A mediados del tercer milenio antes de Cristo se desarrollaba en el sur de la península una cultura de jefes de tribu lo suficientemente ricos como para hacerse construir tumbas monumentales. Poco después llegaba a las comarcas de Almería una
20Se cita como ejemplo una columna colosal de hierro en Delhi, considerada como del siglo IX
después de Cristo, de un metal tan químicamente puro que no se oxida. Hasta tiempos recientes se trabajó este metal en la India al estilo de los primitivos negros africanos; los herreros, formando grupos nómadas, deambulaban de pueblo en pueblo y construían sus hornos de barro en los lugares donde había mineral férrico y madera, y donde se necesitaban objetos de este metal; amontonaran el hierro bruto, prendían fuego al carbón y fundían y trabajaban el metal obtenido. En otros países, como en Birmania, a menudo ni siquiera se empleaba el fuelle para el fundido, lo que producía un hierro sumamente impuro, que necesitaba ser refinado por medio del maleado.
oleada de navegantes orientales que aportaron la metalurgia del cobre y la religión megalítica y, en el segundo milenio, nuevos influjos civilizadores —quizá relacionados con Creta— llegan al país. Los pueblos peninsulares alcanzan entidad mediterránea, podríamos decir internacional, antela demanda de estaño por parte de los paises de Oriente, indispensable para la aleación del bronce. La necesidad acuciarte de un tráfico de materias primas provocará con el tiempo el establecimiento de factorías y colonias.
Se ha convenido en designar, un poco rutinariamente, a los primeros habitantes conocidos de la península con el nombre de íberos, nombre citado por vez primera en un poema del romano Rufo Festo Avieno, el Orae maritimae. Podemos admitir esta designación convencional para unas tribus que, en todo caso, no constituían un pueblo racialmente homogéneo y que ocuparon extensas comarcas durante la época de introducción del cobre y del bronce en la península.
La Dama de Elche, obra capital del arte escultórico ibérico, parece centrer el influjo artístico griego y fnicio, precisamente en una comarca donde confluye la proyección colonial de ambos pueblos
A juzgar por las confusas noticias facilitadas por los autores griegos y romanos, los íberos residían en el litoral mediterráneo desde Andalucía hasta el golfo de León, penetrando luego en el interior, muy profundamente, hasta lugares como la cuenca del Ebro, cuyo nombre actual
parece derivar precisamente de Iberus. Eran tribus sedentarias que vivían en aldeas, algunas sin murallas, rodeadas de campos de cultivo; se regían por la propiedad privada y clases sociales basadas en la edad, la jerarquía y la estirpe; una de ellas. la sacerdotal, menos preponderante que entre los galos y de la que también participaban las mujeres. El derecho indígena era consuetudinario y popular, y la familia, monógama, en general; practicaban la hospitalidad y las tribus pactaban unas con otras para defenderse contra un enemigo común, si bien existía entre ellas mucha desunión y particularismo.
La cultura ibérica se manifiesta con cierta personalidad, con alfabeto, propio, variedad de lenguajes y genio artístico, evidente en su cerámica. Aparece ésta bien elaborada, con decoración en pintura negruzca o en colores pardo o vinoso, a veces con toques blanquecinos; la cerámica numantina usó, además, otro colorido. En su decoración, el primitivo pintor ibérico parece como si no enfocara la realidad directamente, sitio a través de lo que le sugieren las representaciones de la vida real que admira en, la cerámica de importación. Es característica de esta cerámica la estilización elegantemente curvilínea; por lo demás, en ella la epigrafía alterna con el arte.
A principios del primer milenio anterior a nuestra era; o sea, en la etapa final del bronce centroeuropeo, los celtas pueblan Occidente y poco después —hacia el siglo VIII antes de Cristo— van penetrando en la península, asentándose con preferencia en el tercio septentrional de ella. Poseían una civilización bastante superior, utilizaban caballos de tiro y de silla, y además de buenos agricultores y ganaderos eran también excelentes metalúrgicos. Aunque no fueron los primeros que aportaron el hierro á la península, loor anticipárseles los pueblos mediterráneos colonizadores —fenicios y griegos—, contribuyeron a su difusión por el interior del país. Su influjo fue también notable en la cerámica, en la religión e instituciones de diversas tribus peninsulares.
