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EL DESPERTAR DEL ARTE El "homo sapiens"

El homo sapiens, último peldaño de la evolución humana, ¿surgió como una rama del tronco neanderthalense? No puede demostrarse; pero desde que se evidenció la superchería del cráneo de Piltdown, debe hacerse constar que todos los restos del Homo sapiens fossilis descubiertos en Europa, Asia y África no alcanzan una antigüedad superior a algunas decenas de miles de años.

La primera raza del Homo sapiens fossilis se encontró en Europa en 1868, en Cro-Magnon (Dordoña). Y los esqueletos exhumados en ese lugar y los del mismo tipo hallados más tarde en Europa y África del norte se caracterizan por su gran robustez y elevada estatura (aproximadamente, 1,80 metros). El cráneo poco resistente y de gran capacidad, apenas difiere del nuestro. Todo parece indicar en el hombre de Cro-Magnon un psiquismo cualitativamente igual al de las poblaciones más desarrolladas de nuestra época.

La raza del Cro-Magnon era la predominante en Europa, pero no la única. Existía otro tipo de Homo sapiens fossilis, el de Chancelade, así llamado a partir del hallazgo de un esqueleto en la cueva de Chancelade, cerca de Perigueux: era achaparrado, su talla no sobrepasaba de 1,55 metros y los pómulos salientes de su cara nos recuerdan a los esquimales. En cuanto a los hombres de Grimaldi, descubiertos en la cueva del mismo nombre, cerca de Menton, poseen un carácter negroide muy acentuado.

¿Estamos ya en presencia de las razas blanca, amarilla y negra?

La llegada a Europa del hombre del Cro-Magnon y de otros tipos de Homo sapiens, hacia mediados de la última glaciación, abre el periodo del paleolítico superior, llamado frecuentemente Edad del Reno, por alusión a la abundancia de estos rumiantes en el norte de los Alpes y en los Pirineos. Esta última etapa de la civilización de la piedra tallada abarca unos treinta y tantos mil años (entre 40.000 y 10.000 antes de Cristo) y se subdivide en tres fases desigualmente repartidas en Europa: auriñaciense-perigordiense (Reno antiguo), solutrense (Reno medio) y magdaleniense (Reno superior).

Desde los comienzos del auriñaciense-perigordiense, las técnicas de tallar la piedra y trabajar el hueso alcanzaron gran perfección. En el magdaleniense aparecen el anzuelo, el arpón y la mayor revolución técnica: la aplicación de la flexibilidad de la madera para el lanzamiento de proyectiles; es decir, un mecanismo al que el Mundo Antiguo y la Edad Media siguieron siendo deudores.

La Venus de Willendorf, Austria, de piedra calcárea, que se remonta a la fase auriñaciense del paleolítico superior.

Primeras manifestaciones artísticas

Pero la más importante de las maravillas del paleolítico superior es el descubrimiento del arte. Según Henri Breuil, el arte figurado "ha nacido de las representaciones dramáticas, en las que el actor imitaba al modelo con sus actitudes y completaba la semejanza en sus acciones con un maquillaje apropiado y una especie de mascarada mimético; la ilusión se aumentaba con el uso de las pieles y despojos de animales. Tales representaciones fueron sustituidas por elementos que las imitaban, y así la semejanza se convirtió de dramática en física. A partir de este momento, el hombre ha sido capaz de realizar el arte figurativo y la escultura en alto relieve; la imagen llegaba a ser independiente de su actor. El hombre adquirió, desde entonces, la facultad de reconocer, tanto en las nubes como en las piedras y en las rocas, formas semejantes a las que intentaba construir y pudo llegar, en alguna ocasión, a considerar como ‘piedras figurada’ el simple juego de la naturaleza".

Aun tratándose de pequeños objetos de piedra, hueso, marfil, astas de cérvido o de figuras pintadas en las paredes de las cuevas, el arte de los cazadores de renos de la región franco-cantábrica es naturalista. Está esencialmente dedicado a representar la fauna: los últimos mamuts, rinocerontes lanudos y osos de las cavernas, renos, caballos, bisontes, toros salvajes, ciervos, corzos, gamos, rebecos, cabras monteses, etcétera; en cambio, las representaciones de la figura humana son raras. Aparecen unas veces asociadas a un animal y otras a la exaltación mágica de los atributos sexuales de 1a mujer, como símbolo de la fecundidad11.

