducciones no se harán sobre la base de una equivalencia subyacente de significación que pudiéramos igualar a U*, y que tendría el papel de b en

[7ii]. Estas traducciones se harán sobre la base de las hipótesis de análisis. La cuestión de fondo es la existencia de U*; tendríamos un indicio cierto

de él si dispusiésemos de un criterio empírico independiente de nuestras hipótesis de análisis; pero, es justamente la ausencia de un tal criterio lo que la indeterminación de la traducción pone en descubierto. Volvemos a encontrar, de algún modo, la estructura de la argumentación en contra de la demarcación entre las proposiciones analíticas y sintéticas, respecto de la cual la indeterminación de la traducción es más homogénea de lo que se cree comunmente. La demarcación supondría que se puede prescindir de recurrir a los hechos; existe siempre un hecho oculto y este hecho es un hecho de una lengua dada. La determinación supondría que se pueda recurrir a los hechos prescindiendo de todo lenguaje; siempre existe una hipótesis analítica im- puesta y ésta depende de una lengua dada. Si la demarcación fuese posible, se podría distinguir claramente entre la estructura de las lenguas y la de lo real y se podría eliminar la indeterminación. Recíprocamente, si existiese la determinación, se podría salvar la demarcación.

La tesis de Quine no es la intraducibilidad, ni siquiera la imposibili- dad para los lingüistas de formular en su lenguaje proposiciones universa-

1. En el límite poco importa que Quine lo piense o no verdaderamente. Nuestra meta es mostrar que su argumentación no significa un rechazo trivial de la universalidad, sino que sería válida incluso si se admite alguna forma de esta. Dicho de otro modo, el punto de la argumentación es una cuestión filosófica mucho más profunda.

les1; es que no existe ningún punto de anclaje absoluto. La propia univer- salidad es siempre inherente.

La relatividad de la ontología y la cuestión de la

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