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LA RESTAURACIÓN Y EL IMPERIO NUEVO Tutmosis I y el Imperio Nuevo

UNA HISTORIA INMENSA

LA RESTAURACIÓN Y EL IMPERIO NUEVO Tutmosis I y el Imperio Nuevo

A1 final del período de los hicsos, Egipto no estaba en condiciones de mantener su dominio sobre Siria, y los faraones de la XVIII dinastía tuvieron que lanzar todas las fuerzas del país para reconquistar dichos territorios. Para ello se restableció y defendió la frontera meridional, cerca de la segunda catarata. Pero el joven y ambicioso Tutmosis I aun fue más lejos: se lanzó hacia el sur "como una pantera furiosa" y sometió todo el territorio hasta la cuarta catarata.

En su expedición hacia el sur, Tutmosis I llegó al territorio de Meroe, en el corazón del actual Sudán. Aquellos países habían sido considerados por los antiguos egipcios, desde remotos tiempos, como lugares desérticos y "tierra de fantasmas", rebosantes de terrores indescriptibles, en que vivían gigantes, pigmeos y animales monstruosos, que se aventuraban incluso a rondar la terrible "vivienda de los muertos". Lo cierto es que moraban en Nubia fieros pueblos pastores, contra los cuales erigieron los egipcios poderosas fortalezas, cuyas ruinas subsisten a lo largo del curso del Nilo. Con todo, siempre codiciaron las tierras de aquella "frontera meridional", y las expediciones egipcias hacia allí, según se ha comprobado en estos

últimos años, ya las realizaban los faraones de las primeras dinastías. En la segunda catarata, no lejos de Uadi-Halfa y de la frontera egipcio-sudanesa, se conserva la inscripción más antigua de Nubia, en jeroglífico arcaico, que recuerda la marcha de un ejército hacia el sur, enviado por uno de los primeros faraones.

Luego, emprendió en Siria septentrional una expedición de mayor envergadura. Hasta entonces, ningún ejército egipcio había avanzado hasta tan lejos, pero ahora el faraón podía "alegrar su corazón en el país de los bárbaros". Extendió su poder, sin oposición alguna, hasta el Éufrates y alcanzó allí una gran victoria, cuyo recuerdo perpetuó con una inscripción en la orilla oriental del río.

La ofensiva de este faraón contra Siria constituye, de hecho, una continuación de las guerras de expulsión de los hicsos, cuyos últimos— estos se habían refugiado allí, apoyándose en el principado de Kadesh, que dominaba el valle del Orontes y seguía ofreciendo el peligro de nuevos intentos contra la seguridad de Egipto. La de Tutmosis I fue una campaña por sorpresa; sometió a los diferentes principados del norte de Siria, llegó al Éufrates y en la gran curva del río erigió una estela conmemorativa de su campaña que señalaba a la vez los límites de su imperio. Llegó también a la tierra de Naharin, como se llamó desde entonces en los textos egipcios a la Siria septentrional, nombre que significaba "país de los ríos", pero que luego designó más especialmente el territorio de los pueblos mitani al este del Éufrates, con los cuales los egipcios se pusieron en relación en lo sucesivo26.

De regreso a Egipto, el joven Tutmosis 1 pudo vanagloriarse de haber extendido las fronteras del imperio hasta la cuarta catarata, por el sur, y hasta el Éufrates, por el norte. Pero, en realidad, sobre Siria ejerció una dudosa dominación. Es indudable que príncipes y ciudades rindieron homenaje al faraón cuando llegó al frente de su poderoso y bien organizado ejército, pero, tan pronto como las tropas abandonaron el país, los vasallos dejaron de pagar tributo y se prepararon para la rebelión.