En las paredes de las cuevas de Sarladais, de los Pirineos, del Perigord, del Levante español y de otros puntos, los artistas de la Edad del Reno han expresado en rojo, negro, ocre, amarillo y blanco, ritos misteriosos de magia parecidos a los practicados todavía hoy en el corazón de la selva africana o en Oceanía. El hechicero de

11Cabe recordar que casi todas las estatuillas femeninas encontradas —las llamadas venus de

Brassempouy, Lespugue, Laussel, Grimaldi, Willendorf, etcétera— presentan esteatopigia, es decir, los senos y la región pelviana muy desarrollados o con notables adiposidades, mientras que las masculinas, de más raro hallazgo, contrastan con las anteriores por su notoria esbeltez. Puede sospecharse que las mujeres de aquella época eran en realidad como las estatuillas encontradas o es de suponer que fuese el tipo femenino esteatopígico el que prefiriera el hombre de aquel entonces, aunque también pueda influir en este concepto de tipo humano un culto a la fecundidad. La etnología demuestra que, en la actualidad, algunas tribus africanas sienten aún afición al tipo femenino obeso.

la cueva de Trois-Frères (Ariège), disfrazado con una piel de ciervo, orejas de lobo, garras de oso y cola de caballo, ¿es pariente de alguna divinidad de la actual Oceanía?

Destaca en particular la cueva de Altamira, situada en las cercanías de Santillana del Mar (Santander) y descubierta por Marcelino de Santuola en 1879. Los arqueólogos de entonces acogieron con escepticismo el hallazgo, en particular los extranjeros, que no revisaron sus opiniones hasta que unos veinte años después se descubrieron pinturas análogas en la Mouthe y Font-de-Gaume, en el departamento de Dordoña. Se comprendió entonces el mérito del arte de Altamira, cueva que fue calificada por Dechelette como "capilla sixtina del arte cuaternario". El conjunto altamirense abarca un espacio de catorce metros, y consiste en unas veinte figuras, en su mayoría bisontes pintados en rojo, maravillosamente ejecutados, algunos de ellos en actitud de estar tendidos; además aparecen un jabalí, unos caballos y una cierva, figuraciones sorprendentes todas ellas por su vigoroso realismo.

Bisonte pintado en la Cueva de Altamira, período magdaleniense del Paleolitico Superior. El significado religioso del arte parietal salta a la vista. Pinturas esculturas aparecen en los sitios menos accesibles de las cuevas, donde jamás penetra la luz del día, especialmente en las situadas en la región cantabro-aquitana. Pero la perfección de movimientos y de siluetas particularmente ostensible en el arte levantino español, y la hábil repartición de claroscuros, en Lascaux, por ejemplo, manifiestan también un goce estético de crear y un gusto exuberante de fantasía que aún admiramos.

Como el neanderthalense, el Homo sapiens del paleolítico superior no vivía en cuevas, sino que levantaba su habitación junto a la entrada de alguna de ellas, fabricaba sus utensilios y preparaba su alimento, asegurado por la pesca, la recolección de frutos silvestres y, sobre todo, por la caza. Posiblemente, varias familias se agrupaban alrede- dor de las tumbas ancestrales, lo que supone una cierta organización social. Las prácticas funerarias y el culto a los muertos son análogos a los practicados por los neanderthalenses y confirman la persistencia de las creencias en la vida de ultratumba.

Pinturas de la cueva de Lascaux, en Dordoña. Parcialmente sobrepuestos a los gigantescos bueyes aparecen caballos al galope, ciervos y bueyes salvajes.

El impresionismo ibérico-levantino

Aproximadamente igual que en Francia, la población de la península Ibérica durante el paleolítico se cifra en unos veinte mil a treinta mil habitantes, escasa densidad demográfica que contrasta con los abundantes restos dejados a medida que avanzan los siglos. El arte representativo parietal llega a la diferenciación en escuelas, la septentrional y más antigua, de carácter pictórico y realista, y la más moderna, cursiva y estilizada, que bien pudiéramos calificar de impresionista.

Al parecer, se empleaban colorantes de procedencia mineral, ocre y hematites, mezclados con grasa, y predominando el rojo y el negro. A diferencia de las septentrionales, las pinturas rupestres levantinas ofrecen representaciones a escala menor, donde predominan las figuras humanas, y tanto éstas como las de animales constituyen verdaderas escenas, con dinámica característica, instantáneas o actitudes de movimiento, talladas en nichos o abrigos de roca al aire libre. Empezaron a ser estudiadas a principios del siglo actual y a partir de entonces se han descubierto ya unas cuarenta estaciones arqueológicas esparcidas desde los montes leridanos hasta la Andalucía meridional.

