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EL CREPÚSCULO DEL VIEJO EGIPTO La piratería de los "Pueblos del mar"

Ramsés II y los hititas

EL CREPÚSCULO DEL VIEJO EGIPTO La piratería de los "Pueblos del mar"

Hacia el año 1200 antes de Cristo, Ramsés III, que pertenecía a la XX dinastía, ascendió al trono. Su gobierno duró treinta y tres años y recuerda mucho al de Ramsés II, por la brillantez de sus ceremonias; en todo siguió el ejemplo de su gran homónimo. Dio a sus hijos los mismos nombres que llevaban los hijos de Ramsés II y los invistió con las mismas funciones; sin embargo, no pudo igualar a su modelo en el número de hijos.

Durante el período de decadencia que siguió al enérgico reinado de Ramsés II; los libios se mostraron inquietos y belicosos, como ya ocurrió en otras ocasiones. Robando y saqueando, invadieron el Delta en gran número y ocuparon el país hasta las cercanías de Menfis. Los libios eran tanto más peligrosos cuanto que hacían causa común con los "Pueblos del mar" —así llamaban los egipcios a los habitantes de las islas y costas del Mediterráneo oriental-. A fines de la XIX dinastía se había producido una serie de desplazamientos de pueblos guerreros, probablemente empujados por otros pueblos venidos del norte y del este. Los navíos de los "Pueblos del mar" echaron anclas en las costas de Siria, conquistaron muy pronto toda la parte septentrional y de aquí avanzaron hasta las bocas del Nilo, instalándose en los territorios fértiles del Delta. Ramsés les opuso su ejército y su flota. Los libios fueron vencidos, sus flotillas piratas cayeron una tras otra en manos de los egipcios y finalmente las huestes invasoras fueron arrojadas del Delta.

Acto seguido, Ramsés III armó una flota poderosa al mismo tiempo que condujo personalmente sus ejércitos a Siria y la liberó de los extranjeros. Después, volvió apresuradamente al Delta para asistir a los combates que su flota libraba con los piratas. No se sabe con exactitud dónde tuvo lugar esta batalla; debió ser cerca de la des- embocadura oriental del Nilo; es decir, en Egipto.

La primera batalla naval de la historia

Desde sus navíos, los célebres arqueros egipcios sembraron la muerte en los puentes de los buques enemigos, y cuando éstos, acosados, se refugiaron en el puerto, fueron acogidos por una verdadera lluvia de flechas. Otros arqueros, a las órdenes del mismo faraón, esperaban en línea apretada. Después, con el abordaje y la lucha cuerpo a cuerpo, se extendió el pánico entre los piratas y, aprovechando la confusión, los navíos egipcios bloquearon la entrada del puerto. La flota enemiga cayó en la emboscada, fue destruida y los supervivientes que pudieron alcanzar a nado la orilla, fueron capturados por las tropas de Ramsés III.

Este combate es de importancia excepcional, porque se trata de la más antigua batalla naval que se conoce, y su resultado fue definitivo para el desarrollo de la guerra. Los egipcios, vencedores, gozaron de la paz alcanzada y Ramsés pudo consagrarse por entero a lo que más le complacía: la construcción de templos colosales.

La potencia ofensiva de los egipcios parece que declinó después de la expedición de Ramsés III. A partir de este momento, los ejércitos egipcios no hicieron más que defenderse de quienes les atacaban.

Los egipcios eran, por naturaleza, un pueblo pacífico. Sólo en casos extremos podía hacerse de ellos soldados disciplinados, y aun así era necesario colocarlos a las órdenes de jefes competentes. Al contrario de los hijos del desierto de Libia, el egipcio no gustaba de la guerra por la guerra, sino que prefería vivir tranquilo en el trozo de tierra donde había nacido. El ideal del egipcio era llegar a ser escriba del faraón o de algún gran señor, y ningún padre estaba satisfecho hasta que alguno de sus hijos ocupara dicho cargo.

A veces se ha comparado a los egipcios con los chinos, por ser dos pueblos de agricultores pacíficos y apegados a la tradición. Como los antiguos chinos, los egipcios se mostraban muy humanos. Sin embargo, trataban muy duramente a los pueblos vencidos, como atestiguan los frescos que se encuentran en sus templos y que muestran sacrificios de prisioneros de guerra al dios Amón; pero nunca cargaron su conciencia con actos de barbarie como acostumbraban hacer los asirios, por ejemplo. Éstos cortaban la nariz y las orejas a sus prisioneros y les arrancaban los ojos o los desollaban vivos; luego, esculpían estos suplicios en bajorrelieves, mostrando en ello un visible placer.

Otro período de decadencia

La muerte de Ramsés III señaló el comienzo de un período de decadencia, cuyas causas fueron numerosas. En el interior del país, los sacerdotes eran una constante amenaza para el faraón, por la influencia que les daban sus enormes riquezas, en parte debidas a la largueza de los mismos faraones; reyes y pueblo les habían colmado siempre de regalos. Los sacerdotes gozaron de su edad dorada durante la XVIII dinastía, en la época de las expediciones de Asia. Las inscripciones de Karnak nos hablan de las fabulosas ofrendas de Tutmosis a los templos de Amón: jardines, los campos más fértiles, grandes rebaños y tesoros de plata, oro, lapislázuli y piedras preciosas, así como millares de prisioneros asiáticos y de Nubia para trabajar las tierras del dios, llenar los graneros de trigo, hilar la lana y tejer las telas. Además, Tutmosis ofreció a Amón tres ciudades conquistadas en Siria, cuyos habitantes llegaron a pagar un tributo anual al dios. También Seti I y sus sucesores procedieron de la misma manera respecto a los sacerdotes.