Entidad o círculo social superior a la familia era el cum céltico o clan, asociación de todas las familias colaterales agrupadas en tomo a un jefa común, especie de comunidad de tipo municipal similar a los clanes escoceses. Cada una de estas gentes o agrupaciones ostentaba un emblema, consistente en la representación de un ser natural que se tallaba groseramente en piedras que servían de marcas en los límites fronterizos de sus behetrías. Toda gente tenía su villa o behetría, el vest-cum o metrópoli del clan, situada en el centro de un recinto fortificado, circular o elíptico, sobre una elevación de terreno, en torno a la cual vivían esparcidos por el llano los adscritos al clan.
La población cantábrica de las edades neolítica y eneolítica, que ocupaba casi toda la zona pirenaica, produjo en tiempos ya históricos el pueblo vasco, que perduró a través de los siglos, aunque con sus fronteras notablemente reducidas. El norte cantábrico, arcaico y desconfiado ante cualquier innovación o penetración, mantuvo siempre en reserva las fuerzas de recuperación del país durante el tiempo.
Los metales en la antigua Iberia
Además de otros círculos culturales o regiones, cabe distinguir en esta época de expansión metalúrgica, de tan indudable importancia civilizadora y económica, otras comarcas, como las del centro peninsular, la del sudeste, el archipiélago baleárico y el especial mundo bético-cartesio.
En las comarcas de la meseta, después de la fase eneolítica sobreviene otra hallstática bastante pobre; en cambio, en el bronce occidental abundan los vestigios de una notable industria metalúrgica, perduran los grabados rupestres llamados insculturas, de diseño puramente esquemático, y destacan por su singular carácter ciertos collares en forma de cuarto creciente muy cerrado, similares a las "lúnulas" irlandesas.
Hacia la primera mitad del segundo milenio antes de Cristo se desarrolla en el sudeste peninsular una cultura que irradia desde la misma región minera que creó el eneolítico almeriense. En ella aparecen poblados de alguna importancia, sepulcros de inhumación individual, en fosa, en urna, o en cista no megalítica, y cerámica de pasta dura, negruzca y pulimentada, de perfiles frecuentemente carenados; es decir, de base más o menos convexa, y vasijas con pie en forma de copa llamadas tulipas o copas argáricas. "Después de la época de fulgor megalítico —observa Vicens Vives-, los pueblos peninsulares decaen paulatinamente. En Portugal, en Andalucía, la costa mediterránea y los Pirineos, para no hablar de la meseta y la orla cantábrica, se observa un bajón cultural. De él se saldrá con la introducción de la metalurgia del bronce por un pueblo que se estableció en la misma región de Almería entre 1900 y 1600 antes de Cristo, y que desde allí fue irradiando las nuevas técnicas del bronce y una serie de tipos artísticos, bélicos y culturales, hacia levante, centro y poniente. Es posible que no sea un pueblo en movimiento, sino que, como de costumbre, se trate de grupos de colonizadores en sistema de factoría; en todo caso, su papel civilizador es el mismo. Los arqueólogos han bautizado esta cultura con el nombre de El Argar; otra vez no han tenido acierto.”
Mejora la técnica: los utensilios de bronce ya no se hacen a martillo o por fundición directa, sino que son fundidos por el procedimiento denominado "de la cera perdida", mucho más perfecto21. Aparecen también las primeras armas defensivas, los cacos; además, broches,
fíbulas, botones metálicos, brazaletes y collares de oro macizo. La mayor parte de estos objetos ha sido hallada en la mitad occidental de la península, y no en sepulturas, sino en depósitos o escondrijos aislados.
Durante la Edad del Hierro —período de Hallstadt— se elaboran espadas largas con doble antena en su empuñadura; más tarde, hacia los siglos IV y III antes de Cristo, aparece un sable curvo, denominado "falcata", producto de influencia centroeuropea probablemente, que además es común en otros países. La cerámica ofrece variadas características; está hecha a torno, aunque existen también supervivencias de ejemplares hechos a mano. Abundan las necrópolis de diversos tipos en casi toda la península.
Las interesantes culturas baleáricas
Durante la edad de los metales, el archipiélago balear fue asiento de una notable civilización conocida desde hace mucho tiempo por sus interesantes manifestaciones constructivas. La arquitectura se basa en el empleo de grandes bloques de piedra sin desbastar, acoplados unos sobre otros con suma habilidad, sin argamasa ni trabazón alguna, técnica similar a las construcciones de los pueblos del Mediterráneo oriental, de donde se propagó a las islas occidentales del mismo mar.