Destaca entre estas estaciones la de Cogul (Lérida), situada en una oquedad y en donde aparecen dos curiosas escenas: una de ellas representa a dos mujeres que parecen sujetar una vaca, cerca de un toro; la otra, probablemente una escena ritual y acaso místico-fálica, aunque de pronunciado naturalismo, muestra un conjunto de nueve mujeres que bailan en torno a un hombre-desnudo; ostentan un peinado de forma triangular, pechos caídos y faldilla hasta las rodillas. Constituye la más antigua representación de la mujer y del arte de la danza que se ha descubierto hasta la fecha.

Un curiosísimo fragmento de las pinturas rupestres de Cogul (Lérida), la “danza de las mujeres”, primera manifestación de que existía una música paleolítica.

Otras estaciones levantinas se caracterizan por uno u otro detalle. La cueva del Parpalló (Valencia) muestra influencias culturales procedentes de Dordoña, y su población parece proceder del auriñaciense superior —Perigordiense—, en opinión de Luis Pericot. La "Roca de los moros", en Calapatá (Teruel), representa una escena de caza con unos ciervos diseñados con mucha elegancia y finura. La de Morella la Vella, en Castellón, nos ofrece un reportaje gráfico de un combate de arqueros, y otros grupos interesantes de guerreros y de cazadores las cuevas de Valltorta, en la misma provincia, donde puede apreciarse cómo procedían estos últimos en las cacerías colectivas. En la cueva de la Araña, de Bicorp (Valencia), puede observarse una de las escenas más curiosas pintadas por los artistas prehistóricos: la figura de un hombre sacando miel del panal de una colmena. En otras estaciones —Cantos de la Visera y

Minateda, en la región murciana— aparecen mezcladas y superpuestas imágenes que pueden

ser consideradas como de épocas distintas, por su diferencia de estilos, lo que permite verificar ensayos de cronología de este tipo de pinturas.

Monumento capital del arte rupestre levantino, rivalizando con el de Cogul, es el plafón de nueve metros de longitud por cuatro metros de altura de la oquedad o cueva de la Vieja, en

Alpera (Albacete). Sobresale por el número de figuras, también de épocas y estilos diferentes

—del realismo a las abstracciones lineales—,variedad de escenas en enmarañado conjunto, donde se distinguen cazadores que parecen disputarse las piezas, luchas de arqueros entre sí, un par de mujeres con falda más larga que la de Cogul, figuras de grandes bóvidos, toros, ciervos, cabras, en extremo expresivas y bien diseñadas, y la Figura central de un jefe, con un tocado de plumas en la cabeza, al estilo de los indígenas americanos, y empuñando sus armas. Escenas pintadas a diferentes escalas y con tonalidades de color diverso en las gamas del ocre y del rojo.

Por último, en el borde meridional malagueño, cabe citar la cueva de la Pileta, descu- bierta en 1911 cerca de Benaoján, con representaciones de bóvidos, caballos y ciervos, e incluso un pez sobre signos negros; otros diseños semejan enlaces en amarillo, negro y rojo, representando líneas onduladas, meandros o bandas serpenteadas; y la cueva de Nerja, descubierta casualmente en 1959, que quizá fuera habitada por gentes del solutrense hace unos dieciocho mil años, pescadores, cazadores de cabras monteses, ciervos y caballos. Acaso utilizaran la cueva como santuario y dibujaron allí sus figuras en ritos mágicos propiciatorios, invocando bienestar y alimentos para la comunidad.

“La recolección de la miel”, una de las escenas más curiosas pintadas por los artistas prehistóricos, en la cueva de la Araña, de Bicorp (Valencia).

La pintura rupestre africana

El arte rupestre norteafricano aparece diseminado a lo largo de la cordillera del Atlas; en gran proporción en el Hoggar y en el Tassili, y en menor escala en la región de Tibesti. Lo que hoy es un desierto, antes estuvo cubierto de vegetación; inmensos lagos, estanques, charcas y pantanos erizados de papiros, alternaban con bosques tropicales y estepas cubiertas de verdor, con hierbas de dos metros de altura. El Sahara se hallaba atravesado por muchos ríos y afluentes, de los que quedaron sus cauces, secos en la actualidad. La fusión de los hielos del último período glacial fue e1 comienzo de la vida para Europa; en cambio, fue la muerte para la mayor parte del norte de África. Sus moradores emigraron y sólo quedaron menguados grupos en el inaccesible Tibesti o en el Hoggar, que llevaron una existencia precaria y fueron perdiendo contacto con el resto del mundo habitado hasta que el desierto quedó en permanente y terrible soledad.