Gracias a las enormes riquezas que atesoraban los templos, el sumo sacerdote de Amón llegó a ser el personaje más poderoso del país después del rey, y los testimonios de honor que le confería el faraón eran tan grandes, que se habría podido preguntar quién de los dos era el verdadero señor de Egipto. Este "Estado dentro del Estado" que formaban los sacerdotes era tanto más peligroso cuanto que la dignidad del sumo sacerdote era hereditaria; o sea, reservada a una sola familia.

Otro peligro que amenazaba al imperio del faraón en esta época era el ejército egipcio, que se componía principalmente de mercenarios extranjeros, siempre dispuesto a ofrecerse al mejor postor.

La decadencia se manifestó con la pérdida progresiva de las posesiones egipcias en Asia. Después, hacia 1100 antes de Cristo, el último faraón de la XX dinastía fue derrocado y su sucesor fundó una nueva dinastía, la XXI. Durante un período de unos ciento cincuenta años, ésta reinó sobre Tebas y el Alto Egipto, si bien otros reyes ejercían el poder en el Bajo Egipto, cuya capital era Tanis.

El estamento militar de las dinastías XVIII y XIX se transformó en una especie de clero bajo la autoridad del sumo sacerdote de Tebas. Al terminar la dinastía de sacerdotes, hacia 950 antes de Cristo, el país de los faraones fue regido durante unos doscientos años por una dinastía libia, y después por soberanos nubios durante otros cincuenta. Éstos fueron vencidos algunas veces por los reyes asirios. Egipto había dejado de ser una nación; sólo era un mosaico de minúsculos estados.

En la siguiente generación de Ramsés II, los días del poderoso imperio hitita también estaban contados. Posiblemente sucumbió a los ataques de los "Pueblos del mar", que amenazaban al mismo tiempo a Egipto. El imperio hitita fue dividido en numerosos estados y su población desapareció en las montañas inaccesibles del Asia Menor, tan repentinamente como apareció en la historia.

Varios siglos después de su caída, el imperio hitita seguiría viviendo en la mente de los egipcios. En un panegírico a Ramsés IV, hacia 1150 antes de Cristo, se lee: "Tú invades el país de los hititas. Tú haces temblar allí a las montañas y a las colinas". En el siglo VI antes de Cristo, primer período de influencia griega en Egipto, se grabó sobre la puerta de un templo de Tebas la silueta de un rey dé Egipto que dice a Min, dios de la fecundidad y protector de los egipcios en el extranjero: "Yo encadeno a mi enemigo; yo arrojo al hitita a tus pies. Ahí está, echado ante ti; sus propios cabellos le sirven de lazo".

De la restauración saíta a Alejandro Magno

En el año 663 antes de Cristo, un príncipe egipcio de Sais, ciudad del Delta, consiguió expulsar a los asirios de Egipto y llegó a convertirse en el padre de la célebre XXVI dinastía, que recobró el esplendor del Imperio. Este proceso de restauración había empezado, por otra parte, con los reyes nubios. Pero la fuerza creadora de los egipcios en el terreno cultural estaba agotada y tomaron al Imperio Antiguo como modelo de todas las disciplinas, tanto en las ciencias como en las artes. Con facilidad se pueden confundir los templos, tumbas, estatuas y frescos del período saíta con las obras del Imperio Antiguo. Y llega a ser tan cuidada la imitación, que sólo el ojo experto puede distinguir la copia del original. Nos hallamos ante un pueblo de vieja cultura que trata conscientemente de revivir un período pasado, por el que siente admiración. Este entusiasmo por la antigüedad más lejana puede compararse con el de los románticos respecto a la Edad Media. En lo que concierne a las relaciones exteriores, el período saí- ta se caracteriza por los contactos estrechísimos que estableció con otros países. El historiador griego Heródoto nos cuenta que el faraón Necao encargó a los marinos fenicios la empresa de un viaje de exploración alrededor de África.

Esta restauración del imperio de los faraones duró alrededor de un siglo. En 525, los egipcios fueron sometidos por los persas, y cuando el imperio persa fue sometido, a su vez, por el joven conquistador griego Alejandro Magno, Egipto formó parte del botín. A la muerte de Alejandro, el imperio creado en tan poco tiempo fue repartido entre los lugartenientes del macedonio. Egipto correspondió a Tolomeo. Durante su reinado y el de sus seguidores, el país conoció tres siglos de prosperidad, pero las

discordias intestinas debilitaron el reino y por fin cayó en manos de los romanos, en el año 31 antes de Cristo.

Igual que los Tolomeos, los emperadores romanos dieron pruebas de comprensión y respeto hacia la vieja cultura egipcia. Incluso levantaron templos en honor de los antiguos dioses. El más célebre de la época de los Tolomeos fue el de Edfú, a mitad del camino entre Luxor y Asuán, que hoy es el mejor conservado de todos los templos egipcios. Este monumento nos da una idea exactísima de lo que era un gran templo egipcio, ya que, construido durante los últimos siglos anteriores a Cristo, tiene gran semejanza con los santuarios erigidos dos mil años antes. Excelente prueba de ultraconservadurismo de los egipcios.

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