21Consiste en hacer un modelo en cera de la pieza que se pretende elaborar y que luego se coloca
entre una masa de arcilla que, al secarse, constituye el molde; después, por una abertura previamente dejada en la masa de arcilla, se vierte el metal fundido, que a su vez funde la cera y la sustituye hasta llenar el molde.
Abundan en estas islas los poblados fortificados de un perímetro de casi medio kilómetro, con murallas flanqueadas, a intervalos irregulares, por torres, llamadas en Mallorca talayots, nombre derivado de atalayas. Se han encontrado en esta isla más de doscientos, aunque en general se hallan muy destruidos, y son de planta circular o cuadrada. Existe más de un millar de talayots mallorquines, siendo también abundantes en Menorca, y al parecer cumplían una doble finalidad, la de torres de defensa militar y la de sepulcros colectivos de incineración, pues en su interior se llevaba a cabo la cremación de cadáveres de personajes importantes. Son monumentos similares a los nuraghes o torreones de Cerdeña.
Otras curiosas construcciones baleáricas son las navetas y las taulas. Las primeras, también análogas a las llamadas "tumbas de gigantes" de la propia isla sarda, reciben dicho nombre por parecerse a una nave en posición invertida, y servían como sepulcros de incineración, exclusivamente; abundan en Menorca. La aplicación o uso de las taulas o "mesas de piedra" se ha discutido bastante, aunque se cree eran una especie de santuarios, sirviendo de aras o altares para el sacrificio de animales, por los restos hallados; se conservan unas veinte y están integradas por dos grandes bloques rectangulares, uno de ellos hundido verticalmente en el suelo y el otro colocado encima en posición horizontal, afianzado a veces por un tercer bloque inclinado. Estos lugares de culto solían estar en el centro de los poblados, y eran rodeados por un muro circular.
A causa de las semejanzas entre estos tipos de construcción megalítica, se ha llegado a la conclusión que fueron intensas e importantes las relaciones entre los antiguos pueblos insulares del Mediterráneo occidental.
Hacia finales de la Edad del Bronce (1200-1000 antes de Cristo) se produjeron en el oriente mediterráneo diversas alteraciones políticas, tales como la decadencia de los aqueos en Grecia y de los egipcios del Nuevo Imperio, migraciones de pueblos en el Egeo y en Asia menor —los llamados "Pueblos del Mar" y los etruscos—, todo ello determinó que, a finales del siglo XI antes de Cristo, sobreviniera un momentáneo aislamiento entre el levante y el poniente mediterráneos. Entonces se establecieron los etruscos en Italia y se rehicieron los fenicios de las invasiones filisteas en Siria, lanzándose luego a la navegación por el Mediterráneo, en el que, en tal momento, nadie ejercía la hegemonía, y constituyendo un vasto imperio colonial. Ocuparon Sicilia, Cerdeña y las Baleares, pasaron el estrecho de Gibraltar y navegaron por el Atlántico.
En plena Edad del Hierro llegaron los griegos focios al litoral levantino de la Península. No pudieron ampliar más sus colonizaciones, porque en el siglo VI antes de Cristo fueron vencidos en la batalla de Alalia, en la costa oriental de Córcega, por sus rivales púnicos, determinando el ocaso de sus relaciones directas con Andalucía. Hacia esta época, y en la misma costa andaluza, empezó a decaer el rico imperio de los tartesios, hasta que desapareció por completo.
La “Naveta dels Tudons” en Ciudadela, Menorca.
Talatí de Dalt, Mahón, Menorca.
El enigmático mundo de los tartesios
Tartesos fue el primer estado organizado que se formó en la península Ibérica, hacia finales del segundo milenio anterior a nuestra era, y que adquirió una extraordinaria personalidad política y cultural. El origen de los tartesios es desconocido
y se les ha atribuido procedencia etrusca o en todo caso del Asia menor, de donde también emigraron los etruscos hacia tierras occidentales.