Pero antes, en los últimos tiempos paleolíticos, la vida humana dejó allí la huella de su paso y vestigios de su cultura. Los modernos arqueólogos han estudiado incluso el

polen prehistórico de aquellas regiones, de flora mediterránea entonces, pinos, cipreses, olivos, tilos, abedules y encinas verdes, donde vivían pescadores y cazadores, creadores de industrias rudimentarias y de un arte rupestre con elementos mágicos, ritualísticos y animistas, peculiares de la idiosincrasia de aquellos pueblos. La fauna representada no es la actual, sino la correspondiente a aquella época, como ocurre con la pintura rupestre hispano-francesa; y también en ella aparecen variedad de estilos, desde el ideograma hasta el naturalismo.

La desecación del Sahara no fue brusca, sino extremadamente lenta, y se calcula que la región estuvo poblada no sólo hasta el advenimiento del neolítico, sino también en época histórica —año 7000 a 2000 antes de Cristo—, como en el Tassili, en Sefar, Djanet y en Iherir, cuyo arte rupestre se calcula incluso posterior a la construcción de las grandes pirámides egipcias.

Algunas pinturas representan escenas de pastoreo en actitudes de sorprendente semejanza con los pastores actuales de aquellas zonas; abundantes figuras de rinocerontes, ciervos, gacelas, avestruces y jirafas, una de éstas admirablemente representada, con su pelaje reproducido a múltiples golpes de punzón —como en algunas técnicas modernas— y que le confiere un realismo sorprendente. Otra de estas muestras al fresco, en una roca de ochenta metros de altura, representa unas siluetas femeninas danzando, en actitudes similares a las que adoptan en sus bailes típicos, miles de años más tarde, las mujeres de los oasis de aquellas regiones.

Cacería de avestruces. Dibujo rupestre de Silwah, Alto Egipto.

El ciclo rupestre norteafricano constituye el más extenso conjunto de arte pictórico de la Prehistoria, sin parentesco con las pinturas hispano-francesas ni con las del sur de África; en cambio, aparecen estrechamente ligadas con el arte nilótico y con las ideologías animistas de los pueblos negros situados al sur del Níger. Es difícil opinar sobre quiénes fueron los pueblos que desarrollaron estas culturas. Denise Paulme relaciona alguna de ellas con el arte de los griegos micénicos: "El establecimiento de los blancos en el Sahara parece más antiguo de lo que se creyó en un principio; las pinturas rupestres atestiguan su presencia ante aquellos caballos cuya actitud —el galope volante micénico— ofrece una referencia cronológica precisa. La superficie o área de reparto de las imágenes rupestres del caballo, al principio sujeto al carruaje y luego montado, corresponde más o menos a las áreas ocupadas todavía hoy por los moros al Oeste, los tuareg al Centro y los tibú o tubú en Levante".

El extremo meridional de África ofrece otro grupo importante y extenso de arte figurativo. Los hallazgos de grabados rupestres se han verificado en las regiones más interiores, particularmente en las cuencas del Orange y el Vaal; en cambio, las zonas en que predomina lo pictórico se encuentran más cercanas a las costas. Su cronología abar- ca desde el mesolítico hasta finales de la Edad Media en Europa: casi ocho mil años de duración. Todavía en tiempos muy recientes, los bosquimanos y otras tribus "crean obras de arte prehistórico", como dice Erik Holmes, a pesar de constituir sólo unos miles de individuos. También han sido halladas estaciones de interesante arte rupestre en África oriental.

El hombre sale de las cuevas

A finales del paleolítico superior y en un prolongado paréntesis que abarca tres o cuatro milenios —entre el 12,000 y el 8,000 antes de Cristo, según algunos—, la vida humana experimenta una profunda transformación. El hombre va abandonando las cuevas y construye refugios y sedes de poblamiento con mayor o menor sedentarismo. Tribus nuevas aportan y difunden descubrimientos maravillosos en aquella época: la domesticación de algunos animales, los primeros intentos de explotación agrícola y ganadera. En África, como en Europa, se había iniciado la gran aventura del espíritu humano con una noble manifestación estética: el grabado y la pintura. El despertar del arte inauguraba una nueva era.

En algunos lugares más evolucionados nacen las primeras civilizaciones forestales y agrarias, con sus chozas cónicas o redondas y sus hatos de ganado. Las variaciones climáticas ya no son tan frecuentes e intensas, los glaciares han retrocedido aproximadamente a sus límites actuales y la corriente del Gulf Stream empieza a dirigirse hacia las costas occidentales europeas. Algunas comarcas del Antiguo Conti- nente experimentarán todavía alteraciones y cambios, altibajos en su nivel de vida, avances y retrocesos culturales, pero la Tierra ofrece ya, en líneas generales, las condiciones más favorables para que el ser humano encuentre el medio óptimo para su adecuado desarrollo social.

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