El Valle de los Reyes

Tutmosis I murió en 1495 antes de Cristo, y, contrariamente a la costumbre, no se levantó pirámide alguna, pues a pesar de todas las precauciones, los muertos que reposaban en estos mausoleos eran a menudo presa de los saqueadores. La prohibición de acercarse a las cámaras funerarias era letra muerta, lo mismo que las amenazas gra- badas en los muros de las tumbas y dirigidas a los audaces que se atrevían a violar la morada del difunto: "Le capturaré como a un pájaro salvaje. Y deberá responder de su fechoría delante del dios inmenso". Para protegerse de los profanadores, Tutmosis I escogió su tumba en las rocas de la ribera izquierda del Nilo, aguas arriba de Tebas, en la parte salvaje e inaccesible de las montañas de Libia, lugar que alcanzó celebridad y se conoció con el nombre de Valle de los Reyes. A este lugar sólo se podía llegar por

26"Este hecho es de gran trascendencia para Egipto y para todo el mundo oriental —observa

Bosch Gimpera—. Desde entonces, Egipto entra en los caminos de la conquista organizada de Siria, que hasta ese tiempo sólo había visitado en expediciones temporales y de la que había obtenido solamente una sumisión nominal, que si sirvió al desarrollo del comercio y a cierto intercambio de productos e ideas, no representaba una íntima compenetración de los dos mundos entre los cuales Siria estaba colocada. En adelante, el centro de gravedad de la política exterior de Egipto se hallará constantemente en Siria."

algunos puertos que estaban vigilados. Todavía se pueden ver hoy las ruinas de los puestos de guardia. Los muertos podían descansar allí en paz.

Durante cuatro siglos, los faraones siguieron el ejemplo de Tutmosis I y se puso fin a la vieja costumbre de unir la tumba y el templo en una única construcción, en donde los parientes del difunto le presentaban ofrendas de alimento y bebida. Tutmosis I mandó construir su templo funerario lejos de su tumba, y lo mismo se hizo en siglos posteriores, cuando se separaron la iglesia y el cementerio, que en principio formaban un conjunto. Los reyes de la XVIII dinastía encontraron su última morada en estas paredes rocosas al borde del Nilo. En ciertos lugares aparecen cavadas largas filas de tumbas, tan cerca unas de otras qué los oscuros nichos semejan un gran panal sobre la amarillenta piedra calcárea. Sus pinturas nos hablan de hombres egregios allí enterrados y de sus hazañas en vida. Todavía hoy se pueden admirar la viveza y el colorido espléndidos de esos cuadros diminutos y contemplar en ellos a los funcionarios del faraón rindiendo a los pies del rey a los representantes de los pueblos conquistados, que se acercan al trono con los brazos cargados de productos del país.

Aquí es donde reposan los señores de Egipto en otro tiempo tan poderosos, tumbados detrás de las paredes rocosas, en un paisaje que tiene un tono de profunda y sombría serenidad. No hay nada en el mundo que presente un carácter tan majestuoso y elevado como esta ciudad de los muertos. Pero también por aquí, como en las pirámi- des, y mastabas, han pasado los profanadores. Ladrones impíos, atraídos por el oro y las piedras preciosas con que se adornaban los muertos, han abierto los sarcófagos y se han llevado las momias. Las medidas de seguridad tomadas en otro tiempo por los faraones no pudieron protegerles después de su muerte, ni las trampas que hicieron excavar para alejar a los intrusos pudieron asegurarles el eterno reposo.

La reina Hatsepsut

La heredera más próxima de Tutmosis I era Hatsepsut, hija de la reina, su esposa legítima. Una mujer de su harén le había dado un hijo, también llamado Tutmosis, pero aquélla era de categoría menos elevada que la madre de Hatsepsut, y la sucesión sólo se trasmitía por las mujeres. Sólo príncipes cuya madre hubiera sido reina, por consi- guiente la madre de un dios, tenían derecho legítimo al trono. Los sucesos que precedieron y siguieron a la muerte de Tutmosis I se han perdido en las tinieblas de la historia, pero parece que aquél sentó legalmente a su hijo en el trono haciéndole desposar con su media hermana. Normalmente, tales matrimonios no sólo se concertaban en la familia real, sino que también se daban en el pueblo. La explicación de esa costumbre habría que buscarla en el concepto de economía que siempre ha caracterizado al campesino egipcio: en cuanto fuera posible, había que conservar el patrimonio intacto. En el seno de la familia faraónica, el matrimonio entre hermanos se justificaba por el deseo de no mezclar la sangre real. El rey era, en efecto, hijo de dios y no tenía que mezclarse con las hijas de la Tierra.