Sin duda fueron los primeros hispanos que se relacionaron con los pueblos históricos civilizados del Mediterráneo oriental, llegados al litoral peninsular con propósitos de tráfico mercantil. Por ello y por su riqueza minera, Tartesos alcanzó inmenso poderío. Partiendo de sus primeras factorías en el bajo valle del Guadalquivir, se extendieron por toda Andalucía y por levante hasta el cabo de la Nao, integrando una poderosa confederación de pueblos. Al parecer, explotaban las minas del sudeste peninsular, donde se cree que trabajaban unos cuarenta mil esclavos. El país de los tartesios es citado con mucha frecuencia en la Biblia22 y siempre en términos de un
pueblo rico y rebosante de esplendor.
La metrópoli, Tartesos, se hallaba situada probablemente a poca distancia de la desembocadura del gran río bético, por lo que pudo desarrollar un intenso comercio. Sus audaces y emprendedores navegantes cruzaban a lo largo del litoral lusitano e iban a la península bretona y a las Islas Británicas en busca del estaño con el que desarrollaban su 22El primer libro de los Reyes (X, 22) concreta que Salomón de Jerusalén y su suegro y aliado
Hiram de Tiro tenían en el mar naves de Tarsis que iban a buscar cada tres años oro y plata, mal, monos y pavos reales. El segundo Libro de los Paralipómenos (XX, 36-37) cita naves de Tarsis construidas por Josafat, que iban al país de Ofir a buscar oro. En los textos del profeta Isaías, fechados en el siglo VII antes de Cristo, se habla también de las naves tartesias, y a propósito del asedio de Tiro por los asirios dice que a Tarsis no le oprimen ya más ligaduras (capítulo XXIII). Hacia el año 580 antes de Cristo, en los textos de Ezequiel (XXVII, 12) se menciona el comercio de Tiro con Tarsis, que proporcionaba a la ciudad fenicia plata, hierro estaño y plomo; en el mismo Ezequiel (XXXVIII, 13) se habla de los mercaderes de Tarsis, y más tarde, Jeremías (X, 9) alude a los lingotes de plata tartesios.
Otra fuente histórica oriental que parece aludir al país tartesio es una inscripción asiria de la época de Assarhadon (680-668 antes de Cristo), en la que supone a Tarsis sometido a Asiria. Ello se explica como consecuencia del vasallaje de, las ciudades fenicias al imperio asirio, con lo que indirectamente creyeron poder atribuirse los asirios el dominio del lejano Tartesos.
metalurgia, en especial la del famoso "bronce tartesio". Traficaban con metales, lino, esparto, cáñamo, plomo y plata. Los fenicios llegaron a dominarles en cierto modo, pero ante la decadencia de éstos a causa de la ofensiva asiria contra Tiro (siglos VIII y VII antes de Cristo), los tartesios pudieron liberarse y rehacerse durante algún tiempo, hasta comienzos del siglo VI aproximadamente. Luego desaparecieron, con toda probabilidad cuando se produjo la ocupación cartaginesa de la península. Tartesos, la gran metrópoli, fue tal vez engullida por las arenas de la desembocadura del Guadalquivir.
Moneda ibérica de Segóbriga, con la inscripción “Secobrices” en caracteres ibéricos. La leyenda tejió en torno a los tartesios toda clase de fábulas. Se dijo que poseían una numerosa flota con áncoras de plata que mandó fabricar su rey Gerión; también mencionaban los antiguos a otro jefe, Habis, que inventó la agricultura y dividió al pueblo en siete clases sociales; así como al rey Argantonio, que vivió siglo y medio y reinó durante ochenta años. El antiguo geógrafo Estrabón decía que los tartesios eran los más cultos de los hispanos, que empleaban el alfabeto y poseían de mucho tiempo escritos en prosa, y poemas y leyes en verso, de más de seis mil años de antigüedad: hipérbole notoria, aunque otro autor, Posidonio, asegurara que todavía se conservan tales documentos un siglo antes de nuestra era. Su monarca más famoso fue el citado Argantonio u "hombre de la plata", que se dice reinó hacia 630-550 antes de Cristo.
Tartesos se hallaba al poniente de las llamadas columnas de Hércules, identificadas por algunos como el Escila y Caribdis de la Odisea, el célebre poema homérico. ¿Fue el país de los tartesios la misteriosa y legendaria Atlántida descrita por Platón?, se pregunta el arqueólogo Adolf Schulten. Y el enigma histórico permanece sin descifrar.