Gracias a su matrimonio con Hatsepsut, el joven Tutmosis pudo suceder a su padre con el nombre de Tutmosis II. No se sabe gran cosa de este periodo, pero parece que Tutmosis II no tuvo un reinado muy largo y que, a su muerte, la situación dinástica era tan precaria como en tiempos de su padre, pues tampoco Tutmosis II tuvo un hijo de la reina. El príncipe que ocupó más tarde el trono con el nombre de Tutmosis III era, quizás, hijo de Tutmosis II y de una esclava, aunque algunos eruditos afirman que era hijo de Tutmosis 1 y por consiguiente medio hermano de Tutmosis II y de Hatsepsut.

Sea lo que fuere, cuando todavía no era más que príncipe, él futuro Tutmosis III llegó a ser sacerdote del templo de Amón e intrigó para adjudicarse el trono. Pero la legitimidad de Hatsepsut era invulnerable, y ayudada por una camarilla cortesana pudo alejar a Tutmosis del trono e investirse como soberana reinante. Esto era inusitado. Co- mo heredera de su padre podía trasmitir la corona a un descendiente varón, pero nunca reinar personalmente. Había, pues, que inventar un motivo que justificara su posición: que el dios Amón le había ofrecido el trono y por eso se arrogaba las prerrogativas reales. Hay dibujos que la representan vestida con atuendo masculino y, en general, su rostro se adorna con barba, insignia de realeza.

Un viaje al país del incienso

Hatsepsut era bella y bien dotada, aunque ciertamente poco sabemos de su personalidad. Algunos la presentan como un monstruo de carácter, mientras que otros no ven en ella más que un juguete en manos de la nobleza ambiciosa de poder. En todo caso, nunca salió a campaña, y al cabo de veinte años de reinado, Egipto había perdido prácticamente las posesiones de Siria. Pero de su gobierno destaca una singular expedición hacia el Punt, al sur del mar Rojo, país envuelto en leyendas y tierra del incienso.

Dominando la necrópolis de Deir-el-Bahari, cerca de Tebas, se levanta el templo de la reina Hapsepsut dedicado al dios Amón.

Se pasó primero del Nilo al mar Rojo por un canal y después se puso rumbo hacia el sur, hasta que llegaron a un poblado. Allí, los egipcios se esforzaron en poner de

manifiesto sus intenciones pacíficas e hicieron lo mismo que nuestros actuales exploradores; es decir, ofrecieron presentes. Y cuando ya se conocieron, se estableció un activo comercio. Los barcos egipcios se cargaron de oro, plata, piedras preciosas, ébano y otras maderas, marfil y pieles de leopardo y pantera. Y sobre todo, de monos. Pero el producto más notable del país era la resina, empleada como incienso. Para obtenerlo en su país, los egipcios se llevaron treinta árboles de mirra con la tierra que envolvía sus raíces, que Hatsepsut mandó plantar en las terrazas del maravilloso templo de piedra que había hecho construir en honor del dios Amón en la orilla occidental del Nilo, más arriba de Tebas. El relato de la expedición al Punt está grabado en los muros de este templo, pero tal inscripción no presenta el viaje como uno comercial ordinario. ¿Cómo es que el faraón que recibía presentes de todos los países del mundo pudo comprar cosa alguna a un pueblo bárbaro? El incienso que los egipcios habían traído se llamó "tributo del rey del Punt", y se escribió que los jefes del pueblo "prestaron sumisión con la cabeza baja y besaron el suelo a los pies de la reina implorándole paz".

Durante el reinado de Hatsepsut se levantaron muchas construcciones. Su "templo del acantilado", en Deir-el Bahari, cerca de Tebas27, es una de las más bellas

realizaciones de la arquitectura egipcia.

LA HISTORIA SE INTERNACIONALIZA

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